CIENCIA Y TECNOLOGÍA

Ecuador utiliza la tecnología para rastrear las manos detrás de los sombreros de toquilla

Dentro de un pequeño museo en Montecristi, los visitantes se colocan gafas de realidad virtual y se adentran en comunidades rurales de tejedoras. Ecuador apuesta a que la tecnología puede proteger el patrimonio, ampliar mercados y devolver la visibilidad a los artesanos cuyo trabajo ha viajado por el mundo sin llevar sus nombres.

Cinco minutos dentro de un arte vivo

La sala está en silencio antes de que se pongan las gafas. Luego, el paisaje sonoro cambia. Aparecen campos. Las manos se mueven. Las fibras se cruzan y se ajustan. En cinco minutos, los visitantes recorren comunidades rurales donde nace el sombrero de paja toquilla, aprendiendo técnicas, lugares e historias familiares que rara vez caben en una etiqueta de precio.

Esto es Explora Toquilla, una nueva experiencia digital inmersiva dentro del Museo del Sombrero de Paja Toquilla en Montecristi. Se inauguró esta semana como una colaboración liderada por el municipio, con financiamiento de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI). La premisa es simple. Usar la realidad virtual para mostrar lo que no se puede llevar de un museo en una bolsa de compras.

Los visitantes exploran sitios históricos, observan técnicas de tejido y se encuentran con el legado cultural de familias artesanas. También ven a Montecristi en sí, presentado como un destino y no solo como un nombre cosido en etiquetas en el extranjero. La experiencia dura minutos, pero comprime siglos.

La observación cotidiana es casi mundana. Las personas ajustan las correas de las gafas como si fueran lentes de sol. Alguien limpia una lente con la manga. Entonces aparece el pasado, representado en píxeles.

La OEI dijo que el proyecto “marca un hito en la transformación digital de la cultura en el país”, una frase que puede sonar abstracta hasta que ves a alguien quitarse las gafas lentamente, como si cruzara de nuevo un umbral.

El problema es que el patrimonio a menudo se ha tratado como algo congelado en el tiempo. Este proyecto insiste en que no lo es.

Ecuador crea una experiencia inmersiva que muestra el legado del sombrero de paja toquilla. Ministerio de Turismo, Ecuador.

Del saber ancestral a la trazabilidad digital

La iniciativa se llama Montecristi Creativa, una transformación digital de la tradición del tejido de paja toquilla. Fue seleccionada a nivel regional como la única propuesta ecuatoriana en recibir apoyo del fondo competitivo de la OEI para la transformación digital. Esa distinción importa porque enmarca la cultura como infraestructura y no como adorno.

La iniciativa busca salvaguardar el arte ancestral usando herramientas avanzadas como inteligencia artificial y realidad aumentada, pero, de manera crucial, también mejora la vida de los artesanos al proporcionar trazabilidad y acceso a mercados, haciendo que su trabajo sea más valorado y reconocido.

Una de las innovaciones más importantes es un sistema de certificación mediante códigos QR. Por primera vez, los compradores podrán escanear un sombrero y conocer la identidad del artesano que lo elaboró. El código confirma la autenticidad y protege el oficio de competidores internacionales que imitan el producto sin su historia.

Más de 1,200 artesanos se benefician directamente de este sistema, fortaleciendo sus conexiones con nuevos mercados y haciendo que su trabajo se sienta valorado y respetado.

El sombrero de paja toquilla ya está reconocido como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. Ese reconocimiento llegó en 2012, cuando el tejido tradicional del sombrero de paja toquilla de Ecuador fue inscrito en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO. El título importa, pero no paga la escuela ni estabiliza la demanda.

Lo que intenta este giro digital es tender un puente entre el reconocimiento y el sustento. No es un reemplazo de las manos, sino un sistema que las hace visibles.

Históricamente, el oficio se originó en Manabí. En el siglo XVII, el conocimiento indígena fusionó la fibra local con formas europeas de sombreros. Los tejedores de Montecristi y Jipijapa se especializaron. En el siglo XIX, el comercio se expandió e intensificó, especialmente en la sierra sur. Las exportaciones se dispararon. Por un tiempo, los sombreros de toquilla superaron al cacao como producto de exportación, viajando por Guayaquil hacia Europa y Estados Unidos, exhibidos en ferias internacionales y usados tanto por trabajadores del canal como por figuras políticas.

Luego llegó el cambio industrial. La demanda cambió. El mercado global siguió adelante. En Ecuador, el tejido permaneció.

El oficio sigue en familias y comunidades, transmitiendo rutinas de una generación a otra, enfatizando su naturaleza viva y continua que merece apoyo.

Sombreros de paja toquilla. Ministerio de Turismo, Ecuador.

Reconocimiento sin monumentalismo

El reconocimiento de la UNESCO al tejido tradicional del sombrero de paja toquilla ecuatoriano buscaba cambiar la forma en que se entiende el patrimonio, no como un monumento, no como un objeto sellado tras un vidrio, sino como un conjunto vivo de saberes, prácticas y técnicas con significado social.

Ese cambio implica obligaciones. La visibilidad debe traducirse en respeto. El respeto debe traducirse en condiciones que permitan que la transmisión continúe. De lo contrario, el patrimonio se convierte en un certificado pegado a algo que ya se desvanece.

El Instituto Nacional de Patrimonio Cultural lideró el expediente técnico que respaldó la nominación a la UNESCO, trabajando a través de ministerios nacionales y canales diplomáticos. El reconocimiento se alineó con los objetivos culturales más amplios del gobierno en ese momento, pero su valor a largo plazo depende de lo que suceda después.

La tecnología entra como una herramienta de política pública que empodera a los artesanos al explicar, autenticar y conectar, fomentando un sentido de agencia y progreso.

El detalle sensorial que permanece es táctil incluso dentro de un espacio digital. Los espectadores notan el ritmo de las manos tejiendo la paja, la paciencia incrustada en la repetición. Ese ritmo contrasta con la rapidez de escanear un código QR o ponerse unas gafas. El tiempo antiguo y el tiempo nuevo compartiendo un mismo marco.

Surge una frase memorable casi por accidente. Un sombrero que antes viajaba por el mundo sin el nombre de su creador ahora lleva uno, si te tomas el tiempo de mirar.

El experimento de Ecuador se inserta en un debate latinoamericano más amplio sobre cómo proteger el patrimonio cultural sin encerrarlo en la nostalgia. El turismo por sí solo no basta. Las declaraciones por sí solas no bastan. La pregunta es si las herramientas digitales pueden redistribuir el valor hacia quienes sostienen la tradición día a día.

En Montecristi, la respuesta es tentativa pero tangible. Cinco minutos dentro de unas gafas. Un código cosido en un producto. Una decisión política de tratar a los artesanos no como fondo, sino como protagonistas.

No es una revolución. Es algo más silencioso: una recalibración, hecha con cuidado, con paja, luz y tecnología compartiendo el mismo espacio.

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