El poder venezolano sin Maduro deja a Delcy Rodríguez como pararrayos
Con Nicolás Maduro capturado por fuerzas estadounidenses el 5 de enero de 2026, Venezuela enfrentó un vacío de liderazgo inmediato. En respuesta, Delcy Rodríguez asumió como presidenta interina, encarnando tanto la continuidad como un parche de emergencia. Ahora enfrenta el doble desafío de vender legitimidad en casa mientras gestiona las condiciones de Donald Trump en el exterior, en una nación que aún tiembla por los recientes sobresaltos.
Una líder formada por el sistema que ahora debe defender
En Caracas, la palabra “transición” puede sonar como esperanza o como trampa, dependiendo de quién la escuche. Esta complejidad se volvió ineludible tras la captura de Maduro, marcando los inciertos primeros días. En este nuevo contexto, Delcy Rodríguez, antes vicepresidenta ejecutiva, es ahora presidenta interina. El texto la presenta como una estabilizadora temporal bajo un entendimiento con la administración Trump. Sin embargo, en las ondas estatales venezolanas, insiste en que el “único presidente” sigue siendo Maduro, ahora en suelo estadounidense junto a su esposa, Cilia Flores, enfrentando cargos vinculados al narcotráfico. Esta contradicción es deliberada: la forma política de la supervivencia en el nuevo escenario.
Rodríguez, de 56 años, ha pasado años ascendiendo por los núcleos del poder chavista, ocupando cargos como canciller, ministra de comunicación, carteras económicas y financieras, y, de manera crucial, la maquinaria institucional creada para sortear a la oposición. Fue presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente, creada en 2017 y establecida al margen del parlamento controlado por la oposición en ese momento. En junio de 2018, se convirtió en la número dos del gobierno, reemplazando a Tareck El Aissami. Para agosto de 2024, también era ministra de hidrocarburos, un cargo que la acercó aún más a la economía petrolera y al sector privado que aún funciona, de manera desigual, alrededor del Estado.
Su primer gran cargo fue como ministra de la presidencia bajo Hugo Chávez (1999–2013), atando su biografía al mito central del chavismo. Si el chavismo se construye sobre la lealtad, Delcy Rodríguez es una viga interna fundamental.
Ese trasfondo explica por qué, en el texto, se la describe como la figura ahora posicionada para guiar una transición desde dentro del sistema, no en contra de él, especialmente tras una “oleada de ataques militares” en Caracas y otras partes del país que culminaron en la captura de Maduro. También explica por qué su discurso público es intransigente. En una cadena nacional obligatoria, exigió la “liberación inmediata” de Nicolás Maduro y Cilia Flores, llamándolo el “único presidente” del país, mientras encabezaba un consejo de defensa junto a funcionarios como Diosdado Cabello, el ministro de Interior y Justicia.
Sus declaraciones están diseñadas para proyectar estabilidad institucional y suprimir la especulación desestabilizadora sobre vacíos de poder tras importantes conmociones políticas.

El factor Trump y la vieja apuesta con nuevas apuestas
El texto también traza un arco más largo que hace que la crisis actual se sienta menos como una sorpresa pura y más como una consecuencia demorada. En 2017, mientras el outsider político Donald Trump se preparaba para llegar a Washington, Rodríguez, entonces canciller, vio una oportunidad e intentó una ofensiva de seducción. Ordenó a Citgo, filial de la petrolera estatal venezolana, donar $500,000 a la toma de posesión de Trump. Con el gobierno socialista luchando por alimentar a Venezuela, apostó por un acuerdo que podría haber reabierto la puerta a la inversión estadounidense. El acercamiento se amplió: el exjefe de campaña de Trump fue contratado como cabildero de Citgo, se cortejó a republicanos en el Congreso y se intentó asegurar una reunión con la alta dirección de Exxon.
El esfuerzo fracasó. Poco después de asumir, Trump, instado por el entonces senador Marco Rubio, hizo de la restauración de la democracia venezolana un enfoque central en respuesta a la represión de Maduro contra los opositores. Pero incluso una ofensiva de seducción fallida deja huellas. El texto sostiene que esto elevó el perfil de Rodríguez en los círculos políticos y empresariales de EE.UU. y ayudó a allanar el camino para su ascenso.
Ahora, ante una realidad cambiada, la historia parece haber regresado en forma más dura. Trump ha declarado públicamente que no desplegará tropas ni lanzará nuevos ataques si la “vicepresidenta de Maduro” cumple con las exigencias de su administración. Esta oferta de paz condicionada pesa sobre el liderazgo venezolano. Al mismo tiempo, Rodríguez—formada por esta dinámica pasada y presente—dice estar dispuesta a negociar una “agenda constructiva” con Washington, pero solo dentro de los límites de la legalidad internacional y las leyes de la República Bolivariana, tras lo que describe como un asalto militar.
Este escenario la coloca en una cuerda floja diplomática y política: obligada a afirmar la soberanía mientras negocia con la fuerza que removió a su predecesor. Una posición así en la historia latinoamericana suele transformar a los líderes en símbolos de resistencia o de sumisión antes de que sus roles puedan definirse con claridad.

Una historia familiar que alimenta la mitología del Estado
La legitimidad de Rodríguez dentro del chavismo también es personal. Está moldeada por la narrativa familiar que el movimiento trata como sagrada. Nacida en Caracas el 18 de mayo de 1969, comparte el escenario político con su hermano Jorge Rodríguez, ahora presidente de la Asamblea Nacional. Su padre, Jorge Antonio Rodríguez, fundó la Liga Socialista. Murió en julio de 1976 por lesiones supuestamente infligidas por funcionarios del antiguo servicio de inteligencia Disip. El chavismo lo considera un “mártir revolucionario”.
El texto dice que había sido detenido y acusado en relación con el secuestro de William Frank Niehous, un ejecutivo estadounidense de Owens-Illinois, una empresa procesadora de vidrio. En el imaginario chavista, esto no es solo una biografía. Es linaje, prueba de que la lucha del Estado comenzó en sangre mucho antes que las urnas, las sanciones y los discursos televisados.
Sus credenciales también son tecnocráticas: es abogada formada en la Universidad Central de Venezuela (UCV), cursó estudios de derecho social en la Universidad de París X Nanterre y tiene una maestría en política y estudios sociales de Birkbeck, Universidad de Londres.
Se presenta como un raro híbrido: ideóloga con destreza institucional y negociadora con pulido académico.
Pero la pregunta central queda sin resolver en el propio texto: ¿solo está calentando la silla, o silenciosamente se está convirtiendo en la silla?
Un informe citado en el texto señala que en octubre del año anterior, el Miami Herald reportó que Rodríguez ofreció a Estados Unidos el liderazgo en un gobierno de transición sin Maduro, con Qatar mediando propuestas supuestamente aprobadas por Maduro. Rodríguez lo negó, calificándolo de falso y acusando al medio de difundir “mentiras” y “carroña”. Trump luego dijo que Marco Rubio, ahora secretario de Estado de EE.UU., está en contacto con ella. Ella no lo confirmó, pero reiteró su disposición a negociar.
En las calles de Caracas, donde la política se vive como escasez, miedo y rumor, estos acontecimientos generan incertidumbre en capas. Los títulos por sí solos no decidirán el desenlace. Delcy Rodríguez puede exigir la liberación de Maduro mientras dirige el Estado. Puede invocar la ley mientras navega condiciones impuestas por una potencia extranjera. Puede ser presidenta interina y aun así insistir en que el presidente es otro. Esta paradoja define el poder venezolano en 2026, mientras se le pide al país aceptar la estabilidad como un arreglo temporal. Sin embargo, la historia muestra que lo “temporal” suele marcar el inicio de nuevas épocas.
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