DEPORTES

Cuba sueña con el rugby mientras los campos de fútbol albergan una nueva competencia

En una cancha de fútbol en La Habana, niños cubanos se amontonan sobre un balón de rugby mientras el béisbol continúa cerca. Un programa respaldado por Francia y un entrenador cubano con experiencia europea buscan continuidad, inclusión y la participación de niñas, con la esperanza de que Cuba pueda construir el rugby desde cero.

Un ejercicio de placaje junto al diamante de béisbol

En medio de un amplio campo de fútbol en La Habana, niños corren alrededor de un balón de rugby con esfuerzo decidido, brazos y piernas cruzándose en una competencia animada e improvisada que encarna tanto la seriedad como la espontaneidad. Cerca, otro grupo juega béisbol, ilustrando la convivencia de dos deportes que reflejan la diversa cultura deportiva de La Habana, compartiendo el mismo aire y polvo en una escena que captura la dualidad deportiva de la isla.

Joel Guillén observa cómo el nudo de rugby se forma y se deshace. Tiene treinta años, fue el primer cubano en jugar profesionalmente en Europa y ahora es entrenador de un equipo de segunda división en Francia. No habla como alguien que vende una fantasía. Habla como alguien que ha estado dentro de sistemas que crecen o desaparecen dependiendo de si se repiten o no.

No cree que sea una utopía que la isla se convierta algún día en un país de rugby. “Se puede lograr. Solo hay que dedicarle tiempo y continuidad”, dijo Guillén a EFE.

El problema es que el tiempo y la continuidad no son frases motivacionales en Cuba. Son recursos. También son una decisión política, porque cada hora dedicada a un programa es una hora que no se dedica a otro, y cada deporte nuevo compite con tradiciones que no son solo atléticas, sino también culturales. Aun así, la escena en el campo tiene su propio argumento. Los niños no se amontonan sobre un balón de rugby por geopolítica. Lo hacen porque el juego les da algo inmediato: contacto, trabajo en equipo, la extraña satisfacción de aprender a caer y levantarse de nuevo.

La presencia de Guillén en el estadio Eduardo Saborit de La Habana está vinculada a un proyecto internacional que busca que la isla, más temprano que tarde, forme una selección nacional de rugby desde sus bases. Esta semana, ha dirigido entrenamientos y charlas con jóvenes cubanos y entrenadores locales que quieren aprender el deporte. Es entrenamiento, sí. Pero también es persuasión, llevada a cabo a través de ejercicios.

Personas participan en una sesión de entrenamiento de rugby en La Habana, Cuba. EFE/ Ernesto Mastrascusa

Una alianza francesa y una estructura estatal cubana

El programa forma parte de un acuerdo de cooperación entre la embajada de Francia en Cuba y el Inder, el Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación de Cuba. Esa combinación es importante. Un lado aporta alianzas internacionales y un modelo de desarrollo de rugby bien establecido. El otro es el sistema deportivo cubano, históricamente centralizado, orgulloso de sus atletas y moldeado por la idea de que el deporte no es solo un pasatiempo, sino también una proyección nacional.

Eso puede ser una ventaja. También puede ser una limitación. La apuesta aquí es que un deporte nuevo pueda encontrar un lugar dentro de un sistema construido en torno a disciplinas históricas y expectativas globales.

El programa busca crear una academia para niños y niñas de seis a dieciséis años, enfocándose en la inclusión y la igualdad de género, para que la participación se sienta acogedora y normal para todos,’ dijo Benassi a EFE.

Esa frase encierra un desafío silencioso. El rugby es un deporte de contacto, y los deportes de contacto suelen llevar consigo supuestos de género que se convierten en costumbre. Si el programa quiere que las niñas participen desde el inicio, está intentando moldear la cultura tanto como la técnica, para que la participación se sienta normal antes de que se vuelva excepcional.

Hay otro objetivo también, uno que habla de cómo se construyen los caminos internacionales en el deporte. El proyecto también busca identificar talento y desarrollarlo en Francia. En un país sin tradición de rugby, el primer semillero vendrá de jóvenes que ya se entrenaron en otros deportes, especialmente balonmano. Ese detalle no es casual. Sugiere un enfoque basado en habilidades transferibles, cuerpos ya acostumbrados a patrones de movimiento, velocidad y contacto, atletas que pueden ser redirigidos en vez de inventados desde cero.

Esto subraya una vieja verdad sobre el deporte en el Sur Global: el talento suele existir antes que el camino. El camino es lo que los países disputan, financian y, a veces, pierden.

Personas participan en una sesión de entrenamiento de rugby en La Habana, Cuba. EFE/ Ernesto Mastrascusa

Continuidad, no utopía, en un país que ama el deporte

Guillén sostiene que la cultura atlética de Cuba es una ventaja, aunque el rugby sea desconocido. “Cuba es un país que históricamente tiene atletas de alto nivel. Tenemos esa cultura deportiva aquí, y cuando vemos incluso a los niños o jóvenes que vienen a entrenar, se puede ver el potencial”, dijo Guillén a EFE.

Su propia historia es un recordatorio de que los caminos pueden comenzar por accidente. Emigró a España de niño. Encontró el rugby casi por casualidad, y luego se quedó por elección. Cuenta que se sintió atraído por los deportes de contacto y luego recibió el empujón de un profesor. “Siempre he tenido mucha curiosidad por los deportes de contacto. Y una vez un profesor me llamó y me dijo: ‘¿Por qué no pruebas judo o rugby?’ En ese momento, sinceramente, era un deporte desconocido para mí. Empecé a investigar y a ver partidos, y me enamoré”, contó Guillén a EFE.

Ese tipo de historia de origen importa en Cuba porque refleja lo que el programa intenta crear. Un primer encuentro. Un momento de curiosidad. Algo que engancha.

La escena en el campo habanero lo hace real. Un niño no necesita una tradición nacional para disfrutar un ejercicio de placaje. Pero una selección nacional requiere más que disfrute. Requiere repetición, profundidad en la formación, estructuras de competencia y suficiente paciencia institucional para aceptar que los primeros años son desordenados.

Con 75 jugadores de 6 a 16 años, incluidas 36 niñas, las autoridades francesas y cubanas ven esto como el inicio de una comunidad. ‘Construir comunidad es la base para el crecimiento sostenible en el deporte’, creen.

La observación cotidiana, implícita en el propio campo, es que el espacio se comparte. El rugby nace junto al béisbol, no en aislamiento. Eso importa porque enmarca el proyecto no como un reemplazo, sino como una adición, una expansión de lo que puede significar el deporte cubano.

Y sin embargo, el éxito del programa se medirá menos por la novedad de un balón de rugby en una cancha habanera que por si esos niños regresan la próxima semana, y la siguiente. Continuidad. Continuidad. Porque al final, la diferencia entre una curiosidad pasajera y un deporte nacional no es la inspiración. Es lo que ocurre cuando nadie está mirando, y los ejercicios igual comienzan a tiempo.

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