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'El Pantanal es herencia nacional’: protegiendo a los humedales más grandes el mundo

A bordo de un pequeño aeroplano, decorado con un estampado de jaguar, Ângelo Rabelo verifica una serie de datos en una pequeña computadora portátil. “¡Nos estamos acercando a una naciente de río!” grita por sobre el ruidoso motor del avión.

Debajo, el Río Paraguay – en el estado Mato Grosso de Brasil – serpentea entre manchas de bosque verde frondoso y extensas zonas de cultivo. El avión sobrevuela un tramo grande de terreno color marrón claro, de apariencia desoladora, donde se cultiva soya. Una pequeña zona de separación con árboles mantiene alejados a los cultivos del río, en el cual yace un manantial palpitante.

Rabelo es director de la ONG local Instituto Homem Pantaneiro, la cual se dedica a conservar la región del Pantanal al monitorear las arterias fluviales y promover prácticas sostenibles entre la población local. El Río Paraguay “es como la arteria principal que alimenta las venas del cuerpo del Pantanal: si esta arteria se bloquea, el cuerpo entero se destruye”, dice.

El Pantanal es la superficie pantanosa más grande del mundo. Situado en su mayor parte a lo largo de Brasil aunque también es parte de Bolivia y Paraguay, el Pantanal cubre una zona de 170,000 kilómetros cuadrados – el equivalente a la suma de las superficies de Bélgica, Holanda, Portugal y Suiza. Es el hogar de 4,700 especies de flora y fauna, incluídas especies en peligro de extinción como el jaguar, el oso hormiguero gigante, el armadillo gigante, y el guacamayo jacinto. Miles de habitantes locales viven de la tierra, dedicados a la agricultura de tiempo parcial o la pesca.

Pero las arterias fluviales del Pantanal – fundamentales para la vida en toda la región – son amenazadas por la deforestación y la erosión del suelo causadas por la expansión de la agricultura industrial y proyectos de infraestructura.

Mantener esta singular región es una batalla constante que requiere estrategias sobre varios frentes, pero los activistas y ONGs locales e internacionales están asumiendo el reto.

Algunos de ellos son pantaneiros – como se les conoce a los oriundos de la localidad – por nacimiento; otros lo son por vocación. Ya sea que su trabajo incluya monitorear y preservar los ríos que sostienen a los humedales, controlar los niveles de las especies en peligro de extinción, o luchar por mejores leyes protectoras, lo que los une es una pasión por el Pantanal que es tanto contagiosa como inspiradora.

“Al día de hoy, todavía me siento igual que la primera vez que llegué al Pantanal,” dice Rabelo, coronel de la policía forestal. “Seducido por la belleza natural y el constante proceso de renovación de las aguas.”

El influjo de los ‘agricultores de asfalto’
La agricultura masiva en la región comenzó en la década de 1960 bajo el entonces gobierno militar de Brasil. Luego de las enormes inundaciones de 1974, muchas granjas llegaron al borde de la bancarrota y los precios de la tierra cayeron en picada.

Desde entonces, y a medida que la economía de Brasil creciera durante la década del 2000, la agricultura ha reaparecido en la región, con el ganado y la soya como las dos principales exportaciones. Durante los pasados cinco años en especial, el Pantanal ha visto un influjo de agricultores provenientes de otras partes de Brasil. Se les conoce como “agricultores de asfalto”, ya que viven en las ciudades en vez de en las granjas, a diferencia de los agricultores tradicionales de la región.

“Ellos vienen al Pantanal por los precios baratos de la tierra,” dice la Dra. Catia Nunes da Cunha, coordinadora del Centro de Estudios Ecológicos del Pantanal en la Universidad Federal de Mato Grosso. “En São Paulo y Río Grande del Sur, donde existe buena infraestructura, no se puede comprar tierra barata. Ellos muchas veces adquieren la tierra [en el Pantanal] a precios inferiores a los del mercado, porque los agricultores locales están batallando para ganar lo suficiente para vivir.”

Con regularidad, académicos y ONGs mencionan como una de las principales amenazas a las que se enfrenta el Pantanal al cambio de agricultores locales, principalmente de subsistencia, a productores agrícolas a gran escala, que utilizan técnicas y maquinaria de agricultura intensiva y no tienen una conexión personal con la tierra.

De acuerdo con la WWF Brasil, alrededor del 40% del área total de la cuenca fluvial alta del Río Paraguay en Brasil ya ha sido deforestada, y 30% de los manantiales que alimentan al Pantanal se encuentran bajo riesgo ecológico y requieren acción urgente.

Los analistas se refieren a la producción de soya en la región como una tendencia especialmente preocupante debido al uso de agroquímicos, los cuales pueden desembocar en el agua.

“No sabemos de dónde están llegando estos químicos o qué contienen. Esta es la zona fronteriza, así que los químicos que están prohibidos en Brasil pueden ser traídos de contrabando desde Bolivia y Paraguay,” dice da Cunha.

Para complicar la situación, existe una grave escasez de recursos a disposición de la policía local. En la ciudad Pantanal de Cáceres, el capitán de la policía local ambiental Thiago Martins de Souza dice que su batallón cuenta con tan sólo 25 oficiales para cubrir 22 municipios, y una sola camioneta 4x4.

El Instituto Homem Pantaneiro está a cargo de un proyecto llamado Cabeceiras do Pantanal, que monitorea a través de excursiones mensuales en avión casi 1,000 manantiales y zonas de cultivo cerca de riberas.

Los resultados se envían al departamento de investigación de la universidad federal local para su análisis, y si hay infracciones, como una granja demasiado cercana a la ribera, que pueda causar erosión del suelo e interferir con su flujo, la policía ambiental recibe una alerta y el dueño de la propiedad puede verse sancionado con una multa importante.

Infraestructura que interrumpe el medio ambiente
Más allá de la agricultura, es también una gran amenaza el creciente uso de presas hidroeléctricas para crear energía en la región.

“Si pones una serie de presas juntas en un río, vas a causar una interrupción del medio ambiente,” dice Júlio César Sampaio da Silva, coordinador del programa Cerrado Pantanal en WWF Brasil. El uso excesivo de presas altera el flujo anual del Pantanal y los patrones de sequías, explica.

Existen alrededor de 50 presas en la cuenca alta de Paraguay, mientras que otras 80 se encuentran en fase de planeación. De acuerdo con Pierre Girard, profesor del Centro para la Investigación sobre el Pantanal, el 70% de la energía hidroeléctrica potencial en la región ya ha sido utilizado, por lo tanto resta tan sólo el 30%, el cual no traería beneficios importantes. “Pero es un negocio lucrativo, dado el alto costo de la energía en Brasil,” dice.

También se encuentra en fase de planeación un cauce navegable que conecte a Brasil, Argentina, Bolivia y Uruguay para transportar productos agrícolas hasta el océano, pero aún está por fijarse una fecha de construcción. “El Río Paraguay es como una serpiente; tiene muchas curvas y la intención es hacer que la arteria esté en línea recta. ¿Te imaginas el tipo de impacto que podría tener esto? Es un problema gravísimo,” dice da Silva, refiriéndose al daño que causaría al ecosistema local el que las riberas fueran alteradas de manera artificial.

Un millón de turistas al año
Volar desde las tierras altas del Pantanal – el Planalto – donde están situadas las granjas y presas, a las tierras bajas – la Planicie – sobre frondosos bosques verdes, y lagos plateados brillantes, es fácil entender por qué un millón de turistas visitan el Pantanal cada año. El ecoturismo es una industria en expansión, considerada como una manera de preservar la región y suplementar los ingresos de los lugareños.

En la Pousada Amolar, un sitio herencia de la Unesco en la zona de conservación del Pantanal de la Serra do Amolar, el veterinario Diego Viana trabaja con el Instituto Homem Pantaneiro para recolectar datos de 30 cámaras instaladas para monitorear a los jaguares.

Parte del trabajo de Viana conlleva visitar a las comunidades en todo el Pantanal, aconsejándoles no matar a los jaguares, actividad por la cual los pantaneiros pueden ganar sumas importantes de dinero, pagadas por los ganaderos adinerados. Viana dice que un onceiro – un cazador de jaguares – puede recibir hasta BR$1,000 por parte de un agricultor adinerado, el equivalente al salario de un mes. Matar jaguares es ilegal en Brasil, pero el perpetrador tiene que ser sorprendido en el acto.

Viana dice que aunque los agricultores pierdan ganado a causa de los jaguares, lo que reduce sus ganancias, matar a los jaguares es una solución miope. “El jaguar está en la cima de la cadena alimenticia. Si matas al jaguar tendrás más venados, más capibara – animales que le transmiten enfermedades al ganado,” dice.

Los agricultores que talan árboles para hacer más espacio también representan un problema, agrega Viana. “Entre más degraden el medio ambiente, más probable es que un jaguar ataque a su ganado.”

Luchando por una nueva ley
El código forestal de Brasil no provee ningún protocolo específico para el Pantanal. Un controvertido cambio realizado recientemente en el código en 2013 – que se implementó bajo presión por presión política por parte de los agronegocios – ha reducido la zona de separación necesaria entre la tierra de cultivo y los manantiales de río, una medida potencialmente desastrosa para el Pantanal. Como tal, los grupos activistas han estado luchando para la elaboración de una ley específica al Pantanal.

“La constitución dice que el Pantanal es herencia nacional y por lo tanto debe crearse una ley específica para ella. Actualmente estamos tratando de meter presión para que se introduzca,” dice Girard. La ley abarcaría todo el Pantanal y el Planalto e invalidaría el código forestal. La versión original de la ley fue presentada al senado en 2011 por Blairo Maggi, el controvertido ex-gobernador del estado de Mato Grosso, y actual ministro de agricultura de Brasil. Se le conoce popularmente como el Rey de la Soya, en referencia al hecho de que entre la década de 1990 y los primeros años del 2000, él fue uno de los productores de soya más grandes del mundo.

Desde entonces, grupos activistas han estado presionando para que la legislación en trámite incluya una mejor protección del Pantanal y su gente.

“Es una ley sobre la restricción del uso – cosas que se pueden y no se pueden hacer, utilizando el concepto de micro-hábitats. Por ejemplo: ‘En este lugar puedes hacer esto, pero en este lugar no puedes hacer aquello’,” dice Girard. “Se necesita un estado de derecho.”