Latinoamérica escucha el llamado al silencio del Papa mientras los celulares alimentan la adicción y roban el sueño
El Papa León XIV pidió a los católicos que bajen el uso de pantallas durante la Cuaresma, hagan espacio para el silencio y visiten a los solitarios. En América Latina, donde los celulares sirven para agendar consultas médicas, la petición choca con la evidencia que vincula su uso con adicción, mal sueño y obesidad.
Un llamado cuaresmal al silencio
El domingo en la Plaza de San Pedro, durante el Ángelus, el Papa León XIV hizo una petición que sonó casi anticuada por su sencillez. Hagan espacio para el silencio. Apaguen un poco la televisión. Apaguen un poco el celular. Luego hagan algo que no se puede actualizar ni deslizar: dediquen tiempo a las personas que están solas, especialmente los ancianos, los pobres y los enfermos.
Se presentó como una penitencia, pero no del tipo que empequeñece a la persona. Estos actos, dijo, “lejos de empobrecer nuestra humanidad, la enriquecen, purificándola y fortaleciéndola en su camino hacia un horizonte.” El objetivo no era la privación por sí misma. El objetivo era la atención. “Junto con la oración y las obras de misericordia,” exhortó a los católicos a “dar espacio al silencio, apaguemos un poco los televisores, la radio y los teléfonos móviles.”
Luego llevó el mensaje a los lugares donde realmente viven los hábitos. Familias. Lugares de trabajo. Comunidades. “Escuchémonos unos a otros,” dijo, y pasemos tiempo con quienes están solos. También pidió a los católicos que renuncien a lo superfluo y compartan “lo que ahorramos con quienes carecen de lo necesario.”
Silencio es una palabra sensorial. Se siente en la habitación en el momento en que un dispositivo se apaga. El problema es que, para gran parte de América Latina, el celular no es solo ese objeto ruidoso que deberías dejar de lado. También es la herramienta que mantiene la vida unida, especialmente cuando los sistemas públicos son insuficientes.
Así, el llamado del Papa cae en la región como una pequeña piedra lanzada a aguas profundas. Las ondas tocan la fe, sí. Pero también la salud pública, la forma del trabajo moderno y la manera en que se gestiona o se ignora la soledad.
En América Latina, la adopción de teléfonos inteligentes es alta, con más del noventa por ciento de cobertura en algunas zonas, según las notas. Ese solo hecho cambia el significado de “apágalo”. No es simplemente una instrucción moral. Se convierte en una negociación entre lo que la gente necesita y lo que no puede dejar de hacer.

Una herramienta de salud que se convierte en trampa
Empecemos con las buenas noticias, porque importan. Los celulares se han convertido en un puente hacia la atención médica. El sesenta y cinco por ciento de los pacientes usa teléfonos inteligentes para obtener información de salud, y cerca de un tercio los utiliza para agendar consultas, según el Journal of Medical Internet Research. No son conductas marginales. Son rutinas diarias, especialmente tras el auge de los servicios de salud por teléfono durante la pandemia, como describen las notas.
En Colombia, los contactos de telemedicina pasaron de 1,4 millones a 101 millones en un año, según las notas. En Uruguay, el rastreo móvil se usó para monitorear el ochenta y seis por ciento de los primeros casos de COVID-19, agregan las notas. Programas de salud móvil en Honduras, México y Bolivia han utilizado llamadas semanales y aplicaciones para ayudar a pacientes a manejar la diabetes, la hipertensión y la depresión. En Brasil y otros países, las aplicaciones se usan cada vez más para apoyar el diagnóstico de enfermedades no infecciosas como la hipertensión y el dolor torácico, según el Banco Interamericano de Desarrollo.
Esta parte de la historia complica la instrucción del Papa. En una región donde una consulta médica puede empezar con un dedo sobre el vidrio, el silencio se vuelve tanto una virtud como un obstáculo.
Pero el mismo dispositivo que ayuda a la gente a encontrar atención puede transformar sus cuerpos y mentes de formas más silenciosas y desagradables. Un significativo treinta y dos coma cinco por ciento de los estudiantes de medicina en América Latina muestra signos de adicción al celular, directamente vinculados a mala calidad de sueño, según reportó el Journal of Medical Internet Research. Otro estudio multicéntrico descrito en las notas encontró un promedio de mala calidad de sueño de 7,26 entre estudiantes de medicina de seis países latinoamericanos, medido por el Índice de Calidad de Sueño de Pittsburgh.
Dormir no es un accesorio de estilo de vida. Es un cimiento. Cuando se pierde, todo lo demás se resiente.
El uso excesivo también se asocia con dolores de cabeza y dolor musculoesquelético, con un cincuenta y uno a cincuenta y dos por ciento reportado en algunos estudios, según el Journal of Medical Internet Research. El lenguaje aquí es clínico, pero la experiencia cotidiana es familiar: el cuello rígido, el hombro adolorido, la postura que se desploma sin que te des cuenta hasta que termina el día.
Luego está el peso del riesgo. El uso excesivo se asocia con conductas sedentarias que llevan a un riesgo cuarenta y tres por ciento mayor de obesidad entre los usuarios intensivos, según el Journal of Medical Internet Research. Usar un celular cinco horas o más al día aumenta el riesgo de obesidad en un cuarenta y tres por ciento, según el American College of Cardiology, citado en las notas. Las notas vinculan ese patrón con el sedentarismo y el aumento en el consumo de bebidas azucaradas y comida rápida.
La observación cotidiana es casi demasiado común para notarse. La gente mira hacia abajo. Mucho. No porque sean débiles, sino porque el dispositivo está diseñado para mantenerlos ahí.
Y en partes de la región, la escala del tiempo importa. En países como Perú, los usuarios pasan en promedio nueve horas diarias en aplicaciones y redes sociales, según las notas que citan ScienceDirect.com. Nueve horas no es un hábito. Es un clima.
El celular incluso puede ser un riesgo para la seguridad. El uso excesivo y distraído se asocia con un mayor riesgo de accidentes, según el Journal of Medical Internet Research. No es difícil imaginar cómo. La pantalla desvía la atención de lo que tienes justo enfrente, y la vida real no se detiene cuando bajas la mirada.

El silencio como argumento de salud pública
El llamado del Papa es un lenguaje religioso, pero resuena con algo que los investigadores en salud pública llevan años advirtiendo. No porque la fe y la medicina sean lo mismo, sino porque ambas se preocupan por los límites humanos. La atención es limitada. El sueño es limitado. El cuerpo no es un recurso infinito.
Esto abre una pregunta de política pública que es fácil de esquivar y difícil de resolver: ¿cómo pueden las instituciones y comunidades fomentar un uso menos dañino del celular sin desconectar a la gente de la atención, la información y la conexión?
Las notas ofrecen un punto de referencia práctico. Los expertos sugieren reducir el tiempo de pantalla fuera del trabajo a menos de dos horas diarias para mitigar riesgos, según Reid Health. No es un mandamiento. Es una línea trazada para proteger el sueño, la postura y la salud mental sin pretender que el celular pueda desaparecer.
El Papa, en su propio registro, pide algo similar. No una hoguera de dispositivos. Un poco menos. Un poco más de silencio. Más escucha. Más tiempo para los ancianos, los pobres y los enfermos: menos consumo superfluo y más compartir.
Hay un matiz latinoamericano en esto que se siente especialmente agudo. La dependencia regional de los celulares está ligada a necesidades reales, incluido el acceso a servicios de salud. Pero las vulnerabilidades de la región, como la desigualdad estructural y la violencia y pobreza persistentes en muchos lugares, también significan que los costos de la adicción, el mal sueño y la obesidad recaen de manera desigual. Las personas que más dependen del celular para acceder a servicios pueden ser también las menos capaces de soportar los daños a la salud que conlleva el uso constante.
Así, el mensaje dominical del Papa no flota sobre la región como una abstracción espiritual. Cae en medio de una contradicción diaria. Los celulares pueden conectar. Los celulares pueden aislar. Los celulares pueden ayudarte a agendar atención médica. Los celulares pueden erosionar el sueño que te permite estar lo suficientemente bien como para buscar atención en primer lugar.
La apuesta aquí no es si América Latina abandonará los teléfonos inteligentes. No lo hará. La apuesta es si la región puede construir hábitos y conversaciones públicas que traten la atención como un recurso compartido, no como un fracaso individual. Si el silencio, aunque sea un pequeño espacio, puede recuperarse como algo práctico. Algo humano. Algo que, como dijo el Papa, enriquece en vez de empobrecer.
Lea También: Escuela virtual de videojuegos en Uruguay reduce la necesidad de mudarse para carreras tecnológicas



