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Entre la Sayona, el Chupacabras y el Güije, monstruos y espantos en Latinoamérica

Aunque los mitos, las leyendas y los llamados “asusta niños” son relatos que se trasmiten de forma oral de una generación a otra, no son iguales. Es cierto que en todos ellos participan seres y hechos sobrenaturales, pero la Real Academia de la Lengua los define de una manera diferente.

Los mitos, por ejemplo, son “narraciones maravillosas situadas fuera del tiempo histórico y protagonizadas por personajes de carácter divino o heroico”. Las leyendas, por su parte, son “relaciones de sucesos que tienen más de tradicionales o maravillosos que de históricos o verdaderos”. Los “asusta niños”, como tales, no aparecen registrados; pero sí el “Coco” y el “Sacamantecas”, dos de sus más conocidos personajes, los cuales son definidos como “seres imaginarios con que se mete miedo a los niños”.

Al margen de sus similitudes o diferencias, lo cierto es que cada país tiene sus propios mitos y leyendas. Si comenzamos por Centroamérica vemos que en Honduras, según el historiador hondureño Jesús Aguilar, existe el mito de El Sisimite, un monstruo que deambula por las montañas secuestrando mujeres. El Salvador tiene la leyenda del Basilisco, un engendro en forma de serpiente que mata a las personas con solo mirarlas. En Panamá está El Chivato, un ser con cuerpo de hombre, patas de chivo y cuernos que ataca a las personas en los caminos desiertos mordiéndolos en la nuca.

Limítrofe con Panamá, en Colombia, El Mohán, un personaje travieso, enamorado y libertino atrae a las jóvenes hacia él con sus artificios para, según el imaginario popular, secuestrarlas. Hacia el este, en Venezuela, La Sayona, una misteriosa mujer que se cubre con una túnica, sale en las noches a sembrar el terror. En México, pero extendida por toda Latinoamérica y en las comunidades hispanas de EEUU, habita La Llorona, el fantasma de una mujer cuyo llanto por sus hijos ahogados (a veces la leyenda dice que ella misma los ahogó en venganza por el romance de su esposo), a la orilla de un río, conmueve hasta las piedras. Un poco hacia el sur, en Chile, El Caballo Marino chilote, un corcel gigantesco que emerge del mar y en cuyo lomo cabalgan 13 brujos, hace de las suyas en las aguas costeras del Pacífico.

Las islas caribeñas tienen sus propios mitos y leyendas insulares. En República Dominicana se habla, como si realmente existiesen, de Las Ciguapas, mujeres salvajes que habitan en las montañas y poseen poderes mágicos. Se distinguen porque tienen los pies al revés. En Cuba se conoce El Güije, un negro pequeño de grotescas facciones que habita en ríos y lagos y aparece en las noches para asustar a los viajeros (Se dice que si se le da 12 vueltas a una ceiba a la medianoche, sale el Güije). Y por último, el más reciente de ellos, el famoso Chupacabras de Puerto Rico, una criatura parecida a un reptil de piel curtida y espinas afiladas a lo largo de la espalda, que ataca animales de diferentes especies para sacarles la sangre.

Los siniestros ‘asusta niños’

Tan insertados en el imaginario de los pueblos como los mitos y leyendas, pero sin la necesidad de estos de crear una imagen del mundo o de basarse en antecedentes históricos, tenemos los llamados “asusta niños”, esos folclóricos y siniestros personajes con que los padres amenazan a los pequeños para obligarlos a cumplir rutinas de aseo, comida y sueño. Hay cientos de ellos, pero los más conocidos son: el Coco, el Cuco y el Cucu. Vocales más o vocales menos; según el país de que se trate.

“Pórtate bien que si no, viene el Coco y te va a comer”, le decían las madres colombianas, venezolanas y cubanas a sus hijos. En Argentina, Bolivia, Chile, Perú y República Dominicana no era el Coco el que venía sino el Cuco. O el Cucu, como en Paraguay. En España no había confusión; siempre fue el Coco. Una prueba de ello es que uno de los grabados de Goya de la serie Los caprichos se titula, precisamente, Que viene el Coco. Es del año 1797 y en el mismo puede verse a una madre protegiendo a sus dos hijos frente a un ser cubierto con una capucha y que, amenazador, se alza ante ellos.

A veces el que llegaba era “el hombre del saco”, un personaje que vaga de noche por las calles en busca de niños extraviados; o el mismísimo “sacamantecas”, quizás el más terrible de todos, representado por un hombre que mata niños para extraerle sus grasas corporales con las que fabricar ungüentos curativos y cuyo origen es posible encontrar en la Edad Media cuando esas creencias se habían extendido por toda Europa. A comienzos del siglo XX esa leyenda volvió a cobrar fuerza con el asesinato de Bernardo González Parra, un niño de siete años al que mataron para sacarle la sangre y la grasa con la que curarían a Francisco Ortega, quien estaba enfermo de tuberculosis. El crimen no quedó impune. Su asesino, Francisco Leona Romero, barbero y curandero del pequeño pueblo español de Gádor, en Almería, fue condenado a garrote vil.

En realidad, no importan sus nombres: Boogeyman, en Estados Unidos; Bloody Bones (Huesos Sangrientos); en Inglaterra, Mörkö, en Finlandia; Draugen, en Suecia; Baboulas, en Grecia; L'uomo nero (El Hombre Negro), en Italia; Baba Yaga, en Rusia; Krampus, en Austria; Struwwelpeter (Pedro el melenudo), en Alemania; Tata Duende, en Belice y Bicho papão, en Portugal. Ni siquiera importan los idiomas que hablen –pastún, japonés o mandarín– que para eso Afganistán, Japón y China también tienen sus cocos: Newaney Mama (El Monstruo); Namahage (El Ogro) y Ou-Wu (La Bruja).

Tampoco importa la forma que adopten, ni el ropaje que vistan pues, según Federico García Lorca, “su fuerza mágica es, precisamente, su desdibujo”. Es decir, los Cocos no tienen figura. Son, usando sus propias palabras, “una abstracción poética que produce un miedo en el cual los sentidos no pueden poner sus límites salvadores porque no tiene explicación posible”. Quizás esa abstracción lorquiana nos permita entender cómo esos monstruos folclóricos –cuya función es asustar a los niños para que se porten bien– hayan terminado formando parte de las canciones de cuna cuando el propósito de estas es, precisamente, lo contrario: proporcionarle al niño, a través del arrullo musical, seguridad y confianza.

Así pasamos de aquella famosa nana que decía: “Duérmete mi niño, / duérmete mi amor, / duérmete pedazo de mi corazón”, a esta otra que, amenazante, dice, "duérmete niño, / duérmete ya, / que viene el coco / y te comerá”.

La verdad es que hoy día no importa si una nana es de amor o de miedo. Después de todo, ya nadie las canta. Ha pasado mucho tiempo y los mitos y las leyendas son cosa del pasado. Los niños, por su parte, acostumbrados a los monstruos virtuales de sus iPods, ya no le temen al Coco. A veces, sin embargo, no les vendría mal tener un poco de miedo. El mundo sigue siendo un lugar peligroso para ellos. Todavía “el hombre del saco” merodea por nuestros vecindarios.