AMÉRICAS

La violencia rural reciente en Haití pone en evidencia la vulnerabilidad de los Estados frágiles en América Latina

Los asesinatos recientes en la región de Artibonite en Haití ilustran las consecuencias del dominio de las pandillas, la insuficiencia policial y los cambios de lealtad armada, resaltando los riesgos de una erosión institucional prolongada y el abandono de la población civil para América Latina.

Cuando el Estado no puede llegar hasta los muertos

Los hechos recientes en el centro de Haití dejaron al menos 16 muertos en una serie de ataques dentro de una zona controlada por pandillas, según informes policiales. Un periodista local estimó aproximadamente 20 fallecidos, mientras que una organización de derechos humanos sugirió que la cifra podría llegar a 70. Activistas atribuyeron la violencia a la pandilla Gran Grif y reportaron que 6,000 personas huyeron del área. El significado político va más allá del número de víctimas, ya que la policía aún no ha logrado asegurar el acceso a la región afectada.

Esta situación resume la crisis más amplia. En la zona rural cercana a Petite-Rivière de l’Artibonite, los reportes indican que los cuerpos permanecen en la carretera, casas han sido incendiadas y los sobrevivientes han huido. La respuesta estatal ha sido tardía e insuficiente. Dieciséis cuerpos han sido trasladados a morgues locales, pero muchos residentes, según se informa, tienen demasiado miedo para recuperar los restos de las víctimas debido a la presencia continua de miembros de pandillas. Si bien la incapacidad del Estado para garantizar la seguridad es un problema conocido en América Latina y el Caribe, los acontecimientos actuales en Haití demuestran un fracaso aún más agudo: la imposibilidad de asegurar un entierro seguro.

Según residentes de Jean-Denis, el ataque inicial ocurrió la madrugada del domingo, con hombres armados que, al parecer, llegaron desde varias direcciones y dispararon a quienes huían de casas en llamas. Los sobrevivientes afirmaron que los cuerpos fueron encontrados en la carretera a la mañana siguiente. Un segundo ataque se reportó el lunes. La secuencia de hechos sugiere una campaña deliberada y sostenida para ejercer control territorial e infundir miedo, más que una violencia aislada o espontánea.

La crisis en Haití tiene importantes implicaciones para la región en general. En América Latina, la violencia criminal suele conceptualizarse como externa al Estado. Sin embargo, los hechos en Artibonite indican que en algunas zonas los grupos armados están suplantando la autoridad pública. Estos grupos controlan el movimiento, infunden miedo, provocan desplazamientos y determinan el momento de los rescates. La oficina del defensor del pueblo reportó al menos 19 víctimas adicionales por disparos y señaló que la presencia continua de miembros de pandillas ha dificultado los esfuerzos para verificar el número de víctimas. Como resultado, incluso el proceso de contabilizar a los fallecidos se ha vuelto un terreno disputado.

La situación de Haití es una advertencia más que un caso aislado. En toda América Latina, las instituciones débiles, las zonas rurales desatendidas y las poblaciones obligadas a proveerse su propia seguridad han creado históricamente oportunidades para el surgimiento de grupos armados. Haití ejemplifica las consecuencias cuando estas vulnerabilidades persisten y los actores armados recurren cada vez más al miedo como forma de gobierno.

Los hombres entre el arma y la placa

Romain Le Cour Grandmaison, director del Observatorio de Haití en la Iniciativa Global, dijo a la BBC que el ataque parecía estar altamente coordinado, con reportes de carreteras bloqueadas para impedir la intervención policial. Señaló que, como es común en ataques de gran escala, se emitieron advertencias previas y ha aumentado la crítica sobre la falta de respuesta de las autoridades ante estas señales. Esta observación desplaza el enfoque de la tragedia inmediata hacia preguntas sobre la responsabilidad estatal.

En América Latina, la violencia masiva suele ir seguida de un escrutinio no solo sobre los perpetradores, sino también sobre quienes tenían conocimiento previo y no actuaron. La crisis actual de Haití se ajusta a este patrón: se emiten advertencias, aumentan los temores locales, los grupos armados se movilizan y las instituciones no responden de manera efectiva, citando luego desafíos como la complejidad y el acceso limitado.

La figura. El individuo que supuestamente lideró el ataque, conocido como “Ti Kenken”, fue anteriormente un miembro destacado de un grupo de autodefensa creado para proteger a los residentes de las pandillas antes de unirse posteriormente a Gran Grif, según Le Cour Grandmaison. Esta trayectoria ejemplifica el problema más amplio del deterioro institucional. América Latina ha coqueteado repetidamente con la idea de que actores armados no oficiales pueden estabilizar lugares donde la policía no llega. Defensa comunitaria, brigadas de autoprotección, hombres locales armados que supuestamente conocen el terreno mejor que el Estado. A veces estas formaciones surgen de una desesperación genuina. A veces logran contener la situación, aunque sea brevemente. Pero Haití está revelando el veneno oculto en ese arreglo. Si la lealtad es fluida y la fuerza es la verdadera moneda, la distancia entre protector y depredador puede desaparecer. Le Cour Grandmaison plantea una pregunta crítica: si los grupos de autodefensa son considerados socios esenciales para mantener el control territorial y apoyar a las fuerzas del orden, ¿cuáles son las consecuencias cuando cambian sus lealtades? En Artibonite, el resultado parece ser que los civiles quedan vulnerables, ya que las distinciones entre aliados policiales, vigilantes, miembros de pandillas e intermediarios territoriales se vuelven cada vez más difusas. Cada cambio de lealtad complica aún más los esfuerzos para restaurar el orden público. Este tema es políticamente relevante para la región, ya que desafía la creencia, sostenida por democracias frágiles, de que los grupos armados informales pueden compensar las debilidades institucionales. Si bien estos arreglos pueden parecer efectivos a corto plazo, en última instancia refuerzan la noción de que la autoridad proviene de la fuerza y no de instituciones legítimas.

Foto de archivo de un miembro de la Policía de Haití inspeccionando un ataúd en busca de armas y drogas durante una operación contra pandillas armadas. EFE/Mentor David Lorens

Una masacre rural con ecos regionales

Artibonite es principalmente una región agrícola, lo que añade mayor relevancia a los ataques. La violencia no solo tuvo como objetivo a personas, sino también a un espacio social y económico clave que sostiene al país y representa la continuidad más allá de la capital. La violencia rural en América Latina tiene efectos políticos distintivos: despuebla la tierra, interrumpe las economías locales y demuestra que la distancia geográfica no garantiza seguridad.

Gran Grif ha sido acusado previamente de actos de violencia similares. En octubre de 2024, miembros de la pandilla perpetraron un ataque mortal en Pont-Sondé, presuntamente en respuesta al supuesto apoyo de los residentes a un grupo rival. El número de muertos superó los 100 a medida que se encontraron más cuerpos. Relatos locales atribuyen tanto ese incidente como los ataques recientes en Petite-Rivière de l’Artibonite a Gran Grif. La recurrencia de estos hechos indica no solo violencia repetida, sino también una capacidad sostenida para castigar colectivamente a las comunidades.

En mayo del año anterior, Estados Unidos designó a Gran Grif como Organización Terrorista Extranjera. En ese momento, Marco Rubio afirmó que Gran Grif y la coalición Viv Ansanm eran “la principal fuente de inestabilidad y violencia en Haití”, con el objetivo de establecer “un Estado controlado por pandillas donde el tráfico ilícito y otras actividades criminales operan libremente y aterrorizan a los ciudadanos haitianos”. Los hechos recientes en Artibonite subrayan la gravedad de esta evaluación. Cuando las carreteras están bloqueadas, la policía se retrasa, los cuerpos quedan sin recoger y miles son desplazados, el problema va más allá de la seguridad pública y plantea preguntas sobre la soberanía territorial. En 2024, a menudo las fuerzas del orden se han visto superadas en número y armamento. Esa línea debería resonar fuertemente en todo el hemisferio. Haití no sufre simplemente porque las pandillas sean despiadadas. Sufre porque los grupos armados han aprendido que pueden ser más fuertes, rápidos y adaptables que las fuerzas reunidas para detenerlos.

Las implicaciones para América Latina son evidentes. Haití representa un ejemplo claro de las consecuencias cuando la inseguridad se institucionaliza, se ignoran las advertencias, actores armados no oficiales asumen roles políticos y los civiles quedan vulnerables. En Artibonite, los residentes huyeron de casas en llamas y no pudieron recuperar a los fallecidos debido al control continuo de los grupos armados. Esta situación es una advertencia para todos los Estados frágiles de la región.

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