AMÉRICAS

La marcha de la memoria de las Madres argentinas enfrenta al poder, la edad y la amnesia oficial una vez más

Cincuenta años después del golpe, Argentina sigue luchando con sus seres queridos desaparecidos, niños robados y el verdadero significado de la justicia. Con el apoyo estatal desvaneciéndose y la negación creciendo, la marcha semanal de las Madres en Buenos Aires se siente menos como un ritual y más como una advertencia.

Donde los desaparecidos aún gobiernan a los vivos

Para Taty Almeida, todo comenzó con la sensación de que ya no le quedaban puertas a las que golpear. Su hijo, Alejandro, un joven estudiante de medicina y activista político, desapareció en Buenos Aires en 1977. Ella creía que fuerzas paramilitares respaldadas por el gobierno se lo habían llevado. Pero en ese entonces, la sospecha no era suficiente para obtener respuestas, mucho menos reconocimiento. Así que fue a la plaza central cerca de la Casa Rosada y se unió a otras mujeres que hacían la pregunta más simple y dolorosa: ¿Dónde están?

Ese gesto se convirtió en uno de los actos morales más poderosos. Ese acto se transformó en una de las declaraciones morales más contundentes de la Argentina moderna. Las Madres de Plaza de Mayo comenzaron sin ningún poder o protección institucional. Empezaron transformando su dolor en protesta pública. Semana tras semana, caminaban alrededor de la plaza sosteniendo fotos de sus hijos, rechazando el lenguaje estatal de la desaparición, el silencio y el borrado. Esta negativa es igual de importante ahora, en el cincuentenario del golpe militar, porque Argentina vuelve a enfrentar la decisión de si la memoria es un pilar de la democracia o solo una molestia para quienes tienen el poder. Derecho de toda una vida resistiendo la desaparición. Ella dice que no quiere morir sin al menos tocar los huesos de Alejandro. La frase es devastadora porque elimina la abstracción. La justicia transicional puede sonar como el vocabulario de informes, tribunales y políticas públicas. Pero en el fondo, es esto: una madre que aún no puede enterrar a su hijo, una familia que todavía no puede cerrar una frase porque el Estado alguna vez hizo del propio cuerpo parte del crimen.

Durante años, Argentina se destacó por negarse a olvidar por completo. Expertos en derechos humanos de las Naciones Unidas la veían como un ejemplo global de cómo un país puede enfrentar un pasado violento. Esto importaba no solo para los argentinos, sino para toda América Latina. En una región donde muchos estados optaron por la amnistía, la distorsión o simplemente se rindieron, Argentina ofreció un camino diferente: la creencia de que la memoria podía formar parte de las instituciones, que la verdad podía sobrevivir al dolor y que la democracia podía fortalecerse enfrentando las acciones de la dictadura en vez de esconderlas tras relatos patrióticos.

Por eso el momento actual se siente tan grave. Lo que está en riesgo no son solo presupuestos o programas. Es la base moral cuidadosamente construida tras años de terror.

El presidente argentino Javier Milei. EFE/ STR

El Estado retrocede mientras avanza la negación

Los hechos muestran claramente lo que ha cambiado bajo el presidente Javier Milei. Los recursos estatales se han retirado de los esfuerzos para exigir rendición de cuentas. Se han recortado los fondos para investigar crímenes de la dictadura. Se permitió a la Armada destruir documentos de archivo antes de que un tribunal lo frenara. Según informes, algunos exmilitares acusados de violaciones a los derechos humanos podrían incluso recibir indultos. El propio Milei calificó las atrocidades como “excesos”. En Argentina, eso no es solo una minimización casual. Es un mensaje político.

Cuando un presidente llama exceso al terror sistemático, alienta al país a asumir menos responsabilidad. Las palabras importan porque las democracias no solo se protegen con tribunales y presupuestos. Se protegen por cómo una sociedad habla de sus propios crímenes. Llamar excesos a los abusos de la dictadura suaviza la dura realidad de un sistema basado en la desaparición, la tortura, el robo de bebés y el miedo. Sugiere que no fue un sistema de represión, sino simplemente un desborde desafortunado. Eso es exactamente contra lo que las Madres y Abuelas han luchado durante décadas.

Los expertos de Naciones Unidas fueron claros antes del aniversario, advirtiendo sobre graves retrocesos que podrían deshacer cuatro décadas de avances. Su declaración importa porque muestra que lo que ocurre en Argentina no es solo una pelea política local. Desde afuera, se ve como un declive en un país que alguna vez fue modelo. Esta reversión afecta más que la reputación. Amenaza el delicado vínculo entre democracia y verdad.

El ataque no es solo simbólico. Desde que Milei asumió, se cortó el financiamiento estatal a las Madres y se canceló el programa de televisión pública que conducían. Esto puede parecer menor comparado con los crímenes originales, pero sigue un patrón conocido. Primero, se burla de la memoria. Luego, las instituciones que la mantienen viva pierden fondos. Después, los archivos empiezan a parecer modificables. Finalmente, la sociedad llega a pensar que la justicia es costosa, que la memoria es parcial y que el pasado es una carga que conviene administrar en vez de enfrentar.

Pero los muertos no siguen ese guion. Los cuerpos siguen apareciendo. La semana pasada, peritos forenses identificaron los restos de doce personas enterradas en un ex centro de detención en la provincia de Córdoba. La dictadura no es un capítulo cerrado porque la evidencia sigue saliendo de la tierra.

Y también sus hijos. Se cree que alrededor de quinientos bebés nacieron en centros de detención, fueron arrebatados a sus padres y entregados a familias leales a la dictadura. Sus verdaderos orígenes se mantuvieron en secreto. Las Abuelas ya han encontrado a 140 de estos niños robados. Cada vez que se recupera la identidad de un niño, se revela la mentira en el corazón del autoritarismo: que un Estado puede reescribir por la fuerza la sangre, la memoria y los lazos familiares y seguir adelante.

La segunda “Marcha de la Resistencia” se realizó el 9 y 10 de diciembre de 1982. La bandera dice “Aparición con vida de los 30.000 desaparecidos”. Wikimedia Commons

Los jóvenes heredan más que un eslogan

Aquí es donde la historia pasa de la supervivencia al relevo generacional. Guillermo Amarilla Molfino, nacido en 1980, fue uno de esos niños robados. De adulto, tras ver un documental sobre otro hombre nacido en cautiverio y separado de su familia, empezó a cuestionar su propio pasado. Las pruebas de ADN confirmaron la verdad. Cambió su primer nombre de Martín a Guillermo para honrar a su padre, desaparecido. Ahora trabaja con las Abuelas y guía recorridos en la ex Escuela de Mecánica de la Armada, uno de los centros clandestinos de detención y tortura de la dictadura.

Su rol es profundamente político. No solo preserva la memoria. Demuestra que la dictadura sigue existiendo en las identidades, familias e instituciones de hoy. Argentina no solo mira una vieja herida para estudiarla. Vive con los efectos actuales de la violencia estatal.

La historia de Carlos Enrique Pisoni es similar. Sus padres fueron secuestrados en 1977 y siguen desaparecidos. A través de HIJOS, ayudó a formar una generación que heredó no el cierre, sino la responsabilidad. Su mensaje es claro y cierto: la desaparición forzada sigue doliendo mientras no haya cierre. Esto debería preocupar a cualquier gobierno que piense que el trabajo de la memoria está pasado de moda. No hay fin para la desaparición mientras siga viva en la ley, la vida familiar y la verdad pública.

Por eso la lucha argentina importa más allá de sus fronteras. América Latina sabe bien cómo las fuerzas de seguridad pueden cambiar sin abandonar del todo viejos hábitos. Pisoni advierte que el pasado no es realmente pasado mientras sigan ocurriendo abusos en cárceles o durante protestas. Ese es el vínculo entre recordar la dictadura y la democracia actual. Los derechos humanos no son solo lecciones de historia. Son una prueba real de si el Estado realmente ha cambiado.

Almeida parece entender esto profundamente. Dice que la lucha nunca terminará y que no han sido derrotadas. Hay fuerza en sus palabras, pero también realismo. Las Madres sobrevivientes ya son ancianas. Bastones y sillas de ruedas se suman a los pañuelos blancos que las hicieron símbolos globales de resistencia. Pero también marchan jóvenes, y para Almeida, eso es suficiente motivo para tener esperanza.

En Argentina, la esperanza rara vez ha sido suave. Suele ser terca, cuidadosa y pública. Se parece a una madre en una plaza, a un nombre recuperado, a un hueso identificado décadas después, a un niño que aprende la verdad sobre su nacimiento. Por eso importa este aniversario. La lucha ya no es solo por lo que ocurrió entre 1976 y 1983. Es por si Argentina seguirá siendo un país que ve la memoria como parte de la democracia o se convertirá en uno que obliga a los heridos a demostrar otra vez que el pasado merece ser recordado.

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