El régimen de excepción en El Salvador enfrenta un creciente escrutinio por derechos humanos
Un nuevo informe sobre la prolongada vigencia del estado de excepción en El Salvador revela un lado más oscuro de la elogiada ofensiva contra las pandillas: desapariciones, muertes en prisión, denuncias de tortura y un espacio cívico cada vez más reducido, todo dentro de un sistema de seguridad observado de cerca a nivel internacional.
Un informe llega con palabras contundentes
El martes, en la 195ª sesión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en Guatemala, un grupo de juristas internacionales realizó una de las acusaciones más graves hasta la fecha. El informe, elaborado por el Grupo Internacional de Expertas y Expertos para la Investigación de Violaciones de Derechos Humanos, sostiene que existen sólidos motivos para creer que se están cometiendo crímenes de lesa humanidad bajo el prolongado estado de excepción impulsado por el gobierno del presidente Nayib Bukele para combatir a las pandillas. Estos actos incluyen detenciones arbitrarias, tortura, asesinatos, desapariciones forzadas, violencia sexual y persecución.
La elección de palabras es importante porque cambia el enfoque de la discusión. Durante años, la población ha visto el régimen de emergencia de El Salvador como una forma dura pero efectiva de combatir a las pandillas en un país que antes era aterrorizado por ellas. GIPES quiere trasladar el debate a un plano legal y moral. No se trata solo de si la política funciona, sino de si las acciones continuas del Estado se han vuelto sistemáticas y punibles bajo el derecho internacional. Esto representa un estándar mucho más alto y un riesgo serio para un gobierno que ha basado gran parte de su legitimidad en la restauración del orden.
Según el informe de GIPES, el régimen de excepción ha generado quinientos cuarenta casos reportados de desaparición forzada hasta febrero de 2025 y cuatrocientos tres fallecimientos en cárceles hasta agosto de ese año, incluyendo a cuatro menores de edad. El informe señala que documentó tortura y tratos crueles, inhumanos o degradantes, como golpizas, descargas eléctricas, violencia sexual, desnudez forzada, abuso psicológico y falta de acceso a alimentos, agua, atención médica y ventilación. Califica estos actos como generalizados y sistemáticos. No son palabras incidentales. Sugieren que no se trata de abusos aislados en los márgenes de una campaña de seguridad, sino de un patrón arraigado en la forma en que se ejecuta dicha campaña.

El costo de hacer permanente la excepción
El gobierno de El Salvador ha negado denuncias previas de tortura, detenciones arbitrarias y muertes bajo custodia. Afirma que la emergencia sigue siendo necesaria para eliminar lo que denomina remanentes de pandillas y señala una histórica reducción de homicidios en un país que antes era considerado uno de los más violentos del mundo. Este argumento sigue siendo poderoso porque responde a un problema real. Las pandillas no solo existían: controlaban el 90 por ciento del territorio, imponían su propia justicia, extorsionaban a comerciantes y asesinaban a quienes se negaban a pagar, según las autoridades.
Por eso la historia es tan compleja dentro de El Salvador y tan reveladora fuera de él. En un solo día de 2022, las pandillas asesinaron a 62 personas en todo el país. A finales de marzo de ese año, la Asamblea Legislativa aprobó el estado de excepción a petición de Bukele. Esta medida suspendió derechos clave, como el derecho a ser informado sobre el motivo de la detención y el derecho a un abogado. También permitió a las fuerzas de seguridad intervenir comunicaciones sin orden judicial y extendió la detención sin audiencia de 72 horas a 15 días. Desde entonces, las autoridades afirman haber arrestado a 91,300 personas acusadas de vínculos con pandillas, mientras que Bukele asegura que 8,000 personas inocentes han sido liberadas.
A finales de febrero de 2026, la Asamblea Legislativa aprobó una nueva prórroga del estado de emergencia. Fue la cuadragésima octava renovación, vigente del 2 al 31 de marzo de 2026. Con ello, la política alcanzó cuatro años de vigencia continua. Aquí es donde el significado geopolítico se vuelve difícil de ignorar. Lo que comenzó como una medida de emergencia tras una masacre se ha convertido en una arquitectura de gobierno. El Estado ya no solo reacciona ante una crisis. Se está reorganizando en torno a una lógica excepcional que normaliza la suspensión de garantías en nombre de la seguridad. En toda América Latina, ese tipo de transformación siempre es observada de cerca, porque el éxito en la reducción de la violencia visible puede convertirse en un modelo persuasivo de exportación, incluso cuando los costos ocultos recaen sobre los desaparecidos, los encarcelados y los silenciados.

Un modelo de seguridad que la región observa
El informe de GIPES también sostiene que el gobierno se enfocó en neutralizar a actores del espacio cívico mediante campañas sistemáticas desde las más altas autoridades, presentando a periodistas y organizaciones de derechos humanos como enemigos del progreso del pueblo o como traidores. Señala que se desplegaron herramientas de vigilancia física y digital, y que se criminalizó el escrutinio ciudadano. Ese detalle lleva el informe más allá de los muros de las cárceles. El problema ya no es solo lo que ocurre con los detenidos. También es lo que sucede con la esfera pública cuando un Estado en guerra contra las pandillas comienza a tratar el escrutinio mismo como un acto hostil.
Por eso GIPES instó al Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas a crear una misión internacional de investigación y recomendó que las autoridades salvadoreñas establezcan una comisión independiente, con apoyo internacional, para revisar los casos de personas detenidas, abordar la crisis carcelaria, poner fin al estado de excepción y revertir reformas penales que, según el informe, violan el derecho internacional. Esas recomendaciones no son solo técnicas. Son un intento de sacar el debate sobre seguridad en El Salvador de la cámara sellada de la popularidad interna y llevarlo al lenguaje más amplio de la rendición de cuentas.
El enfoque de Bukele siempre ha sido directo: el miedo a las pandillas superaría el miedo al Estado. Para muchos salvadoreños, especialmente después de años de terror, esta idea ha resultado atractiva. Pero el informe de GIPES muestra que el costo ahora es claro: muertes en prisión, desapariciones forzadas y derechos suspendidos durante tanto tiempo que parecen permanentes. La emergencia en El Salvador ya no es solo un asunto de seguridad local. Se ha convertido en una prueba para toda la región sobre cuánto abuso puede ocultar una ofensiva exitosa antes de que el mundo la llame por otro nombre.
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