CIENCIA Y TECNOLOGÍA

Las tortugas gigantes de Galápagos regresan a Floreana y despiertan nuevas preguntas

Por primera vez en más de ciento ochenta años, jóvenes tortugas gigantes vuelven a moverse por Floreana. Su regreso es un hito en la conservación, pero también revive un antiguo debate: cómo Ecuador protege un símbolo viviente mientras las personas dependen de él.

Una liberación pensada para ser silenciosa, y que no pudo serlo

El momento no necesita un discurso, y aun así, cae como uno.

En Floreana, se levantan las tapas y el trabajo se vuelve físico. Manos sostienen a los juveniles. Luego los animales tocan el suelo, uno por uno, y empiezan a hacer lo que mejor saben: tomarse su tiempo, negarse a la prisa, tomar sus propias pequeñas decisiones a la vista de todos. Se escucha un leve roce cuando el caparazón y las garras encuentran apoyo. Un olor seco y terroso se eleva donde la tierra ha sido removida. Por un segundo, la escena es casi ordinaria, como dejar algo con cuidado y observar para asegurarse de que se mantenga en pie.

Excepto que nada de esto es ordinario.

Un total de ciento cincuenta y ocho tortugas juveniles criadas en cautiverio fueron liberadas en la isla como parte del Proyecto de Restauración Ecológica de Floreana, liderado por la Dirección del Parque Nacional Galápagos. Conservacionistas lo han llamado un hito. La Galápagos Conservation Trust fue más allá, diciendo en un comunicado que la restauración de Floreana había alcanzado “un hito sumamente significativo” con la liberación, y argumentando que el “momento tan esperado da esperanza” no solo para Floreana sino también para la restauración de otras islas.

La esperanza es la parte fácil de decir en voz alta. El problema es a lo que te compromete después.

Porque esta liberación no se trata solo de agregar animales a un paisaje, se trata de reconstruir deliberadamente una relación rota hace mucho tiempo.

La tortuga gigante nativa de Floreana, Chelonoidis niger niger, fue llevada a la extinción en la década de 1840, después de que marineros se llevaran miles de la isla para alimentarse durante largos viajes. En esa frase, la historia se siente tajante. No malvada, no misteriosa. Práctica. Hambre, distancia y la lógica de los barcos. Y luego, la ausencia.

Así que cuando los juveniles empiezan a deambular, parece una corrección, pero también un recordatorio de cuán rápido puede vaciarse un lugar cuando el mundo exterior decide que es útil.

La apuesta aquí es que la restauración puede ser más que simbólica, que puede funcionar. Que la isla puede albergar tortugas de nuevo, y que las tortugas pueden ayudar a mantener unida la isla.

Personas liberando tortugas Chelonoidis donfaustoi en las Islas Galápagos, Ecuador. Ministerio del Ambiente

Reconstruir un animal a través de genes, paciencia y tiempo

Este regreso no se debió a un solo descubrimiento. Fue el resultado de una larga y cuidadosa discusión con el tiempo.

Científicos descubrieron tortugas con ascendencia de Floreana en el volcán Wolf, en la isla Isabela, en 2008. Ese hallazgo abrió la puerta a un programa de retrocruzamiento, lanzado formalmente en dos mil diecisiete, después de que los investigadores reconocieran que la línea genética vinculada a la extinta tortuga de Floreana aún vivía, diluida pero presente, en híbridos.

Es una especie de resurrección extraña. No es un animal perdido encontrado intacto, sino una línea genética rastreada y reensamblada mediante decisiones de cría deliberadas, como sacar un hilo tenue de una tela mayor e intentar tejerlo de nuevo en algo reconocible.

Los investigadores seleccionaron veintitrés tortugas híbridas con los vínculos genéticos más cercanos a la subespecie extinta y comenzaron a criarlas en cautiverio en la isla Santa Cruz. Para dos mil veinticinco, se habían producido más de seiscientas crías, con varios cientos ya lo suficientemente grandes como para sobrevivir en la naturaleza.

La Dra. Jen Jones, directora ejecutiva de la Galápagos Conservation Trust, describió la liberación como “realmente estremecedora”, según el comunicado, y la presentó como la validación de dos décadas de colaboración entre científicos, organizaciones benéficas y la comunidad local.

Esa última frase importa, aunque suene como una línea que puede pasar desapercibida para el lector. La colaboración no es decorativa en un lugar como este. Es la diferencia entre un proyecto que existe en el papel y uno que sobrevive a la próxima temporada política, a la próxima pelea presupuestaria, a la próxima ola de atención.

Y la atención siempre llega a Galápagos. Es uno de esos nombres que nunca pertenece del todo a quienes viven más cerca. Pertenece al mundo. Pertenece a la ciencia. Pertenece a los turistas. Pertenece a cualquiera que alguna vez aprendió sobre las islas a través de Charles Darwin y la teoría de la evolución por selección natural, y luego quiso ver el aula hecha realidad.

Las islas también son administrativamente parte de Ecuador, y su mayor fuente de ingresos es el turismo, según las notas. Así que la historia no puede ser solo sobre biología. También trata de economía, identidad y la realidad cotidiana de que un lugar protegido sigue siendo un lugar donde la gente intenta ganarse la vida.

En ese contexto, las tortugas hacen algo silenciosamente político simplemente al existir a la vista. Insisten en que el ecosistema no es solo un paisaje. Insisten en que la isla no es solo una etiqueta de museo.

Una tortuga en las Islas Galápagos, Ecuador. Ministerio del Ambiente

La tortuga como ingeniera, y la isla como argumento

La Galápagos Conservation Trust llama a las tortugas gigantes “ingenieras del ecosistema”, enfatizando en su comunicado que desempeñan un “papel desproporcionado en la restauración de ecosistemas degradados” al moldear los paisajes con su actividad.

Esa idea es científica, pero también es una provocación cultural. Pide al público ver a un animal lento como una fuerza. Pide a los responsables de políticas que traten la reintroducción no como una oportunidad para la foto, sino como una herramienta con consecuencias. Si las tortugas transforman los paisajes, entonces liberarlas no es un acto neutral. Es una decisión sobre qué tipo de paisaje debe existir en primer lugar.

Y ahí es donde vive la disputa política, incluso cuando todos están de acuerdo en la belleza del titular.

Las Galápagos de Ecuador están reconocidas oficialmente por su extraordinario valor en vida silvestre, y las notas describen un modelo que incluye turismo ecológico orientado a preservar especies. Pero el turismo, incluso cuando se llama ecológico, sigue siendo una industria. Trae dinero. Trae presión. Crea incentivos para marcar las islas como “encantadas”, para vender el asombro como producto, para mantener la naturaleza legible y accesible.

La restauración puede chocar con eso.

No porque la gente necesariamente se oponga a las tortugas, sino porque un proyecto serio de restauración requiere paciencia, restricciones y horizontes largos. Pide al público aceptar que algunos lugares no son principalmente para ser vistos, y que algunas decisiones se tomarán primero por el ecosistema, no por la experiencia del visitante. Pregunta, en una realidad latinoamericana marcada por el desarrollo desigual y decisiones difíciles, quién pone las reglas y quién asume el costo.

El regreso de las tortugas a Floreana es, en otras palabras, no el final de una historia. Es el inicio de una nueva versión.

De vuelta en el sitio de liberación, los juveniles siguen avanzando. No actúan con urgencia. No miran hacia atrás. Avanzan, lentos y seguros, como si la isla los hubiera estado esperando y siempre supieran el camino.

Eso es lo memorable, y quizá también lo inquietante: el animal lo hace parecer sencillo.

No es sencillo. Pero es real. Y en las Galápagos de Ecuador, la realidad siempre ha sido lo más difícil de proteger.

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