ANÁLISIS

Los Papeles de Panamá siguen acechando la promesa desigual de América Latina diez años después

Diez años después de que los Papeles de Panamá salieran a la luz pública, Panamá sigue estando en el centro de un escándalo global que expuso la riqueza oculta, el secretismo de las élites y la terca arquitectura de la desigualdad que continúa moldeando la vida política y económica de América Latina.

Una filtración que hizo sentir la opacidad como algo cotidiano

Cuando surgieron los Papeles de Panamá, lo que sorprendió al mundo no fue solo la magnitud, aunque esta era asombrosa. Más de 11.5 millones de documentos confidenciales del bufete de abogados Mossack Fonseca, con sede en Panamá, abrieron una ventana a las redes financieras offshore vinculadas a la élite global. La publicación, realizada por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación y el periódico alemán Süddeutsche Zeitung, involucró a más de 350 periodistas en más de 80 países, quienes pasaron más de un año examinando 2.6 terabytes de datos filtrados. Como informó Al Jazeera, el trabajo fue agotador, oculto y paciente. Un editor participante lo describió como “buscar una aguja en un pajar”. Otro recordó que su equipo pasó meses simplemente leyendo datos en un cubículo aislado, desconectados del resto de la oficina, trabajando día y noche.

Pero en América Latina, el verdadero poder de la filtración no residía solo en su tamaño. Fue la manera en que confirmó una vieja sospecha con precisión documental. La riqueza en esta región a menudo se ha movido entre sombras, mientras la gente común vive bajo el pleno escrutinio de la tributación, la austeridad, la inflación y la precariedad institucional. Los Papeles de Panamá no inventaron esa sensación. Le dieron nombres, archivos, contratos, correos electrónicos y registros bancarios.

Los documentos revelaron una vasta red de empresas fantasma offshore vinculadas a políticos, líderes empresariales y figuras públicas de más de 200 países y territorios. Alrededor de doscientas catorce mil entidades aparecieron en el material. Estas estructuras se extendían por paraísos fiscales como las Islas Vírgenes Británicas, las Bahamas y Panamá, permitiendo que la riqueza se moviera y almacenara fuera del fácil alcance de las autoridades fiscales. Entre los mencionados figuraban líderes de gobierno actuales y anteriores, incluido Mauricio Macri de Argentina. Eso fue relevante en América Latina porque la región ya está marcada por una profunda desconfianza hacia la relación entre poder y dinero. La filtración no solo reveló las finanzas offshore. Mostró cuán normales se habían vuelto las rutas de escape de las élites.

El papel de Panamá en esa historia siempre ha sido especialmente doloroso. El país dio nombre al escándalo, aunque el sistema que expuso era global, no exclusivamente panameño. Esa distinción importa. Panamá se convirtió en el símbolo, pero la arquitectura era internacional. El bufete de abogados tenía su sede allí, sí, pero los clientes, beneficiarios y la lógica financiera se extendían por todos los continentes. En ese sentido, Panamá se volvió la puerta visible de una casa mucho más grande.

Jürgen Mossack, cofundador del bufete Mossack Fonseca. Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)

Esa casa se construyó sobre la ambigüedad. Como reportó Al Jazeera a través del experto legal Kehinde Olaoye, las empresas fantasma offshore no son automáticamente ilegales. Las compañías offshore son entidades legales constituidas fuera del país de residencia del propietario. Las empresas fantasma son entidades con “ningún negocio real o sustancial ni operaciones en su lugar de constitución o domicilio registrado”. Pueden usarse para fideicomisos, planificación patrimonial y protección legal de activos. Pero, como dijo Olaoye a Al Jazeera, “siempre hay una línea muy delgada entre los fines legítimos e ilegítimos”. Esa línea puede ser legal en el papel, pero socialmente se percibe mucho más oscura.

En América Latina, esa delgada línea es donde vive gran parte de la indignación pública. Porque incluso cuando las estructuras offshore se mantienen dentro de los límites legales, a menudo sirven a una realidad política más profunda. Ayudan a los ricos a comportarse como si solo estuvieran parcialmente gobernados por las naciones que hicieron posible su fortuna. Pueden obtener ganancias de los trabajadores, mercados, tierras e infraestructura pública de un país, y luego colocar parte de esa riqueza en compartimientos legales distantes diseñados para la discreción. El resultado no es solo evasión fiscal. Es una erosión democrática. Se les pide a los ciudadanos que confíen en sistemas que parecen cada vez más diseñados para escapes selectivos.

Por eso los Papeles de Panamá siguen doliendo diez años después. No fueron simplemente un escándalo de corrupción. Fueron un retrato de la asimetría. Un mundo llena formularios, paga impuestos al consumo y soporta carencias en los servicios públicos. Otro mundo contrata asesores para “estructurar” dinero a través de fronteras y tratados en busca de condiciones favorables. El reportaje de Al Jazeera capturó esto claramente en el lenguaje de la ingeniería legal, el asesoramiento financiero y el arbitraje de tratados. El reto, dijo Olaoye, es que no existe una convención fiscal multilateral única, lo que deja reglas superpuestas que benefician a quien tiene los asesores más astutos. Eso no es solo una brecha técnica. En la práctica, es un mapa del poder desigual.

Las consecuencias fueron reales, aunque desiguales. El primer ministro de Islandia renunció tras las protestas. El primer ministro de Pakistán fue inhabilitado y luego vetado de por vida para la política. Mossack Fonseca redujo su personal y cerró en 2018. Sin embargo, las secuelas también mostraron los límites de la exposición. Los cofundadores del bufete y otros acusados de escándalos vinculados a Brasil y Alemania fueron absueltos por un tribunal panameño. El espectáculo de la revelación no siempre se tradujo en certeza de castigo.

Sede de Mossack Fonseca en la Ciudad de Panamá. Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)

Lo que Panamá sigue significando para América Latina

Una década después, las cifras cuentan una historia de ajuste parcial. Los gobiernos de todo el mundo recuperaron alrededor de dos mil millones de dólares en impuestos, multas y gravámenes entre dos mil dieciséis y dos mil veintiséis, según el ICIJ. Algunos países recuperaron cientos de millones. Otros, mucho menos. Panamá recuperó unos 14.1 millones de dólares. Sin embargo, Al Jazeera señaló que la cantidad aún no contabilizada es significativamente mayor. En otras palabras, el Estado recuperó dinero, pero no en proporción a la magnitud del sistema oculto en sí mismo.

Ese desequilibrio importa para América Latina porque la región siente las consecuencias de cada dólar público que falta. La recaudación fiscal no es algo abstracto aquí. Está ligada a escuelas que no se amplían, clínicas que no tienen medicinas, transporte que no mejora e instituciones que no logran convencer a la ciudadanía de que sirven al bien común. Las finanzas offshore pueden parecer un asunto de abogados y contadores, pero en América Latina, su legado es social. Se instala en la vida cotidiana como una ausencia.

Ha habido reformas legales. Al Jazeera informó que los gobiernos introdujeron medidas como la divulgación de beneficiarios finales y el mejor intercambio de información entre autoridades fiscales. Las Naciones Unidas están considerando propuestas preliminares para una Convención sobre Tributación, y los países han firmado tratados destinados a reducir la evasión fiscal. Pero el mismo informe deja claro que las brechas subyacentes persisten. El sistema sigue fragmentado. Los incentivos para la opacidad permanecen. Los jugadores más astutos aún tienen margen para buscar el mejor arreglo.

Esa es la verdadera herencia de los Papeles de Panamá para América Latina. No solo la exposición de empresas fantasma offshore, ni siquiera únicamente la vergüenza de las élites atrapadas cerca de ellas, sino la confirmación de que la desigualdad en la región a menudo se administra tanto con papeles como con fuerza. Panamá se convirtió en el nombre asociado al escándalo, pero lo que reveló la filtración fue una verdad continental. Las personas más ricas del mundo no siempre esconden su riqueza desapareciendo en cuevas o maletas. A veces la esconden a plena vista, dentro de los salones más pulidos de la ley.

Y así, diez años después, Panamá sigue siendo menos un escándalo cerrado que una advertencia abierta. Los archivos mostraron que la opacidad no era una excepción al sistema. Era uno de sus lenguajes de funcionamiento. Para América Latina, ese sigue siendo el hecho más difícil de sacudir.

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