ANÁLISIS

Colombia enfrenta la tormenta de los archivos Epstein mientras el silencio de Pastrana se convierte en política

Nuevos correos electrónicos y archivos desclasificados del Departamento de Justicia de EE. UU. en el caso de Jeffrey Epstein vuelven a sacudir a Colombia, reavivando preguntas sobre el expresidente Andrés Pastrana y sus vínculos con Epstein y Ghislaine Maxwell, y agudizando las demandas públicas de transparencia.

Una carta llega y la cronología se reabre

Comienza como tantas tormentas políticas en Colombia hoy en día, no con una rueda de prensa ni con la puerta de un juzgado abriéndose, sino con una pantalla. Una carta pública, firmada por treinta y cinco mujeres del periodismo, el derecho y el servicio público, circula y luego se convierte en titular. Andrés Pastrana responde en X. Califica la carta como un ataque a su dignidad y principios. Niega cualquier vínculo con Jeffrey Epstein. Y luego, crucialmente, se detiene ahí.

La luz azul de un teléfono no es prueba, pero sí es atmósfera. El detalle cotidiano es la velocidad, la forma en que una controversia puede rearmarse con piezas viejas tan pronto como una nueva filtración documental le da a la gente algo nuevo a lo que señalar, algo que citar, algo que repostear. Un día, la historia es internacional. Al siguiente, es personal. Luego vuelve a ser política.

La demanda central de la carta es simple y contundente. Las firmantes instan a Pastrana a “romper el pacto de silencio” sobre su presunta relación con Epstein y con Ghislaine Maxwell, quien fue condenada por participar en una red de abuso sexual y trata de menores. Las palabras pesan. La acusación no se enmarca como chisme. Se plantea como una obligación ética y política, impulsada por mujeres que sostienen que el silencio mismo puede funcionar como encubrimiento en casos de crímenes extremos.

La respuesta de Pastrana, al menos en este momento, no responde a esa demanda con detalles. Rechaza la carta y niega cualquier vínculo con Epstein, pero no ofrece más información. Ahí es donde vive el debate. No solo si el expresidente aparece en los archivos, sino qué le debe una figura pública a la sociedad cuando esos archivos regresan, más grandes, más oscuros y más difíciles de ignorar.

Porque el contexto ha cambiado, esto no nació ayer en Colombia.

El nombre de Pastrana, recuerda el texto, ha estado en esta órbita desde dos mil diecinueve, cuando fue vinculado a los registros de pasajeros del jet privado conocido como el Lolita Express, la aeronave utilizada para transportar a las víctimas de Epstein. En ese entonces, Pastrana abordó el tema brevemente. Dijo que conoció a Epstein y Maxwell en Dublín. Afirmó que no sabía de los crímenes de Epstein, aunque para dos mil ocho Epstein ya había sido registrado como abusador sexual por solicitar prostitución a una menor.

Esa explicación anterior ahora se le exige que haga más de lo que hizo entonces. No porque haya pasado el tiempo, sino porque los documentos se han multiplicado y la percepción pública sobre lo que representa la red de Epstein se ha agudizado.

El expresidente colombiano Andrés Pastrana. EFE/ Marco Bello

Lo que dicen los archivos y lo que no

El nuevo sacudón viene desde Washington. El Departamento de Justicia de EE. UU. ha desclasificado correos electrónicos y archivos relacionados con el caso Epstein, y la publicación ha vuelto a estremecer la política internacional, el tipo de onda expansiva que cruza fronteras porque la red que describe las atraviesa.

En la tercera entrega de documentos referenciada aquí, el nombre de Pastrana aparece alrededor de treinta veces en los archivos, incluso en intercambios de mensajes con otras personas identificadas dentro de la red criminal. La magnitud importa. El paquete incluye más de tres millones de archivos. Un número así no aclara automáticamente nada. Puede hacer lo contrario. Puede enterrar la rendición de cuentas bajo el volumen, enterrar el significado bajo la masa.

Aun así, las menciones repetidas a un expresidente colombiano no son el tipo de detalle que se desvanece en silencio. No en Colombia. No ahora.

Las repercusiones tampoco se limitan a Bogotá. El texto describe repercusiones internacionales que llegaron al Reino Unido, donde, según la información disponible, los nuevos documentos llevaron a la detención del ex príncipe de Inglaterra, Andrew Mountbatten-Windsor, y del ex embajador británico, Peter Mandelson, desatando una crisis política allí.

Esa afirmación funciona en esta historia como suelen funcionar los escándalos en el extranjero en Colombia. Eleva la apuesta. Le dice al lector colombiano, en efecto, que esto no es una obsesión local. Es parte de un ajuste de cuentas más amplio en círculos de élite, políticos y sociales, donde la cercanía puede parecer complicidad incluso cuando no lo es, y donde las negaciones pueden sonar a estrategia incluso cuando son ciertas.

El problema es que la mención documental es un hecho extraño. Un nombre en un archivo puede significar algo o nada, dependiendo de lo que lo rodee. Una fotografía puede ser registro de un momento o de una relación. Y Colombia, como muchos lugares, ha aprendido a la fuerza que las redes de élite suelen esconderse a plena vista, detrás de invitaciones, presentaciones y la suavidad de la familiaridad social.

Por eso el texto se cuida de trazar un límite importante. La aparición de alguien en fotografías o referencias documentales no es, por sí sola, prueba de participación en actividades criminales. Ese punto es esencial, no como descargo de responsabilidad, sino como baranda. Pero el texto también insiste en que el volumen cambia la presión moral. La repetición cambia la demanda. Los vínculos sociales persistentes, incluso en ausencia de acusaciones penales, pueden plantear una pregunta pública legítima cuando los crímenes son tan graves.

La publicación también conecta el debate colombiano con imágenes, el tipo que impacta de manera distinta a las hojas de cálculo o los registros de pasajeros. En dos mil veinticinco, The New York Times publicó decenas de fotografías inéditas tomadas dentro de la residencia de Epstein. Entre los muchos retratos enmarcados exhibidos en esa casa, apareció una foto de Pastrana.

Ese mismo año, se publicaron fotografías adicionales que muestran a Maxwell con Pastrana en Colombia, fechadas entre 2002 y 2003. Una declaración atribuida a Maxwell también pasó a formar parte del registro público descrito aquí, en la que ella dijo que ambos hombres eran amigos.

Nada de eso es un veredicto. Pero tampoco es nada. A Colombia se le pide convivir con la inquietante normalidad de la cercanía de las élites en un caso construido sobre la depredación. Se le pide decidir si la negación sin explicación es suficiente.

Y si el silencio, en una historia como esta, todavía debe tratarse como neutral.

Vista de la entrada a la isla privada del pedófilo Jeffrey Epstein en las Islas Vírgenes de EE. UU. Latin American Post/House Democrats

El propio ajuste de cuentas de Colombia con el abuso y la impunidad

La carta firmada por las treinta y cinco mujeres no trata esto como un escándalo de celebridades. Lo trata como una prueba cívica. Las firmantes argumentan que el silencio contribuye a la opacidad en un caso que involucra crímenes de extrema gravedad. Exigen exposición, investigación rigurosa y sanciones cuando corresponda, no solo para Epstein y Maxwell, sino para una red más amplia de élites sociales, políticas, financieras e intelectuales vinculadas a la red.

Su argumento se amplía deliberadamente, y por una razón. Dicen que fenómenos como el abuso sexual infantil y la trata de personas persisten por la indiferencia social, la falta de escrutinio público y la ineficiencia estatal, condiciones que permiten que la impunidad sobreviva. Esto no es lenguaje abstracto en Colombia. Es lenguaje estructural. Es el lenguaje de un país donde la distancia entre lo que la gente sabe y lo que las instituciones prueban puede sentirse permanente.

La carta también vuelve a una demanda más pequeña y cercana. Retoma una columna previa de la abogada y periodista Ana Bejarano Ricaurte, quien ya había pedido mayor claridad y recibió solicitudes de retractación por parte de Pastrana. El punto, para las firmantes, no es fingir indignación. Es insistir en que la transparencia es condición necesaria para enfrentar la impunidad en los delitos de violencia sexual, especialmente los cometidos contra menores.

Ahí es donde la disputa de política surge de una controversia personal. Se trata de qué tipo de estándar público aplica Colombia a sus expresidentes cuando aparecen en archivos globales ligados a la explotación sexual. Se trata de si la postura por defecto es esperar a que los fiscales de otros países hablen, o exigir claridad en casa simplemente porque las preguntas ya son parte de la vida pública colombiana.

La apuesta aquí es sobre la confianza, y Colombia no tiene mucha confianza que perder.

En su planteamiento, el contexto colombiano no es una nota al pie, sino el núcleo. Describen un país donde el abuso sexual contra niñas, niños y adolescentes sigue siendo un problema estructural, y donde la explotación sexual y la trata son un fenómeno regional de profunda preocupación. Bajo esa realidad, sostienen, aclarar cualquier posible vínculo entre un exjefe de Estado y una red internacional de trata no es un asunto menor. Es una obligación ética y política.

Pastrana ha negado cualquier vínculo con Epstein. Esa negación vuelve a estar registrada, más fuerte que antes, porque los archivos son más ruidosos que antes. Pero la tensión central sigue sin resolverse en el texto presentado. Una negación puede cerrar una puerta, pero no responde las preguntas que llevaron a la gente a tocar en primer lugar.

Así que Colombia permanece en el espacio familiar entre los documentos y la rendición de cuentas, entre un nombre que aparece y una explicación que no llega.

Silencio, y luego más silencio.

La expectativa pública, según el texto, es si Pastrana ofrecerá una explicación amplia que pueda despejar dudas y cerrar, o al menos aclarar, un capítulo que ha adquirido escala internacional. En Colombia, esa es la verdad incómoda sobre escándalos como este. La historia rara vez termina cuando se publica un documento. Termina, si es que termina, cuando alguien finalmente decide hablar como si el público mereciera una respuesta.

Lea También: La lucha por el salario mínimo en Colombia convierte los tribunales en escenarios de campaña, otra vez

Related Articles

Botón volver arriba
LatinAmerican Post