El guatemalteco Arjona convierte el Madison Square Garden en un cabaret sin fronteras
Ricardo Arjona llegó a Nueva York con funciones agotadas y un viejo estribillo que aún duele. Sobre el escenario del Madison Square Garden, su gira de nostalgia se transformó en un argumento en vivo sobre migración, influencia e identidad, sin convertirse en un discurso.
Una Estatua de la Libertad vestida de Latinoamérica
La microescena llega temprano, y aterriza con la extraña claridad de un chiste visual que se niega a quedarse en chiste. Ricardo Arjona canta su canción de los noventa “Si el norte fuera sur.” Detrás de él, la Estatua de la Libertad aparece en pantalla, vestida con ropa tradicional latinoamericana. En la sala, se siente cómo el público lo capta al mismo tiempo, ese rápido reconocimiento colectivo de que esto no es solo decoración. Es una declaración hecha a través de vestuarios y no de consignas.
Arjona ha llamado a esta la gira más grande y ambiciosa de su carrera. En Guatemala, llenó todas las fechas de una residencia histórica. Ahora está en el Madison Square Garden por dos noches consecutivas, ambas con entradas agotadas. El show de este miércoles marcó la quinta parada de Lo que el seco no dijo, la gira que sigue a su álbum de 2025, Seco. Interpretó varias canciones de ese disco, pero también recorrió el catálogo que lo hizo un referente: El problema, Historia de taxi, Desnuda, moviéndose entre pop rock, flamenco y salsa, acompañado de una banda completa.
No dio discursos políticos. El poder de sus letras como comentario social, como “Si el norte fuera sur,” crea una sensación de relevancia y conexión, haciendo que el público se sienta involucrado sin necesidad de predicar directamente.
Más de veinte años después, canta esa misma canción mientras imágenes generadas con inteligencia artificial parpadean en las pantallas. La Estatua de la Libertad se convierte en repartidora de comida. Se convierte en Elon Musk. Se convierte en superhéroe. Las imágenes sugieren un paraíso de cadenas de comida rápida esperando a los migrantes tras su travesía.
La gente sabe lo que hacen esas imágenes: comprimen un siglo de desequilibrio de poder en un espectáculo y resaltan luchas sociales y políticas que siguen vigentes.
Esto convierte el concierto en una especie de foro público sin que nadie tenga que alzar la voz.
Historias en vez de discursos
Arjona no solo canta. Cuenta historias. Vuelve a su infancia en Guatemala. Bromea diciendo que antes de los influencers, los padres eran los influencers. Critica la sobreprotección moderna. Reflexiona sobre cómo el mundo se volvió un cabaret mientras está de pie en un espectacular escenario que recrea una calle de París.
Bajo un balcón falso con las palabras Cabaret Seco, una cantante de voz poderosa interpreta La vie en rose de Edith Piaf. Luego el show gira hacia la nueva canción La vida es un cabaret, con Arjona acompañado de bailarinas en bodys rojos y coronas de plumas.
Es teatral, pero no vacío. La metáfora del cabaret es una forma de decir que la vida pública se ha vuelto espectáculo, que la seriedad y la parodia están demasiado cerca, que el escenario y el mundo empiezan a parecerse a espejos.
La observación cotidiana que implica la forma en que interactúa con el público es cómo las audiencias de la diáspora llevan su pasaporte en la voz. Arjona llama a los fans por sus países. Los dominicanos responden con un rugido. Lee carteles que levantan en las gradas. Sube a una fan al escenario cuando se lo pide. Anima a la sala a soltarse, a bailar ritmos latinos.
Nada de eso es lenguaje de política. Y sin embargo, trata sobre fronteras, sobre quién está en la sala, sobre quién es nombrado y reconocido en una ciudad que puede tragarse a la gente entera. Repite un lema, se acabaron las fronteras, como si decirlo en voz alta pudiera frenar el endurecimiento del mundo.
La apuesta aquí es si el arte aún puede ofrecer refugio cuando la política parece una máquina diseñada para triturar a las personas. La respuesta de Arjona no es un manifiesto. Es una secuencia de imágenes y canciones que insisten, una y otra vez, en que Latinoamérica no es un accesorio en la historia de nadie más.

Tiempo, cuerpos y el precio de seguir visibles
A mitad del show, el ambiente se vuelve más íntimo. Arjona canta Todo termina solo con su guitarra bajo un único haz de luz. Está dedicada a sus hijos. Habla del paso del tiempo y la necesidad de aprovechar la vida mientras la tienes. Las imágenes detrás de él lo muestran pasando por etapas de la vida, desde un bebé dando sus primeros pasos hasta un anciano de cabello blanco.
El contraste es fuerte. Un momento, la Libertad es un superhéroe y el mundo es un cabaret. Al siguiente, es un hombre, una guitarra, una canción sobre cómo todo termina. Ese giro se siente vivido, como las conversaciones reales, cuando un chiste se convierte en confesión sin previo aviso.
Arjona tiene sesenta y dos años. Se tomó un descanso en 2023 tras una cirugía de espalda. En este concierto de dos horas, se muestra en plena forma, moviéndose por el escenario y, en un momento, cruzando la arena para situarse al fondo y que los asientos lejanos puedan verlo claramente.
Su gesto de cruzar la arena para situarse al fondo y pedir al público que se acerque genera una sensación de cercanía y conexión, haciendo que todos se sientan reconocidos e incluidos.
Arjona es ganador de Grammy y Latin Grammy, con más de 80 millones de copias vendidas. Su éxito e historia inspiran admiración, reforzando su autoridad para hablar sutilmente de temas sociales.
En el Madison Square Garden, hace algo más simple y más difícil que la política. Construye una sala donde personas de muchos países pueden escucharse reflejadas. Hace que la Estatua de la Libertad se ponga otro atuendo. Convierte París en un escenario. Convierte la migración en una canción que siempre regresa.
Y lo hace sin predicar.
Solo historias. Solo música. Solo la suave presión de la repetición, diciéndole al público que las fronteras son reales, pero no son lo único que es real.
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