AMÉRICAS

Perú prohíbe las motos con dos pasajeros mientras los sicarios convierten la velocidad en terror

En Perú, una motocicleta se ha convertido en símbolo del miedo moderno: rápida, barata y mortal. Ahora, en zonas de emergencia, el gobierno prohíbe que dos personas viajen en una moto, con la esperanza de interrumpir la rutina de los sicarios: uno conduce, el otro dispara.

El método de asesinato que se adapta al tráfico

En Lima, donde el trayecto diario puede consumir horas y cada esquina tiene su propio ritmo, una motocicleta se supone que significa eficiencia: esquivar la congestión, llegar a casa antes del anochecer, hacer que las rutas de reparto sean rentables. Pero en el último año, ese mismo vehículo se ha convertido en la herramienta preferida de los asesinos a sueldo: rápidos para acercarse, rápidos para disparar, rápidos para desaparecer. El patrón es tristemente simple: una persona conduce, la otra dispara, y el caos de la ciudad se convierte en cobertura.

Esa es la lógica detrás de la nueva restricción de Perú en las zonas bajo medidas de emergencia contra la criminalidad: en esas áreas, dos personas no pueden viajar en la misma motocicleta. La política apunta directamente al método que, según las autoridades, se ha extendido en los asesinatos y campañas de extorsión más visibles del país. El presidente José Jerí expresó la postura del gobierno sin rodeos tras reunirse con sindicatos de transporte, grupos particularmente afectados por el aumento de ataques de sicarios y extorsiones. “Sabemos estadísticamente que las motocicletas son las herramientas que usan esos miserables”, dijo, según declaraciones citadas por EFE.

En la conversación pública peruana, el lenguaje en torno a esta violencia se ha vuelto casi coloquial, como una broma oscura que ya no parece una broma. La expresión “te van a mandar la moto” circula desde hace años como sinónimo de asesinato por encargo, una frase cotidiana que revela cuán profundamente la amenaza se ha infiltrado en la imaginación social. Cuando una sociedad convierte el asesinato en un modismo común, no es porque la gente sea indiferente. Es porque el miedo se ha vuelto rutina, y la rutina es la forma más peligrosa de normalización.

De asesinatos de alto perfil a dinamita en las puertas

La prohibición del gobierno no nace de la teoría. Nace de la repetición. En el último año, según informó EFE, numerosos crímenes siguieron el mismo guion de dos personas en moto, incluyendo el ataque al candidato presidencial Rafael Belaúnde, el asesinato de un diplomático de la Embajada de Indonesia frente a su casa en Lima, el homicidio del cantante de cumbia Paul Flores y varios periodistas asesinados de la misma manera. Cada caso suma una capa a la sensación nacional de que nadie está completamente protegido: ni figuras públicas, ni artistas, ni reporteros, ni personas comunes que regresan a casa.

La motocicleta también se ha convertido en el sistema de entrega de amenazas que están hechas para ser vistas, no ocultas. Durante meses, delincuentes en moto han dejado granadas o cartuchos de dinamita acompañados de mensajes de extorsión en escuelas, negocios e incluso instituciones públicas, según los reportes. Esto es violencia como comunicación: diseñada para sembrar pánico y extraer dinero, diseñada para hacer que el Estado parezca lento y los criminales omnipresentes.

Detrás de estos episodios hay un aumento más amplio del crimen organizado, como lo demuestran las cifras. Perú registró 2,250 homicidios en 2025, comparados con 1,139 en 2019, un aumento que muestra una escalada constante más que un pico repentino. Y principios de 2026 ya traen sus propias señales de advertencia. Sinadef, el sistema nacional de registro de defunciones, registró 88 homicidios en lo que va del año, según citó EFE, una cifra que el informe señala no es dramáticamente mayor que las 118 muertes por accidentes de tránsito registradas en los primeros 20 días del año. La comparación es escalofriante porque coloca el asesinato en el mismo rango estadístico que los accidentes: ambos están matando peruanos a un ritmo que parece ordinario en el papel y devastador en la vida real.

Más de la mitad de esos homicidios a inicios de 2026 ocurrieron en Lima y la vecina provincia portuaria del Callao, áreas bajo declaración de emergencia desde octubre, según EFE. Ese detalle importa. Sugiere que los poderes de emergencia por sí solos no restauran automáticamente la seguridad, y sugiere por qué el gobierno ahora recurre a restricciones más específicas: intenta interferir con la logística de la violencia, no solo castigar sus consecuencias.

Un miembro de la Policía de Tránsito conversa con un motociclista en Lima (Perú). EFE/Paolo Aguilar

Una multa, una reacción y el riesgo de castigar a los inocentes

La prohibición de motos con dos pasajeros no es completamente nueva. Se introdujo en Lima y Callao en octubre, junto con el decreto de emergencia anunciado por Jerí, y ahora se ha reforzado con sanciones más severas. A partir del miércoles, violar la norma implicará una multa de 660 soles—unos $196—y 50 puntos en el récord del conductor. Las reincidencias supondrán una multa de 1,320 soles y podrían resultar en la revocación de la licencia, según el informe.

El mensaje del gobierno es claro: la incomodidad es preferible al derramamiento de sangre. Sin embargo, los críticos de la política argumentan que la incomodidad no se distribuye de manera equitativa. Las motocicletas no son vehículos de lujo en Perú; para muchas familias, son una herramienta de supervivencia, una forma de reducir los costos de traslado, una forma de trabajar, una forma de moverse en una ciudad que a menudo castiga a los pobres con distancia y tiempo. En la práctica, muchas parejas viajan juntas porque es más barato, más seguro de noche y más realista que pagar por varios viajes a través de barrios extensos.

Por eso la norma ha generado rechazo entre motociclistas que sienten que los tratan como sospechosos simplemente por existir sobre dos ruedas. El presidente de la Comunidad de Motociclistas del Perú, Dani Mendoza, advirtió en medios locales que si no se llega a un consenso en una reunión programada con el Ejecutivo el martes, el grupo convocará a un paro nacional, según EFE. La amenaza de paro resalta un dilema latinoamericano conocido: cuando el Estado intenta responder rápidamente a la inseguridad, puede terminar poniendo el peso de su respuesta sobre trabajadores que ya están al límite.

Un motociclista, Ronnie Pretel, quien viaja a diario con su pareja, dijo a EFE que la prohibición es una “medida populista” que discrimina a los motociclistas y los perjudicará en su vida cotidiana cuando no están haciendo nada malo. Su queja lleva una advertencia más amplia: si las políticas de seguridad pública se sienten como un castigo para los que cumplen la ley, pueden erosionar la cooperación y la legitimidad, dos cosas que el Estado no puede permitirse perder en la lucha contra el crimen organizado.

También existe un precedente regional aleccionador. El informe señala que restricciones similares se han intentado en otros países, incluido Ecuador, sin reducir las cifras de homicidios vinculados al crimen organizado. Eso no significa automáticamente que la política de Perú fracasará, pero sí obliga a una pregunta más difícil: ¿el gobierno está desarticulando una herramienta clave de la violencia, o simplemente está cambiando las tácticas de los criminales mientras complica la vida de los trabajadores y los que viajan a diario?

Al final, la prohibición en Perú parece la de un país que intenta adelantarse a los criminales que han convertido la velocidad en estrategia. Es un intento de frenar al sicario, de hacer que la moto con dos personas sea menos útil como arma. Pero la verdadera prueba moral será si el Estado puede golpear a los asesinos sin convertir al trabajador motociclista en daño colateral. Perú no solo está luchando contra las bandas; está luchando contra la sensación de que el espacio público le pertenece al miedo. Y ese es el robo más costoso de todos.

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