CIENCIA Y TECNOLOGÍA

Costa Rica desentierra fósiles de perezoso gigante y mastodonte, reescribiendo la memoria

En la provincia de Cartago, Costa Rica, una excavación confidencial ha extraído restos de perezoso gigante y mastodonte de sedimentos estratificados tras el aviso de un ciudadano en una propiedad privada. Ahora el Museo Nacional enfrenta una decisión de política: seguir rescatando fósiles o construir un hogar permanente.

Un colmillo en la tierra, un país en las capas

Al borde de la excavación, el suelo cuenta su historia en finas bandas. Una capa cede fácilmente. Otra se mantiene firme como cemento húmedo. Las herramientas raspan, luego se detienen. Un pincel toma el relevo. El aire tiene ese olor mineral y crudo que solo se percibe cuando la tierra ha sido abierta y mantenida abierta, cuando un lugar sellado por milenios vuelve a convertirse en un sitio de trabajo.

En algún lugar de Cartago, en un sitio que las autoridades mantienen confidencial, un equipo ha realizado esto ya 13 veces: trabajos de excavación y rescate que han producido 49 piezas fósiles. La lista parece un esqueleto armándose: vértebras, un fémur, falanges, costillas y otros elementos óseos que aún están siendo identificados y estudiados. Y un objeto que cambia la escala de toda la escena: un colmillo completo de un metro sesenta, más un fragmento adicional de colmillo.

Es fácil decir megafauna y seguir adelante. El problema es que la megafauna te obliga a imaginar el peso y la respiración, la confianza pausada de animales que alguna vez habitaron ecosistemas a un tamaño que la mayoría de las personas solo encuentra ahora en salas de museos o libros infantiles. No son restos abstractos. Son partes de cuerpos.

Estudios preliminares, basados en el análisis geológico del terreno y las diferentes capas de sedimentación, estiman que los restos de Cuvieronius, descrito en las notas como un mastodonte gigante, y Eremotherium, descrito como un perezoso gigante, podrían tener entre diez mil y cuarenta mil años de antigüedad. Los números son amplios, pero el periodo corresponde al Pleistoceno, una época en la que el registro fósil de Costa Rica suele incluir gonfoterios, perezosos gigantes, gliptodontes y toxodontes.

Y se ubica en un país cuyo pasado profundo suele ser malinterpretado de una manera muy específica.

Costa Rica no existía como masa terrestre durante la era de los dinosaurios. En ese entonces, la región estaba en el fondo del océano. La Costa Rica relevante para estos fósiles es la que se formó después como parte del Istmo de Panamá, un corredor del Gran Intercambio Biótico Americano, cuando animales de Norte y Suramérica migraron y se encontraron.

Así que cuando emerge un colmillo en Cartago, no es solo un hallazgo. Es un argumento sobre qué tipo de pasado tiene realmente este país.

Arqueólogos participan en la excavación donde se descubrieron los restos fósiles de un mastodonte y perezosos gigantes. Ministerio de Cultura, Costa Rica.

De un aviso ciudadano a una operación de rescate del museo

La cadena de eventos comienza con algo ordinario, incluso modesto: un ciudadano reporta la posible presencia de restos fósiles en una propiedad privada. Sigue una inspección técnica, luego el análisis. El equipo del Museo Nacional determina que las piezas pertenecen a megafauna, y se inicia un proceso de excavación y rescate.

Esto es importante porque sitúa el patrimonio fósil de Costa Rica en una tensión latinoamericana familiar entre el bien público y el espacio privado. El hallazgo es en terreno privado, pero el significado es nacional. La ubicación se mantiene confidencial, protegiendo el sitio mientras avanza el trabajo, pero también convirtiendo el registro fósil en algo que existe a distancia de la vista pública. La gente escucha los titulares. No puede ver el lugar.

El equipo técnico que lidera el esfuerzo incluye a 12 profesionales en geología, arqueología y biología, con el apoyo de estudiantes de la Universidad de Costa Rica en práctica académica. La recuperación está dirigida por la geóloga Joanna Méndez Herrera del Departamento de Historia Natural, con el respaldo de especialistas en conservación y protección del patrimonio cultural del Museo Nacional. El trabajo también cuenta con el asesoramiento de Lucas Spencer, paleontólogo del Museo de Historia Natural de Nuevo México, y el acompañamiento del geólogo y académico costarricense Guillermo Alvarado.

Incluso sin convertir el sitio en un espectáculo, se percibe el ritmo y la presión: elementos óseos aún en proceso de identificación, un rescate que debe avanzar con cuidado pero sin dilación, y el peso de saber que un error puede dañar lo que el tiempo ha preservado.

La observación cotidiana, implícita en la estructura del trabajo, es que un hallazgo así no es un solo momento cinematográfico. Es labor repetida. Es volver al suelo una y otra vez, registrar piezas, estabilizarlas, transportarlas y llevar el control de qué piezas pertenecen a qué capa. Es ciencia hecha al ritmo de la paciencia.

También es, inevitablemente, una historia pública.

El Ministerio de Cultura enmarcó el hallazgo como una contribución significativa al conocimiento científico y a la colección paleontológica de Costa Rica, y como una señal de que el país vuelve a estar a la vanguardia de la investigación regional sobre megafauna. Ese encuadre no es solo orgullo. Es un impulso que lleva la conversación de la excavación a la pregunta más amplia de qué sucede después del rescate.

Porque los fósiles no solo necesitan ser descubiertos. Necesitan custodia.

Ilustración generada por IA inspirada en los recientes hallazgos fósiles, creada para Latin American Post.

Una exhibición permanente y la política del tiempo profundo

Aquí es donde entra la disputa de política, de manera silenciosa pero decisiva. El ministro de Cultura y Juventud, Jorge Rodríguez, instruyó al Museo Nacional a comenzar el diseño y habilitación de una sala de exhibición permanente para su colección paleontológica, para que los hallazgos y el acervo fósil del país puedan servir a fines educativos y científicos.

A simple vista, la instrucción suena sencilla: construir un hogar para el pasado profundo. Pero la apuesta aquí es mayor. Un salón permanente no es solo una sala con vitrinas. Es un compromiso con la continuidad, el personal, los estándares de conservación, las decisiones interpretativas y el trabajo público a largo plazo de explicar qué significan estos huesos.

También es una forma de decidir qué historias se vuelven centrales.

El patrimonio natural de Costa Rica suele narrarse a través de bosques, biodiversidad y ecosistemas vivos. Un espacio permanente de paleontología insistiría en que la identidad del país también incluye el tiempo profundo, la geología que formó un puente terrestre, las migraciones que transformaron continentes y los animales del Pleistoceno que caminaron por lo que hoy es territorio nacional.

Esa insistencia tiene poder. Cambia cómo los estudiantes imaginan su país. Cambia lo que los visitantes piensan de Costa Rica. Ancla la ciencia dentro de la cultura, no como un dominio separado reservado a especialistas.

Y llega en un momento en que el propio hallazgo depende de la coordinación, de instituciones públicas que responden a un aviso ciudadano y de expertos que operan en un sitio confidencial que debe ser protegido tanto de la curiosidad como del daño.

En otras palabras, los fósiles ya están haciendo trabajo político. Han llevado la tierra privada a una conversación nacional. Han puesto en foco la capacidad del museo. Han llevado al Ministerio de Cultura a asumir el rol de marcar rumbo, no solo celebrar un hallazgo.

De vuelta en la excavación, los huesos siguen siendo obstinadamente físicos. Sedimento en los guantes. La lenta revelación de una curva que es inconfundiblemente un colmillo. Una pieza levantada, envuelta y transportada como si aún pudiera ser dañada.

En Costa Rica, el pasado no está solo detrás. A veces está bajo los pies, esperando que alguien note que la tierra está hablando.

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