AMÉRICAS

Chile arde de nuevo mientras el viento convierte barrios en cenizas durante la noche

Un muro de fuego arrasó Biobío en el punto máximo del calor veraniego de Chile, matando al menos a 16 personas y obligando a más de 20,000 a abandonar sus hogares. En Penco, el alcalde dijo estar “destruido emocionalmente” al ver a los bomberos llorar en el puesto de mando.

Cielos naranjas, calles vacías

Para el domingo, los bosques y cerros del sur de Chile ya no eran solo el paisaje de fondo; se habían convertido en un frente de avance. Se reportó la destrucción total de barrios enteros en Biobío, con evacuados dirigiéndose a refugios temporales llevando lo que pudieron tomar en los minutos antes de que el humo convirtiera el día en crepúsculo. Videos y fotografías capturaron llamas saltando entre edificios y postes de luz, humo denso tragándose el horizonte bajo una bruma naranja y amoratada. Cuando el fuego pasó, dejó un silencio que se sentía antinatural: estructuras colapsadas, calles llenas de autos calcinados y un paisaje que parecía haber pasado por un horno.

En Penco, una ciudad de unos 50,000 habitantes, a unos 400 kilómetros al sur de Santiago, el alcalde Rodrigo Vera describió una escena que sonaba más a duelo que a gestión de desastre. “Emocionalmente, estoy destruido”, dijo en la radio chilena, explicando que algunos bomberos habían quedado atrapados y que vio a otros llorando en el suelo del puesto de mando. Incluso su súplica al gobierno nacional llegó sin barniz político, como si el fuego hubiera quemado cualquier otro lenguaje. “Les ruego, por favor, desde lo más profundo de mi corazón. Vengan y ayúdennos”, dijo, pidiendo ayuda.

La magnitud del desplazamiento llevó la emergencia más allá de las imágenes obvias de casas en llamas. Vera dijo que más de 20,000 personas tuvieron que abandonar sus viviendas, y los equipos de emergencia evacuaron a pacientes de un hospital amenazado por las llamas. En un país acostumbrado a los incendios veraniegos, el ritual es familiar: sirenas, refugios, ceniza cayendo como una fina nieve, pero la familiaridad no reduce el impacto cuando desaparecen manzanas enteras y el aire mismo se vuelve peligroso de respirar.

Estado de catástrofe

En las primeras horas del domingo, el presidente Gabriel Boric declaró el “estado de catástrofe” para las regiones de Ñuble y Biobío, una medida que permitió al gobierno desplegar al ejército en zonas donde el fuego ya había consumido más de 8,000 hectáreas, casi 20,000 acres. La declaración tuvo el peso de una alarma constitucional, reconociendo que la capacidad ordinaria había sido superada y que el Estado necesitaba emplear sus herramientas más poderosas en la lucha.

El ministro de Seguridad Pública de Chile, Luis Cordero, confirmó la cifra de 16 fallecidos, advirtiendo que el número podría cambiar a medida que las familias buscan y las autoridades recopilan información. “Hay personas que aún no han sido ubicadas, pero muchas podrían estar en refugios”, dijo. “Algunas personas siguen desaparecidas, aunque muchas podrían estar en refugios. La información se está recopilando progresivamente”, agregó, explicando que los detalles se están armando poco a poco a medida que los familiares presentan denuncias. En esa cautela hay otra dolorosa verdad de los incendios: los muertos no siempre se encuentran rápido, y los desaparecidos a veces están dispersos, fuera de cobertura, sin transporte, en un refugio cuya lista aún no llega a una base de datos.

La Corporación Nacional Forestal de Chile informó que se combatían activamente 24 incendios en todo el país, la mayoría en los bosques del sur, donde una ola de calor y fuertes vientos intensificaron el último brote. Se esperaba que las temperaturas alcanzaran los 38 grados Celsius (unos 100 grados Fahrenheit), con vientos de hasta 90 kilómetros por hora. Esas cifras no son solo meteorología; son combustible y velocidad, la diferencia entre una línea controlable y un infierno desbocado. El calor seca la vegetación hasta convertirla en yesca. El viento convierte chispas en estrategia, lanzando brasas por delante del fuego principal, creando nuevos focos más rápido de lo que los equipos pueden llegar.

Chile enfrenta incendios forestales cada verano, especialmente en enero y febrero, pero los registros oficiales sugieren que la temporada ya está siendo intensa. El verano pasado hubo 3,018 incendios en todo el país. Este año, ya van 2,825, incluso cuando el tramo más caluroso de la temporada apenas comienza. Detrás de esas cifras hay equipos agotados y comunidades que han aprendido a empacar rápido, mantener los celulares cargados y escanear los cerros en busca de humo como antes se vigilaban las tormentas.

Un total de 16 personas murieron en una serie de incendios forestales en el sur de Chile, en las regiones de Ñuble y Biobío, informó el ministro de Seguridad Pública, Luis Cordero. EFE/ Presidencia de Chile

La larga memoria del fuego

El gobierno anunció en noviembre un presupuesto de unos 180 millones de dólares para combatir los incendios forestales este verano, una suma que indica preparación pero también la sombría expectativa de que la batalla se repetirá año tras año. El dinero compra horas de vuelo, equipos, logística y capacitación. No recupera los bosques en un fin de semana, ni reconstruye la sensación de seguridad de un barrio, ni borra el momento en que alguien se da cuenta de que la casa familiar es ahora solo un resplandor tras un muro de humo.

Esa memoria larga se agudiza porque Chile tiene un trauma reciente. Hace dos años, los incendios forestales más mortales de la historia del país arrasaron la costa central, matando a 135 personas y destruyendo o dañando 8,188 viviendas. La sequía prolongada y los fuertes vientos ayudaron a que las llamas avanzaran por los cerros, dejando una devastación que muchos chilenos aún miden en términos personales: la casa que perdió un primo, el perro que nunca volvió, la calle que ya no existe. El desastre actual del sur resuena con aquel, recordándole al país que “temporada de incendios” no es una frase; es una prueba nacional recurrente.

Y las llamas no respetan fronteras. En las últimas semanas, los incendios forestales también se han extendido por la Patagonia argentina, quemando casi 30,000 hectáreas desde mediados de diciembre, según Greenpeace. El informe señaló que allí no hubo víctimas humanas, pero sí bosques nativos arrasados, viviendas destruidas en varias comunidades y animales silvestres muertos. Para la región, es como una pesadilla compartida con distintos capítulos: dos países, un mismo paisaje austral, la misma vulnerabilidad en expansión.

En Biobío y Ñuble, el trabajo inmediato es sobrevivir, refugiarse, conseguir agua, reunificar familias, y el lento conteo de quién logró salir y quién no. Pero la pregunta más profunda sigue de cerca al humo: ¿cuántos veranos puede soportar una sociedad en la que el fuego no es la excepción sino el ritmo, regresando cada año con más velocidad, más calor y un apetito cada vez mayor?

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