México revela cómo las heridas históricas siguen influyendo en la diplomacia atlántica contemporánea
El reconocimiento del rey Felipe sobre los abusos durante la conquista de México ha reavivado la política de la memoria, impulsando a América Latina a considerar si la reconciliación colonial puede realmente transformar la diplomacia, la identidad y el poder entre la antigua metrópoli y la excolonia en la actualidad.
Un gesto que carga cinco siglos de historia
La diplomacia suele avanzar a través de tratados, acuerdos comerciales y visitas de Estado. Sin embargo, también puede progresar mediante una sola declaración realizada en un museo, en presencia de un embajador, con la historia como testigo innegable. Esto ocurrió cuando el rey Felipe de España, durante una visita a una exposición dedicada a las mujeres indígenas de México, reconoció que hubo “muchos abusos” durante la conquista del territorio que se convertiría en México.
La declaración del rey Felipe superó reconocimientos previos de la realeza española. Afirmó: “Hay cosas que, cuando las estudiamos, con nuestros criterios actuales, nuestros valores, obviamente, no pueden hacernos sentir orgullosos”. Aunque informal, este tipo de comentarios puede ejercer una influencia política significativa cuando abordan una herida no resuelta.
Para México, estos comentarios representaron una forma de reivindicación parcial. La presidenta Claudia Sheinbaum los consideró un avance importante en una disputa que ha tensado las relaciones bilaterales en los últimos años. Su respuesta fue cautelosa y mesurada: “Se podría decir que no es todo lo que hubiéramos querido, pero es un gesto de reconciliación por parte del rey en términos de lo que estábamos hablando: un reconocimiento de excesos, exterminios que ocurrieron durante la llegada de los españoles”.
Esta formulación es significativa porque resume la tensión central del momento. No fue una disculpa completa, ni un acto legal o formal de contrición, y no resolvió la disputa. Sin embargo, rompió un patrón de larga data: por primera vez, un monarca español reconoció públicamente abusos cometidos durante la época colonial. Este hecho modifica el panorama diplomático.
En América Latina, la memoria histórica no es solo un tema académico preservado en aislamiento. Atraviesa la retórica estatal, las demandas indígenas, las tensiones diplomáticas, los materiales educativos, los monumentos y los silencios. La conquista no es simplemente un hecho histórico; sigue siendo un asunto central no resuelto, especialmente en países donde la identidad nacional se funda tanto en la continuidad indígena como en la violencia colonial. México ejemplifica esta contradicción.
La caída de Tenochtitlán, conmemorada en su 500 aniversario en 2021, representa más que una fecha histórica; constituye una ruptura fundacional. Marca el origen del México moderno a través de la sangre, el idioma, la conversión, la destrucción y la reinvención simultáneamente. Cualquier esfuerzo español por abordar esta historia inevitablemente trasciende las relaciones bilaterales, involucrando el discurso latinoamericano más amplio sobre cómo se recuerda, se disputa y se instrumentaliza políticamente a las antiguas potencias imperiales.

México convierte la memoria histórica en política exterior
México ha buscado desde hace tiempo llevar esta conversación al terreno diplomático. En 2019, Andrés Manuel López Obrador exigió una disculpa a España por las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la conquista y colonización de México. La respuesta de España no cumplió con las expectativas mexicanas, lo que resultó en un prolongado estancamiento. En 2024, la presidenta Sheinbaum excluyó notablemente al rey Felipe de su toma de posesión, citando la falta de respuesta tanto del rey como del gobierno español a López Obrador. Esta decisión trascendió el protocolo; señaló que la memoria histórica se había institucionalizado como política de Estado.
Este momento pone de relieve una dinámica latinoamericana más amplia. Durante generaciones, muchos gobiernos de la región han mantenido una postura ambivalente hacia Europa, especialmente España. Aunque existen afinidades culturales, idioma compartido y extensos lazos económicos, la historia colonial no resuelta suele presentarse como una expansión heroica o como un capítulo lamentable pero concluido. México desafía esta narrativa al negarse a relegar la conquista a un mero simbolismo.
El reconocimiento parcial del rey Felipe significa que el pasado ya no puede abordarse únicamente desde la nostalgia imperial o la retórica suavizada del legado civilizatorio. Esto es relevante porque la derecha política española sigue respaldando la narrativa tradicional. Alberto Núñez Feijóo advirtió contra juzgar los hechos históricos fuera de contexto y criticó el escrutinio de las acciones del siglo XV en el siglo XXI como algo irrazonable. Además, elogió el legado de España en el Nuevo Mundo, afirmando que la conducta española durante la conquista es favorable en comparación con la de otros imperios contemporáneos.
Esta defensa es reveladora porque plantea el imperio como una competencia moral relativa y no como un trauma persistente para los descendientes de los conquistados. También explica por qué la postura de México ha provocado reacciones tan intensas. Cuando la conquista se enmarca no como un logro civilizatorio, sino como abuso, exterminio e injusticia, el fundamento simbólico del orgullo imperial se vuelve difícil de sostener sin parecer brutal o evasivo.
El partido de ultraderecha Vox respondió con mayor vehemencia, calificando la conquista como “la mayor obra de evangelización y civilización de la historia universal”. Un representante del partido expresó asombro de que el rey se hubiera alineado con quienes buscan dañar y desacreditar la historia de España. Esta reacción transmite un mensaje importante a América Latina: el debate no es sobre la violencia de la conquista, que ya se reconoce, sino sobre quién tiene la autoridad para definir su significado hoy.

El resurgimiento de la cuestión colonial en América Latina
La importancia de este momento para América Latina va más allá de las declaraciones de España y abarca las oportunidades políticas que generan. La presidenta Sheinbaum indicó que estos comentarios deberían abrir un diálogo, aunque el proceso sigue siendo incierto. Esta incertidumbre es parte integral del asunto. Aunque la reconciliación se invoca con frecuencia, es difícil de implementar. Si implica una disculpa, programas educativos, restitución cultural, gestos simbólicos, un lenguaje diplomático revisado o un discurso público más franco, aún no está definido. Sin embargo, hay un hecho claro: la historia ha vuelto a entrar en la arena política.
Este desarrollo es relevante en una región donde el pasado colonial suele ser mercantilizado, romantizado u oscurecido por crisis contemporáneas. Los gobiernos latinoamericanos suelen afirmar su soberanía mientras gobiernan Estados fundados sobre jerarquías históricas de raza, tierra y cultura establecidas durante la conquista. Así, las demandas de México de reconocimiento por parte de España también reavivan un diálogo regional sobre quienes siguen cargando con las consecuencias de esa historia en el ámbito interno.
España presenta un contraste revelador. En 2015, promulgó una ley que otorgaba la nacionalidad a los descendientes de judíos expulsados durante la Inquisición, demostrando la capacidad del Estado para abordar injusticias históricas mediante políticas cuando así lo decide. La pregunta actual es por qué esa misma disposición ha sido más limitada respecto a la conquista de América. Esta diferencia no pasará desapercibida en América Latina.
Políticamente, México ha contribuido a trasladar la cuestión colonial de un llamado moral a un asunto diplomático activo. Esta transición podría llevar a otros países de la región a reconsiderar sus relaciones históricas con Europa, enmarcándolas menos como cuestiones de herencia y más como temas de responsabilidad, autoridad narrativa y restitución simbólica.
Las palabras del rey Felipe no cierran la herida histórica; más bien, cumplen una función políticamente más significativa. Reconocen la existencia de la herida, demuestran su capacidad para avergonzar a la monarquía, dividir a las facciones políticas de España y aumentar la influencia de México en la definición de los términos del recuerdo histórico. Para América Latina, esto representa un avance sustancial, indicando que la antigua metrópoli aún puede ser llamada a rendir cuentas, aunque sea a regañadientes, ante la memoria de sus antiguos súbditos.
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