El colapso de la salud en Colombia obliga a las familias a improvisar cuidados fuera de las aseguradoras
Frente a la mayor aseguradora de salud de Colombia, una madre sostiene a su hijo discapacitado mientras se acumulan recetas vencidas en medio de protestas, resaltando cómo el fracaso de las políticas se traduce en sufrimiento diario para las familias.
Una mañana de espera y papeles
La escena se desarrolla en un andén frente a la sede principal de Nueva EPS en Bogotá. No es ruidosa. Es pesada. María Rubio arropa a su hijo con cobijas y lo asegura con cinturones en su silla de ruedas. El aire es fresco y los bordes de los papeles se curvan en sus manos. Sostiene órdenes de medicamentos vencidas, desplegadas como prueba, mientras el tráfico zumba cerca. La gente pasa camino al trabajo. El edificio no se mueve.
Su hijo tiene parálisis cerebral, microcefalia y múltiples discapacidades. Él pertenece al grupo de pacientes de alto costo cuyos tratamientos están autorizados pero se entregan de manera irregular, según familiares y organizaciones que protestan frente a la mayor aseguradora de salud del país. La observación cotidiana que implica la escena es brutal en su simpleza: autorización no es igual a entrega. Un sello no se convierte en una pastilla.
“Todo está autorizado, pero no desembolsan los recursos y la farmacia no entrega,” contó María a EFE, levantando el fajo de órdenes. Explica que ha ido de un punto de dispensación a otro sin éxito, aunque su hijo necesita antiepilépticos todos los días.
El problema es lo que viene después. María improvisa, sintiendo el peso del cansancio y el sacrificio mientras cuida a su hijo, sabiendo que cada ajuste puede empeorar su condición.
“No hay suministros,” dice después, y la frase queda flotando sobre el andén.

Cuando las interrupciones se vuelven ausencia
Victoria Salazar, quien preside la junta del Observatorio Interinstitucional de Enfermedades Raras, dice que los pacientes han enfrentado interrupciones constantes desde el año pasado, situación que se agravó en diciembre. Ahora, dice, ya no son solo interrupciones.
“No hay suministros. Nueva EPS no está comprando los tratamientos que los pacientes necesitan,” dijo Salazar a EFE, agregando que meses de trámites y promesas no han producido pruebas concretas de una solución.
El gobierno ha reconocido la crisis del sistema de salud, pero a pesar de las intervenciones, los pacientes siguen sufriendo y sienten el fracaso del sistema en carne propia.
Datos oficiales indican que las aseguradoras mantienen una deuda significativa con hospitales, clínicas y proveedores de medicamentos. El efecto es acumulativo. Cuando se retrasan los pagos, se retrasan las entregas. Los pacientes crónicos, raros y de alto costo lo sienten primero y por más tiempo.
Esto convierte las disputas de política en logística doméstica. ¿Quién puede ir a otra farmacia? ¿Quién puede prestar un frasco? ¿Quién puede saltarse una dosis?

Tribunales, revistas y remedios caseros
El diagnóstico ha llegado a páginas académicas. Un artículo reciente en el British Medical Journal describió el sistema de salud colombiano como en “profunda deterioro”, citando escasez de medicamentos, interrupciones de tratamientos y crecientes barreras de acceso tras decisiones de política pública. El Ministerio de Salud rechazó ese informe por considerarlo sesgado y sin rigor técnico, argumentando que la crisis es estructural y no atribuible únicamente a la actual administración. Señaló que los recursos asignados al sector aumentaron en términos reales entre 2022 y 2026, equivalentes a 25 billones de pesos.
Los números viajan fácil. Las pastillas no.
El Observatorio Nacional de Salud estima que casi el 20 por ciento de las muertes evitables están relacionadas con fallas del sistema de salud, una realidad que sienten profundamente familias como la de Rocío, cuyos retrasos en medicamentos ponen en riesgo la vida de su hija.
Rocío González, madre de una niña de ocho años con hipertensión pulmonar, enfrenta desabastecimientos constantes de medicamentos, y su frustración crece mientras lucha por el derecho a la salud de su hija.
“He puesto tutelas, desacatos, y no pasa nada. Tengo que hacer rifas y pedir ayuda,” contó a EFE.
Uno de los medicamentos de su hija puede costar entre dos y cuatro millones de pesos por caja. Otro, más barato, solo dura dos días. Como María, Rocío dejó su trabajo para cuidar a su hija. Ahora sobrevive con trabajos ocasionales. El ritmo de su vida se mide en dosis y fechas límite.
La apuesta aquí es si la presión judicial puede sustituir la capacidad administrativa. Las familias siguen presentando tutelas. El sistema sigue rezagado.
De vuelta frente a Nueva EPS, María acomoda de nuevo la cobija. Dice que no tiene vida. No es una metáfora. Es una agenda borrada por el cuidado.
Para los cuidadores, esto no es un debate técnico sobre modelos de financiamiento o cuadros de gobernanza. Es una negociación diaria con la gravedad, y las autoridades deben priorizar la dignidad del paciente asegurando que el sistema cumpla sus promesas.
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