Ecuador promueve una narrativa de guerra narco mientras pone en riesgo la verdad
Un ataque presentado como una acción decisiva contra los traficantes se ha convertido en una prueba para las políticas de seguridad de Ecuador, su alianza con Washington y las consecuencias que enfrentan los civiles rurales cuando los gobiernos transforman las operaciones antidrogas en demostraciones de fuerza interna.
La finca y la puesta en escena
A principios de marzo, mientras el presidente Trump se preparaba para recibir a líderes conservadores latinoamericanos en Florida, funcionarios estadounidenses difundieron un video dramático que mostraba una explosión masiva en una zona rural de Ecuador. El mensaje era claro. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, declaró que Estados Unidos “ahora está bombardeando a narco-terroristas en tierra”. Las imágenes pretendían demostrar una nueva fase en la alianza entre Washington y Quito, caracterizada por la fuerza, la rapidez y la acción visible contra el narcotráfico.
Sin embargo, según informó The New York Times, que proporcionó la cobertura original y las citas referenciadas en este artículo, el ataque mostrado en el video parece haber destruido una finca ganadera y lechera, y no un campamento de entrenamiento de traficantes. Esta distinción no es meramente técnica; altera fundamentalmente el significado político de la operación.
Si el objetivo fue mal identificado, Ecuador no solo ejecutó una operación de seguridad fallida. Más bien, pudo haber transformado una propiedad civil en un escenario para una demostración hemisférica de dureza. En América Latina, donde los gobiernos históricamente han tratado los territorios remotos como espacios donde las narrativas oficiales se imponen más fácilmente que se verifican, esta posibilidad evoca una preocupación conocida.
San Martín, el poblado donde ocurrió el ataque, está ubicado en la selva amazónica a orillas del río San Miguel, cerca de la frontera con Colombia. Se caracteriza por casas de madera, cultivos de café, plátanos y canoas que transportan a los residentes a la escuela y al trabajo. Según habitantes entrevistados por The New York Times, el pueblo también está definido por el miedo. Los pobladores reportan vivir entre grupos armados que dudan en nombrar y patrullas militares que, según dicen, actúan con impunidad. Un residente, José Fernández, resumió la situación de manera sucinta: “Aquí, sobrevivimos.”
Esta afirmación transmite la realidad de manera más efectiva que el video de la explosión. En lugares como San Martín, sobrevivir requiere equilibrar el silencio, la cautela y la rutina en entornos donde la autoridad estatal y el poder ilegal coexisten a diario. Cuando las fuerzas armadas del gobierno llegan en helicóptero, percibiendo la zona como hostil, los campesinos y trabajadores son fácilmente convertidos en cómplices. Así, la distinción entre una operación militar y un ataque a civiles puede desvanecerse tan rápido como arde una estructura de madera.
Los trabajadores de la finca de Miguel describieron una ruptura similar del orden. Según The New York Times, los soldados llegaron el 3 de marzo, acusaron a los trabajadores colombianos de ocultar drogas y armas, golpearon a los jóvenes con las culatas de sus armas y exigieron inspeccionar supuestos escondites. Los trabajadores relataron que los soldados luego rociaron gasolina en las casas, galpones y la quesera, incendiando la mayoría de las estructuras. Tres hombres declararon después que fueron llevados a lo que creían era una base militar, donde los asfixiaron con sus propias camisas, les aplicaron descargas eléctricas y les advirtieron que no regresaran. Uno de los trabajadores dijo a The New York Times: “Básicamente dijeron que si ponía un pie en EcuadoEste testimonio no refleja el discurso de una operación antidrogas exitosa; más bien, transmite el lenguaje del terror en los márgenes de la autoridad estatal. the edge of the state.”

Una frontera convertida en evidencia
El problema político de fondo va más allá de los hechos en la finca y se extiende a la forma en que los gobiernos transformaron rápidamente el incidente en evidencia estratégica. Ecuador afirmó que un grupo armado utilizaba la propiedad para ocultar armas y como sitio de descanso y entrenamiento para traficantes. El gobierno aseguró que la operación se basó en “inteligencia y apoyo” de Estados Unidos. Funcionarios del Pentágono describieron el ataque del 6 de marzo como realizado “conjuntamente” con Ecuador. Sin embargo, según varias personas familiarizadas con la operación, citadas por The New York Times, las tropas estadounidenses no participaron directamente en el bombardeo mostrado en el video.
Esta ambigüedad es significativa. Ambos gobiernos se beneficiaron al presentar el ataque como prueba de una nueva y sólida alianza contra las redes de narcotráfico. Sin embargo, la secuencia de hechos descrita por los pobladores parece mucho más compleja. Los residentes informaron que los helicópteros regresaron tres días después de la redada inicial y lanzaron explosivos sobre los restos humeantes de la finca. Fue en ese momento, afirmaron, cuando los soldados grabaron las imágenes que luego Ecuador y Estados Unidos promovieron como la destrucción de un complejo de traficantes.
Si este relato es exacto, la imagen difundida globalmente no fue solo documentación de un ataque, sino teatro político construido sobre ruinas preexistentes. Esto convertiría a la finca tanto en víctima de acción militar como en material para una narrativa de seguridad.
El contexto hace comprensible esta tentación, aunque sigue siendo peligrosa. Ecuador no produce cocaína, pero se ha convertido en un importante exportador de cocaína traficada desde Colombia y Perú. Las bandas de narcotráfico, en colaboración con cárteles extranjeros, han sumido al país en una de las crisis más violentas de América Latina. Grupos armados colombianos operan cerca de la frontera, donde prosperan la minería ilegal y el tráfico de cocaína. El peligro es real, lo que subraya la importancia crítica de la verdad. En momentos de miedo genuino, los gobiernos adquieren mayor margen para exagerar, ocultar o reclasificar la información pública.
El ejército ecuatoriano afirmó haber recuperado armas de fuego y otras pruebas de actividad ilícita en la propiedad; sin embargo, no presentó pruebas a pesar de que suele difundir fotografías de drogas, armas y contrabando incautados durante operativos. Esta falta de evidencia genera sospechas. De manera similar, una denuncia presentada por la Alianza por los Derechos Humanos calificó las acciones militares como ataques contra una población civil. La abogada de derechos humanos María Espinosa declaró a The New York Times: “No hay ni un solo funcionario público que haya venido a verificar”. Esta ausencia es políticamente reveladora, pues sugiere un Estado más interesado en la utilidad de la narrativa que en la responsabilidad de la verificación.

Las lecciones que Ecuador arriesga enseñar a América Latina
Algunos habitantes de San Martín se preguntaron si el gobierno utilizó el ataque para ganar apoyo a su ofensiva contra las violentas bandas de narcotráfico. Esta preocupación va más allá de un solo poblado. En toda América Latina, los gobiernos democráticos que enfrentan amenazas criminales reales recurren frecuentemente a una política de fuerza visible. Medidas como toques de queda, despliegues militares, redadas, explosiones filmadas desde el aire y breves declaraciones triunfales resuenan en el discurso público. Estas acciones proyectan una imagen de control, incluso cuando el territorio subyacente sigue siendo frágil y disputado.
Sin embargo, las comunidades fronterizas conocen los costos asociados a tales imágenes. Saben que el Estado antinarco puede parecerse a otro actor armado cuando la supervisión es débil y las acusaciones preceden a las pruebas. En San Martín, los residentes reportaron vivir bajo sospecha porque los soldados presumían que los campesinos eran cómplices de grupos armados. La presencia de varios trabajadores colombianos agravó esta vulnerabilidad. En muchas zonas fronterizas de América Latina, la nacionalidad en sí misma suele servir como indicador de culpabilidad.
Por eso el ataque tiene relevancia política. Demuestra cómo una alianza presentada como seguridad hemisférica puede oscurecer las realidades locales. Washington sostiene que las redes de cárteles amenazan la estabilidad regional, lo cual puede ser cierto. Sin embargo, en San Martín, la estabilidad se parece menos a una doctrina estratégica y más a un hombre de pie entre escombros, señalando dónde antes producía queso y criaba ganado. Miguel, el dueño de la finca, dijo a The New York Times: “Es una barbaridad”. Luego planteó la pregunta que ahora ensombrece toda la operación: “Es mentira que aquí se entrenaron 50 personas. ¿Dónde se van a entrenar? ¿Aquí afuera, al aire libre? No tiene lógica.”
Esta es la perspectiva que América Latina debería escuchar—no porque los habitantes rurales tengan siempre la razón y los militares siempre estén equivocados, sino porque en esta región, las primeras víctimas del espectáculo militarizado suelen ser la evidencia, el debido proceso y la dignidad de quienes viven lejos de la capital. Una vez que esto se compromete, los gobiernos pueden llamar victoria a casi cualquier destrucción.
Vicente Garrido, vicepresidente de la junta parroquial de San Martín, ofreció un resumen franco de lo que está en juego políticamente: “Todo lo que queremos es que salga la verdad”. Esta exigencia no debería considerarse radical; sin embargo, en gran parte de América Latina, sigue siéndolo.
Lea También: El duelo militar colombiano expone el costo de la demora y la distancia




