AMÉRICAS

La gira de despedida de Boric en la Patagonia pone a prueba promesas sobre caminos, hospitales y energía

En la región de Aysén, Chile, Gabriel Boric aprovechó un viaje presidencial tardío para impulsar políticas públicas a largo plazo para territorios remotos. Mientras se prepara para entregar el poder el once de marzo, los habitantes locales sopesan las mejoras frente al antiguo aislamiento y centralismo.

Un camino de ripio y una larga memoria

La escena es la Carretera Austral, donde la ripio se encuentra con el asfalto y el viento trae ese frío limpio y cortante que hace arder las mejillas. También se escucha en los neumáticos, ese pequeño redoble de piedras bajo un vehículo en movimiento, el recordatorio de que aquí la distancia no es una abstracción. Es un cálculo diario.

Entre ríos rápidos, lagos prístinos y campos de glaciares, el presidente Gabriel Boric llegó esta semana para defender lo que llamó políticas públicas pensadas para el largo plazo en las zonas más aisladas y despobladas de Chile. Instó al país a no postergarlas y a buscar el desarrollo sin tratar la lejanía como un asunto secundario.

Aysén es una de las regiones menos pobladas de Chile, con poco más de 100.000 habitantes, y uno de los destinos turísticos más codiciados del país. Aquí los Andes se rompen en macizos abruptos, valles glaciares y fiordos. La belleza abunda. Los servicios, no. El problema es que, incluso en un lugar promocionado como destino, la gente sigue viviendo al otro lado de un problema logístico.

Boric recorrió la ruta para inaugurar mejoras viales y un hospital, y entregar recursos a la policía local. Se tomó un momento para admirar el paisaje antes de hablar. Se describió como “deslumbrado” y “sobrecogido”, palabras que adquieren otro peso cuando uno está parado en una región que lleva décadas pidiendo ser vista.

Desde la comuna de Cochrane, planteó el problema en un lenguaje sencillo que los habitantes han usado durante años. “El Estado de Chile tiene una deuda con la conectividad de Aysén, debe ser la región con menos conectividad de Chile, la que tiene menos kilómetros pavimentados del país”, dijo a EFE.

La apuesta aquí es que verter concreto y construir clínicas todavía puede ser un acto democrático en un país donde la geografía ha decidido con frecuencia qué problemas se convierten en prioridades nacionales.

Foto de archivo del presidente chileno Gabriel Boric junto al presidente electo José Antonio Kast en el Palacio de La Moneda en Santiago, Chile. EFE/Elvis González

Donde el turismo se cruza con los servicios básicos

Uno de los tesoros a lo largo de este corredor es el lago General Carrera, el más grande de Chile y el segundo más grande de Sudamérica, conocido por su color turquesa y las Capillas de Mármol, cuevas y túneles naturales en tonos azules y blancos. Sus aguas profundas recortan una costa irregular, con pequeñas localidades separadas entre sí, lugares como Puerto Río Ibáñez y Chile Chico, cerca de la frontera con Argentina.

La fama del lago atrae visitantes. Pero los visitantes no pavimentan caminos, no dotan de personal los puestos de salud ni acortan un viaje de emergencia.

Más allá de la conectividad, los habitantes de esta parte de la Patagonia han exigido durante mucho tiempo una infraestructura más sólida y servicios públicos esenciales. En un territorio definido por el aislamiento, esas cosas pueden moldear la calidad de vida de formas difíciles de explicar desde la capital. Un tramo de camino reparado no es solo una comodidad. Es tiempo ganado, insumos que llegan y una derivación médica que ocurre antes de que sea demasiado tarde. Aquí la repetición importa: distancia, distancia, distancia. Estos esfuerzos muestran respeto por las necesidades locales y reconocen su importancia.

Boric, en su segunda visita a la zona como presidente, defendió su gestión enumerando acciones realizadas durante su mandato: reactivar obras paralizadas, pavimentar caminos, construir puentes, mejorar el acceso al agua potable, invertir en conectividad aérea, portuaria y lacustre, y construir mejor infraestructura de salud y educación. Suena como una lista de control gubernamental, pero también se ajusta a lo que la gente en el Chile remoto suele medir primero: si el Estado se hace presente en los lugares donde es más fácil desaparecer.

Foto de archivo de una cordillera en el Parque Nacional Patagonia, junto al lago General Carrera, en Aysén, Chile. EFE/Alberto Valdés

Centralismo, soberanía y quién cuenta

Boric es oriundo de Magallanes, la región más austral del país y del continente americano, y fue diputado allí durante ocho años. Se ha posicionado, a diferencia de los presidentes nacidos en la capital, como un opositor al profundo centralismo arraigado en el Estado chileno.

“Cuando la política se hace con una lógica centralista, solo desde Santiago, se pierde de vista la importancia que tienen las zonas extremas de nuestro país, tanto en la generación de recursos como en la soberanía y el bienestar de su gente”, dijo a EFE.

Su presidencia hizo de ese argumento algo simbólico en ocasiones, incluyendo una visita al Polo Sur en enero de dos mil veinticinco, calificada de histórica, donde promovió la investigación científica y reforzó el papel de Chile como puerta de entrada a la Antártica. El objetivo no era el turismo. Era la presencia, el conocimiento y la reivindicación del Estado de tomarse en serio sus territorios más lejanos. Esto demuestra respeto por las regiones remotas y su importancia estratégica.

En Puerto Río Ibáñez, última parada de su viaje de tres días, Boric firmó el Plan de Zonas Extremas para Aysén, destinado a inyectar recursos permanentes a la región. El plan se basa en un compromiso que asumió al llegar a La Moneda el once de marzo de dos mil veintidós, cuando prometió mantener estas iniciativas como leyes permanentes, aunque comenzaron como medidas extraordinarias.

Cerró con una frase que también es una advertencia para su sucesor y para el país que observa desde distancias más seguras. “Quienes venimos de regiones extremas sabemos que la gente construye y sostiene la nación en los territorios más inhóspitos, más apartados de nuestra tierra, y valen tanto como cualquier otro ciudadano”, dijo a EFE.

Un camino puede ser una cinta de asfalto. También puede ser un veredicto sobre la pertenencia.

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