ANÁLISIS

Boric deja a Chile con mares protegidos y mareas políticas inciertas

Al dejar Gabriel Boric La Moneda, Chile queda con una gran nueva área marina protegida, una evaluación final difícil y una pregunta más clara sobre qué tipo de potencia del Pacífico quiere ser ante el inminente giro a la derecha en Santiago.

Una despedida escrita en el agua

Unas horas antes de dejar el cargo, Gabriel Boric firmó un decreto que fue tanto práctico como simbólico, un acto final pensado para perdurar más allá de la atención inmediata. Al expandir los parques marinos Nazca-Desventuradas y Mar de Juan Fernández, Chile aumentó sus aguas protegidas al cincuenta y cuatro por ciento. Esta expansión suma casi 360,000 kilómetros cuadrados de océano bajo protección estricta, llevando el total de área marina protegida a 947,142 kilómetros cuadrados. Esto coloca a Chile entre los países líderes en protección oceánica y le otorga la tercera área marina totalmente protegida más grande del mundo.

La magnitud es enorme, pero el significado se vuelve más claro cuando se baja del mapa a las islas. EFE informó que los nuevos parques en la Región de Valparaíso protegen un archipiélago de biodiversidad única, con alto endemismo y un inmenso valor ecosistémico, como señaló la ministra de Medio Ambiente Maisa Rojas durante la firma del decreto. En Juan Fernández, el ochenta y siete por ciento de las especies de peces son endémicas. En las islas Nazca Desventuradas, la cifra es del setenta y dos por ciento. Las aguas albergan al lobo fino de Juan Fernández y la langosta, y también sirven de corredor para ballenas, tiburones, tortugas marinas y aves oceánicas. Bajo la superficie se encuentran montes submarinos que funcionan como oasis vivientes, albergando corales de aguas frías milenarios, esponjas hexactinélidas y extensos campos de crinoideos. Es una república oculta de vida, lejos de Santiago, pero profundamente ligada a lo que es Chile.

Por eso el último movimiento ambiental de Boric también tiene un significado geopolítico. En América Latina, la tierra protegida suele verse como un tema moral o científico. Es ambas cosas. Pero en Chile, también se trata de soberanía oceánica. Un país extendido a lo largo del Pacífico no se define solo por lo que extrae, exporta o transporta. Se define por lo que elige proteger. Los grandes parques marinos no son solo herramientas de conservación. Son declaraciones sobre cómo un país imagina su territorio, su credibilidad científica y si quiere responder a las presiones globales sobre los océanos solo con extracción o también con contención, ley y protección duradera.

Gabriel Boric. EFE/ Elvis González

Una demanda isleña, no una fantasía capitalina

Lo que da un peso inusual a este decreto es que la iniciativa no nació como un eslogan pulido desde la capital. Fue la propia comunidad de Juan Fernández la que la impulsó. Los pescadores artesanales de las islas han gestionado la pesquería de langosta de manera sostenible por más de un siglo, y querían una protección permanente para los ecosistemas que sostienen su cultura, economía e identidad. Ese origen local importa. En una región donde la política ambiental suele ser vista con sospecha por venir desde arriba o desde el extranjero, esta llevó la voz de quienes viven las consecuencias del mar.

“Los isleños entienden que el mar nos conecta y por eso debemos cuidarlo”, dijo a EFE Julio Chamorro Solís, presidente del consejo local de manejo de las áreas marinas protegidas de Juan Fernández y Desventuradas. Señaló que este hito nació de la comunidad isleña y reflejó un esfuerzo que comenzó con Bachelet, continuó con Piñera y ahora culminó con Boric. Esa continuidad dice mucho. En Chile, como en otros lugares de América Latina, los gobiernos cambian, los tonos se endurecen, las coaliciones se fracturan. Sin embargo, a veces una verdad territorial sobrevive a la ideología. El mar, en este caso, resultó más duradero que las líneas partidarias.

Chamorro dijo a EFE que proteger el mar está en el ADN de los isleños y es parte de la herencia que quieren dejar a las futuras generaciones. El senador Ricardo Lagos Weber afirmó que la expansión muestra cómo el liderazgo local puede impulsar uno de los avances más importantes de Chile en conservación oceánica. Maximiliano Bello, de Blue Marine Foundation, lo calificó como una victoria decisiva para las especies que allí habitan. Blue Marine, Pew Bertarelli Ocean Legacy, Island Conservation y Fundación Patagonia Azul participaron en el proceso, brindando apoyo científico, técnico y estratégico. La lección mayor es clara. En un mundo con creciente presión sobre los océanos, Chile encontró una forma de hacer que la gestión local y el respaldo científico se refuercen mutuamente en vez de competir.

Los chilenos reconocen el legado ambiental de Boric. Oficina de la Presidencia de Chile

Un discurso final bajo un cielo cambiante

Pero las últimas horas de Boric no fueron solo sobre agua, parques y metas a largo plazo. También trataron de reveses políticos, rendición de cuentas y la transición hacia José Antonio Kast. En su último discurso nacional antes de entregar la presidencia, Boric defendió el historial de su gobierno en seguridad, pensiones y salud, pero también asumió la responsabilidad por dos episodios dolorosos cerca del final de su mandato. “Me voy con la frente en alto y las manos limpias”, dijo en un mensaje en vivo desde La Moneda el 10 de marzo. Luego se puso más serio. Mencionó el manejo del caso Monsalve y el fallido intento de comprar la casa del expresidente Salvador Allende, agregando: “En ambos, asumo la responsabilidad”. También defendió el legado de Allende, diciendo: “La dignidad del expresidente no se mancha por los errores que yo haya cometido”. Lo afirmó durante un discurso destinado a dar orden político a las últimas horas de su presidencia.

El fallido intento de comprar la casa de Allende y convertirla en museo se volvió especialmente dañino tras salir a la luz conflictos legales que involucraban a la entonces ministra de Defensa Maya Fernández y a la senadora Isabel Allende. Boric ya había admitido en enero que un conflicto evidente no fue detectado a tiempo. Esto dolió profundamente porque tocó el corazón simbólico de la izquierda chilena, donde la memoria es más que historia: es capital moral. Las palabras finales de Boric intentaron separar sus propios errores del legado de Allende, como si dijera que el Estado puede fallar, pero la memoria de los muertos queda por encima de la burocracia.

El discurso también intentó enfriar las semanas de fricción con el equipo entrante de Kast. Boric prometió una transferencia de poder impecable y dijo que tanto él como Kast saben que Chile está primero, un llamado notable a la mesura tras el choque por la información compartida durante la transición sobre un proyecto de cable submarino con China. Esa disputa llevó a Kast a suspender reuniones bilaterales de transición y acusar a la administración saliente de falta de transparencia. Aquí, la capa geopolítica se vuelve más aguda. Boric deja un país más protegido en el mar, pero también uno que entra en una nueva era ideológica en la que las cuestiones de China, seguridad, infraestructura y alineamiento con Washington probablemente se leerán con una mirada más dura. Su último reproche a Donald Trump por la guerra con Irán, calificando la declaración del presidente estadounidense como ejemplo de “la banalidad del mal”, solo subrayó cuán diferentes son esos instintos.

Así, Boric se va con dos imágenes ligadas a su figura. Una es oceánica, paciente, casi civilizatoria: Chile, con el cincuenta y cuatro por ciento de sus aguas protegidas, un país del Pacífico que intenta construir un escudo legal para la vida vulnerable. La otra es más cruda e inmediata: un presidente que admite errores, defiende la memoria y busca mantener la calma institucional mientras el país gira a la derecha. Ambas son reales. Juntas, cuentan la verdadera historia de una presidencia latinoamericana al atardecer, donde el legado nunca es simple, solo estratificado.

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