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Miss Universo 2018: un análisis después del certamen

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Miss Universo: una oportunidad para pensar acerca del desequilibrio cultural en un mundo globalizado como el nuestro

Miss Universo 2018: un análisis después del certamen

Año tras año, el concurso de belleza femenina Miss Universo es objeto de atención por cuenta del arduo trabajo de la prensa internacional que lo promociona y, de manera especial durante los últimos años, por meteduras de pata que se dan durante su desarrollo.

 

Imposible dejar de recordar a Steve Harvey, el presentador estadounidense quien en 2015 se equivocó al dar el nombre de la ganadora en aquella ocasión. En 2018, nuevamente un error le da trascendencia a un evento para muchos sobrevalorado, sexista y superfluo.
 

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Lo que dijeron las reinas

 

Durante el certamen que dio la corona a Catriona Gray, señorita Filipinas, el periodismo de farándula registró la existencia de un video en el que las candidatas de Colombia, Valeria Morales, y de Australia, Francesca Hung, secundan las opiniones de su colega de los Estados Unidos, Sarah Rose Summers, sobre sus similares de Vietnam, H’Hen Nie, y de Camboya, Rern Sinat.

 

Sobre la primera, la norteamericana señaló: “ella es tan tierna cuando pretende saber mucho inglés (…) Le haces una pregunta, tras sostener una conversación, y solo asiente con su cabeza y sonríe”. Sobre la segunda, indicó que “está aquí (en el concurso) y no habla nada de inglés. Lo que es peor, nadie habla su idioma, pobre Camboya". 

 

Las críticas a las palabras de Summers y a la actitud del trío de reinas no se hicieron esperar. Ahora bien, por una parte, es difícil pedir a las participantes de un concurso en el que el físico y la apariencia son fundamentales que ofrezcan declaraciones trascendentales. Nótese que en el video Summers, Morales y Hung aparecen en un ambiente distendido, más cercano a una charla de amigas que a una cumbre internacional sobre Derechos Humanos. La superficialidad de Miss Universo permea a todos sus elementos e integrantes, lo cual, hasta cierto punto, si no justifica de ninguna manera, al menos explica lo que sucedió en este caso.

 
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¿Son las concursantes embajadoras de su país?

 

Suele decirse que las ganadoras de los concursos de belleza nacionales que acuden al certamen “universal” se convierten, de alguna forma, en embajadoras de sus lugares de origen, lo cual supuestamente les da una responsabilidad. Pero, ¿es que acaso Miss Universo debe entenderse como un verdadero encuentro entre los países del mundo a esa escala? Aún más: ¿es este evento un escenario para mostrar las realidades que golpean o que adornan a nuestro mundo a fondo? Al observar la transmisión televisiva, queda la sensación de que solamente aquellas participantes que llegan a instancias finales pueden tener este privilegio de difusión y, en realidad, de forma bastante limitada.

 

Si el concurso Miss Universo tiene una estructura que impide que las realidades más apremiantes o valiosas del acontecer mundial se traten de manera adecuada, es difícil pedir a sus participantes que se comporten como serias embajadoras. Ciertamente, para los organizadores del evento la clave del asunto, del negocio, no está en que las señoritas tengan una actitud tipo Malala Yousafzai. Sin embargo, es necesario reiterar que de ninguna manera se justifica así la ligereza del comportamiento de Summers y compañía. El episodio es otro elemento para pensar acerca del sentido y de la idoneidad del evento como tal.

 

Con todo, ¿es posible sacar algún tipo de botín positivo, o al menos pertinente, de las palabras de la señorita Estados Unidos? Creo que sí, ya que quizás sin darse cuenta estaba diciendo una verdad interesante especialmente en el caso de la señorita Camboya.

 

El desequilibrio cultural en Miss Universo

 

Si vamos a creerle a Summers, a la manera como pinta la situación, el hecho de que Sinat no cuente con nadie en el certamen que hable camboyano o jemer es signo del tremendo desequilibrio cultural que padece nuestro mundo y que se refleja en Miss Universo. No se trata de satanizar al idioma inglés ni a sus hablantes, pero ciertamente el hecho de que la asiática no lo domine, aislada de alguna forma entre angloparlantes, es ejemplo de cómo multitudes de personas en todo el planeta tienen que enfrentarse a la hegemonía lingüística que impide un adecuado equilibrio entre manifestaciones culturales.

 

¿Por qué no resulta tan importante hablar jemer como hablar inglés? ¿No hay nada en los textos escritos, en las leyendas contadas en ese idioma, que merezcan ser conocidos por el resto de la humanidad? Todavía más: Camboya es un país que ha sido duramente castigado en las últimas décadas por guerras y genocidios. ¿Por qué sus habitantes no pueden contar las desgarradoras historias sobre los terribles hechos que han padecido y sus anhelos de cambio en su propio idioma?

 

Porque a nadie le interesa hablar ni escuchar hablar en camboyano. Porque el sistema educativo global está orientado a la unificación, mas no a la diversidad. Es más cómodo manejar una única lengua que afanarse por conocer varias. No hay tiempo ni recursos para ello. Y es mejor, más rentable, conocer los idiomas de los países que marcan la parada en la economía.

 

Umberto Eco, en el Nombre de la Rosa, hizo decir a su personaje Guillermo de Baskerville que el primer deber de un sabio es saber idiomas. Bueno: para quienes somos gente del común, sería interesante al menos preocuparnos por conocer elementos básicos de otras culturas, especialmente los referentes a las lenguas que, de por sí, ayudan en este propósito. Sobre todo, para tener una manera más rica de ver la realidad y comprender que las diferencias, en no pocas ocasiones, son muros artificiales que no aportan nada positivo.

 

Finalmente: la candidata Summers hizo referencia a las habilidades lingüísticas de mujeres de dos países que, hace muchos años, sufrieron las consecuencias de las decisiones politiqueras e irresponsables del gobierno estadounidense de la época, lo cual aún clama al cielo por la magnitud de los hechos. ¿Alguien se habrá fijado en este detalle?

 

 

LatinAmerican Post | Carlos Novoa Pinzón

 

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