Las aulas colombianas bailan mientras el compas haitiano encuentra un nuevo hogar
En Colombia, una cantante haitiano-chilena está convirtiendo el compas en un puente vivo: parte concierto, parte lección, parte reencuentro de la diáspora. Tras el reconocimiento del género por la UNESCO en 2025, su ritmo se expande por Bogotá y más allá, portando memoria.
Una voz que llega con un pasaporte de ritmos
Sobre un escenario en Colombia, Ayiiti no simplemente interpreta un ritmo caribeño. Ella traduce una patria. Canta en criollo haitiano y español, y el cambio entre idiomas se siente menos como un truco estilístico y más como una suave insistencia: estamos más cerca de lo que pensamos.
En entrevistas con EFE, describe cómo el ritmo aterriza aquí casi sin fricción. “En Colombia, el compas es recibido muy bien, de una forma muy natural”, dice, y agrega que “hay una conexión inmediata con el ritmo caribeño”. Es una afirmación llamativa en un país donde la música suele viajar por líneas lingüísticas y de mercadeo. Sin embargo, según ella, el compas entra primero por el cuerpo: caderas, hombros, el reflejo de aplaudir a tiempo, y solo después por el intelecto.
Eso importa porque el compas, emblema de Haití, fue inscrito en 2025 en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO. Que una institución global certifique un ritmo nacional puede ser una especie de historia de rescate, pero también puede ser una especie de etiqueta de museo. El trabajo de Ayiiti en Colombia resiste la vitrina. Ella trata el reconocimiento como un permiso para expandirse, no como una orden para congelarse.
Nacida en París de padre haitiano y madre chilena, vivió en Haití más de 15 años, donde creció escuchando compas antes de emigrar. Luego vivió en Estados Unidos y Francia y ahora reside en Colombia, un cambio que atribuye a haberle ayudado a hacer “la mejor música” de su carrera, según contó a EFE. Su propia biografía lleva las rutas que el compas mismo ha recorrido: a través de fronteras, de registros, de los sentimientos complejos que acompañan al exilio.
“Como haitiana, el reconocimiento de la UNESCO fue una gran noticia”, dice a EFE, explicando que “Haití ha sufrido mucho, pero tiene una cultura impresionante”, y que “ya era hora de reconocer al menos uno de sus géneros”. La frase aterriza como orgullo y agotamiento a la vez, el tipo de sentimiento que surge cuando un país se discute demasiado a menudo desde la catástrofe y no desde la creatividad.

Identidad, exilio y la primera pregunta de un niño
Su presencia en Colombia no se ha limitado a escenarios musicales. Ha cantado en colegios de Bogotá, donde los estudiantes escuchan el criollo haitiano por primera vez. “Los niños siempre me preguntan qué idioma es ese”, cuenta a EFE. “Ahí comienza la curiosidad, no solo por la música, sino por Haití.”
Es un momento pequeño, pero encierra toda una geografía política. En América Latina, la migración suele enmarcarse como una crisis a gestionar, un problema a contener. En un aula, la migración vuelve a ser humana: un niño escucha una cadencia desconocida y quiere nombrarla. La pregunta no es “¿De dónde eres?” en tono sospechoso; es “¿Qué es eso?” en tono abierto. Así es como las culturas se encuentran sin convertirse en eslóganes.
Según cifras de la Embajada de Haití en Colombia, entre 15,000 y 20,000 haitianos viven en el país, concentrados principalmente en Bogotá, Medellín y Cali. Esas cifras no son solo demografía; son el público invisible que hace que un género se sienta necesario. Una canción se convierte en un lugar de encuentro cuando el hogar ya no es un solo sitio.
Sus presentaciones también han llegado a públicos masivos. Se presentó en un concierto solidario en el estadio El Campín ante miles de personas en agosto y en EVA, una importante feria de emprendimiento en Colombia en 2025, según EFE. En esos escenarios, el compas no se presenta como una importación exótica. Se ofrece como otro dialecto caribeño en una región ya experta en ritmo.

El compas evoluciona negándose a quedarse quieto
El compas nació en 1955 con el maestro Nemours Jean-Baptiste, y desde entonces ha absorbido influencias del jazz, rock, R&B y música electrónica sin perder su esencia bailable. Esa flexibilidad no es una estrategia moderna de mercadeo; es parte del ADN del género.
En declaraciones a EFE, el productor haitiano Jean-Marc Desrosiers, quien ha colaborado con varias orquestas clásicas de compas, insiste en el movimiento del género. “El compas nunca ha sido estático”, afirma, enfatizando que es música “diseñada para dialogar con otros ritmos del Caribe y del mundo”. Su enfoque importa porque protege al compas de ser tratado como una reliquia. Una tradición sobrevive no resistiendo el cambio, sino moldeándolo.
Ayiiti lleva esa filosofía al estudio y le pone nombre: “compatón”, su fusión de compas y reguetón. “Siempre pensé que eran géneros primos”, dice a EFE. “No usan los mismos instrumentos, pero el ritmo habla.” La frase “el ritmo habla” no es una metáfora en el Caribe; es literal. Los tambores y las líneas de bajo son lenguaje social, la forma en que los barrios se reconocen a la distancia.
Aquí es también donde Colombia se vuelve más que un telón de fondo. El país lleva mucho tiempo dialogando con sonidos caribeños no hispanohablantes. El texto señala que el salsero Joe Arroyo se inspiró en el compas haitiano en su búsqueda musical, y que nuevas generaciones están reabriendo ese intercambio. En 2025, el artista colombiano Beéle reforzó esa apertura con una sesión en vivo de su éxito “Quédate” en ocho conciertos consecutivos en el Movistar Arena de Bogotá, ayudando a ampliar la visibilidad de otros ritmos caribeños, con la canción y el baile de compas en tendencia en redes sociales, según el texto.
Para Ayiiti, el reconocimiento internacional no es una barrera. “La UNESCO es un honor, pero no encerrará al compas”, dice a EFE. “Esta música siempre ha evolucionado con el mundo.” Desde Colombia, su trabajo sostiene que el compas no es solo algo que se baila. Es algo que se hereda, se lleva, se traduce y, cuando se está lejos de casa, se usa para reencontrarse.
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