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Qué significa hacer política y gobernar siendo mujer en una ciudad de América Latina?

Una alcaldesa, incluso en el siglo XXI, es un ave extraña. A pesar de que ciudades tan importantes como Madrid, París, Roma, Santiago de Chile y La Habana —por dar algunos ejemplos— son hoy gestionadas por mujeres, lo cierto es que el plano local de la política sigue siendo un terreno masculino. Por cada ciudad o pueblo que vota a una alcaldesa, 19 otras elegirán a un alcalde. Esta tremenda desigualdad se acentúa si consideramos que la representación femenina en el ámbito municipal está por lo general confinada a comunidades muy pequeñas: en América Latina, el 80 por ciento de los municipios tiene 25.000 habitantes o menos.

Hasta 2014, según un informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el número de alcaldesas en América Latina alcanzaba apenas el 12,3 por ciento.

Un viernes de octubre, durante la cumbre mundial de líderes locales y regionales en Colombia, Anne Hidalgo, la alcaldesa de París, tomó el micrófono y se preguntó por qué no había más mujeres electas en cargos públicos: son la mitad de la población, dijo, son menos susceptibles a la corrupción y, a fin de cuentas, le dan credibilidad a la democracia, tan maltrecha a los ojos del público.

La vicealcaldesa de Panamá, Raisa Banfield, señaló que primero había que resolver el asunto de la dignidad y luego el de la participación política. Sylvie Goneau, concejala de Gatineau, Quebec, abandonó su discurso en francés para observar (en inglés) que la mayoría de los páneles del congreso seguían siendo masculinos.

Se trataba del Foro de Mujeres Electas Localmente, la única actividad centrada en el género que tuvo el quinto congreso de Ciudades y Gobiernos Locales Unidos, una cumbre que reunió en Bogotá a alcaldes y concejales electos de 140 países de todo el mundo para debatir sobre asuntos como movilidad, transporte, salud, vivienda, turismo, inversión extranjera.

Hacia el final de de los tres días de reuniones, el foro congregó a esa elusiva especie que son las alcaldesas. Fue la oportunidad para conversar con algunas de las mujeres que pelean y gestionan el poder cada día en sus ciudades en América Latina. ¿En qué se diferencian las ediles de sus contrapartes masculinas? ¿Qué impide superar el porcentaje de alcaldesas en la región?

La fuerza política de lo doméstico

Incluir a más mujeres en la política local no solo es un asunto de representación estadística. “Es nuestro derecho”, dice Sandra Pepera, politóloga, diplomática de carrera y directora de Género, Mujeres y Democracia del National Democracy Institute en Washington. “Pero, aun más importante, cuando las mujeres se involucran, las instituciones políticas cambian”.

“Suelen ser más incluyentes”, agrega. “Si haces sitio para las mujeres, haces sitio para todo el mundo”.

Resulta que las mujeres gobiernan distinto, o al menos eso piensan: cuando hay mujeres se gestiona con una perspectiva más completa para construir y apoyar a la comunidad, dijo Sylvie Goneau, concejala de Quebec.

“Nosotras somos más transparentes que pactar y cerrar las cosas entre cuatro paredes”, me dijo por teléfono Soledad Chapetón, la alcaldesa de 35 años de El Alto, la urbe metropolitana más grande y poblada de Bolivia. “Por lo menos yo no lo permito y eso me está generando algunos problemas”.

Más mujeres en la política también genera un beneficio económico generalizado: un reporte del McKinsey Global Institute sobre las estrategias para volver más competitivas las ciudades identifica la paridad de género como un eje clave para incrementar el producto interno bruto global en más de 12 billones de dólares. Para lograrlo, indicó John Means, socio de McKinsey y líder global para ciudades sustentables, una de las claves es aumentar la representación política de las mujeres.

Claudia Cabrera, burgomaestre de Policarpo, Colombia, cree que las lideresas no solo son más dedicadas, responsables y ahorrativas (una ventaja al manejar finanzas públicas), sino que mantienen un contacto más cercano con las poblaciones vulnerables como niños y ancianos, asuntos que para sus colegas varones, opina, a veces resultan “pequeñeces”.

Las mujeres, de hecho, tienen dos rutas de acceso al poder, señala Pepera: por un lado, el activismo y, por el otro, la política local. No se trata de que el ámbito local sea un “campo de entrenamiento” para quienes aspiran a un cargo de mayor importancia, sino más bien que el ámbito municipal es fértil para la participación femenina: “Las mujeres a menudo encuentran inspiración para involucrarse en política a causa de un asunto local. Porque hay un cruce donde atropellan niños, o alguien ha abierto un bar donde se congregan niñas por la noche”.

Si algo puede decirse con certeza de las mujeres políticas en el ámbito municipal es que siguen siendo demasiado pocas: hasta hace un par de años, apenas seis países de los veinte que tiene América Latina superaban el 20 por ciento de alcaldesas (Belice, Surinam, Uruguay, Cuba, Jamaica y Nicaragua).

Pero creer que una alcaldesa es más capaz y honrada solo por su género sería ingenuo. “Seamos honestas: las mujeres que entran en la política son políticas. Están ahí porque quieren involucrarse en las deliberaciones del poder, porque han ganado elecciones, tienen lealtades partidarias y manifiestos que apoyar”, indica Pepera, cuyo trabajo pasa por apoyar a lideresas en el ámbito municipal.

Todas tienen un desafío en común: gobiernan a una ciudadanía escéptica e impaciente que no dudará en cuestionar y revocar su mandato si no cumplen con su tarea democrática mientras enfrentan la inercia de las reglas establecidas por los hombres.

“Hasta no alcanzar un umbral, una masa crítica en el número de mujeres en política, ellas encontrarán muy difícil romper con la agenda francamente masculina. Así que se necesita más o menos un 30 por ciento antes de ver un cambio radical”, agrega Pepera.

Disputar el poder en un mundo masculino

Elegir el servicio público no siempre resulta ni atractivo ni lógico para las mujeres.

“Un día de estos dijeron que me habían visto en un hotel borracha, y que estaba en una habitación con hombres. ¡Vea todo lo que le sacan a una con tal de que una salga corriendo!”, cuenta María Rosa López Gutiérrez, alcaldesa de Santa Cruz de Guanacaste, Costa Rica, una maestra de primaria retirada que, aclara, no bebe alcohol y planea mantenerse firme en el cargo que ocupa desde mayo de este año.

Mantener el trabajo —el puesto de autoridad— es la principal tarea de cualquier político, pero solo las mujeres deben enfrentar el escrutinio de su vida personal, de su “vida sentimental, de la vestimenta, desde los usos y costumbres tanto públicos como privados”, lamenta Fabiana Goyeneche, de 31 años, directora de desarrollo social y suplente del Intendente de Montevideo.

“Cuando una mujer llega a un cargo de importancia, de decisión, lo primero que encuentra es la duda: ‘¿Podrá?’”, dice Chapetón, la alcaldesa de El Alto.

No siempre es un asunto de talento o preparación sino de enfrentar un sistema en donde las reglas y las instituciones son de diseño masculino. Uno de los efectos de la desigualdad de género es que, además de tener salarios más bajos y menos oportunidades laborales, las mujeres suelen tener menos tiempo para participar en la política puesto que deben atender ocupaciones que a menudo ellas no han elegido.

“Más que en el ámbito del debate, del discurso o la acción municipal, [lo más difícil] es coordinar los tiempos para que la familia se sienta integrada y sea parte de la acción que uno cumple”, dice Magali Quezada, de 42 años, tres veces alcaldesa de Nabón, Ecuador, y madre de una niña de cinco años.

Acaso una barrera más básica habita dentro de las futuras lideresas:  “Somos nosotras las que tenemos que atrevernos, las que tenemos que dejar el miedo, tenemos que dejar de sentirnos inferiores. Nosotras no tenemos que pedir cupo”, dice por teléfono la ingeniera Virginia Vivas de 51 años, que es alcaldesa de Córdoba, Venezuela, desde hace 12 años.

Algunos estudios en Estados Unidos, explica Pepera, demuestran que para que una mujer se anime a involucrarse en política, antes deben proponérselo siete veces personas diferentes y muy cercanas. La experta agrega que se trata de reunir confianza en sí mismas y también de contar con las redes necesarias.

En un escenario en donde la ciudadanía pierde el interés por la política, contar con más candidatas empeñadas en demostrar que pueden hacer un buen trabajo —un trabajo al que durante tanto tiempo no han conseguido postular o acceder— podría renovar las instituciones y su relación con la ciudadanía.

Además, perdura su impacto a largo plazo: esas alcaldesas se convierten en referencia y modelo y dejan de ser “la única” para convertirse simplemente en “la primera”, es decir, la mujer que abre la puerta para las que vienen detrás.

Esto lo sabe Cabrera, la joven alcaldesa de Policarpo, una zona de desmovilizados en Colombia. Ella, que tenía experiencia haciendo trabajo social y en cárceles, dice que decidió postular a la alcaldía porque también fue víctima del conflicto armado y debió abandonar su ciudad, hasta que le pidieron que volviera: “Me apoyó la gente común, sin ningún líder político. Fue un reto que saqué adelante y logré derrotar a ese poder político. Para mí ha sido lo más importante en la vida. Lograrlo y ser mujer, mucho más”.