ANÁLISIS

Perú destituye a Jerí mientras el Congreso mantiene la puerta giratoria

El martes, el Congreso de Perú destituyó al presidente interino José Jerí a pocas semanas de las elecciones de abril, sumando otro episodio a casi una década de inestabilidad política. La decisión llegó tras investigaciones sobre sus reuniones y prácticas de contratación. Ahora, los legisladores deben elegir a un nuevo líder interino antes del miércoles por la noche.

Una despedida en las puertas del Palacio

Tarde en la noche, el patio de honor del palacio de gobierno de Perú se sentía como un pequeño escenario.

José Jerí apareció junto a su gabinete, encabezados por el primer ministro, y por un momento la escena se sintió rígida y formal. La luz del patio no favorecía: rebotaba en la piedra y el metal, haciendo que los rostros se vieran más pálidos de lo habitual. Jerí caminó hacia las rejas de hierro, se despidió de sus ministros, saludó a un pequeño grupo de ciudadanos afuera de la Plaza de Armas de Lima, luego subió a una camioneta privada y se fue.

Este pequeño momento es lo que la gente recordará porque captura algo más grande. El problema es que en Perú, dejar el cargo se ha vuelto la parte más predecible del trabajo.

Más temprano el martes, el Congreso votó 75 a favor, 24 en contra y 3 abstenciones para destituir a Jerí. Había sido presidente solo por cuatro meses—no elegido por los votantes, sino porque era presidente del Congreso cuando los legisladores destituyeron a Dina Boluarte el pasado octubre. Según el sistema peruano, censurar al presidente del Congreso también remueve al jefe de Estado interino. Como Jerí fue censurado como líder del Parlamento, su rol como presidente interino terminó automáticamente.

El país ahora enfrenta otro traspaso—el octavo cambio presidencial en casi una década de inestabilidad política que comenzó tras las elecciones de 2016. Ollanta Humala, quien gobernó de 2011 a 2016, fue el último presidente en terminar un mandato completo. Desde entonces, siete presidentes han ido y venido. La salida de Jerí y la prisa por reemplazarlo hacen que estos cambios se sientan menos como cifras y más como rutina.

Y los hábitos se arraigan.

Cambian la forma en que las instituciones se expresan. Cambian lo que los ciudadanos esperan. Cambian lo que más temen los partidos a medida que el calendario avanza hacia el día de las elecciones.

Manifestación de protesta contra el presidente interino José Jerí frente al Congreso en Lima, Perú. EFE/ Paolo Aguilar

Investigaciones, apariencias y la mecánica de una caída

La caída de Jerí el martes estuvo directamente ligada a las investigaciones que se acumularon en torno a él durante su breve mandato, y a la aritmética política que esas investigaciones hicieron posible.

El Congreso citó las investigaciones abiertas contra Jerí, incluyendo una serie de reuniones semiclandestinas con empresarios chinos descritos como contratistas del Estado. El episodio que se volvió más polémico fue el que, a simple vista, parecía un intento de no ser visto: Jerí acudió encapuchado a un restaurante de un empresario chino que tenía contratos estatales y vínculos con la presidencia. Más tarde, Jerí también visitó una de las tiendas del empresario el 6 de enero, después de que autoridades municipales habían clausurado el local horas antes.

La política peruana suele depender tanto de las apariencias como de las leyes. Usar una capucha no es una política, pero envía un mensaje. Parece secreto, aunque luego se explique. Esto acorta la distancia entre investigación y juicio en la mente pública, especialmente en un país acostumbrado a esperar el próximo escándalo en cualquier momento.

El otro tema fue la contratación, que tuvo un impacto distinto. El Congreso destacó supuestas irregularidades relacionadas con funcionarias que se sumaron al gobierno de Jerí tras reunirse con él en el palacio. Medios locales informaron que al menos cinco jóvenes obtuvieron contratos estatales después de estos encuentros, y que una de ellas, según reportes, permaneció toda la noche en el palacio de gobierno en Halloween, saliendo a la mañana siguiente.

Ese detalle no es solo sensacionalista. Es estructuralmente político. Sugiere una vía de acceso al Estado que es personal, privada y blindada, lo opuesto al mérito y a la transparencia. En Perú, donde el empleo público y los contratos ya son temas sensibles, la insinuación pesa tanto como cualquier documento firmado.

El partido de Jerí, Somos Perú, hizo un último intento el martes para retrasar su destitución. Propusieron suspender el debate para que el proceso siguiera la vacancia, un procedimiento de vacancia presidencial que requiere dos tercios de los votos. La mayoría rechazó esto. En su lugar, los legisladores optaron por la censura, un método más rápido que se ajustaba a la urgencia del Congreso de resolver el tema antes de que la campaña electoral comenzara de lleno.

Estos detalles importan porque muestran un patrón más profundo. Los frecuentes cambios de liderazgo en Perú no se deben solo a individuos. Reflejan cuántos vacíos legales existen en el sistema y cuán rápido pueden usarse cuando cambian las alianzas políticas.

Presidente del Congreso de Perú, Fernando Rospigliosi (centro), en Lima, Perú. EFE/ Congreso de Perú

La temporada electoral convierte la distancia en una habilidad de supervivencia

En el fondo de la votación del martes hubo un instinto simple de temporada electoral: tomar distancia.

Los partidos conservadores que controlan el Congreso inicialmente apoyaron la llegada de Jerí, pero le retiraron la confianza a pocas semanas de las elecciones generales. El texto es directo sobre el motivo. Querían evitar contaminarse en las urnas por la pérdida de popularidad de Jerí, especialmente tras las recientes revelaciones que llevaron a los fiscales a investigarlo por tráfico de influencias.

Esa es la apuesta. En el tramo final antes de una elección, los partidos no solo protegen sus posiciones—protegen su reputación. Cuando el líder en el centro empieza a sentirse como una carga, el movimiento más rápido es cortar lazos y alejarse.

Solo un bloque se mantuvo firme, según las actas: el fujimorismo. Apoyó a Jerí como grupo, aunque en el pasado ha promovido y respaldado cambios presidenciales contra otros líderes. Esta vez, argumentó que mantener a Jerí en el cargo hasta que asuma el nuevo presidente daría estabilidad al país.

Estabilidad es una palabra poderosa en Perú en este momento, pero también es vaga. Puede significar continuidad en las políticas, mantener a la policía estable, o simplemente evitar otro cambio de liderazgo. El martes, el Congreso básicamente decidió que la separación era más importante que la estabilidad.

Ahora, tras la salida de Jerí por las puertas del palacio, los legisladores deben llenar el vacío que crearon. El Congreso tiene previsto elegir a un nuevo presidente interino el miércoles durante una sesión extraordinaria que comenzará a las seis de la tarde, hora local. Fernando Rospigliosi, presidente interino del Congreso y fujimorista, declaró formalmente que al aprobar las mociones de censura, la mesa directiva del Congreso declaró vacante la presidencia del Congreso y, por tanto, la presidencia de la república. Agregó que el plazo para que los bloques parlamentarios presenten candidatos vence el martes a las seis de la tarde, hora local.

En otras palabras, Perú está a punto de elegir a un encargado para liderar durante este periodo de encargatura, con las elecciones a la vuelta de la esquina. Es como una carrera de relevos en la que nadie quiere sostener la posta por mucho tiempo.

El problema de fondo no es que Perú tenga reglas para el reemplazo. Las tiene. El problema de fondo es lo que el reemplazo repetido le hace a la legitimidad. Cuando el liderazgo cambia una y otra vez, la presidencia empieza a sentirse menos como un mandato y más como una asignación temporal, algo heredado por procedimiento y no ganado por persuasión.

Este cambio afecta la vida diaria de maneras fáciles de pasar por alto. La gente empieza a hablar de política como del clima—siempre cambiante y siempre presente. Aprenden los nombres de los funcionarios como nuevas rutas de autobús: rápido y sin mucho apego. Ven el drama porque deben, pero no depositan su confianza en él como necesita una democracia.

Jerí, por su parte, había logrado inicialmente cierta aprobación pública al priorizar la lucha contra el crimen. Esa aceptación temprana ahora se siente como otro capítulo breve en una historia más larga que Perú no puede dejar de repetir. Llega un nuevo líder. Hay una breve ventana de paciencia. Luego vienen las investigaciones, las revelaciones, la votación, la salida.

Las puertas del palacio. La camioneta privada. La luz del patio.

Una despedida más, esta vez en el centro de Lima, con el reloj electoral corriendo y el Congreso ya preparando al próximo líder. El problema es que en un sistema así, el próximo líder no es realmente un nuevo capítulo. Es el mismo capítulo, solo que vuelto a empezar.

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