CIENCIA Y TECNOLOGÍA

Mujeres peruanas retejieron la historia imperial a través de tumbas, hilos y poder

En El Castillo de Huarmey, el descubrimiento de una tumba real Wari intacta provocó una reevaluación de las dinámicas imperiales en el antiguo Perú, revelando a mujeres de élite como creadoras de riqueza, autoridad ritual, memoria y legitimidad imperial, y no solo como figuras decorativas.

Una necrópolis contra el olvido

Para cuando los arqueólogos comenzaron una investigación seria en El Castillo de Huarmey, el sitio ya había sufrido daños extensos. Saqueadores habían excavado túneles a través de la enorme colina en busca de tumbas y tesoros antiguos, dejando huesos expuestos. Desechos modernos cubrían lo que alguna vez fue un terreno sagrado. Ubicado a cuatro horas al norte de Lima, en la costa, el sitio parecía un paisaje lunar, marcado por numerosas intrusiones que confundían el valor material con la memoria cultural.

La superficie dañada marca el inicio de una narrativa más fascinante. Muchos advirtieron al arqueólogo de la Universidad de Varsovia, Miłosz Giersz, que la excavación sería difícil y probablemente infructuosa. Sin embargo, las laderas contenían fragmentos incongruentes con el vacío circundante, incluyendo restos textiles y cerámica rota, lo que indicaba un residuo de orden bajo el desorden. Según National Geographic, Giersz identificó en esta dispersión la sutil huella de la civilización Wari, que a menudo sigue siendo considerada un precursor más que una fuerza dominante.

La metodología fue crucial porque el problema iba más allá de lo que se había enterrado, abarcando también lo que se había pasado por alto. En 2010, Giersz y un pequeño equipo emplearon un magnetómetro y fotografía aérea tomada desde una cámara elevada por cometa. Estas técnicas revelaron débiles muros enterrados en un espolón rocoso al sur, rastros ignorados por generaciones de saqueadores que buscaban objetos y no sistemas estructurales. La excavación, realizada en colaboración con el arqueólogo peruano Roberto Pimentel Nita, sacó a la luz un extenso complejo de torres y altos muros pintados de carmesí, probablemente un templo Wari dedicado al culto ancestral.

Este descubrimiento redefine el sitio, que deja de ser solo un campo de tesoros para convertirse en una declaración política. El Castillo funcionaba no solo como lugar de entierro, sino como una manifestación visible de autoridad. Tras la consolidación del control regional por parte de los Wari, un señor construyó un palacio en la base de la colina, y él y sus sucesores transformaron la empinada subida en un imponente templo dedicado a los ancestros. Los nobles poblaron densamente la cima con mausoleos y, cuando el espacio se volvió insuficiente, se construyeron terrazas más abajo para albergar torres funerarias y tumbas. El entierro era así una expresión intencionada de soberanía a través de la arquitectura.

National Geographic cita al arqueólogo Krzysztof Makowski, quien afirma: “Si quieres tomar posesión de la tierra, tienes que demostrar que tus ancestros están inscritos en el paisaje. Eso es parte de la lógica andina.” Esta afirmación resuena más allá de un solo sitio en Perú, destacando un principio andino persistente en el que memoria, parentesco, trabajo y territorio son inseparables. Los muertos eran parte integral de las estructuras políticas, sirviendo como su fundamento.

Proyecto Arqueológico Castillo de Huarmey / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)

Trabajo oculto en el lujo

Por eso el descubrimiento de una tumba real intacta en 2012 y la cámara examinada en 2013 son tan significativos, porque los Wari no dejaron registros escritos ni historia narrativa. Los arqueólogos han debatido cómo los Wari establecieron un dominio que se extendía cientos de millas a lo largo de los Andes y hasta los desiertos costeros, ya fuera por la fuerza, la persuasión o una combinación de ambas. En El Castillo, la respuesta surge no como una declaración, sino como evidencia material, gran parte de la cual se relaciona con mujeres. En la cámara CT había cuatro mujeres Wari de élite, quizás reinas o princesas, enterradas junto a hasta 54 otros individuos de alto rango, seis sacrificios humanos y más de mil objetos funerarios. Aretes de oro, tazones de plata, hachas de aleación de cobre, cerámicas coloridas, exquisitos textiles. A primera vista, este es el lenguaje del esplendor. Pero aquí el esplendor no es exceso decorativo. Es administración, ritual, producción y jerarquía hechos tangibles.

Las notas de National Geographic enfatizan que los textiles eran más valorados que el oro. Entre las ofrendas se incluyeron khipus, cuerdas anudadas usadas para registrar bienes imperiales. También estaban presentes partes de cuerpo de cóndor, asociadas con el simbolismo aristocrático. Casi todas las mujeres nobles enterradas en el área común estaban acompañadas por un recipiente con herramientas de tejido. Incluso la mujer de mayor rango, apodada posteriormente la Reina de Huarmey, fue sepultada con herramientas de tejido hechas de oro.

Este detalle desafía las concepciones convencionales del poder antiguo, que suelen enfatizar ejércitos, fortificaciones y gobernantes masculinos. El Castillo presenta una perspectiva alternativa: el tejido no era solo una actividad doméstica, sino que representaba conocimiento de élite, trabajo disciplinado y un componente de la alta cultura política. Las mujeres enterradas en la tumba no eran honradas únicamente por su asociación con hombres prominentes; más bien, servían como guardianas del imperio. El análisis osteológico corrobora esta narrativa. La Reina de Huarmey, de aproximadamente 60 años al morir, presentaba marcas esqueléticas indicativas de una actividad prolongada sentada con uso intensivo de la parte superior del cuerpo. También mostraba pérdida dental consistente con caries atribuida al consumo de chicha, una bebida alcohólica a base de maíz reservada para la élite. Esta evidencia íntima retrata a una mujer central en el rango y el ritual, definida no por la abstracción, sino por el trabajo repetitivo, la postura, el hábito y el desgaste gradual de la experiencia vivida, por el lento desgaste de una vida vivida.

Textil Wari del antiguo Perú. Daderot / Wikimedia Commons (CC0 1.0)Principio del formularioFinal del formulario

Un imperio tejido por mujeres

La grandeza de El Castillo también refleja las contribuciones de quienes estaban por debajo de los nobles muertos. El mortero seco en el sitio preservó huellas de manos humanas, incluidas las de niños de apenas 11 años. Giersz declaró a National Geographic que los Wari “usaron a todos los trabajadores locales posibles”. Esta observación añade complejidad a la necrópolis: la ciudad carmesí de los muertos no solo era sagrada e imperial, sino que también fue construida mediante trabajo organizado proveniente de la población circundante.

Así, el sitio sirve como una representación condensada del poder en el antiguo Perú. Una civilización originaria de Ayacucho extendió su influencia hasta la costa, construyendo canales y acueductos en su territorio central, incluyendo una capital que llegó a albergar hasta 40,000 habitantes, y proyectando autoridad a lo largo de cientos de millas. En una sola colina, la conquista se vincula con el culto a los ancestros, el privilegio noble con el trabajo local, las mujeres de élite con la producción de prestigio y la legitimidad política con las prácticas funerarias.

El prolongado ocultamiento de la tumba es significativo. Sellada bajo grava y pesados ladrillos de adobe, permaneció intacta durante siglos, preservando más que ornamentos; resguardó una perspectiva sobre el imperio que las historias posteriores suelen simplificar en exceso. El colapso Wari, posiblemente debido a una sequía severa, parece haber sido abrupto, como lo evidencia el abandono de herramientas por parte de los alfareros en un sitio. Sin embargo, este colapso no extinguió el concepto que habían establecido. National Geographic articula claramente este legado: los Wari crearon en los Andes una noción de imperio que nunca desapareció del todo y que luego fue retomada por los incas.

El Castillo de Huarmey intensifica este legado al demostrar que el imperio no se estableció solo mediante la conquista. Fue tejido, enterrado, pintado, registrado, escenificado en una ladera y confiado a mujeres cuyo trabajo encarnaba tanto la autoridad estética como la política. En Perú, bajo una superficie saqueada y escombros modernos, la tierra preservó intacto este argumento hasta que finalmente fue reconocido.

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