AMÉRICAS

Vigilia en prisión de Venezuela convierte a madres en legisladoras de la supervivencia diaria

A las afueras de El Rodeo, cerca de Caracas, mujeres duermen en carpas y se turnan para vigilar una angosta carretera, esperando a familiares detenidos como presos políticos. Una amnistía podría aprobarse la próxima semana, pero para las familias aquí, la política se mide en visitas negadas y nombres que aún faltan.

Carpas, listas de turnos y una carretera que encogió su mundo

El camino hacia El Rodeo I no es ancho. Es el tipo de calle angosta que parece temporal incluso en un día normal, una franja de asfalto que lleva a un lugar construido para terminar conversaciones. Durante el último mes, se ha convertido en otra cosa: un corredor de espera donde mujeres han levantado un campamento con lo que pudieron encontrar y lo que otros trajeron.

A un lado, unas veinte carpas se ubican en un pequeño jardín. Por otro lado, las familias ocupan todas las mesas de los dos comercios donde compran comida y bebidas. El aire lleva el olor mezclado de comidas calientes y la humedad de telas que han sido usadas demasiadas noches. La gente habla en voz baja, luego con tono agudo, y luego en silencio otra vez. Se ha formado una rutina. No porque alguien la quisiera, sino porque esperar sin estructura es una forma de colapso.

La mayoría de los presos políticos en Venezuela son hombres. La lucha por su liberación está siendo liderada principalmente por mujeres. Madres, esposas, hermanas, hijas. Desde el ocho de enero, han mantenido vigilias permanentes fuera de esta prisión cerca de Caracas, durmiendo, rezando, protestando, intentando que el Estado cumpla sus propias promesas. Su presencia constante demuestra resiliencia e inspira esperanza en quienes las observan.

“Cuando llegamos aquí, pensamos que iban a salir de inmediato”, dice Massiel Cordones, quien viajó desde el estado Falcón. Ella es madre del teniente del Ejército José Ángel Barreno, detenido desde dos mil veinte y vinculado a la Operación Gedeón, el fallido ataque marítimo de mayo de ese año. “Aquí tuvimos que unirnos como una familia. Aunque hay diferentes casos allá adentro, aquí estamos en una sola causa”, contó a EFE.

Eso, insiste, es la causa: libertad para todos los presos políticos. Y el problema es que la palabra todos tiene aquí un segundo significado. Incluye a las mujeres que se han hecho visibles en esta carretera y que, al hacerlo, han aceptado los costos que esa visibilidad puede implicar.

Al principio, dice Massiel, dormían en el suelo. Las donaciones llegaron después. Ahora tienen cuarenta y cinco colchones, compartidos en parejas. Organizan horarios para dormir, para repartir la comida y para las guardias nocturnas. Es lógica de campamento. También es gobernanza, ejercida por quienes han sido privados del poder formal. La apuesta aquí es que el orden y la solidaridad pueden mantener viva la vigilia el tiempo suficiente para que la ley avance.

Personas participando en una vigilia fuera del centro penitenciario El Rodeo I en Zamora, Venezuela. EFE/ Ronald Peña R. ARCHIVO

Un proceso anunciado, una promesa que aún no tiene lista

La cronología política que flota sobre las carpas es clara, al menos en el papel. Las liberaciones anunciadas el ocho de enero ahora se espera que se aceleren con la aprobación de una ley de amnistía propuesta por la presidenta en funciones Delcy Rodríguez, según un anuncio del viernes del presidente del Parlamento, Jorge Rodríguez. Una amnistía podría aprobarse la próxima semana.

Esa posibilidad es la razón por la que el campamento contiene la respiración. Pero también es la razón por la que el campamento permanece escéptico. Aquí han aprendido que las declaraciones públicas no siempre se traducen en puertas que se abren.

Foro Penal, la ONG que lidera la defensa de los presos políticos, dice que 2025 cerró con 863 casos, 106 de ellos de mujeres. Desde el ocho de enero, Foro Penal ha verificado 380 liberaciones, pero 687 personas siguen detenidas, 87 de ellas mujeres. Las cifras también traen un detalle incómodo: las mujeres son minoría entre las arrestadas y minoría entre las liberadas.

El gobierno dice que ha liberado a 895 personas, pero no ha publicado listas. Esto obliga a las familias a vivir en una niebla de información parcial. Cada liberación se convierte en alivio y en rumor, porque sin un listado oficial, nadie puede ver el panorama completo de quiénes siguen adentro.

Por eso el campamento lleva su propio registro. Hiowanka Ávila, quien ha sido central en la vigilia, estima que actualmente hay unas 85 familias, aunque a veces han llegado a ser 120. Anotan identidades, liberaciones y los nombres de quienes siguen desaparecidos. A veces, quienes recuperan la libertad comparten los nombres de detenidos cuyo paradero era desconocido para sus familiares. “Ha habido personas en desaparición forzada cuyas familias han podido entrar a visitar por primera vez”, dice. “Son pequeñas victorias.”

Pequeñas victorias es una frase cuidadosa. Significa una primera visita tras años de silencio. Significa volver a escuchar un nombre en voz alta. Hiowanka señala a una mujer que acaba de reencontrarse con su hermano después de siete años sin información. Cerca, una adolescente espera a su prima, quien hace una primera visita tras meses sin saber dónde estaba su esposo. Estos momentos de conexión alimentan la esperanza y demuestran avances.

En el campamento, esos momentos se tratan como oxígeno. No porque sean suficientes, sino porque prueban que la prisión no es completamente opaca.

Familiares de presos políticos participando en una vigilia fuera del centro penitenciario Rodeo I en Zamora, Venezuela. EFE/ Miguel Gutiérrez ARCHIVO

Visitas negadas, cuerpos revisados y cuidados que se convierten en protesta

El caso de Hiowanka muestra cuán rápido puede endurecerse el costo de protestar. Desde que se anunciaron las liberaciones, no le han permitido ver a su hermano, Henryberth Rivas, detenido en dos mil dieciocho y acusado de un presunto atentado contra el jefe de Estado. Las autoridades le han negado la visita, dice, como represalia por sus protestas. Esta dificultad constante resalta los sacrificios personales de las familias y genera empatía en quienes observan.

Hiowanka describe su papel sin melodrama, y esa contención lo hace más pesado. Dice que se dedica por completo a la lucha. Recita reportes de maltratos y describe cicatrices que ha visto en su hermano. “Estamos presos con ellos”, dijo a EFE.

Sus palabras se suman a una denuncia más amplia documentada fuera del campamento. La misión de determinación de hechos de la ONU sobre Venezuela ha reportado violencia sexual contra presos y mujeres visitantes en cárceles como El Rodeo I, incluyendo desnudez forzada e inspecciones genitales. Las mujeres del campamento viven con esa información mientras planean visitas, se turnan con otras madres y deciden quién puede entrar y quién debe quedarse afuera. El problema es que, incluso el acto de visitar puede sentirse como otra lucha de poder.

Y aun así la vigilia resiste. Resiste con horarios, colchones compartidos y comidas compradas en pequeños comercios. Ha sido gracias al trabajo constante de evitar que unas a otras se derrumben. No es solo una protesta. Es el cuidado convertido en algo visible.

Lorealbert Gutiérrez, de diecinueve años, depende de ese cuidado. Cinco de sus familiares están detenidos en El Rodeo I: su madre, su hermano, su pareja (padre de sus dos hijos), una prima y una tía. El año pasado los vincularon a un supuesto plan para atacar Caracas con explosivos. La propia Lorealbert fue detenida estando embarazada de siete meses, junto a su hermana adolescente. Ambas fueron liberadas. Durante meses buscaron a su familia hasta encontrarlos el nueve de enero en esta prisión.

Ahora debe elegir a quién visitar. Su red está fragmentada, sostenida por mujeres que hacen logística imposible. Su bebé de tres meses quedó con la familia paterna. Su hija de dos años está al cuidado de su hermana de diecisiete, quien dejó temporalmente sus estudios para cuidarla. La abuela paterna cuida a los hermanos menores de Lorealbert.

En esta historia, los hombres son la mayoría de los detenidos. Las mujeres son la infraestructura que queda afuera. Massiel crió a sus hijos sin un padre presente. Hiowanka alterna las visitas con su madre. Lorealbert enfrenta su situación sin su propia madre disponible, pero rodeada de otras mujeres, dice, que son las únicas que pueden entender.

“Es como una familia”, dice Lorealbert sobre el campamento. “Nos apoyamos: si una llora, todas lloramos; si una ríe, todas reímos”, contó a EFE.

Un campamento hecho de carpas y colchones donados no debería tener que funcionar como una institución paralela. Pero eso es lo que ha ocurrido en esta angosta carretera hacia El Rodeo I. Las mujeres han construido una comunidad porque el Estado solo ha dado fragmentos: un anuncio sin lista, un proceso sin un calendario en el que las familias puedan confiar.

La próxima semana podría aprobarse una amnistía. La ley puede avanzar. Las puertas pueden abrirse para algunos. La apuesta aquí es que cuando esas puertas se abran, las mujeres que han dormido afuera sean contadas no como fondo, sino como las personas que mantuvieron la historia unida el tiempo suficiente para que la política las alcanzara.

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