AMÉRICAS

Los apagones en Cuba convierten los ascensores en trampas y las cocinas en clínicas

En Alamar, un edificio de dieciocho pisos ha aprendido a escuchar el silencio. Cuando se va la luz, un ascensor puede convertirse en una pequeña habitación metálica llena de desconocidos. La escasez de petróleo, las plantas frágiles y la inflación convierten los cortes de energía en política.

La puerta del ascensor que nunca termina de cerrarse

“¿Hay alguien atrapado en el asceeensooor?” grita Heidi Martínez, sosteniendo su teléfono en alto como una linterna, la luz rebotando en el concreto y el metal.

Ella es la administradora de un edificio de apartamentos de dieciocho pisos en Alamar, en las afueras de La Habana. Tiene cincuenta y tres años. No es técnica, ni mecánica, ni alguien entrenada para esto. Pero la necesidad es una maestra agresiva, y se ha vuelto experta en abrir manualmente el ascensor cuando se detiene.

Ocurre varias veces por semana. Un vecino se queda atrapado. El edificio pierde electricidad. El ascensor se detiene entre pisos. Y Martínez, con la luz de su teléfono y sus manos, se convierte en la diferencia entre el pánico y el aire de nuevo.

“Ya hemos desarrollado una cultura de apagones”, le dijo a EFE, de pie en la entrada del edificio.

En Cuba, los cortes diarios de electricidad, provocados por un déficit en la generación de energía, han sido crónicos durante años. En lugares como Alamar, son una carga familiar. El problema es que en las últimas semanas se han intensificado hasta volverse algo más difícil de soportar, con entre quince y veinte horas diarias sin luz en todo el país, como se señala en las notas, vinculadas a la presión petrolera de Washington sobre la isla.

Los datos oficiales describen el martes como el apagón más extenso registrado. En el pico de demanda por la tarde y la noche, más del sesenta y cuatro por ciento del país estuvo simultáneamente sin electricidad.

Alamar carga con su propia versión particular de esta pesadilla, y Martínez la nombra como se nombra a una enfermedad recurrente. Lo llaman quita y pon, explica, cortes repetidos sin un patrón discernible que pueden extenderse durante horas, todos los días. En un barrio de alrededor de 100,000 habitantes, la imprevisibilidad no es un detalle. Es el punto central.

Si llega un apagón, te preparas. Si llega como un parpadeo, vives en un estado constante de semi-preparación.

El ascensor de Martínez es la ilustración más aguda. Se puede oír en su voz cuando grita por el hueco, un sonido que mezcla deber con preocupación. Un edificio puede ser alto. Puede ser común. Y aun así, con el tipo de oscuridad equivocada, se convierte en una trampa.

Una persona ilumina una escalera con un teléfono en La Habana, Cuba. EFE/ Ernesto Mastrascusa

Quita y pon como forma de vida

Afuera, en el taller improvisado cerca de los garajes del edificio, Erleny repara una cámara de llanta. Tiene cuarenta y nueve años, trabaja con las manos en un lugar que parece armado con lo que había disponible, porque así suelen construirse los espacios de trabajo cuando los suministros escasean.

Describe los cortes de luz como se describe un mal hábito que se niega a salir del cuerpo. “Puede ser veinte minutos, puede ser media hora, puede ser una hora. Nadie se adapta a eso. Eso es como, bueno, ¿qué remedio?” le dijo a EFE.

Esa sensación de resignación no es pasiva. Es resistencia activa. Es gente organizando su día alrededor de la posibilidad de que la luz falle en medio de una tarea, y luego regrese, y luego falle de nuevo.

Gladys Berriel, una maestra jubilada de educación especial de setenta y cuatro años, dice que el problema comenzó en dos mil veintitrés y se quedó. No hay sorpresa en cómo lo cuenta. La forma de decirlo lleva la certeza cansada de quien ha visto una emergencia volverse rutina.

La frustración es tan profunda, añade, que algunos vecinos preferirían el quita y pon por los apagones largos y programados que sufren otras regiones. Suena contradictorio hasta que lo piensas un momento. La previsibilidad es una forma de dignidad. Un horario significa que puedes planear la cena, cargar un teléfono, guardar comida, programar una ducha y administrar un medicamento.

“Si al menos tuviéramos un horario, porque entendemos perfectamente la situación con el combustible, uno se ajusta”, dijo Martínez.

Esto revela un contrato social que la gente aún intenta honrar, aunque se deshilache. Muchos residentes no niegan la crisis. Piden la cortesía más básica que un sistema puede ofrecer en la escasez: dígannos cuándo.

Una persona ilumina una escalera con un teléfono en La Habana, Cuba. EFE/ Ernesto Mastrascusa

Cuando las reparaciones cuestan más que toda una vida de trabajo

El ascensor asusta, pero el daño real se extiende silenciosamente por los electrodomésticos y los presupuestos.

El quita y pon, ese pulso irregular de electricidad, quema los aparatos del hogar sin piedad. Y en un país marcado por la escasez de productos y la alta inflación, reemplazar o reparar un refrigerador o un ventilador no es una molestia. Es una crisis que se suma a la crisis mayor.

Berriel dice que reparar su refrigerador le costó más que su pensión. Pagó cinco mil pesos por la reparación, contó a EFE. Su ingreso de jubilación, agregó, es de 3,156 pesos tras 37 años de trabajo en la educación.

Cifras así no describen solo una dificultad personal. Describen una sociedad donde las cuentas ya no cierran, donde el costo de mantener la comida fría puede superar la recompensa mensual por toda una vida de trabajo público.

Aquí es donde la historia deja de ser solo sobre electricidad y pasa a ser sobre cómo la gente se ve obligada a racionar todo a la vez. Luz. Comida. Tiempo. Sueño. Dinero. Calma.

Las notas enmarcan el último aumento de apagones como parte de una crisis energética más amplia agravada por la presión petrolera de Estados Unidos, sumada a una situación ya crítica. Cuba enfrenta cortes diarios prolongados desde el verano de dos mil veinticuatro, según el texto, debido a averías frecuentes en plantas termoeléctricas obsoletas y la falta de divisas para importar crudo.

Desde el 9 de enero, dicen las notas, no ha entrado combustible externo a Cuba, mientras que la isla produce solo alrededor de un tercio de sus necesidades energéticas. El gobierno anunció la semana pasada un paquete de contingencia para sobrevivir sin petróleo importado: hospitales, oficinas estatales y transporte público funcionando al mínimo, universidades pasando a la enseñanza remota, eventos culturales y científicos cancelados y un racionamiento severo de combustible.

Expertos independientes citados en las notas creen que, entre febrero y marzo, la falta de combustible comenzará a golpear severamente a Cuba, ya que es indispensable y su ausencia afecta a todos los sectores.

En los últimos días, agregan las notas, varios países han anunciado envíos de ayuda humanitaria. La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos dijo el viernes que Estados Unidos está violando la Carta de la ONU y el derecho internacional con la presión petrolera.

De vuelta en Alamar, los argumentos de política son reales. Pero llegan por una puerta más estrecha: el sonido de un ascensor que se detiene, el silencio repentino de un ventilador, el golpe que mata un refrigerador, el pequeño haz de luz de un teléfono en la escalera.

Martínez escucha, luego vuelve a llamar. ¿Hay alguien atrapado? La pregunta es práctica. También es un resumen del momento que vive Cuba.

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