DEPORTES

Cuenta regresiva al Mundial en México entre la guerra con Irán y las sombras del narco

A 100 días del inicio, dos temas presionan al Mundial 2026: el conflicto entre Estados Unidos e Irán que afecta los viajes y la diplomacia, y la violencia de los cárteles en México que ensombrece las ciudades sede. Los altos precios de los boletos y los recortes en los festivales para aficionados aumentan las preocupaciones.

Un torneo bajo titulares de guerra

El correo electrónico llegó como una pequeña contradicción. El presidente de la FIFA ha proclamado que los 104 partidos del Mundial están agotados, y sin embargo, algunos aficionados recibieron mensajes la semana pasada ofreciendo una ventana extra de 48 horas para comprar boletos. Es un momento mundano, una pantalla y un temporizador, pero capta el ánimo general de este torneo: nada se siente resuelto, ni siquiera lo que los organizadores dicen que ya está asegurado.

Con cien días por delante, la guerra entre Estados Unidos e Irán ha hecho que el Mundial, coorganizado por EE.UU., México y Canadá, sea aún más complicado. Esta semana, funcionarios de los equipos clasificados se reúnen con personal de la FIFA en Atlanta para un taller previo al torneo, donde normalmente se afinan los detalles. Pero los problemas, en cambio, van en aumento.

El torneo comienza el once de junio, cuando México se enfrente a Sudáfrica en la Ciudad de México. Será el Mundial más grande de la historia, con cuarenta y ocho equipos participantes, frente a los treinta y dos del torneo anterior en Catar. Y de fondo, las preguntas ya suenan más fuerte que los cánticos.

La política internacional suele cruzar la línea de seguridad en el Mundial. En Catar 2022, el trato a los trabajadores migrantes y a la comunidad LGBTQ plus acaparó titulares fuera de la cancha. Cuando Rusia fue sede en 2018, los derechos LGBTQ plus, la anexión de Crimea y el envenenamiento de un espía en Reino Unido formaron parte de la conversación. En Brasil 2014 y Sudáfrica 2010, hubo preocupaciones sobre crimen y seguridad. El problema es que 2026 llega con múltiples fricciones a la vez, incluyendo aranceles, restricciones de viaje y los llamados de Donald Trump para que Estados Unidos tome control de Groenlandia, lo que ha inquietado a Dinamarca mientras intenta clasificar en los playoffs de marzo.

Ahora súmele una guerra con Irán. Súmele un torneo repartido en tres países. Súmele un mercado de boletos que flota por encima de la vida cotidiana.

La FIFA dice que hay unos 7 millones de asientos por llenar y que recibió 500 millones de solicitudes de boletos el mes pasado. En diciembre, los precios de los boletos alcanzaron los $8,680 dólares. Tras las críticas, la FIFA anunció que ofrecería unos cientos de boletos de $60 dólares para cada partido a las cuarenta y ocho federaciones nacionales, que decidirán cómo entregarlos a los aficionados más leales. Mientras tanto, la mayoría de los asientos en la plataforma de reventa de la FIFA cuestan más de $1,000 dólares, y la FIFA cobra un 15 por ciento adicional tanto a compradores como a vendedores. El Mundial se supone que es una fiesta compartida, pero el dinero cuenta otra historia.

Elementos del Ejército Mexicano y la Guardia Nacional patrullan en Ciudad Juárez, México. EFE/ Luis Torres

El lugar de Irán y la política de la llegada

Irán tiene programados dos partidos de la fase de grupos en Inglewood, California, y uno en Seattle. Pero no está claro si el equipo iraní realmente vendrá a EE.UU., y esa incertidumbre afecta todo, incluso a quienes intentan organizar el torneo mientras el reloj avanza.

“Lo único seguro es que después de este ataque, no podemos esperar el Mundial con esperanza”, dijo el máximo dirigente del fútbol iraní, Mehdi Taj, el pasado fin de semana, mientras Estados Unidos e Israel lanzaban ataques coordinados que mataron al líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei, y a decenas de otros altos funcionarios.

Irán no ha anunciado su retiro, y las notas señalan que ningún equipo clasificado se ha retirado en los últimos 75 años. Aun así, el estatus es incierto, y eso importa porque el Mundial no es solo un calendario deportivo. Son visas, control fronterizo, señales políticas y la pregunta básica de quién puede llegar.

Irán, segundo en el ranking asiático según las notas, quedó en un grupo con Bélgica, Egipto y Nueva Zelanda. La FIFA no respondió de inmediato a la consulta sobre si funcionarios de la federación iraní asistieron al taller de Atlanta. Ese silencio acompaña a la declaración de Taj de una forma que se siente casi como un vacío en el guion.

Alrededor del torneo, otras piezas logísticas también están cambiando. Los festivales para aficionados han sido una parte clave de la experiencia mundialista durante las últimas dos décadas, lugares donde quienes no tienen boletos pueden compartir el ambiente viendo los partidos en pantallas gigantes. Algunos de esos planes ahora se están reduciendo en Estados Unidos. Nueva York y Nueva Jersey eliminaron un Fan Fest en Jersey City, aunque ya había comenzado la venta de boletos para un evento que iba a estar abierto todos los días. Planear vender boletos era algo inédito para las zonas de aficionados del Mundial, que desde su lanzamiento en Alemania en 2006 habían sido de acceso gratuito.

Seattle recortó su plan original y lo reprogramó para sedes más pequeñas. Boston redujo su evento a dieciséis días. El director de operaciones del comité organizador de Miami dijo durante una audiencia en el Congreso el 24 de febrero que podría cancelar su evento si no recibía fondos federales en treinta días. El subjefe de policía de Kansas City, Joseph Maybin, dijo que la ciudad necesitaba fondos federales de inmediato para prepararse en materia de seguridad. Los republicanos de la Cámara de Representantes dijeron que el dinero federal podría retrasarse por el cierre parcial del Departamento de Seguridad Nacional, causado por la exigencia de los demócratas de imponer restricciones a los agentes de Inmigración y Control de Aduanas.

Así es como se ve un Mundial antes del primer silbatazo. Reuniones. Permisos. Peleas por financiamiento—y ahora, guerra.

El exfutbolista brasileño Bebeto sostiene el trofeo de la Copa Mundial de la FIFA junto a la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum en la Ciudad de México, México. EFE/ Mario Guzmán

Cárteles, ciudades sede y la mirada narco cultural

La capacidad de México para ser coanfitrión ha estado bajo escrutinio tras un repunte de violencia la semana pasada en el estado de Jalisco, luego de que el ejército abatiera a un poderoso jefe de cártel. Guadalajara, la capital estatal, será sede de cuatro partidos de la fase de grupos. En una cuenta regresiva diferente, esos partidos son la parte que se supone debe ser sencilla: llegan los equipos, llegan los aficionados, noventa minutos deciden algo limpio. Pero la violencia del narco no se comporta como una historia aparte. Se vuelve parte del ambiente, y ahí es donde la cultura narco echa raíces, en la forma en que la violencia se filtra en cómo se habla de los lugares, cómo se promocionan, cómo los imagina la gente desde lejos.

El gobierno mexicano insiste en que el Mundial no se verá afectado. La presidenta Claudia Sheinbaum dijo que no hay riesgo para los aficionados que asistan al torneo. Gianni Infantino le aseguró a Sheinbaum que tiene plena confianza en México como sede del Mundial. Infantino ha prometido repetidamente que el torneo de dos mil veintiséis será el más grande y el más inclusivo.

La esperanza es que esa confianza se traduzca en seguridad real, y que los planes de protección sean lo suficientemente sólidos para evitar tanto el pánico como las amenazas reales. Pero hay otro desafío, tanto cultural como político. Cuando se habla de una ciudad sede por la violencia del narco, eso se convierte en parte de la historia que la gente escucha sobre el país. Y esa historia es más difícil de controlar que cualquier esquina. Se propaga más rápido que las garantías oficiales. Se queda.

El Mundial siempre invita a la creación de mitos, de los brillantes. El peligro para México es que la cultura narco es una forma más oscura de mitificación, construida desde el miedo, la reputación y la sensación constante de que el poder está en más de un par de manos. En ese contexto, la seguridad no solo es evitar incidentes. También es cuestión de recuperar el espacio narrativo alrededor del torneo.

El calendario no se detiene por la geopolítica ni la violencia. Foxborough, Massachusetts, será sede de siete partidos en el estadio de los New England Patriots, comenzando con Haití vs. Escocia el trece de junio y terminando con un cuarto de final el nueve de julio. Ese es el plan de la FIFA. Pero la Junta Selecta de Foxborough se negó a emitir un permiso para los partidos y fijó como fecha límite el 17 de marzo para pagar $7.8 millones de dólares, que la ciudad estima cubrirán gastos de policía y otros servicios. Foxborough dijo que no forma parte del acuerdo de sede de la FIFA con Boston.

Así que, antes de que el torneo siquiera comience, el panorama es este: un taller en Atlanta, una guerra que pone en duda la participación de un equipo clasificado, festivales para aficionados recortados, permisos negados, fondos federales enredados y México intentando asegurarle al mundo que la violencia del narco no definirá su Mundial. Nada se siente resuelto todavía.

Lea También: México apuesta por la calma mundialista mientras se extiende el impacto de la caída de Mencho

Related Articles

Botón volver arriba
LatinAmerican Post