AMÉRICAS

Muertes trágicas en cárceles de Ecuador evidencian una crisis creciente: autoridades no dan respuestas

Más de 500 muertes en la prisión más grande de Ecuador en 2025 revelan una crisis que exige atención urgente de la sociedad y los responsables políticos, mientras las familias describen una catástrofe lenta de hambre, enfermedad y silencio dentro de un espacio donde la supervivencia depende del dinero o la suerte.

Cuando la violencia cede, la negligencia toma el control

Las imágenes más sangrientas de la crisis carcelaria en Ecuador antes provenían de masacres: cuerpos mutilados, pabellones incendiados, titulares que contaban decenas de muertos tras enfrentamientos entre bandas. En 2025, esas escenas han disminuido en la Penitenciaría del Litoral, la prisión más grande y temida del país en Guayaquil. Pero para las familias que esperan fuera de sus muros de concreto, las cifras silenciosas resultan aún más alarmantes.

Más de quinientos reclusos murieron este año en la cárcel por causas oficialmente descritas como “naturales” o “en investigación”, muchas de ellas relacionadas por los familiares con tuberculosis y desnutrición severa. Familias como la de Ana Morales describen un infierno en vida, enfatizando su profunda preocupación y la urgente necesidad de atención.

Morales se unió a decenas de familiares frente a la delegación del gobierno provincial en Guayaquil, exigiendo explicaciones demoradas durante meses. Sus advertencias sobre internos enfermos, la inexistencia de atención médica y la comida insegura evidencian una negligencia sistémica que debería alarmar tanto a las autoridades como a la sociedad.

Dentro de la prisión, que alberga a unos 7.200 detenidos, la violencia no desapareció. Cambió de forma. Los disparos cesaron, pero los cuerpos siguieron saliendo.

Una protesta en Guayaquil, Ecuador, por la muerte de más de 500 reclusos en 2025 en la prisión más peligrosa del país. EFE/ Cristina Bazán

Certificados de defunción sin respuestas

A medida que aumentaban las muertes, las familias recurrieron a los tribunales y organismos internacionales. El 5 de enero, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos emitió medidas cautelares, advirtiendo sobre la ‘gravedad y urgencia’ y el riesgo de ‘daños irreparables’ a los derechos de los internos, subrayando la necesidad de una acción inmediata.

Las cifras oficiales muestran la magnitud del problema. Entre enero y septiembre, se registraron 564 muertes en la prisión: 288 catalogadas como “naturales”, 262 como “indeterminadas” y 14 clasificadas como violentas. Las autoridades insisten en que los internos reciben atención médica. Las familias aseguran que el papeleo oculta la verdad.

“No ponen tuberculosis en el certificado de defunción para no meterse en problemas”, dijo Benigna Domínguez, cuyo hijo murió en julio, meses después de contraer la enfermedad dentro de la cárcel, contó a EFE. No tuvo contacto con él durante seis meses. Cuando finalmente lo vio, estaba demacrado, cubierto de sarpullidos, casi irreconocible. “Me dijo que los estaban matando de hambre. También tenía sarna”, relató. La comida que recibía, agregó, a veces contenía “heces de rata y murciélago”.

La tuberculosis prospera en espacios hacinados y mal ventilados. Revistas médicas como The Lancet Infectious Diseases han advertido desde hace tiempo que las cárceles en América Latina funcionan como reservorios de la enfermedad cuando fallan los sistemas de detección, aislamiento y tratamiento. En el caso de Ecuador, las familias denuncian que esas garantías nunca existieron.

Las muertes no disminuyeron. Al menos doce internos han fallecido en lo que va del año, según el comité de familiares, incluso mientras la prisión permanece bajo fuerte control militar.

Una protesta en Guayaquil, Ecuador, por la muerte de más de 500 reclusos en 2025 en la prisión más peligrosa del país. EFE/ Cristina Bazán

Militarización sin cuidados

La Penitenciaría del Litoral es una de varias cárceles militarizadas tras la declaración de “conflicto armado interno” en Ecuador por parte del presidente Daniel Noboa en 2024, otorgando a las fuerzas de seguridad poderes extraordinarios para enfrentar a los grupos criminales. Para las familias, la presencia de soldados no se ha traducido en protección.

“Ahora los soldados deciden quién vive y quién muere”, dijo Domínguez. “Hay tortura y extorsión, en complicidad con los militares”, contó a EFE. Su acusación refleja un temor más profundo: que la militarización, pensada para frenar la violencia de las bandas, ha creado nuevas capas de impunidad cuando los abusos involucran al propio Estado.

Para Reyna Guerrero, las consecuencias fueron devastadoras. Uno de sus hijos murió en agosto por lo que ella afirma fue desnutrición crónica. Teme por otro hijo que sigue preso con la misma condición. Se enteró de la primera muerte no por las autoridades, sino por familiares de otros internos, cinco días después. Funcionarios penitenciarios le dijeron que estaba vivo. Lo encontró en la morgue. “Nunca permitieron que un médico lo revisara”, contó a EFE.

Rosario Carrillo no ha visto a su hijo en más de un año. Sabe que su condición empeora con la tuberculosis, y su súplica para mantenerlo con vida subraya el imperativo moral de una reforma inmediata y un trato humano.

Sus testimonios convergen en un solo punto: la muerte dentro de la prisión no es una excepción, sino un proceso—lento, burocrático y en gran medida invisible.

Una persona sostiene una fotografía durante una protesta en Guayaquil, Ecuador, por la muerte de más de 500 reclusos en 2025 en la prisión más peligrosa del país. EFE/ Cristina Bazán

Una crisis que trasciende los muros

La emergencia carcelaria en Ecuador no surgió de la nada. En la última década, la tasa de encarcelamiento del país aumentó drásticamente, impulsada por políticas de seguridad punitivas, hacinamiento y demoras judiciales. La Penitenciaría del Litoral se convirtió en una olla de presión donde la pobreza, el crimen organizado y el abandono estatal colisionaron.

Cuando las masacres sacudieron a Ecuador entre 2021 y 2023, expusieron el control de las bandas dentro de las cárceles. Pero los problemas de fondo—hacinamiento, hambre, agua contaminada y colapso sanitario—siguen sin resolverse, mostrando una falla sistémica que exige una reforma urgente para evitar más tragedias.

Investigaciones académicas en la Revista Panamericana de Salud Pública han documentado cómo la negligencia carcelaria en la región afecta de manera desproporcionada a internos de comunidades pobres y racializadas, convirtiendo las condenas en riesgos de muerte de facto. Las familias en Guayaquil describen esa transformación con precisión: el castigo se convierte en abandono.

Tras las últimas protestas, funcionarios del gobierno se comprometieron a instalar una cocina dentro de la prisión y a desplegar brigadas médicas permanentes. El comité de familiares afirma que verificará esas promesas durante una visita mañana, encabezada por la Defensoría del Pueblo.

Por ahora, la esperanza sigue siendo frágil. Las cifras son demasiado grandes, las explicaciones demasiado escasas. Ecuador logró reducir la violencia espectacular dentro de su prisión más peligrosa, pero al costo de exponer un horror más silencioso: personas que mueren no en motines, sino en silencio.

Al final, las familias piden algo dolorosamente básico. Comida que no envenene. Médicos que lleguen antes que la morgue. Certificados de defunción que digan la verdad. Hasta que eso ocurra, la Penitenciaría del Litoral seguirá siendo, en sus palabras, no una cárcel, sino una sala de espera para la muerte.

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