Updated 11 months, 2 weeks ago

Hecho en Latinoamérica: más que una etiqueta, una filosofía económica

Made in Latin America.  “Hecho en Latinoamérica”. ¿No sería esta una etiqueta original? Una que se asociara con muchos de los esfuerzos y logros de la región y gradualmente se convirtiera en un verdadero sello de aprobación y prestigio.

De hecho, creo que el concepto detrás de una etiqueta como esa no dista mucho de la realidad actual. América Latina se está convirtiendo ya en un modelo para muchas otras regiones del mundo, especialmente en el contexto mundial.

“Hecho en Latinoamérica” es, por ejemplo, el equilibrio alcanzado, tras décadas de esfuerzos, entre disciplina fiscal, programas sociales incluyentes y crecimiento robusto. La crisis europea ha llevado a muchos a preguntarse si es posible encontrar un equilibrio adecuado entre el crecimiento y la austeridad. Nuestra región es una prueba viviente de que puede hacerse.

Para muchos, la actual crisis europea recuerda a América Latina durante la crisis de los ochenta (la década perdida), cuando los países saltaban de una solución de corto plazo a la siguiente; o la de los noventa, cuando la falta de credibilidad, y un limitado espacio fiscal, apenas les dejó la opción de medidas fiscales y monetarias restrictivas, que a la hora de los impactos externos causaron un mayor sufrimiento a la población.

Empero, en la última década, América Latina fortaleció su marco macroeconómico e institucional, proporcionándole la credibilidad que le permitió enfrentar la crisis de 2008-2009 a través de medidas expansivas que ayudaron a proteger a los más vulnerables, generando las condiciones para una rápida recuperación económica. La lección fue clara: fortalecer el marco macroeconómico en tiempos de prosperidad genera el colchón necesario que luego ayudará a una economía a recuperarse durante los malos momentos.

La experiencia nos dice que no existe una fórmula única. Pero puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que algunos elementos han sido cruciales para llegar a la situación actual en la región: a saber, una mezcla de políticas económicas adecuadas e inversiones sociales clave, manteniendo vivo el impulso del crecimiento e incrementando las oportunidades para los grupos postergados. Es que aumentar las oportunidades es bueno socialmente y económicamente, es algo que conviene a todos.

Los frutos de esta potente mezcla son evidentes a lo largo y ancho de la región. En 10 años (2002-2011), el PIB per capita latinoamericano creció casi un 25%. Seis países —Panamá, República Dominicana, Perú, Uruguay, Argentina y Chile— son dignos de menciones especiales después de que el crecimiento per capita superó el 40%.

La crisis financiera mundial de 2007-2009 despeinó a América Latina, pero no hizo tambalear sus fundamentos económicos como sí lo hicieron crisis pasadas.

De hecho, a pesar de las recientes turbulencias mundiales, se espera que la región crezca entre el 3,5% y el 4% en 2012 y 2013. Más aún, la región está empezando a hacer mella a un reto que había parecido insuperable: la más amplia brecha entre ricos y pobres del planeta.

En parte a través de las transferencias condicionadas en efectivo —programas hechos en América Latina y exportados al mundo—, más de 73 millones de personas han salido de la pobreza en la última década. En ese mismo periodo, la desigualdad de ingresos de los latinoamericanos se ha reducido por primera vez en forma significativa.

La región también ha logrado importantes avances en igualdad de género: 70 millones de mujeres ingresaron a la fuerza laboral desde 1980; hoy en día hay más mujeres que hombres en la educación superior.

Durante la reciente cumbre de Río+20, la etiqueta latinoamericana también sobresalió. A la vanguardia de algunas de las prácticas ecológicas más innovadoras del mundo, América Latina y el Caribe ostentan en la actualidad la matriz energética de más bajo carbono del mundo en desarrollo, el sistema de transporte rápido más extenso del mundo y el primer mecanismo de seguro ante riesgos catastróficos para mejorar la capacidad de recuperación frente a un desastre natural.

También han adoptado esquemas de pago para la conservación del medio ambiente que ayudaron a Costa Rica a convertirse en un icono ambiental a nivel mundial y un paraíso del ecoturismo, después de ser el peor deforestador de la región a mediados de la década de 1990. Gracias al programa de Áreas Protegidas de la Amazonia (ARPA), que cubre una superficie similar a la de Francia, hace cuatro años que Brasil registra un descenso en su tasa de deforestación.

En efecto, en Río, la región fue mencionada como “parte de la solución y no del problema” en materia de desarrollo sostenible a nivel global. Si bien los acuerdos globales son de gran ayuda, Río mostró a líderes locales de América Latina que están decididos a tomar medidas y avanzar incluso sin ellos. Para ellos, el desarrollo debe ser ecológicamente sustentable desde el principio y no impulsado por el modelo de antaño de crecer primero y limpiar después.

Con este tipo de liderazgo, y apoyándose en el éxito del crecimiento generado por las materias primas de la última década, la región podría concentrarse en una agenda de crecimiento basada en mayor productividad y valor agregado, que fortalecerá aún más la marca latinoamericana.

No hay duda de que el éxito reciente ha dependido de la creciente integración a la economía mundial particularmente con China y Asia en general. América Latina y Asia del Este están hoy mucho más cerca en materia comercial y en fundamentos económicos que geográficamente.

Mucho se ha dicho —y analizado— sobre el llamado milagro asiático y el desempeño de Hong Kong, Indonesia, Japón, Malasia, Singapur, Corea del Sur, Taiwán y Tailandia. Estos países lograron un crecimiento promedio anual del 5,5% durante tres décadas (sesenta, setenta y ochenta) tres veces más rápido que América Latina. El secreto: no lo hubo. El éxito de Asia oriental reflejó una economía sana. Estabilidad macroeconómica, baja inflación, políticas fiscales sólidas... todo ha contribuido —tal como lo han hecho en América Latina durante la última década.

Que el éxito de Asia oriental se mantenga se debe mucho a su rápida integración a la economía mundial, su participación en las redes de producción regionales y globales y su convicción en el libre comercio. Pero esta dinámica integración comercial, por supuesto, tiene sus límites. Con el surgimiento de China e India como destinos favoritos de inversiones, la posibilidad de depender en la producción de “alto volumen y bajo valor agregado” para generar salarios decentes está en duda en los países de ingreso medio de Asia y América Latina.

Para hacerse más competitivos, estos países saben que deben enfocarse más en la producción con valor agregado, invirtiendo más en capital físico y humano, fomentando mayor innovación y espíritu empresarial. Mientras que los costes logísticos de exportación sean en promedio de dos a cuatro veces más altos que en los países ricos y los tigres asiáticos, como ocurre en América Latina actualmente, el potencial de crecimiento de la región se verá limitado.

Después de décadas de rasgarse las vestiduras, los latinoamericanos pueden hoy mostrar que el progreso se construye todos los días y paso a paso. Es cierto que falta mucho por aprender y mejorar todavía, pero también hay mucho hecho en Latinoamérica que se debe compartir y celebrar.

Made in Latin America.  “Hecho en Latinoamérica”. ¿No sería esta una etiqueta original? Una que se asociara con muchos de los esfuerzos y logros de la región y gradualmente se convirtiera en un verdadero sello de aprobación y prestigio.

De hecho, creo que el concepto detrás de una etiqueta como esa no dista mucho de la realidad actual. América Latina se está convirtiendo ya en un modelo para muchas otras regiones del mundo, especialmente en el contexto mundial.

“Hecho en Latinoamérica” es, por ejemplo, el equilibrio alcanzado, tras décadas de esfuerzos, entre disciplina fiscal, programas sociales incluyentes y crecimiento robusto. La crisis europea ha llevado a muchos a preguntarse si es posible encontrar un equilibrio adecuado entre el crecimiento y la austeridad. Nuestra región es una prueba viviente de que puede hacerse.

 

 

Para muchos, la actual crisis europea recuerda a América Latina durante la crisis de los ochenta (la década perdida), cuando los países saltaban de una solución de corto plazo a la siguiente; o la de los noventa, cuando la falta de credibilidad, y un limitado espacio fiscal, apenas les dejó la opción de medidas fiscales y monetarias restrictivas, que a la hora de los impactos externos causaron un mayor sufrimiento a la población.

Empero, en la última década, América Latina fortaleció su marco macroeconómico e institucional, proporcionándole la credibilidad que le permitió enfrentar la crisis de 2008-2009 a través de medidas expansivas que ayudaron a proteger a los más vulnerables, generando las condiciones para una rápida recuperación económica. La lección fue clara: fortalecer el marco macroeconómico en tiempos de prosperidad genera el colchón necesario que luego ayudará a una economía a recuperarse durante los malos momentos.

La experiencia nos dice que no existe una fórmula única. Pero puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que algunos elementos han sido cruciales para llegar a la situación actual en la región: a saber, una mezcla de políticas económicas adecuadas e inversiones sociales clave, manteniendo vivo el impulso del crecimiento e incrementando las oportunidades para los grupos postergados. Es que aumentar las oportunidades es bueno socialmente y económicamente, es algo que conviene a todos.

Los frutos de esta potente mezcla son evidentes a lo largo y ancho de la región. En 10 años (2002-2011), el PIB per capita latinoamericano creció casi un 25%. Seis países —Panamá, República Dominicana, Perú, Uruguay, Argentina y Chile— son dignos de menciones especiales después de que el crecimiento per capita superó el 40%.

La crisis financiera mundial de 2007-2009 despeinó a América Latina, pero no hizo tambalear sus fundamentos económicos como sí lo hicieron crisis pasadas.

De hecho, a pesar de las recientes turbulencias mundiales, se espera que la región crezca entre el 3,5% y el 4% en 2012 y 2013. Más aún, la región está empezando a hacer mella a un reto que había parecido insuperable: la más amplia brecha entre ricos y pobres del planeta.

En parte a través de las transferencias condicionadas en efectivo —programas hechos en América Latina y exportados al mundo—, más de 73 millones de personas han salido de la pobreza en la última década. En ese mismo periodo, la desigualdad de ingresos de los latinoamericanos se ha reducido por primera vez en forma significativa.

La región también ha logrado importantes avances en igualdad de género: 70 millones de mujeres ingresaron a la fuerza laboral desde 1980; hoy en día hay más mujeres que hombres en la educación superior.

Durante la reciente cumbre de Río+20, la etiqueta latinoamericana también sobresalió. A la vanguardia de algunas de las prácticas ecológicas más innovadoras del mundo, América Latina y el Caribe ostentan en la actualidad la matriz energética de más bajo carbono del mundo en desarrollo, el sistema de transporte rápido más extenso del mundo y el primer mecanismo de seguro ante riesgos catastróficos para mejorar la capacidad de recuperación frente a un desastre natural.

También han adoptado esquemas de pago para la conservación del medio ambiente que ayudaron a Costa Rica a convertirse en un icono ambiental a nivel mundial y un paraíso del ecoturismo, después de ser el peor deforestador de la región a mediados de la década de 1990. Gracias al programa de Áreas Protegidas de la Amazonia (ARPA), que cubre una superficie similar a la de Francia, hace cuatro años que Brasil registra un descenso en su tasa de deforestación.

En efecto, en Río, la región fue mencionada como “parte de la solución y no del problema” en materia de desarrollo sostenible a nivel global. Si bien los acuerdos globales son de gran ayuda, Río mostró a líderes locales de América Latina que están decididos a tomar medidas y avanzar incluso sin ellos. Para ellos, el desarrollo debe ser ecológicamente sustentable desde el principio y no impulsado por el modelo de antaño de crecer primero y limpiar después.

Con este tipo de liderazgo, y apoyándose en el éxito del crecimiento generado por las materias primas de la última década, la región podría concentrarse en una agenda de crecimiento basada en mayor productividad y valor agregado, que fortalecerá aún más la marca latinoamericana.

No hay duda de que el éxito reciente ha dependido de la creciente integración a la economía mundial particularmente con China y Asia en general. América Latina y Asia del Este están hoy mucho más cerca en materia comercial y en fundamentos económicos que geográficamente.

Mucho se ha dicho —y analizado— sobre el llamado milagro asiático y el desempeño de Hong Kong, Indonesia, Japón, Malasia, Singapur, Corea del Sur, Taiwán y Tailandia. Estos países lograron un crecimiento promedio anual del 5,5% durante tres décadas (sesenta, setenta y ochenta) tres veces más rápido que América Latina. El secreto: no lo hubo. El éxito de Asia oriental reflejó una economía sana. Estabilidad macroeconómica, baja inflación, políticas fiscales sólidas... todo ha contribuido —tal como lo han hecho en América Latina durante la última década.

Que el éxito de Asia oriental se mantenga se debe mucho a su rápida integración a la economía mundial, su participación en las redes de producción regionales y globales y su convicción en el libre comercio. Pero esta dinámica integración comercial, por supuesto, tiene sus límites. Con el surgimiento de China e India como destinos favoritos de inversiones, la posibilidad de depender en la producción de “alto volumen y bajo valor agregado” para generar salarios decentes está en duda en los países de ingreso medio de Asia y América Latina.

Para hacerse más competitivos, estos países saben que deben enfocarse más en la producción con valor agregado, invirtiendo más en capital físico y humano, fomentando mayor innovación y espíritu empresarial. Mientras que los costes logísticos de exportación sean en promedio de dos a cuatro veces más altos que en los países ricos y los tigres asiáticos, como ocurre en América Latina actualmente, el potencial de crecimiento de la región se verá limitado.

Después de décadas de rasgarse las vestiduras, los latinoamericanos pueden hoy mostrar que el progreso se construye todos los días y paso a paso. Es cierto que falta mucho por aprender y mejorar todavía, pero también hay mucho hecho en Latinoamérica que se debe compartir y celebrar.