ANÁLISIS

Las encuestas en Perú reavivan a Keiko Fujimori y un debate nacional inconcluso

Keiko Fujimori lidera el abarrotado campo presidencial de Perú, pero su fortaleza en las encuestas refleja más que impulso de campaña. Está moldeada por la memoria, el miedo, el deseo de orden y un apellido político que representa estabilidad para algunos votantes y una advertencia de erosión democrática para otros.

Por qué las encuestas la favorecen

A una semana de las elecciones presidenciales en Perú, tres encuestas publicadas el domingo colocan a Keiko Fujimori en primer lugar, destacando su actual fortaleza electoral y su posible influencia en la contienda. La encuesta de Datum Internacional la sitúa en 14,5%, frente al 13% anterior, mientras que los indecisos han bajado al 16,8% desde el 23,9%. Ipsos Perú y la Compañía Peruana de Investigación de Mercados también la ubican en primer lugar, aunque difieren sobre si Carlos Álvarez o Rafael López Aliaga ocupa el segundo puesto. En un campo de 35 candidatos, donde no se espera que nadie supere el 50%, esta ventaja subraya su posición fuerte pero sigue siendo incierta en cuanto a su impacto final.

Las cifras indican una base sólida más que un repunte. La posición de Fujimori no es accidental. A sus cincuenta años, compite por cuarta vez a la presidencia y es una figura conocida, no una recién llegada en busca de impulso de último minuto. Alcanzó la segunda vuelta en 2011, 2016 y 2021, y lidera Fuerza Popular desde 2010. De 1994 a 2000, fue primera dama junto a su padre. En un sistema político con partidos débiles, baja confianza y una crisis persistente, la familiaridad es valiosa—y ella la tiene.

Su ventaja también proviene de la estructura de la contienda y de su identidad política bien definida. Álvarez ha subido del 6,9% al 10,9%, mientras que López Aliaga ha bajado del 11,7% al 9,9%. Otros candidatos, como Jorge Nieto, Ricardo Belmont, Roberto Sánchez y Alfonso López Chau, se mantienen en un solo dígito alto, con Chau cayendo del segundo puesto a estar entre el cuarto y el séptimo a principios de abril. Como señaló la directora ejecutiva de Datum, Urpi Torrado, “la batalla ya no es por los indecisos”. Ahora la contienda es entre candidatos que buscan captar apoyo entre sí, con Fujimori entrando en esta fase con un perfil político claro y reconocible que resuena entre sus seguidores.

Seguidores del expresidente peruano Alberto Fujimori protestan tras escuchar su sentencia el 7 de abril de 2009. EFE/Paco Chuquiure

La forma del fujimorismo

Su identidad no es solo personal, sino también ideológica, familiar e histórica. El enfoque político de Keiko Fujimori busca modernizar el legado de su padre manteniendo sus elementos centrales. Se posiciona como una defensora de derecha, pro-mercado, de la estabilidad, la inversión y el orden público. En 2021, caracterizó la elección como una decisión entre “mercados y marxismo” y enfatizó la necesidad de una “mano firme” en el gobierno. En temas sociales, se alinea con el sector conservador peruano y se opone a las uniones y adopciones entre personas del mismo sexo.

Su política no se define únicamente por posturas rígidas, sino también por una calibración cuidadosa. Consciente de que el apellido Fujimori está vinculado al autoritarismo de los años noventa, ha buscado tranquilizar a los votantes de centro prometiendo respetar los derechos humanos, la libertad de prensa y las instituciones democráticas, y afirmando que los aspectos más controvertidos del gobierno de su padre no deben repetirse. Este equilibrio contribuye a su resiliencia. Sus seguidores lo ven como madurez, mientras que sus críticos lo consideran un simple reempaque.

Aquí es donde el fujimorismo cobra relevancia. El término no encaja en la ideología tradicional de izquierda-derecha. Se refiere al movimiento político iniciado por Alberto Fujimori y continuado por Keiko Fujimori y su partido. El fujimorismo se entiende mejor como un enfoque de gobierno que combina economía de libre mercado con retórica populista y anti-establishment, apelaciones directas al “pueblo” por encima de los partidos tradicionales, un fuerte enfoque en la seguridad y una disposición a centralizar el poder ejecutivo cuando las instituciones se perciben como obstáculos. Los académicos lo han descrito como populismo neoliberal o autocracia populista. Sus partidarios lo ven como pragmático y eficaz, mientras que sus críticos lo consideran una normalización de prácticas autoritarias dentro de la política electoral. Esta tensión es central en la fortaleza de Fujimori en las encuestas.

La candidata presidencial peruana del partido Fuerza Popular, Keiko Fujimori. EFE/ Renato Pajuelo

El padre sigue presente

La historia política de Alberto Fujimori explica por qué esta corriente sigue teniendo fuerza e influye en la campaña de Keiko Fujimori. Fue elegido presidente en 1990 durante la crisis de hiperinflación e insurgencia en Perú. Una vez en el cargo, revirtió sus promesas de campaña e implementó profundas reformas económicas, incluyendo privatizaciones y liberalización comercial. En 1992, realizó el autogolpe, usando a las fuerzas armadas para cerrar el Congreso y reformar el orden constitucional del país. La captura de Abimael Guzmán, líder de Sendero Luminoso, por parte de su gobierno, marcó un momento decisivo en la historia peruana y moldeó el escenario político que ahora enfrenta Keiko Fujimori.

Sin embargo, la última parte de su gobierno estuvo marcada por una creciente concentración de poder, la influencia del jefe de inteligencia Vladimiro Montesinos y una corrupción sistémica. Tras la aparición de videos de sobornos que involucraban a Montesinos en el año 2000, Fujimori huyó a Japón y renunció por fax. Posteriormente fue extraditado desde Chile y condenado en Perú por múltiples cargos. Esta doble herencia persiste: muchos peruanos le atribuyen el fin de la hiperinflación, la recuperación de la estabilidad económica y la derrota de Sendero Luminoso, mientras que otros recuerdan los abusos militares, la corrupción y el debilitamiento de las instituciones democráticas que contribuyeron a la fragmentación política actual.

El liderazgo de Keiko Fujimori refleja más que tendencias en las encuestas; señala el regreso de un debate nacional que sigue sin resolverse. Su candidatura evoca recuerdos de orden y eficacia, pero también de declive democrático. Presenta una versión más electoral, civil y retóricamente democrática del legado de su padre, pero no puede separarse de las controversias asociadas a su apellido. En Perú, el fujimorismo perdura porque ofrece autoridad en medio de la inestabilidad. Sin embargo, para muchos, también contribuyó a la inestabilidad que busca combatir, manteniendo al país dividido.

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