Costa Rica elige la continuidad mientras la crisis de seguridad pone a prueba derechos y poder
La noche del domingo, Costa Rica entregó el poder a Laura Fernández en una victoria en primera ronda, extendiendo la era confrontativa de Rodrigo Chaves. Su mandato llega con una nueva mayoría legislativa, una agenda de seguridad de línea dura y una inminente discusión sobre derechos, cárceles y gasto social.
Un discurso de victoria con filo duro
El ambiente en la sala era de inevitabilidad electoral, ese tipo de sensación que se instala cuando los números dejan de oscilar. A medida que se acumulaban los resultados del Tribunal Supremo de Elecciones, la ventaja de Fernández se convirtió en el titular y, silenciosamente, en la premisa de todo lo que sigue: más del cuarenta y ocho por ciento de los votos, sin segunda vuelta, y un campo de diecinueve rivales relegados. Álvaro Ramos, del Partido Liberación Nacional, quedó en segundo lugar con treinta y dos por ciento, con más del ochenta y ocho por ciento de las mesas escrutadas, según el tribunal.
El partido de Fernández, Pueblo Soberano, también aseguró treinta de los cincuenta y siete escaños en la Asamblea Legislativa. Ese detalle importa tanto como el conteo presidencial porque convierte las promesas de campaña en una prueba inmediata de gobernabilidad. La apuesta aquí no es solo si Costa Rica eligió una nueva presidenta. Es si el país elige un nuevo ritmo.
En su primer discurso tras la victoria la noche del domingo, Fernández prometió liderar un gobierno de diálogo y concordia nacional, respetuoso y firme en el Estado de derecho. Luego, en la misma frase, calificó a parte de la oposición como obstruccionista y saboteadora, una postura inusualmente agresiva para un discurso de victoria en un país que suele tratar la civilidad política como parte de su relato nacional.
Fue un recordatorio de la sombra en la que está entrando y la sombra que intenta manejar. Fernández se postuló como heredera del presidente saliente Rodrigo Chaves, un líder conocido por la confrontación y la crítica directa a la clase política tradicional. Le agradeció repetidamente durante la campaña y nuevamente en la victoria, y enmarcó su agenda en la continuidad más que en la ruptura. La continuidad, según su relato, no es vacilación. La continuidad es presión.
Fernández, de treinta y nueve años, asumirá el cargo el ocho de mayo, convirtiéndose en la segunda mujer presidenta de Costa Rica después de Laura Chinchilla, quien gobernó de dos mil diez a dos mil catorce. Llega sin experiencia electoral previa, pero no sin experiencia en el Estado. Formada en ciencias políticas en la Universidad de Costa Rica y especializada en políticas públicas, construyó un perfil técnico dentro del gobierno de Chaves, sirviendo como ministra de planificación y luego como ministra de la presidencia antes de renunciar para postularse.
Su relación con Chaves es la bisagra de este momento político. Ronald Alfaro-Redondo, politólogo con doctorado de la Universidad de Pittsburgh, describió el reto de transferir una popularidad personalista a una sucesora con su propio estilo. “Chaves mantiene un tono directo e incluso confrontativo que lo hace ver como un político firme. El estilo de Fernández es diferente al del presidente, lo que implica un reto para la candidata”, dijo a la BBC. Agregó que el presidente ha intentado transferir su alta popularidad, enraizada en su estilo personal.
El problema es que la popularidad no es una política, y la continuidad no es un plan. Pero en Costa Rica, la continuidad ahora tiene nombre, y tendrá que gobernar.

Promesas de seguridad chocan con límites constitucionales
La plataforma de Fernández enfatiza la seguridad en un país que enfrenta un fuerte aumento de la violencia. En dos mil veinticinco, Costa Rica registró la tercera tasa de homicidios más alta de su historia, dieciséis coma siete por cada cien mil habitantes, según el Organismo de Investigación Judicial. Casi el setenta por ciento de los homicidios estuvieron vinculados al narcotráfico.
Esas son las cifras que están detrás de la retórica y de las propuestas. Durante la campaña, Fernández argumentó que la continuidad significa intensificar la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado con firmeza y mano dura, “con la firmeza y la mano dura que solo nosotros nos hemos atrevido a ejercer”, como lo expresó.
También planteó una medida extraordinaria: la posibilidad de declarar un estado de excepción en zonas de conflicto y pedir a la Asamblea Legislativa que levante o suspenda garantías constitucionales individuales en casos estrictamente necesarios si Costa Rica experimenta una escalada en los asesinatos por encargo y delitos relacionados. La propuesta permitiría, entre otras cosas, la detención de sospechosos sin orden judicial. Se ha convertido en una de las principales líneas de ataque de la oposición.
En un debate presidencial, el candidato de izquierda Ariel Robles abordó el tema directamente, preguntando por qué su sector había promovido la suspensión de garantías individuales en lugar de buscar soluciones a la crisis de seguridad. Esa pregunta probablemente volverá, no como tema de debate sino como disputa de gobierno, porque las ambiciones legislativas de Fernández están integradas en su propuesta de seguridad. Dijo que necesitaba una supermayoría legislativa de cuarenta diputados para avanzar en reformas, un umbral que su partido no alcanzó, aunque obtuvo el bloque más grande.
El plan carcelario es el símbolo más concreto de la continuidad que promete. Dos semanas antes de las elecciones, Chaves recibió al presidente de El Salvador, Nayib Bukele, para anunciar el inicio de obras de un centro de contención de alta seguridad contra el crimen organizado, una mega-cárcel cerca de la capital diseñada para cinco mil detenidos. El programa de gobierno de Fernández dice que impulsará la construcción, calificándola como infraestructura moderna concebida para aislar a los líderes criminales.
Los opositores argumentan que es la respuesta equivocada y, más aún, que ni siquiera es un verdadero inicio. Claudia Dobles, candidata centrista a la presidencia por la Coalición Agenda Ciudadana, dijo que el gobierno había anunciado el inicio de la construcción, pero que las obras aún no habían comenzado. “No fueron capaces de poner la primera piedra en un show mediático”, afirmó, calificando la promesa de ridícula.
Esto cristaliza la disputa: si la inseguridad de Costa Rica se enfrenta mejor construyendo capacidad para aislar, confinar y disuadir, o fortaleciendo las instituciones sin llevar la constitución al límite. La continuidad, de nuevo, se convierte en el marco. La continuidad, de nuevo, se convierte en la pelea.

El precio de la continuidad en tribunales y gasto social
La seguridad no es el único ámbito donde la continuidad choca con la autoimagen institucional de Costa Rica. Fernández ha prometido continuar una reforma judicial iniciada bajo Chaves, una medida que varios analistas interpretan como una injerencia en la separación de poderes y una amenaza a las reglas constitucionales.
Alfaro-Redondo señaló el principio de no beligerancia política y dijo que Chaves ha llevado los límites al extremo en sus enfrentamientos con el sistema judicial. Esos choques alcanzaron un punto institucional formal en octubre, cuando el Tribunal Supremo de Elecciones pidió a la Asamblea Legislativa levantar la inmunidad constitucional del presidente para que pudiera ser procesado por presunta injerencia en la campaña política en curso, una solicitud rechazada en dos ocasiones.
En el plano económico, la administración Chaves ha destacado un crecimiento cercano al cinco por ciento, el desempleo bajando del trece por ciento a alrededor del siete por ciento, inflación negativa y la pobreza cayendo a quince coma cinco por ciento en dos mil veinticinco, según cifras oficiales repetidas por la candidatura oficialista. Sus partidarios presentan ese récord como prueba de que un estilo combativo puede dar resultados.
Los opositores dicen que la estabilización se logró a costa de la inversión social. Robles lo planteó en términos morales durante la campaña, argumentando que no se puede lograr un superávit primario a costa de un niño sin beca y rezagado en la escuela, y prometiendo que su gobierno no recortaría programas sociales para producir superávits.
Fernández ahora enfrenta la pregunta de continuidad más delicada de todas: cómo gobernar bajo la sombra de Chaves y si esa sombra se convertirá en un segundo centro de poder. Ha dicho en declaraciones a medios que le gustaría que Chaves fuera ministro de la presidencia o de hacienda, una medida descrita como inédita en Costa Rica. Alfaro-Redondo subrayó la ruptura cultural que implica esa idea, señalando que los expresidentes suelen dejar el campo libre al terminar su mandato, y que queda por ver cómo lo gestionaría ella.
Costa Rica votó por la continuidad del cambio, declaró Fernández en su discurso de victoria. El país pronto podría descubrir cuánto cuesta esa frase y quién la paga primero.
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