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¿Quieres ser un consumidor ético? Deja de comprar drogas ilegales

Muchos de mis amigos y compañeros de clase en Estados Unidos se preocupan por lograr que el mundo sea un lugar mejor, e intentan hacer compras que reflejen sus valores. Algunos se han vuelto vegetarianos para salvar a los animales o luchar contra el cambio climático. Otros solo compran cosméticos cuya fabricación no se relacione con la crueldad animal, café de comercio justo o diamantes que no provienen de zonas en conflicto.

Sin embargo, al asistir a fiestas y festivales musicales me he percatado de que algunas de esas personas también consumen éxtasis o inhalan cocaína. Ellos creen que el uso de drogas es un crimen sin víctimas. No lo es. Solo hay que seguir la cadena de suministro para encontrar un rastro de espantosa violencia.

En México, el número total de víctimas provocado por el comercio de drogas durante la década pasada supera la cifra de 185.000; muchos de los muertos fueron espectadores inocentes. Estos cálculos no incluyen las miles de personas que han desaparecido, incluyendo cuatro miembros de mi familia que fueron secuestrados y jamás los volvimos a ver. Nos privaron de nuestros seres queridos sin una explicación, sin tener siquiera sus cuerpos para poder llorarles.

Nací y crecí en una ciudad mediana al norte de México. De niño, iba en bicicleta y patineta por las calles, pero actualmente a los niños no se les permite jugar afuera. Todo el mundo tiene una historia desgarradora sobre cómo el narcotráfico ha dañado sus vidas.

La violencia —ya sea entre carteles o entre grupos mafiosos y fuerzas gubernamentales— plaga las ciudades a lo largo de las rutas del tráfico de drogas. Las tiendas y restaurantes cierran sus puertas, y los empleados son despedidos. Los miembros de los carteles roban autos a punta de pistola de manera rutinaria. Invaden casas y fábricas para resguardarse, y disparan armas automáticas en espacios públicos. Mis familiares se han visto obligados a tirarse al suelo en casa y en el supermercado para evitar que les disparen.


Mientras estudiaba en la Universidad de Stanford y vivía en California, me di cuenta de que la mayoría de los estadounidenses —incluso quienes se consideran cosmopolitas y con tendencia a la justicia social— no tienen conciencia de su papel en este tipo de violencia.

Estados Unidos, con menos del 5 por ciento de la población del mundo, constituye más del 30 por ciento de la demanda mundial de drogas ilegales, según mis cálculos. Sí, hay adictos, pero los expertos estiman que ocho de cada diez consumidores —más de 20 millones de personas en este país— usan drogas con fines recreativos. Provienen de todos los estilos de vida: artistas, banqueros, ingenieros y estudiantes de preparatoria, universidad o posgrado.

La mayoría de esos consumidores saben poco sobre los carteles mexicanos que producen la marihuana, cocaína, éxtasis, metanfetaminas, fentanilo, heroína y otras drogas en México, o que las importan de Asia o América del Sur. Pero las mayores cantidades de dinero en el negocio de las drogas no provienen de producirlas, sino del tráfico a través de la frontera y su comercialización hasta los usuarios, lo cual requiere que los carteles controlen cada paso a lo largo de las rutas de tráfico. Para mantener ese control, se pelean carreteras, puertos, cruces fronterizos e influencias políticas.

Para evitar que crezcan grupos criminales más pequeños y terminen por competir con ellos, los carteles también controlan otras actividades como la trata de personas, el secuestro, la piratería de música y software, la extorsión y la prostitución.

Además, para proteger sus enormes ganancias, asesinan a rivales, periodistas, policías y ciudadanos inocentes. Mi amiga María, madre de un hijo de 14 años, escapó temporalmente de su vecindario de bajos ingresos en la ciudad de Monterrey cuando se dio cuenta de que un cartel estaba obligando a los chicos a que se unieran al negocio. Dos noches después de su regreso, unos hombres armados entraron a su casa y asesinaron a su hijo frente a ella como represalia.

Mientras México soporta estas atrocidades, los estadounidenses gastan miles de millones de dólares en drogas ilegales. Las cifras exactas de un mercado ilícito son difíciles de obtener, pero los cálculos dicen que el número supera los 150 mil millones de dólares al año… más de lo que el gobierno federal invierte en educación, y cuatro veces lo que gasta en orden público. Los carteles mexicanos controlan virtualmente todo el mercado estadounidense, según la Administración de Control de Drogas de Estados Unidos.

Si los carteles siguen teniendo un incentivo de esa magnitud, nuestros gobiernos jamás podrán ponerle fin a la violencia.

Por esto, los estadounidenses deben reconocer que cada vez que compran drogas ilegales están recompensando a los carteles. Si crees que el consumo de una persona es demasiado pequeño para hacer una diferencia, considera que con 100 dólares —lo que un consumidor de cocaína gastaría en un solo fin de semana— los carteles compran 500 cartuchos de municiones; con 500 dólares compran un nuevo rifle AR-15; con 700 dólares cubren el salario mensual de uno de sus sicarios.

Sin las vastas ganancias provenientes del tráfico de drogas, los carteles serían menos poderosos, y nuestros gobiernos podrían neutralizarlos.

Si consumes drogas ilegales, incluso de manera ocasional, por favor, reconsidéralo. Hay vidas que están en riesgo. Recurre a vicios legales si lo necesitas. Incluso si jamás consumes drogas ilegales, probablemente conoces a personas que lo hacen. Cuéntales sobre el rastro de sangre que llega hasta su noche de fiesta. Si lo hubieran visto de primera mano, como lo he hecho yo, no comprarían esas drogas.

Podemos combatir la idea errónea de que el consumo recreativo de drogas es un crimen sin víctimas. Debemos acabar con la hipocresía que le permite a la gente hacer compras basadas en sus preocupaciones por el ambiente, los derechos de los trabajadores o los animales… pero no sobre los asesinatos de personas en México.