Los colombianos enfrentan el legado de Lucho Herrera y una oscura acusación
Durante décadas, Lucho Herrera ofreció a los colombianos una forma rara de alivio, medida en ascensos y silencio. Ahora, una investigación sobre un caso de desaparición rural ha puesto ese recuerdo en incertidumbre legal, obligando al país a sopesar el orgullo frente a la sospecha y el deporte frente a un pasado que nunca se cerró del todo.
Un ascenso recordado, un silencio que se extiende
El ascenso nunca fue ruidoso. Las radios zumbaban en los mesones de la cocina. Los periódicos yacían doblados sobre las mesas, la tinta manchando los dedos que ya habían trabajado toda una mañana. En algún lugar lejano, en Europa, Lucho Herrera subía solo. Sin teatralidad. Sin excesos. Solo cadencia.
Esa imagen aún vive en Colombia, incluso mientras el terreno bajo ella cambia. La semana pasada, la Fiscalía colombiana abrió una investigación contra Herrera y su hermano, Rafael, por presunta participación en un caso de desaparición de personas ocurrido hace más de veinte años. Según la Fiscalía, el caso gira en torno a la desaparición forzada de cuatro personas en una zona rural cerca de Fusagasugá en el año dos mil dos, posiblemente vinculada a la actividad paramilitar en la zona.
Dicho esto, aún no hay indicios de si alguno de los hermanos enfrentará cargos formales o si el caso será archivado. Herrera, hoy de sesenta y cuatro años, ha negado de manera constante cualquier implicación. Su insistencia en la inocencia subraya la necesidad del debido proceso para garantizar que la justicia sea justa y transparente.
El problema es que Herrera no es solo otro exdeportista envuelto en un proceso legal. Para muchos colombianos, especialmente quienes crecieron en los años ochenta, él encarna una sensación de esperanza y resiliencia. La memoria, el momento y el alivio emocional están entrelazados con su imagen, haciendo que su historia sea profundamente personal.
Un país visto distinto, un ascenso a la vez
Herrera surgió en un momento en que Colombia era conocida en el extranjero casi exclusivamente por la violencia y la inestabilidad. Los titulares sobre narcotráfico lo devoraban todo. Para los colombianos que miraban desde casa, la atención internacional resultaba humillante y superficial. El país existía como un problema por explicar.
Herrera llegó como una contradicción. Lo hizo en un espacio que los colombianos apenas ocupaban entonces: el ciclismo europeo de élite. Era un escalador campesino. Literalmente, un ex trabajador rural que se formó pedaleando por carreteras andinas que la mayoría de los europeos no podían imaginar, mucho menos competir en ellas. Cuando empezó a ganar etapas de montaña en el Tour de Francia y luego en la Vuelta a España, los colombianos no veían lujo ni fama. Veían resistencia. Inteligencia. Sufrimiento convertido en destreza.
Esa conversión importaba. La vida diaria en Colombia ya estaba definida por la resistencia. Largas esperas. Cálculos silenciosos. La disciplina de sobrevivir sin garantías. Las victorias de Herrera se desarrollaban lentamente. Largos ascensos. Ataques solitarios. Sin gratificación instantánea. El ritmo coincidía con el temperamento nacional. Se sufre en silencio. Se sigue pedaleando. No se presume.
La victoria de Herrera en Alpe d’Huez en 1984, la primera de Colombia en esa montaña, simbolizó la resiliencia y la identidad nacional, haciendo que las recientes acusaciones sean un desafío a ese legado y a la memoria colectiva de Colombia.
También había masculinidad en esa imagen. Herrera no era pulido ni carismático. Era introvertido, incómodo con el espectáculo, torpe ante la prensa. Los colombianos mayores lo reconocían al instante. Parecía un padre, un tío, un vecino. Hombres que trabajaban, resistían y no se explicaban. En un mundo mediático cada vez más moldeado por la personalidad, Herrera representaba la dignidad sin espectáculo.
El momento selló el vínculo. Esto fue antes de las redes sociales, antes de la fragmentación. Las victorias de Herrera eran experiencias compartidas. Radios encendidos. Aulas vibrando. Oficinas en pausa. Cuando él subía, todos lo sabían. Cuando ganaba, el país ganaba junto. Esa simultaneidad quedó grabada en la memoria.
Durante décadas, Herrera ofreció algo raro en la vida pública colombiana: orgullo sin resaca moral. Sin revelaciones posteriores de corrupción. Sin caída en desgracia que obligara a revisar el recuerdo. Recordarlo no requería aclaraciones, hasta ahora.

Acusaciones, paramilitares y un pasado inconcluso
La investigación se remonta a un paisaje rural marcado por el miedo mucho antes de que el nombre de Herrera entrara en el expediente. En 2002, cuatro personas desaparecieron cerca de Fusagasugá. Las autoridades dicen que el caso podría estar vinculado a la actividad paramilitar en la zona.
La supuesta implicación de Herrera surgió por primera vez en abril pasado, cuando un juez pidió formalmente a la Fiscalía investigar posibles vínculos con el ex ciclista. Dos de las cuatro personas desaparecidas, pequeños propietarios de una finca cercana a la hacienda de Herrera, fueron recuperadas por las autoridades en dos mil ocho y devueltas a sus familias diecisiete años después. Las otras dos nunca han sido localizadas.
Las acusaciones se hicieron públicas después de que una investigación televisiva local revelara la condena de dos paramilitares que admitieron haber matado a los campesinos. Uno de ellos, Luis Fernando Gómez, conocido como Ojitos, afirmó que se reunió con Herrera para recibir instrucciones antes del crimen. Dijo que Herrera les entregó fotografías de los campesinos, describiéndolos como guerrilleros de izquierda, junto con dinero para comprar armas y una motocicleta. Más tarde dijo que se dio cuenta de que los campesinos no eran guerrilleros, sino que se habían negado a vender tierras.
Otro paramilitar, Óscar Andrés Huertas, conocido como Menudencias, dijo que enterraron los cuerpos en una finca. En su relato, según extractos del fallo, describió los asesinatos en términos gráficos. Un juez condenó a ambos a veintidós años de prisión.
Herrera ha rechazado estas acusaciones con lo que llamó absoluta contundencia. Dijo que se enteró de la decisión del juez de ordenar una investigación a través de la prensa y afirmó que las acusaciones buscan manchar su nombre y carrera. También ha dicho que no conoce a los dos paramilitares.
“Nunca he pertenecido a organizaciones criminales ni he tenido la intención de hacerle daño a nadie”, dijo Herrera en un comunicado cuando surgieron las acusaciones. “He dedicado mi vida al deporte, y después de retirarme del ciclismo profesional, a trabajar honestamente.”
La apuesta aquí no es sobre veredictos todavía. Es sobre cómo un país condicionado por el silencio y el trauma procesa las acusaciones. Los grupos paramilitares, surgidos en los años setenta, moldearon la vida rural a través de disputas de tierras, desplazamientos forzados y desapariciones, realidades cotidianas que siguen acechando a Colombia.
La propia historia de Herrera se cruza incómodamente con esa realidad. En el año dos mil, fue secuestrado por un grupo paramilitar junto a otro ex corredor destacado, Oliverio Rincón. Ambos fueron liberados después. La víctima y el acusado ahora comparten la misma biografía. Eso no resuelve el caso. Lo complica.

Qué queda cuando el ascenso se ralentiza
El historial deportivo de Herrera es indiscutible. Fue el primer colombiano en ganar la Vuelta a España y uno de los mejores escaladores de su generación. Abrió puertas por las que luego pasarían otros ciclistas, incluido Nairo Quintana. El ciclismo colombiano de hoy existe sobre el terreno que Herrera ayudó a trazar.
El problema es que a los héroes en Colombia a menudo se les pide cargar con más de lo que su deporte les permite. Se convierten en infraestructura emocional. Prueba de que el país puede ser algo más que sus peores titulares. Cuando esa infraestructura se resquebraja, el impacto se extiende más allá del individuo.
También está la realidad legal, que avanza a su propio ritmo. Una investigación no es una condena. Se pesa la evidencia. Los expedientes avanzan o se cierran. Ese proceso importa, especialmente en un país donde la justicia ha llegado con demasiada frecuencia tarde o nunca.
Aun así, la investigación obliga a un ajuste de cuentas que muchos colombianos no eligieron pero no pueden evitar, sobre cómo honrar lo que Herrera representó sin convertir la memoria en armadura. Cómo escuchar a las víctimas sin colapsar la historia en certezas antes de que la justicia haga su trabajo. Cómo convivir con la incomodidad.
Una frase que se escucha en voz baja entre los aficionados mayores resume la tensión: la montaña nunca mintió, pero las personas a veces sí. El ascenso fue real. El esfuerzo fue real. El orgullo fue real. También lo es el dolor ligado a la violencia no resuelta.
Cuando los colombianos hablan de Lucho Herrera ahora, el tono cambia. Ya no es solo nostalgia. Es algo más pesado. Una conversación sobre si una nación puede sostener dos verdades a la vez: que un hombre puede encarnar el alivio colectivo en una época y la duda colectiva en otra, que la resistencia no exime a nadie del escrutinio. Que la memoria no es un veredicto.
En algún lugar, todavía suenan viejas grabaciones de carreras. El sonido se escucha, más tenue ahora. El ascenso continúa, más lento, cargado, no hacia una meta sino hacia la comprensión.
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