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El argentino Julián Álvarez lleva diez partidos sin marcar mientras el Atlético espera

Han pasado cincuenta y cuatro días desde su último gol en la Champions League, y Julián Álvarez vive la presión del fútbol en el Atlético de Madrid. Diez partidos, los minutos se acumulan y los remates no han movido el marcador, aunque sus compañeros insisten en que la racha terminará pronto.

El último gol aún resuena en Eindhoven

El momento es fácil de recordar porque llegó con la lógica limpia de la vida de un delantero. Minuto treinta y siete en el Philips Stadion de Eindhoven, tras un inicio rápido del PSV. Un pase de Alexander Sørloth cruzando el área. Julián Álvarez, apodado La Araña, empujándola adentro. La red se mueve. El ruido cambia. El Atlético se estabiliza, luego sufre y finalmente escapa con una victoria dos a tres que, en su propia medida, se sintió como una declaración.

Ese fue también su último gol con la camiseta del Atlético.

Eso fue el nueve de diciembre de dos mil veinticinco. El primero de febrero de dos mil veintiséis, la sequía ya no es solo un tema de conversación. Es el marco que lo rodea. Las notas lo dicen claramente: cincuenta y cuatro días sin marcar, una racha que ya había llegado a setecientos quince minutos y veintiséis remates al veintisiete de enero, y que continuó con dos apariciones más sin alivio.

El problema es que las sequías no se quedan estáticas. Van sumando pequeños detalles que las hacen más pesadas. Una racha que antes parecía un asunto de liga, suavizada por la producción europea, se convierte en silencio total en todas las competiciones. Álvarez ya estaba seco en LaLiga cuando marcó ante el PSV, pero Europa mantenía el equilibrio. Ahora son diez partidos oficiales consecutivos sin gol desde aquella noche en Eindhoven, y la balanza se ha inclinado.

Aquí se insinúa un ritual cotidiano. Los aficionados revisan el reloj del partido para ver cuándo fue la última vez que marcó, y luego lo vuelven a revisar. El delantero hace lo mismo, lo admita o no—un atacante vive en números que marcan el tiempo.

Delantero argentino del Atlético de Madrid, Julián Álvarez. EFE/Juanjo Martín

Remates, minutos y la matemática de una sequía

La secuencia de partidos no se presenta como un drama en las notas, sino como una acumulación. Valencia, Girona, Real Sociedad. Real Madrid en la Supercopa de España, los noventa minutos completos. Deportivo de La Coruña en la Copa del Rey. Alavés. Galatasaray en la Champions League. Mallorca. Luego Bodø/Glimt el veintiocho de enero, una derrota uno a dos en el Riyadh Air Metropolitano, donde Álvarez fue sustituido en el minuto cincuenta y siete. Después, Levante UD el treinta y uno de enero, un cero a cero, donde ingresó en el minuto veintisiete tras la lesión de Sørloth.

Dos partidos, dos formas distintas de frustración. Contra Bodø/Glimt, el Atlético pierde y el delantero sale antes de la hora. Contra el Levante, el Atlético no encuentra el camino y Álvarez, entrando frío, igual genera peligro—un cabezazo atajado en el minuto sesenta y nueve. Un remate final detenido en el noventa más cuatro. El portero se ve obligado a trabajar. La red no se mueve.

Aquí es donde los números empiezan a contradecir la narrativa que muchos quieren contar sobre un delantero que ha “olvidado” cómo definir. Las notas describen la dura línea de producción que enmarcó la sequía hasta el veintisiete de enero: veintiséis remates en ese tramo, cinco al arco, trece desviados, ocho bloqueados. La cifra de goles esperados para la racha, 1.6, sugiere algo más sutil que un simple fallo individual. Las ocasiones existen, pero no son lo suficientemente claras. O llegan en el ritmo equivocado. O aparecen y no se concretan.

Esto lo que hace es cambiar la conversación de la culpa al contexto, sin borrar la responsabilidad. Un delantero cobra, al final, por los goles. Pero el fútbol no es solo un atacante y un balón. Un equipo que no puede transformar la presión en ocasiones claras también comparte el peso de una sequía.

Las notas agregan un detalle pequeño pero revelador después del veintisiete de enero: más minutos, más intentos, incluidos dos remates al arco contra el Levante, y aún así sin romper la sequía. En una mala racha, incluso “al arco” puede sentirse como un cumplido cruel.

Delantero argentino del Atlético de Madrid, Julián Álvarez. EFE/Juanjo Martín

La paciencia de Simeone y lo que se juega el Atlético

Diego Simeone no se ha escondido. Ha mantenido cerca a Álvarez, lo ha utilizado con regularidad, lo ha defendido públicamente y ha enmarcado su rendimiento como algo más que el último toque. “Julián hizo un partido fantástico, sin gol, pero fantástico”, dijo Simeone, según las notas, insistiendo en que jugó un partido fantástico aunque no marcara.

Eso es lealtad de entrenador, pero también cálculo de entrenador. Simeone necesita a Álvarez en su versión más decisiva. El equipo también lo necesita. Hay una razón por la que una sequía se convierte en noticia en un club como el Atlético, donde los partidos cerrados y los márgenes estrechos no son la excepción, sino la identidad. Cuando los goles escasean, cada ocasión perdida se siente más grande.

Los compañeros han adoptado el lenguaje de la inevitabilidad. Nico González lo redujo a una etapa, llamándolo un jugador top y diciendo que está seguro de que Álvarez saldrá de esto porque es más fuerte que nadie. Johnny Cardoso repitió la misma idea, describiendo total confianza y asegurando que su momento llegará.

La apuesta aquí es que la confianza aguante lo suficiente para que el delantero recupere el timing, sin que las exigencias de la temporada superen la paciencia. No es una crisis descrita con pánico en las notas, sino un problema que ha empezado a moldear cómo se lee cada aparición. Un delantero puede jugar bien, presionar bien, moverse bien e incluso asustar defensas. Pero el marcador tiene una forma de hacer que todo lo demás parezca un prólogo.

En Eindhoven, el toque de Álvarez fue definitivo y sencillo. Desde entonces, la historia ha sido sobre todo lo que ocurre antes de la definición, y todo lo que sigue a su ausencia. Cuanto más se prolonga, más cada ocasión fallida se convierte en una pequeña prueba de carácter, no solo de técnica.

En un extremo de esta racha está el gol en el minuto treinta y siete ante el PSV, un pase de Sørloth y una red que cedió. En el otro, un cabezazo atajado en el sesenta y nueve y un remate final detenido en el noventa más cuatro contra el Levante. Entre ambos, diez partidos, setecientos quince minutos contados en algún momento, y una insistencia creciente de quienes lo rodean en que esto es temporal.

El fútbol guarda cuentas. Los delanteros también.

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