CIENCIA Y TECNOLOGÍA

México enfrenta la violencia digital contra las mujeres, donde las pantallas se han convertido en armas

México ha presentado un acuerdo voluntario con Google, Meta y TikTok para combatir la violencia digital de género. Esto responde a millones de mujeres que enfrentan ciberacoso, donde el abuso en línea afecta la ley, las políticas, el miedo, la dignidad y la vida cotidiana.

Cuando la pantalla deja de sentirse como una ventana

El gobierno mexicano está asumiendo una tarea difícil pero necesaria. Quiere tratar la violencia digital contra niñas y mujeres no como un problema menor o ruido de fondo, sino como un grave problema público en el corazón de los valores e instituciones del país.

El gobierno, a través de la Secretaría de las Mujeres y la Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones, ha firmado un acuerdo voluntario con empresas tecnológicas como Google, Meta y TikTok para combatir la violencia en sus plataformas. En un país donde más de 10 millones de mujeres han enfrentado ciberacoso, este problema es enorme. No se trata solo de activistas o incidentes aislados. Es un problema generalizado vinculado a la vida digital cotidiana, donde estar en línea también puede significar estar vulnerable.

Claudia Sheinbaum dijo que el objetivo es prevenir y atender los casos de violencia de género en el entorno digital de manera oportuna, mediante acciones coordinadas y compromisos voluntarios con las plataformas. Subrayó que el acuerdo no es obligatorio. Ese detalle importa. Revela tanto la ambición como la fragilidad de la estrategia. México quiere una línea de comunicación permanente con las empresas que controlan los espacios donde circula el daño, pero por ahora, depende de la cooperación más que de la coerción.

Esta tensión se siente muy mexicana y latinoamericana. El gobierno ve cuán grande es el problema, pero tiene que trabajar con plataformas privadas que tienen más poder que muchas instituciones públicas en lo que respecta al control del discurso y la visibilidad. El resultado es un patrón familiar: los gobiernos aportan la urgencia, las empresas la infraestructura y las mujeres soportan las consecuencias.

Este acuerdo parece reconocer que la violencia digital no se trata solo de una imagen viral o un mensaje de odio. Es parte de un sistema más grande de abuso, humillación, coerción e impunidad. La violencia en línea es tan real como la violencia fuera de línea. De hecho, puede ser más duradera, más fácil de encontrar, de repetir y más difícil de evitar.

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, en el Palacio Nacional en la Ciudad de México, México. EFE/Sáshenka Gutiérrez

De la concientización a la eliminación

Citlalli Hernández dijo que la primera fase del acuerdo se centra en la prevención. Esto significa revisar y mejorar las reglas de las redes sociales, fortalecer las herramientas y políticas para detener y atender la violencia en línea, y crear una guía de seguridad digital. La guía busca promover el uso responsable de internet, prevenir abusos y fomentar la denuncia de delitos.

Estas medidas pueden parecer modestas en el papel, pero revelan una verdad más profunda. México enfrenta una crisis que es tanto cultural como técnica. No se puede erradicar la misoginia digital solo eliminando publicaciones después de que aparecen. También es necesario cambiar lo que los usuarios aceptan, lo que los creadores promueven y lo que las plataformas recompensan. La educación sobre igualdad, las campañas de concientización y la difusión de información confiable no son solo complementos: son clave para evitar que el acoso se convierta en entretenimiento, castigo o deporte.

El gobierno también ha enfatizado una política de cero impunidad para delitos como abuso sexual, acoso y otras formas de violencia de género que aparecen en línea. Sheinbaum dijo que el objetivo es abordar el problema para que las plataformas, a través de estos protocolos, eliminen gradualmente imágenes o publicaciones relacionadas con la violencia contra las mujeres. Esa frase va al fondo del asunto. La visibilidad es poder en línea. También lo es la eliminación. Una publicación violenta puede herir a través de la exposición. Su eliminación puede convertirse en el primer acto de reconocimiento institucional de que el daño realmente ocurrió.

Aun así, las campañas de prevención suelen ir por detrás del ritmo acelerado del abuso en línea. Este abuso es inmediato, personal y a veces anónimo. Puede propagarse antes de que las instituciones siquiera acuerden cómo llamarlo. Por eso la segunda fase del acuerdo podría ser aún más importante.

La secretaria de las Mujeres, Citlalli Hernández, en el Palacio Nacional en la Ciudad de México, México. EFE/Presidencia de México

La parte difícil es construir consecuencias

La segunda fase se centra en la atención de casos. Según el protocolo, las plataformas y las autoridades gubernamentales trabajarían juntas para definir qué contenido puede considerarse delictivo o violento, fortalecer las políticas que prohíben el abuso o la explotación sexual, crear una guía unificada para denuncias y quejas, mejorar los mecanismos para reportar perfiles ofensivos y conectar a las víctimas con canales de apoyo directo como el 079.

Aquí es donde la iniciativa deja de sonar simbólica y empieza a entrar en el terreno más difícil de la aplicación. El Estado intenta construir una cooperación operativa entre las autoridades de seguridad y las plataformas digitales para que las investigaciones no se desarrollen en mundos separados. Eso incluye la eliminación inmediata de contenido íntimo no consensuado o material violento, junto con herramientas accesibles para combatir el acoso y los discursos de odio, especialmente cuando las mujeres son el objetivo.

Ese enfoque no es abstracto. Los datos de MOCIBA 2024 muestran que el 21% de los usuarios de internet en México de 12 años o más experimentaron ciberacoso en 2023, lo que afecta a unos 18.9 millones de personas. La diferencia por género existe, aunque no es enorme, con un 22.2% de mujeres y un 19.6% de hombres reportando acoso digital. Esa brecha estrecha es reveladora. Sugiere un país donde la intimidación en línea está ampliamente extendida, pero donde las mujeres aún enfrentan una arista más aguda, ligada específicamente a la violencia sexual, la humillación y el control de género.

La geografía en los datos también importa. Yucatán, San Luis Potosí e Hidalgo muestran la mayor incidencia, mientras que Baja California, Tamaulipas y Morelos reportan la más baja. Esa desigualdad sugiere que la violencia digital es nacional, pero no idéntica en todas partes. Interactúa con culturas locales, patrones de denuncia y capacidad institucional. En otras palabras, no existe un solo internet mexicano. Hay muchos Méxicos dentro de la misma red.

Este acuerdo se suma a otros esfuerzos en curso. La Secretaría de las Mujeres colabora con ONU Mujeres para crear una hoja de ruta que fortalezca la respuesta nacional a la violencia contra las mujeres en línea, abarcando desde la prevención hasta el castigo. El gobierno también anunció la creación del primer Observatorio Nacional de Violencia Digital, que apoyará a víctimas y sobrevivientes y proporcionará datos para mejorar las políticas públicas.

Todo esto muestra algo más grande que un nuevo protocolo. México está creando poco a poco una forma de hablar de derechos para un daño que durante mucho tiempo se ignoró como vergüenza privada o drama en línea. Eso importa. En un país donde las mujeres a menudo han tenido que luchar solo para nombrar la violencia que sufren, nombrar la violencia digital ya es un acto político. El siguiente reto es más difícil: convertir el reconocimiento en consecuencias reales, transformar la visibilidad en protección y, finalmente, hacer de la pantalla un lugar donde las mujeres no tengan que sufrir en silencio.

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