AMÉRICAS

Turistas en Tapalpa se esconden mientras la cacería de Mencho vuelve grises los caminos

Turistas en Tapalpa despertaron con helicópteros volando bajo y una avalancha de mensajes de advertencia. Cerca de ahí, el ejército mexicano buscaba a El Mencho, lo que provocó balaceras, bloqueos y un repunte de violencia. Este evento revela un problema de seguridad que persiste incluso después de que cesan los disparos.

Cabañas, helicópteros y una señal de teléfono que fallaba

Lo primero que notó fueron los helicópteros.

No era un zumbido lejano. Estaban tan cerca que el sonido parecía presionar sobre los techos de las cabañas. Ella estaba de vacaciones en Tapalpa, Jalisco, hospedada en el Tapalpa Country Club, un complejo arbolado con cientos de árboles y residencias de lujo. Entonces llegó el domingo, y el día dejó de ser una escapada.

“Desde que desperté, los helicópteros ya volaban muy cerca”, contó la turista a EFE, pidiendo permanecer en el anonimato.

Dijo que alrededor de las siete de la mañana, su familia intentó contactarla. Su señal de teléfono era débil y los mensajes llegaban de golpe. Fue en ese momento, con el ruido de los helicópteros y la señal intermitente, que se dio cuenta de que estaba a solo unos kilómetros del escondite de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como El Mencho.

Afuera, se desarrollaba un gran operativo militar.

Adentro, su reacción fue simple y física. Eligieron la habitación más segura que pudieron encontrar, al fondo de la cabaña, con menos ventanas. Menos vidrio significaba menos posibilidad de que una bala perdida los alcanzara, pensaron.

Ese es el tipo de detalle cotidiano que nunca se olvida. En una crisis, la gente empieza a contar ventanas.

Con la poca señal que lograban captar, veían cómo el chat del condominio se llenaba de advertencias. Había unas 60 personas en él, incluyendo turistas nacionales y extranjeros y organizadores. La petición se repetía en lenguaje claro: no salgan de las cabañas.

Es difícil explicar lo que se siente un grupo de mensajes cuando es tu única forma de conectar, tu única prueba de que otros están escuchando lo mismo que tú. El problema es que un teléfono puede enlazarte con otros pero aún así dejarte atrapado. Recibes la información, pero no te sientes seguro.

Fotografía aérea tomada el 22 de febrero de 2026, que muestra una columna de humo tras las reacciones violentas al asesinato del alias “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, en Puerto Vallarta (México). EFE/ Gerardo Santillán

Un estado de guerra a distancia de vacaciones

Al principio, dijo, pensaron que solo era un operativo rutinario. México ha visto tantos despliegues que a veces la gente intenta tratar las cosas como normales, incluso cuando no deberían.

Pero luego empezaron a llegar videos, contó, que mostraban grupos armados moviéndose entre las cabañas. Minutos después, se escucharon disparos. No fue solo una ráfaga rápida: fue fuego sostenido.

“Una hora de disparos”, dijo a EFE, y contó que no fue sino hasta el mediodía cuando cesaron los tiros.

Esas balas, en la historia que cuenta, iban dirigidas al líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, CJNG, descrito aquí como uno de los traficantes más buscados del mundo. Las notas indican que se había estado escondiendo en una cabaña exclusiva con su pareja sentimental desde el 21 de febrero. El operativo del ejército terminó con su muerte.

Para quienes quedaron atrapados cerca, el objetivo del operativo importaba menos que la sensación de estar encerrados. Hablaban en voz baja, miraban sus pantallas y esperaban el siguiente ruido.

“Estábamos en un estado de guerra del que no podíamos escapar”, dijo a EFE.

Un bloqueo de camiones cerró el paso. El complejo de cabañas se volvió como una isla, rodeada de árboles y caminos que ya no parecían parte de la vida cotidiana.

Entonces llegó el problema más humano. La comida.

“Ya no teníamos comida”, contó a EFE. Y, agregó, querían regresar a casa. Sus familias estaban en Guadalajara, donde ella creía que la situación era aún peor.

Aquí es donde el debate político se vuelve claro, aunque nadie lo mencione mientras se esconde en una habitación trasera. México puede realizar un operativo que elimine a un líder de cártel. Puede proclamar victoria. Puede mostrar que el Estado aún tiene poder.

Pero también muestra el costo en el terreno: cómo derribar a una figura principal puede provocar represalias inmediatas que afectan primero al público, con bloqueos, vehículos incendiados y la vida diaria paralizada.

El operativo, según las notas, desató una ola de violencia en todo el país. Veinticinco miembros de la Guardia Nacional murieron, junto con más de treinta integrantes del CJNG.

En Tapalpa, esos números no eran solo estadísticas. Eran la razón por la que nadie quería abrir una puerta.

Las autoridades locales reforzaron la seguridad y trabajan para retirar vehículos incendiados y restablecer la movilidad y la actividad turística en el destino. EFE/ Arturo Montero

El regreso escrito en ceniza

Para la tarde del domingo, regresar a Guadalajara parecía imposible. No solo porque Tapalpa tenía bloqueos ilegales, sino porque también había reportes de muchos más en todo el estado. Las autoridades contaron dieciocho en total.

Dijo que en el chat del condominio la gente advertía que aún había autos y negocios ardiendo y que no era seguro regresar.

“Conforme pasaban las horas, le mandaba un mensaje a mi mamá cada treinta minutos para decirle que todo estaba bien”, contó a EFE.

Ese detalle resume todo el día en un solo gesto. Una hija convirtiéndose en reportera de su propia supervivencia, enviando breves despachos para evitar que su madre imagine lo peor. Cada treinta minutos. Una y otra vez.

Entonces el miedo se volvió físico.

“El miedo no se iba de mi piel”, contó a EFE.

La noche del domingo trajo insomnio. No del fácil, sino del difícil, el que viene de temer que alguien pueda irrumpir o que los disparos vuelvan a empezar. Dormir es imposible cuando el cuerpo permanece en alerta.

Por la mañana, la decisión se volvió clara. Irse.

“Cuando despertamos, supimos que teníamos que irnos”, contó a EFE.

No salieron en convoy. Salieron en pequeños grupos, coordinándose por WhatsApp, cada grupo enviando actualizaciones en el camino mientras avanzaban hacia Guadalajara. La estrategia no era heroica. Era práctica. Una prueba lenta de si la ruta era transitable, si la siguiente curva estaría bloqueada y si aún habría humo elevándose.

Cuando el primer grupo llegó a la capital de Jalisco, ella fue con ellos. El viaje duró dos horas y media.

En la carretera, vio más de quince vehículos volcados. Dijo que todos estaban cubiertos de ceniza.

“En cada vuelta, te encontrabas una camioneta calcinada o huellas llenas de tierra para que los autos no se quedaran atascados”, contó a EFE.

Ceniza sobre el metal. Tierra apisonada en las huellas. Ese era el escenario de una guerra improvisada. Dijo que no vio ninguna fuerza militar resguardando la zona hasta llegar a Guadalajara.

Tres días después, la ciudad sigue en código rojo, con actividades suspendidas, según las notas. Guadalajara también es descrita aquí como uno de los puntos operativos clave del CJNG.

El problema de fondo no es nuevo, pero se vuelve más claro cuando se cuenta desde el cuarto trasero de una cabaña vacacional. México puede localizar a un capo, pero aún así dejar a la gente común enfrentando las consecuencias en soledad, dependiendo de señales de teléfono irregulares y chats grupales como salvavidas.

La verdadera pregunta es si la seguridad debe medirse solo por los objetivos abatidos, o también por la rapidez con la que el país puede devolver los caminos, el sueño y la tranquilidad a su gente—para que un fin de semana fuera no se convierta en un asedio.

Lea También: México persiguió a El Mencho usando a una pareja sentimental e inteligencia estadounidense en una arriesgada redada en la montaña

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