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El mercado de pases chileno se vuelve argentino y apuesta por la experiencia clásica

La temporada 2026 de la liga chilena se está construyendo como un vestuario de veteranos: acentos familiares, piernas curtidas y una silenciosa desconfianza hacia la juventud. Con 18 fichajes argentinos de 29, los clubes buscan experiencia en un mercado que no puede permitirse muchas estrellas.

Una liga que importa certezas

Camina por los campos de entrenamiento de la Primera División de Chile en este momento y puedes escuchar la lógica detrás de los movimientos de plantilla antes de que alguien lo diga en voz alta. Esta es una liga que intenta protegerse del riesgo. El mercado de pases para la temporada 2026 ha sido dominado por argentinos—18 de 29 llegadas anunciadas—seguido por cinco uruguayos, un patrón que parece un hábito regional pero también una estrategia financiera. Cuando el dinero escasea, los clubes no persiguen sueños; buscan certezas. Eligen jugadores que ya han sobrevivido a estadios más grandes, prensa más dura y el peso de la expectativa.

Ese instinto se refleja en las posiciones que los clubes están buscando. Los mediocampistas—10 nuevos “volantes”—han sido las piezas más codiciadas, apenas por delante de los delanteros, con nueve atacantes incorporados hasta ahora. En un mercado económico de bajo perfil, el control se siente más seguro que la improvisación; la posesión se percibe como un seguro. Y aun así, la historia sigue inclinándose hacia el área, porque en Sudamérica, lo más caro siempre es lo mismo: los goles.

Detrás de todo esto está la creciente dependencia de la liga en la mano de obra extranjera. Casi el 24% de los jugadores en Chile son extranjeros, apenas tres puntos porcentuales por detrás de la liga peruana, que lidera Sudamérica en internacionales. Básicamente, una cuarta parte de la fuerza laboral llega desde fuera. No es solo una estadística futbolística; es un espejo cultural de las migraciones circulares de la región—de carreras que cruzan fronteras porque las economías locales, y las ligas locales, rara vez ofrecen estabilidad por mucho tiempo.

Llega Pratto, y crece la sombra de la Libertadores

El gran titular del mercado de pases no es una promesa adolescente con valor de reventa. Es Lucas Pratto, que llega con 37 años, un delantero con un currículum que aún tiene cierto peso en la memoria del fútbol latinoamericano. Su pasado está cargado de símbolos continentales: River Plate, el título de la Copa Libertadores 2018, el aura de un jugador que ha estado en los partidos más grandes y ha salido intacto. Para Coquimbo Unido, el actual campeón chileno, Pratto es menos una apuesta que un mensaje—un intento de endurecer al equipo para su segunda participación en la Copa Libertadores, donde el optimismo ingenuo se castiga rápido.

El plan de Coquimbo se basa en la familiaridad con la presión. Junto a Pratto, el club también sumó al mediocampista argentino Guido Vadalá y al defensor uruguayo Matías Fracchia, un trío que sugiere que el club no busca reinventarse, sino reforzar su columna vertebral. En una liga donde los presupuestos rara vez permiten lujos, el prestigio se convierte en una especie de moneda—algo que se toma prestado del pasado de un jugador para estabilizar el presente.

Otro nombre con peso internacional es Gonzalo Escalante, de 32 años, quien llegó a Deportes La Serena tras una década en entornos de mayor exigencia: LaLiga en España con Eibar y Alavés, y la Serie A en Italia con Lazio, incluyendo apariciones en la Champions League. El fichaje de Escalante es del tipo que los clubes chilenos suelen presentar como “jerarquía”, no porque sea una superestrella, sino porque aporta evidencia de supervivencia en un nivel donde los errores te cuestan el puesto.

Incluso las grandes marcas se mueven con el mismo pragmatismo. Universidad de Chile incorporó al delantero uruguayo Octavio Rivero, un atacante con historia en Chile, México y Ecuador—el tipo de perfil trotamundos regional que privilegia la confiabilidad sobre el romanticismo. Y con el mercado abierto hasta febrero, el club aún tiene margen para subir la apuesta si concreta la llegada del delantero argentino Juan Martín Lucero, otro nombre que encajaría en el mismo patrón: rendimiento probado, perfil conocido, menos incógnitas.

Fernando Zampedri durante Universidad Católica vs. Coquimbo Unido, 23 de julio de 2023 por Cristian Avilés (Cavilese), licenciado bajo CC BY-SA 4.0.

Dinero de ascenso, cautela en los grandes y la pregunta por los jóvenes

Si quieres ver urgencia, mira a los recién ascendidos. Deportes Concepción lidera a todos los equipos chilenos en contratación de extranjeros, trayendo a seis jugadores del exterior para reconstruir la “columna vertebral” del equipo de un solo golpe. El ascenso es una celebración, pero también una amenaza: la brecha entre divisiones es donde las carreras quedan expuestas. Así que los recién llegados tienden a gastar como quienes saben que la trampilla es real, invirtiendo en cuerpos que creen capaces de soportar el primer mal mes.

El contraste es notorio en Universidad Católica, que solo ha sumado al delantero argentino Justo Giani desde Aldosivi, a pesar de volver a la Copa Libertadores tras cuatro años de ausencia. La moderación se interpreta como confianza para algunos hinchas y como un riesgo para otros. En Latinoamérica, la competencia continental no solo pone a prueba el talento; también la profundidad, la logística y la capacidad de sobrevivir a dos torneos a la vez sin partirse en dos.

El tercer miembro del tradicional “big three” chileno, Colo Colo, también se ha movido en silencio—más salidas que llegadas, y solo dos refuerzos hasta ahora: los defensores uruguayos Joaquín Sosa y Javier Méndez. El club ya perdió al mediocampista Vicente Pizarro, que se fue a Rosario Central en Argentina, y el futuro del extremo Lucas Cepeda, figura en 2025, sigue sin resolverse. Para los hinchas, esas incertidumbres nunca son solo deportivas. En una región donde los clubes son instituciones políticas tanto como deportivas, las decisiones de plantilla se convierten en debates sobre identidad: quién se queda, quién se va, quién se vende y qué dice eso sobre el poder en la sala de directorio.

Si ampliamos la mirada, el gusto de la liga se vuelve más claro. Chile apuesta por la edad y la experiencia, una elección encarnada en el delantero argentino Fernando Zampedri, máximo goleador de la liga en las últimas seis temporadas, recién nacionalizado y aún brillando a los 37 años en una competencia donde los extranjeros dominan los puestos de ataque. La edad promedio entre los 16 equipos de primera división es de 27 años, lo que coloca a Chile sexto en Sudamérica—una liga de adultos, no una vitrina de academia. Ese número puede parecer común en el papel, pero en la práctica refleja una filosofía: en Chile, ahora mismo, los clubes pagan por oficio, no por potencial.

Nada de esto es un fracaso moral, ni es algo exclusivamente chileno. Es la realidad de una liga que negocia el viejo dilema latinoamericano: desarrollar jóvenes y arriesgarse a la inconsistencia, o importar certezas y aceptar la dependencia. El mercado de pases 2026 sugiere que los clubes chilenos han optado por la certeza. La pregunta que queda detrás de esa decisión es la que los hinchas siempre terminan haciéndose en julio y agosto, cuando empieza a caer la lluvia invernal y los puntos comienzan a desaparecer: ¿cuánto tiempo puede una liga comprar experiencia antes de tener que empezar a cultivar su propio futuro?

Todas las afirmaciones estadísticas y detalles de jugadores/clubes en este artículo provienen de reportes e entrevistas de EFE.

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