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Cuando los capos dominaron el fútbol colombiano

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El Fútbol Profesional Colombiano cumplió 70 años y en LatinAmerican Post recordamos el capítulo más oscuro del deporte rey en el país cafetero

Cuando los capos dominaron el fútbol colombiano

Colombia celebra 70 años de tradición futbolística luego de que en 1948 se fundara el Fútbol Profesional Colombiano. De acuerdo con Deportes RCN, en ese mismo año se estableció la División Mayor del Fútbol Profesional Colombiano (Dimayor) y se jugó el primer torneo.

Santa Fe ganó ese primer campeonato, que fue disputado por otros equipos como Millonarios, Atlético Municipal, Junior, Once Caldas, Deportivo Cali, Universidad Nacional, América, entre otros. A partir de ese momento, el fútbol se convirtió en una pasión para los colombianos, quienes encontraron en este deporte diversión y un refugio de los problemas nacionales.

La popularidad del fútbol creció tanto que en los años 80 y 90 los capos más reconocidos del país llegaron a manejar equipos, sobornar árbitros, amenazar miembros de los equipos técnicos y asesinar jugadores. Los capos  más temidos dominaron el fútbol colombiano, mientras acumulaban triunfos  también crecían las dudas y los afectados.

El patrón de Nacional

Uno de los casos más conocidos es el de Pablo Escobar. Según El Mundo de España, el también llamado Zar de la cocaína, soñaba con convertir en campeón al club de su natal Antioquia. Tan grande fue su sueño que Escobar logró hacer campeón de la Copa Libertadores al Atlético Nacional.

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En el país rondaban rumores  de que  el poderío de Nacional se debía a la influencia de Pablo Escobar. El Mundo asegura que el líder del cartel de Medellín “no era el presidente ni aparecía en las fotos de la directiva, pero nadie cuestionaba en el país que tras el crecimiento de aquel escudo estaba la mano del criminal”.

Su afición al fútbol no se limitaba exclusivamente a patrocinar al equipo antioqueño. El patrón del mal, como se le conocía, construyó chanchas de fútbol en Medellín. De acuerdo con ese mismo medio, jugadores como René Higuita y Andrés Escobar jugaron en esas canchas para luego convertirse en grandes figuras deportivas en el país. Andrés Escobar terminó asesinado luego de un auto gol en el mundial de 1994 disputado en Estados Unidos.

El toque mexicano en Millonarios

Otro caso de narcotráfico y fútbol fue el de Gonzalo Rodríguez Gacha, alias el “Méxicano”. Según El Tiempo, el aliado de Escobar, se adueñó de Millonarios. Al igual que con el líder del cartel de Medellín, era un secreto a voces que todo el mundo conocía: Gacha  manejaba a Millonarios.

Durante la época en que Gacha mandaba en Millos, el club ‘embajador’ ganó la copa colombiana dos veces consecutivas, logrando dos estrellas para su escudo. Las victorias se dieron en 1987 y 1988 con records casi impecables. El Tiempo recuerda que en el 87, Millonarios consiguió la victoria con 22 fechas invicto. En el 88, el equipo bogotano no perdió durante 26 fechas.

Sin embargo, Millos pudo haber sido de otros capos del país. El Tiempo asegura que “versiones señalan que el club fue ofrecido a Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela, los capos del cartel de Cali, y que ellos declinaron la oferta pero recomendaron al esmeraldero Gonzalo Rodríguez Gacha y a los ganaderos Élmer Tamayo y Guillermo Gómez Melgarejo.”

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América y los Rodríguez Orejuela

El último caso que recordamos es el de América de Cali y los hermanos Rodríguez Orejuela. En 1979, Miguel Rodríguez Orejuela compró el América de Cali y a partir de ese momento se empezaron a realizar compras de exitosos jugadores como Roberto Cabañas, Julio César Falcioni, Ricardo Gareca, entre otros.

Según declaraciones entregadas al Universal de México por parte de Fernando Rodríguez Mondagrón, hijo del narcotraficante Gilberto Rodríguez Orejuela, el dinero del narcotráfico era abundante y se utilizaba para amañar partidos y comprar árbitros. Los intentos por hacer del América un equipo ganador llegaron a la Copa Libertadores, aunque fue difícil lograr negociar el resultado de los partidos, América fue tres veces subcampeón.   

 

LatinAmerican Post | Marcela Peñaloza