Política

Honduras al borde del abismo mientras crecen los temores de fraude electoral

En la víspera de las cruciales elecciones presidenciales de Honduras, las sospechas de fraude, la injerencia política y la fragilidad institucional chocan con la esperanza de una nación cansada, mientras observadores advierten que una elección más disputada podría llevar su democracia peligrosamente cerca del colapso.

Una elección ya bajo sospecha

En Honduras, la elección se ha sentido manipulada mucho antes de que se deposite la primera papeleta, con una nube de desconfianza que opaca lo que debería ser una celebración cívica, enfocando la atención del público en los problemas de fondo que afectan la confianza del votante.

Las acusaciones de fraude vuelan de un lado a otro entre el partido gobernante y la oposición. La pelea ya no es solo por quién reemplazará a la presidenta Xiomara Castro, la primera mujer en liderar el país y esposa del expresidente derrocado Manuel Zelaya. Se trata de si los hondureños aún pueden creer en el acto mismo de votar.

En el centro de la tormenta están la Fiscalía General y las Fuerzas Armadas, dos instituciones que, en teoría, deberían proteger la democracia pero que ahora están bajo la lupa por investigaciones y presunta injerencia, generando dudas sobre la credibilidad de la elección y comprometiendo al lector con el papel controvertido de estas instituciones.

La comunidad internacional, incluyendo a las Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos (OEA) y la Unión Europea, enfatiza la transparencia para tranquilizar al público de que los esfuerzos globales respaldan unas elecciones justas en Honduras.

Las denuncias de posible fraude, las acciones agresivas de la Fiscalía y las Fuerzas Armadas, y la parálisis dentro del Consejo Nacional Electoral ponen en riesgo el derecho de los hondureños a participar en elecciones libres y justas,” advirtió Juanita Goebertus, directora para las Américas de Human Rights Watch, en declaraciones a EFE esta semana.

Mañana, los votantes elegirán al sucesor de Castro. Su partido, Libertad y Refundación (Libre), apuesta ahora por Rixi Moncada, quien se presenta como defensora del “socialismo democrático”. Se enfrenta a dos rivales conservadores: Salvador Nasralla del Partido Liberal y Nasry Asfura del Partido Nacional. Quien gane heredará una presidencia ya marcada por la sospecha.

Viejos fantasmas de fraude regresan

Los hondureños han aprendido por las malas que la noche electoral puede ser la más peligrosa del año. Desde el retorno del país a la democracia en 1980, la palabra “fraude” ha acompañado casi cada elección primaria, como una sombra que nunca termina de irse.

Por lo general, las acusaciones estallan después de que se anuncian los resultados. Esta vez, los gritos empezaron temprano. Analistas señalan que tanto el gobierno como la oposición gritan “fraude” incluso antes de que abran las urnas, preparando al país para un resultado que casi la mitad de la población está lista para rechazar.

La desconfianza entre los tres partidos con posibilidades de ganar es mutua, pero también tiene fundamento: los tres tienen la capacidad y el historial para cometer fraude,” dijo el analista político Filadelfo Martínez a EFE. Durante las primarias internas de los partidos el 9 de marzo, agregó, “los tres se hicieron trampa entre sí.

Los analistas destacan que la crisis actual proviene de una fragilidad institucional de larga data, especialmente durante los 12 años de gobierno del Partido Nacional, lo que debería inspirar preocupación y un llamado a fortalecer las instituciones entre el público.

Durante ese periodo, Martínez argumentó a EFE, la Fiscalía General “entró en caída libre, las instituciones colapsaron y dejaron de cumplir su papel en la sociedad.” Cuando finalmente se nombró a un nuevo fiscal, muchos hondureños se atrevieron a esperar un reinicio, un sistema de justicia que estuviera por encima de la política partidista en vez de servirla.

Pero con el actual fiscal, Johel Zelaya, Martínez cree que la desinstitucionalización solo se ha profundizado. En su opinión, el partido gobernante ha convertido el Ministerio Público en un órgano “a la medida de la dirigencia política y de la dinámica de la política hondureña,” según dijo a EFE.

EFE/ Gustavo Amador

Instituciones bajo intensa vigilancia

Si la Fiscalía está bajo fuego, las Fuerzas Armadas no se quedan atrás. Las quejas comenzaron meses atrás, durante las primarias y elecciones internas, cuando los soldados no transportaron, protegieron ni resguardaron adecuadamente el material electoral, como exige la ley. Esa falla no solo rompió una regla; rompió la confianza.

Las dudas se intensificaron cuando el general Roosevelt Hernández, jefe del Estado Mayor Conjunto, amenazó públicamente con encarcelar a periodistas y lanzó advertencias dirigidas a medios y sus propietarios. En un país donde los reporteros ya trabajan bajo intimidación, y donde cubrir corrupción, pandillas o narcotráfico puede ser una sentencia de muerte, el mensaje cayó como una bofetada.

La solicitud de los militares para que el Consejo Nacional Electoral (CNE) les entregue copias de las actas presidenciales el día de la elección solo agudizó la alarma. Que la institución encargada de la seguridad exija acceso a documentos clave del conteo fue para muchos una peligrosa confusión de funciones.

La consejera presidenta del CNE, Ana Paola Hall, no guardó silencio. En un mensaje en X, la red social antes conocida como Twitter, calificó la solicitud como “injerencia” de las Fuerzas Armadas, según reportó EFE. Para una autoridad electoral que aún lucha por proyectar autoridad, desafiar abiertamente a los militares fue un notable acto de autodefensa institucional.

Pero el daño ya está hecho. Cuando fiscales y soldados son percibidos como jugadores en el juego electoral en vez de árbitros neutrales, los ciudadanos comunes se preguntan quién, si es que hay alguien, realmente protege su voto.

Quién habla por los resultados

Esta batalla por las instituciones se refleja en las propias palabras de los candidatos. En los últimos días, Rixi Moncada de Libre insinuó que podría ser declarada ganadora al mediodía del día de la elección, una afirmación que para muchos sonó como un intento de moldear la realidad antes de que se cuenten los votos.

Hall, de nuevo, respondió. En una entrevista con un canal de televisión local, recordó a los televidentes que “cualquier declaración anticipada de resultados es ilegal.”La única voz autorizada es el CNE,” advirtió, instando a los hondureños a no caer en “la trampa” de anuncios prematuros de cualquier candidato, según declaraciones citadas por EFE.

Su advertencia resume el delicado equilibrio que debe manejar el CNE: imponer suficiente respeto para contener a políticos ambiciosos, mientras convence a un público escéptico de que tampoco está capturado por intereses partidistas.

En este ambiente tenso, los observadores electorales independientes se han vuelto más que una formalidad. Son la última línea de defensa de la credibilidad. Human Rights Watch ya ha subrayado que el trabajo de los observadores nacionales e internacionales, incluidas las misiones de la OEA y la Unión Europea, será “fundamental para preservar la credibilidad del proceso,” según declaraciones a EFE.

Esta noche, Honduras contiene la respiración. Los jingles de campaña se desvanecen de las radios, los mítines se han vaciado y los carteles que se despegan de las paredes ya parecen reliquias. Lo que queda es la pregunta que ha perseguido al país durante décadas: cuando salga el sol después de la votación, ¿la gente creerá en el resultado?

Porque al final, esta elección no solo trata de quién gana. Se trata de si los hondureños aún confían en que su voto, y no la manipulación de otros, decide el futuro de su país.

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