Los Cambios de Bando en el Clásico Uruguayo Mantienen a Montevideo Ardiente Mucho Después del Silbatazo Final
Cuando Maximiliano Silvera pasó de Peñarol a Nacional, Montevideo no solo ganó un nuevo delantero; obtuvo una discusión renovada sobre lealtad, clase y memoria. En el Clásico uruguayo, cambiar de camiseta nunca es una nota al pie; es un referéndum.
Una ciudad que recuerda cada puntada
El Clásico uruguayo es la rivalidad futbolística más importante del país y una de las más feroces del continente americano, disputada por el Club Nacional de Football y el Club Atlético Peñarol, los dos clubes más populares de Uruguay, ambos anclados en Montevideo. Su primer enfrentamiento data de 1900, lo que la convierte en una de las rivalidades más antiguas fuera de Gran Bretaña, y ya el primer capítulo tuvo filo: el CURCC ganó ese primer partido 2–0.
La historia comienza incluso antes, con Uruguay construyendo la vida moderna alrededor de los ferrocarriles, los puertos y la migración. Peñarol nació como el Central Uruguay Railway Cricket Club (CURCC) en 1891, compuesto por inmigrantes ingleses que representaban al Ferrocarril Central del Uruguay, con sede en el barrio Peñarol, en las afueras de la ciudad. Nacional se formó en 1899 como un club para jugadores “puramente nativos” en una época en que los clubes de fútbol eran casi exclusivamente dominio de inmigrantes europeos. Con el tiempo, el Clásico se volvió un espejo cívico: un escudo nacido del mundo del capital extranjero y las vías del tren, el otro de un deseo nacional de apropiarse del juego.
Para 2018, el dominio de la rivalidad era casi total. Juntos, los clubes habían ganado 96 de los 115 títulos de la Primera División uruguaya, además de trofeos internacionales, incluyendo ocho Copas Libertadores en conjunto. Esas cifras se repiten en Montevideo como las familias repiten las fechas de nacimientos y muertes, porque en esta ciudad, la historia del fútbol es historia personal, y el Clásico es el recuerdo más fuerte del país.
Esa memoria es la razón por la que la llegada de Maximiliano Silvera a Nacional, viniendo directamente de Peñarol, volvió a sacudir viejos nervios. Un pase aquí no es simplemente un movimiento de carrera. Es el momento en que descubres cuánto de la rivalidad es amor por tu propio lado, y cuánto es miedo a convertirte en el otro.

Los jugadores que vivieron en ambos lados
Algunos futbolistas que vistieron ambas camisetas se convirtieron en puentes raros, admirados por su talento incluso por quienes juraron que nunca perdonarían. Otros descubrieron que el estatus de héroe se disuelve rápido en cuanto cambian los colores. El Clásico no solo mide tus goles; mide tu historia.
Luis Cubilla sigue siendo el ejemplo clásico de un hombre que de alguna manera sobrevivió al cruce. Para Peñarol, jugó 146 partidos entre 1958 y 1961, marcando 48 goles, incluidos 4 contra Nacional. Ganó dos Copas Libertadores, fue campeón Intercontinental en 1961 con una victoria sobre el Benfica y conquistó cuatro Campeonatos Uruguayos. Luego vistió la camiseta de Nacional de 1969 a 1974 y nuevamente en 1976, jugando 249 partidos y anotando 64 goles, incluidos 7 contra Peñarol. Con el Tricolor ganó cuatro Campeonatos Uruguayos y en 1971 se llevó la Copa Libertadores, la Copa Intercontinental y la Copa Interamericana, una barrida que demuestra que la rivalidad no puede borrar del todo la grandeza.
Pablo Forlán construyó su principal legado en Peñarol, disputando 303 partidos y marcando 9 goles entre 1963–1970 y 1976, incluido uno contra Nacional. Con el Aurinegro ganó tres Campeonatos Uruguayos y en 1966 conquistó la Copa Libertadores y la Copa Intercontinental, derrotando al Real Madrid en la final. Su paso por Nacional en 1977 fue breve, 12 partidos, un gol, pero en el Clásico, incluso los capítulos breves se vuelven manchas o medallas permanentes, dependiendo de quién lo recuerde.
Venancio Ramos jugó 300 partidos para Peñarol entre 1977 y 1984 y nuevamente en 1988, marcando 95 goles, 4 contra Nacional, mientras ganaba tres Campeonatos Uruguayos y, en 1982, tanto la Copa Libertadores como la Copa Intercontinental. Más tarde, jugó 92 partidos para Nacional entre 1990 y 1992, anotando 13 goles, incluido uno contra Peñarol, el tipo de detalle que alimenta discusiones de bar en Montevideo durante décadas.

El pase de Silvera y la política de pertenencia
Carlos Aguilera ofrece otro retrato de cómo el Clásico convierte carreras en folclore. Con Nacional de 1983 a 1987, jugó 143 partidos, marcó 70 goles, incluidos 2 contra Peñarol, y ganó un Campeonato Uruguayo. Con Peñarol de 1994 a 1999, jugó 193 partidos, anotó 87 goles, hizo uno contra Nacional y se fue con cinco Campeonatos Uruguayos, parte del famoso quinquenio sellado en 1997. Las cifras parecen una historia de éxito limpia, pero el registro emocional nunca es limpio en una rivalidad hecha para castigar la ambigüedad.
Antonio Alzamendi dividió su tiempo casi como una advertencia: 22 partidos y 5 goles para Nacional en 1983, ganando un Campeonato Uruguayo, luego 22 partidos y 15 goles para Peñarol en 1985, marcando uno contra su rival tradicional y ganando otro Campeonato Uruguayo. El Clásico obliga a los hinchas a decidir si eso es profesionalismo o traición, y la respuesta suele depender de qué escudo besaste de niño.
Para Juan Carlos de Lima, el cruce trajo trofeos en ambos lados. Jugó para Nacional en 1986 y nuevamente en 1988–1989, ganando la Copa Libertadores y la Copa Intercontinental en ese último período, anotando 14 goles. Se unió a Peñarol en 1997 y permaneció hasta el 2000, marcando 22 goles en 66 partidos y ganando dos Campeonatos Uruguayos, incluyendo uno que selló el quinquenio aurinegro.
Y para Luis Romero, el Clásico se volvió aritmética personal: 221 partidos para Peñarol entre 1994–1998 y 2000–2001, 84 goles y 10 anotados contra Nacional en 22 clásicos. Luego 58 partidos para Nacional en 2004–2005, dos Campeonatos Uruguayos más, 8 goles y 2 en una remontada clásica que terminó 3–2 tras ir perdiendo por dos.
Frente a esa historia, el pase de Silvera cae con la fuerza previsible. Se unió a Peñarol en 2024, jugó 102 partidos, marcó 33 goles, 3 contra Nacional, ganó un Campeonato Uruguayo y anunció su salida al final de 2025. Este viernes, Nacional hizo oficial su llegada, ubicándolo en la pequeña y explosiva categoría de jugadores que visten ambas camisetas, especialmente aquellos que cruzan directamente, sin un capítulo en el extranjero que suavice el cambio.
En Uruguay, el fútbol siempre ha sido una forma de hablar sobre lo que la nación teme perder: identidad, dignidad, control sobre su propio relato. El Clásico nació en la era de los ferrocarriles y los inmigrantes y se endureció como una disputa por la pertenencia. Por eso un pase todavía se siente como política. No es solo que Silvera cambió de club. Es que en Montevideo, un hombre que cambia de colores obliga a todos los demás a explicar quiénes son.
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