AMÉRICAS

Un ciudadano estadounidense en la cumbre del cártel desestabiliza la estabilidad latinoamericana

Si una persona nacida en California ahora lidera el CJNG, el problema va más allá de la sucesión en México. Se trata de la intersección entre el poder criminal, la identidad transfronteriza y la presión estatal en el panorama político de América Latina, tanto en el presente como en el futuro.

Una herencia criminal sin fronteras

Lo más notable del informe de esta semana de The Wall Street Journal no es solo que Juan Carlos Valencia González, conocido como “03”, parece liderar una de las organizaciones criminales más violentas de México, sino también que el posible sucesor es ciudadano estadounidense, nacido en California, y permanece profundamente integrado en la estructura familiar y de mando del Cártel Jalisco Nueva Generación.

Este asunto va más allá de los titulares sensacionalistas. En América Latina, los cárteles suelen percibirse como entidades puramente nacionales, originadas en un solo estado y exportando drogas, armas, miedo y dinero. Sin embargo, la evidencia indica una realidad más compleja y políticamente significativa. Un líder de cártel puede surgir de una existencia transfronteriza, lazos familiares mixtos y las intersecciones sociales y criminales entre México y Estados Unidos. Esto no niega los orígenes mexicanos del cártel, pero sí complica y aclara el contexto regional.

El ascenso de Valencia González fue gradual. Tras la captura del hijo biológico de El Mencho, Rubén Oseguera González, en 2015, y su posterior extradición y sentencia en el Distrito de Columbia en marzo de 2025, se abrió la oportunidad. Entre expertos y comunidades de inteligencia en México y Estados Unidos, “03” surgió como un sucesor plausible. El apodo refleja rango y cercanía: “01” era El Mencho, “02” su hijo, y “03” estaba lo suficientemente cerca del poder como para hacer concebible la sucesión.

Sin embargo, los informes son cautelosos donde el discurso público suele carecer de ello. Confirmar a Valencia González como líder definitivo sigue siendo un reto. El CJNG no opera bajo un modelo de liderazgo único; más bien, funciona a través de un consejo criminal compuesto por varios líderes. Esta incertidumbre es central para las implicaciones políticas de la situación.

Si un cártel de esta magnitud depende de un solo líder, entonces la transición de liderazgo se convierte en un objetivo específico. Por el contrario, si el poder está distribuido, la organización se vuelve más resistente a la decapitación y mejor preparada para soportar presiones externas. Esta distinción es crucial para América Latina, ya que influye en las estrategias estatales, la percepción pública del control y la longevidad de este poder criminal violento.

El CJNG no es una entidad localizada. Los informes identifican bastiones en Jalisco, Nayarit y Colima, con operaciones que se extienden por todo México e internacionalmente, incluyendo el tráfico hacia Estados Unidos, Australia, Canadá y países de África, Asia, Centro y Sudamérica, y Europa. Su control efectivo del Puerto de Manzanillo facilita la importación de precursores químicos para la producción de fentanilo y metanfetamina. La organización también obtiene ganancias de la extorsión, el robo de combustible, el secuestro, la tala y minería ilegales, el tráfico de migrantes y el fraude en tiempos compartidos. En esencia, no funciona solo como un cártel, sino como un sistema económico violento.

Implicaciones de la sucesión para la región

En este punto, la relevancia política de América Latina se vuelve más clara. Si Valencia González es el líder efectivo, una interpretación ofrecida es pragmáticamente sombría. El país pudo haber evitado un desenlace aún más violento. Los candidatos alternativos en la lucha por la sucesión son descritos como instigadores de violencia, vinculados a reclutamiento forzado, campos de tortura o enfrentamientos de estilo militar. Así, un líder menos abiertamente belicoso no significa paz, pero puede indicar una intensidad diferente de violencia.

Esta situación no brinda tranquilidad; más bien, representa una gestión de crisis.

Los informes distinguen entre una facción política y negociadora dentro del cártel y un grupo de choque compuesto por figuras militares que dependen exclusivamente de la violencia. Esta división es notable, ya que refleja sociología política más que simple desorden criminal. Indica una estructura organizativa capaz de calibrar la violencia, negociar estratégicamente y escalar la fuerza cuando es provocada. América Latina ha enfrentado antes dinámicas similares, donde grupos armados no solo confrontan al Estado, sino que también emulan aspectos de sus funciones.

Las autoridades mexicanas también identifican a Valencia González como el principal líder del Grupo de Élite, una facción armada violenta caracterizada por un gran poder de fuego y entrenamiento militar. Así, incluso la interpretación más moderada tiene limitaciones. Aunque pueda ser preferible a rivales más violentos, sigue siendo parte de un aparato fundado en la coerción, ejecuciones públicas, desapariciones, asesinatos, intimidación mediática y ataques a jueces, políticos, agentes de la ley y civiles. Los informes descartan cualquier percepción romantizada.

Los informes plantean una pregunta política sobria. Si el liderazgo sigue siendo colectivo, el CJNG puede mantener el equilibrio interno y distribuir el riesgo. Sin embargo, si se identifica a una sola persona, especialmente a un ciudadano estadounidense, como líder, se convierte en objetivo principal para las autoridades tanto de México como de Estados Unidos. Una perspectiva experta sugiere que una elevación automática sería estratégicamente imprudente para “03”, ya que centraría la atención en él en lugar de dispersar los esfuerzos de captura entre varios individuos. Este razonamiento es plausible, ya que el poder criminal perdura tanto por la brutalidad como por la ambigüedad.

Para América Latina, esto representa una advertencia profunda. La región enfrenta no solo grupos violentos, sino también modelos de gobernanza dentro de organizaciones criminales capaces de absorber choques sucesorios y continuar operando.

Cartel de búsqueda de Juan Carlos Valencia González. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)

La presión se intensifica en dos direcciones

Estados Unidos ha intensificado su enfoque. Según los informes, el Departamento de Estado designó al CJNG como organización terrorista extranjera y como Entidad Terrorista Global Especialmente Designada en febrero de 2025. Posteriormente, en junio de 2025, se impusieron sanciones del Tesoro a altos mandos, incluidos Audias Flores Silva y Hugo Mendoza Gaytán. Estas medidas tienen implicaciones prácticas en finanzas, diplomacia y cooperación de inteligencia, así como un significado simbólico.

Si se percibe que un ciudadano estadounidense lidera el CJNG tras la muerte de El Mencho, la narrativa se vuelve más compleja para que ambos países la encuadren en marcos políticos tradicionales. Para México, esto subraya que el poder del cártel no es un asunto doméstico aislado, sino que está entrelazado con Estados Unidos, que consume drogas, procesa a traficantes, impone sanciones y sigue siendo central para las actividades económicas del cártel. Para Estados Unidos, complica la representación de la amenaza como puramente externa cuando una figura prominente puede ser ciudadana.

Esta tensión resonará en toda América Latina. Los gobiernos regionales ya lidian con el desbordamiento de rutas de tráfico, lavado de dinero, tráfico de migrantes y redes armadas que ignoran las fronteras. Según los informes, el CJNG se ha expandido por México desde 2018 y, en 2025, es el principal competidor del Cártel de Sinaloa. Una lucha sucesoria dentro de una organización así no es solo un asunto mexicano; altera incentivos en los corredores de comercio, violencia y corrupción, afectando a gran parte del hemisferio.

Un factor adicional intensifica la gravedad de este momento. Los informes mencionan el hallazgo de los restos de cientos de reclutas del CJNG por activistas en el Rancho Izaguirre, en Jalisco. Este detalle subyace a todos los demás con una realidad cruda. Más allá del análisis, la terminología de seguridad y los mapas de liderazgo, existen cuerpos, campamentos, civiles desaparecidos, ejecuciones públicas y comunidades obligadas a cooperar en silencio.

Por lo tanto, las implicaciones para América Latina son concretas. La región observa una superestructura criminal que pone a prueba su capacidad para soportar otra transición de liderazgo, sanción y periodo de escrutinio. Demuestra que las fronteras siguen siendo ineficaces como explicaciones morales. Además, la presencia de un ciudadano estadounidense cerca de la cúpula de uno de los cárteles más violentos del hemisferio desafía la noción anticuada de mundos separados.

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