ECONOMÍA

El motor turístico de Cuba se tambalea mientras la escasez de combustible oscurece la vida diaria

Cuba absorbe una presión estadounidense más dura mientras se cancelan vuelos, los apagones baten récords, el combustible se raciona y el peso cae a nuevos mínimos. La crisis ya es visible en aeropuertos y cocinas, y las opciones de política se reducen rápidamente.

En el aeropuerto, un país se queda sin combustible

La escena no es dramática en el sentido cinematográfico. Es dramática porque es ordinaria. Una terminal con el habitual zumbido de maletas rodando y familias cansadas. Un tablero de salidas que se convierte en la noticia. Rutas pausadas. Operaciones suspendidas. El aire se siente cálido, viciado, como si el edificio mismo esperara una explicación que nunca llega.

Este miércoles, la presión de Estados Unidos se siente en Cuba de una forma más desnuda, dicen las notas, con nuevos anuncios de cancelaciones de vuelos, apagones récord, racionamiento de combustible y un peso en mínimos históricos. Dos aerolíneas rusas, Rossiya y Nordwind, suspendieron temporalmente los vuelos a Cuba “por dificultades de suministro” y dijeron que no reanudarán esas rutas “hasta que la situación cambie.”

No están solas. Cuatro aerolíneas canadienses ya habían anunciado la cancelación de sus operaciones hacia la isla después de que las autoridades cubanas les informaran que no podían suministrarles combustible de aviación en ninguno de los nueve aeropuertos internacionales del país.

No hace falta una clase de macroeconomía para entender lo que eso significa. Un avión no puede volar sin combustible. El turismo no puede llegar sin aviones. Y la economía cubana, ya tensionada, ha tratado al turismo como un pilar, una forma de captar divisas y mantener partes del sistema respirando.

El problema es que los pilares se agrietan en silencio, y luego de golpe.

Las notas describen el resultado como desastroso para el turismo, un sostén clave de la economía por su peso en el PIB y su capacidad de atraer divisas. El año pasado, casi la mitad de los visitantes internacionales llegaron de Canadá o Rusia. El sector, que ya registró su peor año desde 2002 en 2025, excluyendo los años de pandemia, ahora tambalea bajo la presión estadounidense. El gobierno ha respondido cerrando algunos hoteles y trasladando turistas a otras instalaciones como medida de ahorro.

Ese tipo de improvisación es una señal. Indica que el sistema intenta estirar lo que tiene. También muestra que el país toma decisiones en tiempo real sobre dónde recae la escasez.

Una persona camina por una calle llena de basura este miércoles en La Habana, Cuba. EFE/ Ernesto Mastrascusa

Un peso cae mientras suben los apagones

Para el miércoles, el tipo de cambio informal alcanzó un nuevo mínimo: 500 pesos cubanos por dólar estadounidense, según el indicador diario publicado por el medio independiente El Toque. Las notas señalan que la tasa ha caído un 15 por ciento en lo que va del año.

Este periodo coincide con lo que las notas llaman un salto cualitativo en la presión estadounidense, incluyendo el fin de las importaciones de petróleo desde Venezuela y una orden presidencial que amenaza con aranceles a quien suministre crudo a Cuba.

Pero la caída del peso no comenzó este año. Se ha estado depreciando desde la fallida reforma monetaria de 2021, conocida como la Tarea Ordenamiento, que fijó una tasa oficial de 1 dólar por 24 pesos. La brecha entre esa tasa oficial y el mercado informal ahora señala un colapso cercano al 2,000 por ciento.

Esto lo que hace es exponer una crisis estructural, no episódica. Cuba lleva seis años atrapada en una emergencia profunda marcada por la escasez de bienes básicos como alimentos, combustible y medicinas, hiperinflación, contracción económica, déficit fiscal, migración masiva y largos apagones diarios.

El martes, la isla sufrió lo que las notas describen como el apagón más extenso registrado, según datos oficiales. En el pico de demanda, al final de la tarde y la noche, más del 64 por ciento del país estuvo simultáneamente sin electricidad.

Ese número no es solo una estadística. Es la cena cocinada tarde o no cocinada. Es un teléfono que no se carga. Es un hogar que aprende a vivir al ritmo de los horarios de apagón y la oscuridad repentina.

Las notas atribuyen el déficit a fallas en plantas termoeléctricas obsoletas y, crucialmente, a la falta de diésel y fuel oil necesarios para operar los motores de generación distribuida en todo el país. Según el gobierno, esos motores llevan 4 semanas fuera de servicio debido al cerco petrolero.

Jorge Piñón, experto cubano del Instituto de Energía de la Universidad de Texas, dijo a EFE que espera una “grave crisis” en Cuba si no llegan nuevos tanqueros antes de marzo. El último, descrito como de tamaño mediano, atracó el 9 de enero.

Incluso gobiernos extranjeros están ajustando su postura. Alemania y Suiza actualizaron sus recomendaciones de viaje. El Ministerio de Exteriores alemán dijo en su sitio web que se desaconseja viajar a Cuba por motivos no esenciales debido a los notorios efectos del agudo déficit de combustible.

Hay una diferencia entre un país pobre y un país aislado. Ambas cosas marcan el momento actual de Cuba, y la moneda es el marcador diario.

Una persona camina dentro de un edificio durante un apagón este miércoles en La Habana, Cuba. EFE/ Ernesto Mastrascusa

El Estado aprieta, la calle resiste

El gobierno despliega un plan de contingencia para sobrevivir sin petróleo importado, aunque la producción nacional cubre solo alrededor de un tercio de las necesidades energéticas.

Hospitales y transporte estatal se limitan a servicios esenciales. La gasolina se raciona severamente y la venta de diésel está suspendida. La agricultura prioriza cultivos básicos. Las universidades funcionan a distancia o en modalidad híbrida. Muchos trabajadores pasan al teletrabajo o a horarios restringidos.

Así se ve una emergencia cuando se vuelve rutina. No un gran apagón, sino mil pequeñas restas.

Al mismo tiempo, las autoridades cubanas mantienen una postura pública de disposición al diálogo con Estados Unidos, dicen las notas, aunque solo en términos de igualdad y sin abordar asuntos internos. La alternativa declarada es la resistencia.

Roberto Morales Ojeda, secretario de organización del Partido Comunista, escribió en redes sociales que el país ha enfrentado incontables riesgos y peligros a lo largo de su historia, y que esta vez no será diferente. “Cuba Vencerá”, escribió.

Pero las notas son tajantes sobre dónde aterriza esa retórica. Su tono apenas resuena en la calle, donde el cansancio y la ansiedad son altos: la escasez, la inflación y los apagones constantes alimentan el descontento.

La apuesta aquí es que el Estado puede seguir apretando sin perder la legitimidad que le queda. Pero la legitimidad no se construye con consignas cuando el refrigerador se calienta y las luces se apagan otra vez. Se construye, si es que puede construirse, a partir de la sensación de que el mañana no será peor que hoy.

Ahora mismo, el tablero del aeropuerto, la tasa de cambio y el mapa de apagones cuentan la misma historia. Cuba no solo soporta la presión. Está siendo transformada por ella, día a día, en la luz tenue de un sistema que se queda sin combustible.

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