ANÁLISIS

Venezuela destituyó a su presidente, pero las armas nunca cambiaron de manos

Dos semanas después de que fuerzas estadounidenses capturaran a Nicolás Maduro en Caracas, el presidente Trump declaró que Washington administraría Venezuela “hasta nuevo aviso”. Sobre el terreno, la maquinaria de la dictadura nunca se detuvo, solo cambió de manos, reforzando su control mientras prometía cooperación.

Caracas sin Maduro sigue sintiéndose como la Caracas de Maduro

La redada que destituyó a Nicolás Maduro se suponía que sería una ruptura: el rostro del régimen fuera, el camino hacia una Venezuela diferente repentinamente abierto. A las pocas horas, el presidente Trump le dijo al público que Estados Unidos administraría el país “hasta nuevo aviso”, como si un Estado pudiera gestionarse como un aeropuerto después de una tormenta. Pero en los barrios y cuarteles, la realidad que describen quienes observan este proceso es más simple y fría: el régimen, sin el Sr. Maduro, sigue tomando las decisiones.

Esa contradicción es donde vive la historia. El secretario de Estado Marco Rubio ha descrito una estrategia de tres pasos: estabilización, luego recuperación de las instituciones económicas y sociales, y después una transición hacia la democracia. Es el tipo de secuencia que se lee limpia en el papel, especialmente desde lejos. Pero en Caracas, los planes sobre papel chocan con la pregunta que lo decide todo: ¿quién controla las armas, los archivos, las prisiones y el miedo?

Según lo que se cuenta aquí, ahora todo depende de Delcy Rodríguez, identificada como la reemplazante de Maduro y la nueva dictadora en jefe del régimen. Ella, según este relato, coopera con los “gringos” en palabras pero no en hechos, diciendo lo que debe decir para frenar la presión extranjera mientras protege la arquitectura interna que mantiene el poder. En América Latina, reconocemos esta coreografía. Los regímenes no solo sobreviven por la violencia; sobreviven dominando la actuación de la razonabilidad mientras mantienen los instrumentos de coerción al alcance.

Un ejército fragmentado y un hombre del que se rumorea que lo quiere todo

Existe, sugiere el texto, una pequeña posibilidad: el ejército está fragmentado. La fragmentación puede significar parálisis, pero también puede significar oportunidades, oficiales y soldados que podrían defender un retorno a la democracia precisamente porque ningún mando es completamente confiable, ninguna lealtad totalmente segura. La idea es que reclutar y organizar a esos “patriotas” podría restaurar el orden y evitar un colapso institucional como el de Irak tras la desbaazificación, donde arrancar la estructura de gobierno creó un vacío llenado por el caos.

Pero esa misma fragmentación también crea oportunidades para los depredadores. La “mala noticia”, según se expone, es que el despiadado ministro del Interior antiestadounidense del régimen, Diosdado Cabello, aún controla la mayoría de las armas, las fuerzas armadas, la policía nacional, la policía secreta y los paramilitares, y se rumorea que planea hacerse con el resto. La palabra “se rumorea” importa porque captura un clima político familiar: ese que no puedes probar del todo hasta que ya está lloviendo. Y si el Sr. Cabello consolida el control, la segunda fase del plan de Rubio, reconstruir las instituciones, empieza a parecer menos una recuperación y más una continuidad gestionada, una nueva etiqueta sobre un sistema viejo.

Esta es la trampa que los planificadores extranjeros suelen subestimar. Puedes destituir a un líder, incluso de manera dramática. Pero si el aparato coercitivo permanece intacto, si las llaves de las prisiones siguen en los mismos bolsillos, entonces el poder cotidiano del Estado no desaparece. Simplemente actualiza el retrato en la pared.

Cientos de simpatizantes de Chávez marcharon para exigir el “rescate” de Maduro y Cilia Flores, detenidos en Estados Unidos, y advirtieron al presidente estadounidense Donald Trump que “no te saldrás con la tuya”. EFE/ Miguel Gutiérrez

Un nuevo comandante, un viejo currículum y el lento goteo del miedo

Dos días después de la Operación Resolución Absoluta, la Sra. Rodríguez ascendió a un veterano del aparato Chávez–Maduro para liderar la Guardia de Honor Presidencial: Gustavo Enrique González López. Sobre el papel, una “guardia de honor” suena ceremonial, el tipo de unidad que los turistas podrían confundir con uniformes de desfile. Aquí se describe como algo completamente distinto: unos dos mil miembros provenientes de varias ramas, fuerzas armadas, guardia nacional, policía nacional y policía secreta, una fuerza “tan grande como una brigada” y, más importante aún, “el núcleo del poder de la dictadura”.

El nombramiento importa no solo por el tamaño de la unidad, sino también porque el Sr. González López también dirige la contrainteligencia militar, la DGCIM, que se describe como responsable de reprimir la disidencia dentro de los cuarteles, espiar a soldados y oficiales, y llevar a prisión a quienes sospechan de deslealtad. Los valores del liderazgo, argumenta el texto, moldearán en qué se convertirá Venezuela. Y al nombrar al Sr. González López, presentado como un estrecho confidente del Sr. Cabello, para controlar tanto la Guardia de Honor Presidencial como la DGCIM, la Sra. Rodríguez no está señalando una transición. Está señalando desafío, “mostrándole el dedo medio” al Sr. Trump.

El currículum presentado es una línea de tiempo de consolidación. De 2014 a 2018, el Sr. González López dirigió la policía secreta durante un periodo de “represión intensificada”, sirviendo brevemente como ministro del Interior, Justicia y Paz, y alcanzando el rango de general en jefe del ejército. Tras asesorar al Sr. Maduro, regresó en abril de 2019 para encabezar nuevamente la policía secreta, cargo que ocupó hasta octubre de 2024. De allí pasó a PDVSA, donde dirigió asuntos estratégicos y producción, y luego se convirtió en presidente de la petrolera estatal en octubre de 2025.

Si esta es la figura a la que se le confían las palancas más sensibles del régimen, la implicación es directa: se está defendiendo el estado actual de las cosas, no desmantelándolo. Un hombre descrito aquí como central en “tortura, tiranía y terrorismo” difícilmente guiará al país hacia el Estado de derecho que requiere el desarrollo económico. Y ese miedo se filtra en los detalles que los venezolanos de a pie reconocerían más íntimamente que cualquier título de gabinete: el ritmo de las liberaciones de presos, la presión para guardar silencio, la sensación de que la libertad puede ser revocada en cualquier momento.

Las cifras caen como un libro de cuentas de la intimidación. El 3 de enero, el régimen tenía a más de ochocientos disidentes en prisión, sin contar a más de sesenta cuyo paradero era desconocido. Para el 16 de enero, Foro Penal, la organización sin fines de lucro que rastrea arrestos de figuras opositoras no violentas, dijo que solo 100 presos políticos habían sido liberados. El texto lo llama “goteo, goteo”, y la frase captura una estrategia: liberar solo lo suficiente para suavizar el escrutinio, pero no tanto como para debilitar la herramienta del encarcelamiento en sí.

Una de las razones que se ofrece es grotescamente práctica: muchos presos podrían estar en tan mal estado que liberarlos rápidamente avergonzaría a la Sra. Rodríguez, quien es descrita como cultivando “una imagen de civilidad” mientras “se viste como Imelda Marcos”. Pero la razón principal es estructural. Si se descarta el encarcelamiento masivo, la Sra. Rodríguez y el Sr. Cabello pierden un instrumento necesario de gobierno. Desde que Maduro fue destituido, los agentes de Cabello, uniformados y civiles, han seguido intimidando a la población con amenazas de detención y daño físico. Incluso la liberación, según este relato, es condicional: se dice que algunos presos liberados enfrentan causas abiertas, lo que significa que su libertad viene con un bozal implícito.

El retrato que emerge es el de un régimen que intenta sobrevivir a un shock histórico volviéndose más ágil, no menos cruel. Se describe a la Sra. Rodríguez jugando a dos bandas, diciéndole al Sr. Trump, al Sr. Rubio y a la CIA lo que quieren oír mientras mantiene satisfecho al Sr. Cabello. Pero la lección más antigua del poder en las Américas es que no se puede equilibrar el miedo en dos cuchillos para siempre. Eventualmente, “uno de los dos bandos tendrá que irse”.

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