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Los latinos de Florida tienen la llave de la Casa Blanca

Desde su ventanita en la mítica Calle Ocho de Miami, la familia Valls ha servido café, croquetas y otras delicias cubanas a varias generaciones de un éxodo que hoy sigue su marcha.

El Versailles ha sido el corazón del exilio cubano durante casi medio siglo de existencia. Cuando ese restaurante abrió sus puertas en 1971, Miami todavía era una pequeña comunidad de jubilados. Un destino turístico que se nutría con la llegada de miles de cubanos que abandonaron la isla en los llamados vuelos de la libertad. Era el inicio de otra revolución; una que ocurría a 366 kilómetros de La Habana y que poco a poco transformaría el panorama político de Miami, del estado de la Florida y del país entero.

Hoy es complicado encontrar un lugar de la ciudad en el que solo se hable inglés e incluso es difícil encontrar un sitio en el que se hable algo de inglés. Un 70 por ciento de los habitantes de Miami son latinos y aunque más de la mitad son de origen cubano, la presencia de centro y sudamericanos es cada vez más notable.

La implacable oleada latinoamericana junto a nuevas generaciones del exilio que apostaron por una mayor pluralidad y mudaron su simpatía hacia los demócratas, convirtieron a la ciudad en uno de los centros urbanos más diversos del mundo y alteraron para siempre el perfil del voto latino en Miami y sus alrededores. Los históricos perdieron su homogeneidad y los republicanos a su mejor aliado.

En el 2000, el 56 por ciento de los hispanos del condado de Miami-Dade eran republicanos, este año apenas representan un 36 por ciento, de acuerdo con datos revelados por el Pew Research Center. A este bono demográfico, se le suma la impopularidad de Donald Trump entre las minorías —que son mayoría en los dos grandes condados del sur del estado— lo que representa una oportunidad única para Hillary Clinton y el mayor desafío para las aspiraciones presidenciales de Trump.

En una geografía electoral regularmente predecible, Florida es el premio gordo entre los estados que llegan sin definirse a la jornada electoral del próximo 8 de noviembre. Donald Trump puede arrebatarle a los demócratas estados como Ohio, Pensilvania, Carolina del Norte, Nevada, New Hampshire y perder la elección, si no triunfa en Florida.

Desde la polémica elección del 2000, ese estado se ha consolidado como una pieza clave en el tablero político de Estados Unidos. Según información de la oficina del censo, su población crece a un ritmo de mil personas por día y más de 20 millones viven actualmente en Florida, una cifra que significa que la población se ha duplicado desde 1980. El estado pasó de 17 a 29 votos del colegio electoral en un cuarto de siglo y se consolidó como la entidad que inclina la balanza política en el país.

En Florida es difícil encontrar gente que haya nacido allí. La mayoría proviene de otras partes del país o de otros lugares del mundo. Eso explica, en buena medida, la diversidad cultural, racial y económica que complica tanto la navegación política del estado.

El norte de Florida, como sus vecinos en Georgia y Alabama, se extiende por varias zonas rurales con un electorado mayoritariamente blanco y republicano. El centro es una de las principales trincheras electorales con los conservadores apostando por una alta participación de la base republicana en Tampa y los liberales tratando de activar a cientos de miles de puertorriqueños que se han radicado en Orlando durante la última década. Por último, está el sur de Florida, la región que se ha establecido como el gran frente demócrata gracias a la creciente diversidad en condados como Broward, Miami-Dade y, en menor grado, Palm Beach.

Durante los últimos 15 años, Broward se transformó en una de las zonas más diversas del país junto a Riverside en California y Clark en Nevada, según los datos del Pew Research Center. Las minorías se convirtieron en mayoría al igual que en Miami-Dade, en buena medida debido a la llegada de negros y latinos procedentes del Caribe y Sudamérica. Haití, Jamaica, Colombia y Venezuela alimentaron las filas de esta nueva porción del electorado que equivale al tamaño de la población de Orlando pero que se registra para votar a tasas ligeramente mayores. Por si esto fuera poco, en los últimos cuatro años esta región se afianzó como epicentro del crecimiento hispano de todo el estado aportando más de una tercera parte de los 1,4 millones de nuevos latinos en Florida.


Si el tamaño del voto latino representa un problema para Trump, para Clinton el desafío está en vencer la apatía y la desconfianza que existe en la coalición que llevó a Obama a la presidencia. Las encuestas le dan una ventaja determinante a la candidata demócrata entre los hispanos, pero la gran pregunta es si saldrán a votar en el volumen que ella necesita para imponerse en esta contienda tan cerrada. A principios de septiembre, Five Thirty Eight le daba 74 por ciento de posibilidades de ganar la elección y un 26 por ciento a Trump. Ese margen se ha reducido desde entonces hasta colocarse en 60 por ciento para la demócrata y 40 para el republicano.

La campaña de Clinton necesita la participación de los latinos en cifras récord y para eso cuenta con 57 oficinas repartidas por toda la entidad y cerca de 500 empleados, mientras el equipo de Trump opera desde su base en Sarasota apoyando primordialmente a la infraestructura existente del Partido Republicano. Las dos campañas han destinado la mayor parte de su presupuesto publicitario al estado y aunque ambos dicen estar listos para la batalla del voto por voto, la diferencia en el tamaño de las operaciones es considerable.

El presidente Obama ganó Florida por más de dos puntos en 2008 y por menos de un punto en 2012. Todo indica que en noviembre tendremos una elección igual o más reñida. En las próximas semanas podemos esperar una mayor presencia física y mediática de los candidatos en el estado, sobre todo antes del primer debate presidencial donde tendrán su primera gran audiencia desde las convenciones. A partir de ese momento, los esfuerzos de ambos se concentrarán en lograr que la gente salga a votar.

El voto latino es clave en Florida pero especialmente en el sur donde una nueva oleada de inmigrantes podría tener en sus manos el codiciado boleto a la Casa Blanca. Ahí estará enfocada mi atención la noche del próximo 8 de noviembre. Creo que será una larga jornada en la que seguramente visitaré la ventanita del Versailles para comprar mi café cubano y una buena empanada. Pase lo que pase, la noche de la elección tendrá sabor latino.

The New York Times | EDT