Colombia acusa a figuras rebeldes mientras el asesinato de Miguel Uribe sigue marcando la política
La fiscalía de Colombia anunció órdenes de captura contra siete miembros de la Segunda Marquetalia vinculados al asesinato del candidato presidencial conservador Miguel Uribe, quien fue baleado en un mitin en Bogotá en junio de 2025. La muerte de Uribe hizo más que interrumpir una elección; expuso cómo la paz inconclusa, los grupos armados fragmentados y el crimen urbano siguen influyendo en la política, recordándole a América Latina que la violencia puede alterar los procesos democráticos.
Cuando el asesinato regresa a la campaña electoral
La fiscalía de Colombia confirmó órdenes de captura contra siete miembros de la Segunda Marquetalia vinculados al asesinato del candidato presidencial conservador Miguel Uribe, baleado en un mitin en Bogotá en junio de 2025. La fiscal general Luz Adriana Camargo describió el asesinato como un complot coordinado, en el que el grupo rebelde supuestamente contrató a una banda urbana para ejecutar el ataque. La operación fue planeada por Kendry Téllez, excombatiente de las FARC, y Luciano Marín, excomandante de las FARC y fundador de la Segunda Marquetalia, también fue acusado de colaborar en el asesinato, que fue perpetrado por un adolescente reclutado por una banda bogotana.
En un mitin en un parque de Bogotá, un evento pensado para discursos y consignas, Colombia presenció el primer asesinato de un candidato presidencial en tres décadas. El senador conservador Miguel Uribe fue baleado varias veces por un adolescente y murió dos meses después. Esto por sí solo conmocionó al país, pero el relato de la fiscalía reveló un contexto más oscuro y políticamente significativo.
La fiscal general Luz Adriana Camargo afirmó que se emitieron órdenes de captura contra siete miembros de la Segunda Marquetalia. Describió el asesinato de Uribe como “el resultado de una operación criminal estructurada que involucró a una banda criminal urbana contratada” por el grupo rebelde. Esto resalta que el asesinato no fue espontáneo ni aislado, sino deliberado, organizado y planificado.
Esta distinción cambia el significado del asesinato para Colombia. Las democracias pueden soportar la ira, la polarización y la retórica dura. Lo más dañino es el regreso del asesinato político, especialmente cuando supuestamente es coordinado entre un grupo armado disidente y una red criminal urbana. Este ataque apunta no solo a una persona, sino a la frontera entre la competencia electoral y la coerción armada.
Para Colombia, esta herida es especialmente profunda porque rompe una promesa nacional que, aunque nunca fue totalmente segura, seguía siendo importante. El primer asesinato de un candidato presidencial en tres décadas es más que una estadística; es una advertencia histórica. Señala a los votantes que la campaña ya no es segura, a los candidatos que las apariciones públicas conllevan un riesgo mortal, y al Estado que su avance más allá de la temida violencia política sigue siendo incompleto.
Los detalles del asesinato son cruelmente íntimos. No fue ejecutado por un grupo de combate rural, sino en un mitin en la capital por un adolescente contratado por una banda bogotana. Esta imagen resume la crisis de seguridad de Colombia: los viejos conflictos han salido de las montañas y fronteras hacia las zonas urbanas, involucrando a actores más jóvenes, lealtades cambiantes y líneas difusas entre insurgencia, crimen organizado e intimidación electoral.

La paz sin control es solo una pausa
La fiscal general afirmó que Kendry Téllez, miembro de la Segunda Marquetalia y excombatiente de las FARC, planeó el asesinato, y que Luciano Marín, conocido como Iván Márquez, también fue acusado de participación. Este caso resalta los desafíos persistentes tras el acuerdo de paz de 2016, que pretendía cerrar un capítulo en la historia colombiana pero dejó algunos problemas peligrosos sin resolver.
El significado más profundo del crimen es que Colombia no solo fracasó en eliminar la violencia, sino también en consolidar la paz tras la desmovilización armada. El territorio, las rutas de tráfico, la influencia armada y el poder político local siguen en disputa. Los informes describen a narcotraficantes y grupos rebeldes compitiendo por el control de zonas abandonadas por las FARC tras el acuerdo de paz. El vacío no quedó desierto; fue ocupado.
La Segunda Marquetalia ejemplifica esta fractura. Fundada por un excomandante de las FARC que rechazó el acuerdo de paz, resalta la fragilidad de la transición colombiana. Un acuerdo de paz puede reducir una forma de guerra, pero dispersar sus fragmentos en nuevas formas si el Estado no logra establecer autoridad duradera, justicia y estabilidad económica. Los nombres cambian, las estructuras evolucionan, pero los instrumentos de la guerra persisten pese a las declaraciones de paz.
El asesinato de Uribe trasciende un crimen de campaña; revela la debilidad de un acuerdo político sin control territorial. Si un grupo disidente puede supuestamente orquestar el asesinato de un aspirante presidencial a través de una banda urbana contratada, Colombia enfrenta no solo inseguridad, sino una reconfiguración. Los actores armados se adaptan más rápido que las instituciones, y solo necesitan suficiente espacio para amenazar el núcleo democrático.
El asesinato marcó un retroceso en los esfuerzos del presidente Gustavo Petro para reducir el crimen. Las conversaciones de paz con la Segunda Marquetalia ya habían sido suspendidas tras una escisión interna. Para cuando las autoridades actuaron públicamente y ofrecieron una recompensa por la captura de Marín, el daño simbólico ya se había extendido. Las negociaciones dejaron de verse como un camino hacia el desarme y pasaron a parecer un proceso donde los actores armados aún influyen en la política mediante el terror.

Lo que Colombia debe enfrentar antes de la próxima votación
Colombia celebrará elecciones presidenciales en mayo, con una segunda vuelta en junio si ningún candidato obtiene mayoría. Este calendario ahora se cierne sobre el país, recordándole que las urnas y las balas pueden cruzarse. El efecto inmediato del asesinato de Uribe es el temor a los mítines, la visibilidad y la campaña pública. Más profundamente, los asesinatos alteran el comportamiento psicológico e institucional antes de cambiar los resultados.
Los candidatos refuerzan la seguridad y limitan el contacto público. Las campañas se vuelven más cautelosas y mediadas. Los ciudadanos sopesan los riesgos antes de participar. Bajo estos cambios, resurge un viejo temor: que la política colombiana sigue siendo vulnerable al veto armado.
Esta sospecha importa porque las democracias dependen no solo de reglas formales, sino también de la confianza en ellas. Cuando los votantes creen que las candidaturas pueden ser terminadas por la fuerza, la república se siente menos como una competencia de ideas y más como un dominio controlado por actores armados. Colombia conoce bien el daño que esto causa.
Para América Latina, la lección es aleccionadora. Colombia ha sido tanto una advertencia como un laboratorio, donde los procesos de paz, la fragmentación armada y la adaptación criminal son claramente visibles. Este asesinato demuestra que, pese a la negociación, la desmovilización y años de aparente estabilidad democrática, las viejas estructuras de violencia pueden resurgir por canales inesperados.
Para Colombia, el mensaje es más duro. El país no puede ver esto solo como un crimen impactante resuelto con órdenes de captura y recompensas. Debe reconocerlo como una revelación política. El asesinato de Miguel Uribe muestra que la guerra disidente, el crimen urbano y la política electoral están interconectados. Cuando se cruzan, la nación recuerda que paz no es igual a seguridad, y que el silencio tras la guerra no significa control.
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