ANÁLISIS

Argentina apuesta por el cobre mientras los glaciares llevan la cuenta en silencio

La reforma de la ley de glaciares en Argentina ha desatado una dura lucha por el agua, la minería y la supervivencia en los Andes, donde viñedos, pueblos y cuencas dependen de un hielo antes considerado intocable y que ahora enfrenta una nueva era de discrecionalidad provincial e incertidumbre.

Cuando el agua deja de ser abstracta

En Mendoza, el agua no es un concepto que se debate a distancia. Es lo que permite que vivan las vides, que corra el agua en las canillas y que una provincia semiárida imagine su continuidad. Por eso el informe de la BBC desde el viñedo de la familia de Virginia de Valle impacta con tanta fuerza. Mientras recorre la propiedad de 16 hectáreas al pie de los Andes, dice: “Sin agua, no habría vino”. Al principio suena obvio. Luego llega el argumento mayor. En lugares como este, el agua no es solo un insumo agrícola. Es herencia, infraestructura cotidiana y la línea entre un valle vivo y uno que se seca.

De Valle explica a la BBC que los Andes, con su nieve invernal y sus glaciares, alimentan los ríos y arroyos que riegan los cultivos y abastecen los hogares. En años de lluvias y nevadas especialmente bajas, el agua de deshielo de los glaciares ayuda a suavizar el impacto de las sequías, que son cada vez más frecuentes en Mendoza. “Cada gota de agua cuenta”, dice. Esa frase puede ser el resumen más claro de toda la pelea política. La nueva reforma de la ley de glaciares en Argentina no trata solo de si se puede abrir más tierra al desarrollo. Se trata de quién decide cuándo una gota sigue siendo lo suficientemente valiosa como para protegerla.

La ley anterior, aprobada en 2010, consideraba a los glaciares como reservas de agua vitales y prohibía actividades comerciales dañinas a su alrededor. También protegía los ambientes periglaciares, incluyendo el permafrost y otras zonas congeladas que almacenan agua de formas menos espectaculares. Esos glaciares fueron registrados en un inventario nacional por el Ianigla, el Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales. La reforma cambia el eje. Ahora, los gobiernos provinciales decidirán si los glaciares en sus territorios son estratégicamente importantes para el agua, la agricultura, la biodiversidad, la investigación científica o el turismo. Si las provincias dicen que no lo son, esos glaciares pueden ser retirados del inventario nacional y perder esas protecciones.

Ese cambio puede sonar burocrático, pero políticamente es enorme. Argentina está trasladando el poder de definir el riesgo de una institución científica nacional a los gobiernos provinciales, que también están bajo fuerte presión para atraer inversiones. La BBC señala que hay 16.968 glaciares en Argentina, que proveen agua a 36 cuencas en 12 provincias y a 7 millones de personas. Eso hace que esto no sea una disputa ambiental de nicho, sino una cuestión nacional sobre quién clasifica el futuro del agua congelada del país.

Protesta exigiendo que los legisladores argentinos no avancen con el proyecto de reforma de la Ley de Glaciares, frente al Congreso, en Buenos Aires (Argentina). EFE/Greenpeace

Sueños mineros en tierras secas

Los defensores de la reforma tienen su propio relato claro. El presidente Javier Milei ve los Andes como la puerta de entrada a miles de millones en inversiones mineras, especialmente en cobre y litio. Los gobiernos de provincias ricas en minerales argumentan que la ley de 2010 les impidió promover un desarrollo económico sostenible. Milei ha sido tajante. Según cita la BBC, se quejó de que Argentina no exporta ni un solo gramo de cobre, mientras que Chile, que comparte la misma cordillera, exporta 20.000 millones de dólares al año. Según Bloomberg, citado en el informe, empresas mineras como Glencore, Lundin y BHP Group están interesadas en invertir unos 40.000 millones de dólares en la industria cuprífera aún sin explotar de Argentina.

En abstracto, ese argumento es fácil de entender. Argentina necesita inversiones. La transición energética mundial requiere más cobre y litio. Las provincias quieren empleos, ingresos y una vía hacia la economía minera del futuro. Pero el reportaje de la BBC muestra por qué el argumento se siente tan crudo en el terreno. Algunas de las provincias más interesadas en modificar la ley, como Mendoza y San Juan, son zonas áridas o semiáridas donde el agua ya es escasa. Por eso la promesa minera se percibe menos como un plan de crecimiento limpio y más como una apuesta con otro recurso que la gente no puede darse el lujo de perder.

Agostina Rossi Serra, bióloga de Greenpeace, lo resume de forma tajante en el informe de la BBC. Son provincias, dice, que creen que el desarrollo minero es más importante que los ecosistemas y las propias comunidades. De Valle dice algo similar en un lenguaje más íntimo. “A Milei no le importan los recursos naturales ni cómo va a terminar esto”, afirma. Si ese juicio parece justo o no depende de la política de cada uno. Pero refleja un temor más amplio en Argentina: que la desregulación no solo recorta excesos, sino que redefine el umbral nacional de riesgo ecológico aceptable.

Ese temor ya se ha hecho visible. El lema “Los glaciares no se tocan” ha aparecido desde Mendoza hasta El Chaltén, en la Patagonia, pintado en muros y veredas. Más de 100.000 personas se inscribieron para participar en una audiencia pública en la Cámara de Diputados en marzo, aunque menos de 400 pudieron hablar durante dos días. Serra dijo a la BBC que la audiencia dejó claro que no solo las organizaciones ambientales defendían la ley. Era la sociedad exigiendo que el agua siga protegida. Eso importa. Sugiere que esto no es simplemente un choque entre industria y activismo. Es una discusión social más amplia sobre qué cuenta como supervivencia común.

Aun así, hay una base real del otro lado. Federico Palavecino, abogado en Buenos Aires que asesora proyectos mineros sobre la ley de glaciares, dijo a la BBC que es correcto que las provincias decidan cómo proteger sus propios glaciares porque serán ellas quienes sufran las consecuencias si algo sale mal. “¿Por qué deberíamos decirles cómo vivir?”, pregunta. Es un argumento federalista poderoso que explica parte del atractivo de la reforma. Pero también implica un riesgo. Las provincias que compiten por inversiones pueden verse tentadas a ser las que menos restricciones impongan, especialmente cuando el dinero en juego se mide en miles de millones.

Glaciar, Santa Cruz, Argentina. EFE/Greenpeace

Una paradoja enterrada en el hielo

Lo que hace que el debate sea más complejo que una simple pelea entre codicia y conservación es que algunos científicos que se oponen a la reforma también reconocen la contradicción más profunda que encierra. El glaciólogo Lucas Ruiz, investigador independiente del Ianigla, dijo a la BBC que la enmienda se basa en “argumentos falsos”. El peor de ellos, afirma, es decir que algunos glaciares no contribuyen a los ríos. “Si es un glaciar, tiene hielo y aporta agua. Es muy básico.” Ruiz también señala que la reforma es poco clara. Los criterios siguen siendo inciertos, los organismos técnicos involucrados no están bien definidos y cualquier glaciar o ambiente periglacial podría quedar en riesgo.

Sin embargo, Ruiz también describe lo que llama una “paradoja brutal”. La ciencia, señala, indica que los glaciares se están derritiendo tan rápido que para fin de siglo Europa podría quedarse casi sin glaciares, al igual que los Andes tropicales en Perú y grandes partes de los Andes australes. Evitarlo requiere reducir la huella de carbono. Pero la transición energética no puede darse sin más cobre y litio. Eso significa que los mismos minerales necesarios para evitar un futuro más cálido pueden provenir de paisajes que deben ser manejados con un cuidado excepcional en el presente.

Esa paradoja no hace que la reforma sea inocua. Hace que la decisión sea más difícil y más cargada de dilemas morales de lo que pueden expresar los eslóganes. La postura de Ruiz, según la BBC, no es que la minería deba expandirse a cualquier costo. Toda minería debe ser responsable y evaluar a fondo su impacto sobre glaciares y ambientes periglaciares. Ese es un camino mucho más estrecho y exigente que el sugerido por el optimismo laxo de la desregulación.

De vuelta en Mendoza, De Valle ha comenzado a hablar con los visitantes del viñedo sobre la ley. Su frase final en el informe de la BBC es simple y devastadora. “Va a afectar a las bodegas, pero primero va a afectar a la vida.” Ahí es donde termina finalmente el lenguaje político. No en toneladas de cobre, ni en competencias federales, ni en bandos ideológicos, sino en un valle donde la gente sabe exactamente qué ocurre cuando el río baja más de la cuenta. Argentina está intentando decidir si sus montañas son principalmente una caja fuerte o un reservorio. El peligro es que, para cuando la respuesta sea evidente, el país ya haya gastado lo que no puede reponer fácilmente.

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