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Soñadores venezolanos y dominicanos finalmente transforman el canal latino de los Giants

Durante décadas, los San Francisco Giants vieron cómo América Latina alimentaba la gloria de otras franquicias. Ahora, un venezolano y un campocorto adolescente dominicano llegan como una promesa—costosa, frágil y emocionante—poniendo a prueba si el club finalmente puede forjar su propio legado caribeño.

La larga sequía tras los nombres dorados

En San Francisco, la relación de la franquicia con América Latina siempre ha sido una historia de dos épocas: los primeros días cuando los Giants ayudaron a abrir puertas, y el largo periodo intermedio cuando esas puertas parecían cerrarse para todos los que vestían de naranja y negro. La evidencia queda en los registros como una herida. Los recuerdos latinoamericanos más brillantes del equipo desde las primeras décadas en la Costa Oeste parecen un listado de la historia del béisbol—Juan Marichal, Orlando Cepeda, Felipe Alou y sus hermanos Matty y Jesús, José Pagán, Manny Mota, José Cardenal, Tito Fuentes, André Rodgers—una generación que hizo que los Giants se sintieran conectados al Caribe y a las culturas beisboleras de habla hispana que ya producían genios.

Luego el canal se fue secando, casi hasta desaparecer. Tras la última temporada de Marichal con los Giants en 1973, el flujo de talento latinoamericano del club “prácticamente se secó”, dice el texto. Los equipos de playoffs de finales de los años 80 no tenían ningún jugador desarrollado por los Giants desde América Latina. El equipo de 103 victorias en 1993 tuvo solo uno: Salomón Torres, quien sufrió la derrota decisiva en el final de temporada, fue cambiado a Seattle por Shawn Estes y luego tuvo una carrera aceptable en otros equipos. Incluso durante los años de Barry Bonds, el nombre latinoamericano más destacado formado en casa por los Giants era el antesalista Pedro Feliz.

Ese vacío se vuelve aún más evidente cuando se compara con los campeonatos. Los Giants ganaron tres títulos en 2010, 2012 y 2014, y su estrella latina más vívida de esa era fue Pablo Sandoval, querido y carismático, un jugador que entró al béisbol profesional como receptor y se convirtió en un antesalista que bateó hasta convertirse en leyenda, ganando el MVP de la Serie Mundial 2012. Sin embargo, incluso el ascenso de Sandoval llevaba una nota inquietante: cuando fue elegido All-Star en 2011, el texto señala que fue el primer Giant formado en casa y nacido en el Caribe en lograrlo en cuarenta años, desde Marichal en 1971.

Una nueva generación llega con etiqueta de precio

En 2026, la esperanza tiene rostro, y es joven. En la propia lista de prospectos de los Giants, cinco de los diez mejores son firmas internacionales, una señal de que la organización finalmente está intentando construir donde antes se había quedado atrás. El reto es el tiempo: todos están en ligas menores de nivel A o inferiores, lo que significa que las Grandes Ligas siguen siendo un país lejano. Aun así, el texto capta perfectamente la emoción de esta etapa—cómo se vuelve “divertido para los Giants y sus aficionados soñar”, especialmente después del éxito reciente firmando prospectos latinos adolescentes de élite.

El periodo internacional de firmas del año pasado trajo un nombre destacado: Josuar Gonzalez, un campocorto dominicano ambidiestro de diecisiete años, firmado por $2,997,500, el segundo mayor bono internacional en la historia de la franquicia. En ese momento, fue comparado con un joven José Reyes o Francisco Lindor, y fue clasificado como el prospecto número 1 de América Latina y número 2 en general, solo detrás del lanzador japonés Roki Sasaki. En un negocio donde las comparaciones pueden ser mercadotecnia, esos nombres aún suenan como un desafío: si vas a soñar, sueña en grande.

Ahora se espera que el siguiente acto sea más grande, más ruidoso y aún más simbólico. Al comenzar el periodo internacional de firmas de este año, los Giants están listos para firmar al prospecto número 1 de América Latina por segundo año consecutivo: Luis Hernández, un campocorto venezolano de diecisiete años, por una cifra estimada de $5 millones—la mayor parte de su fondo de bonos asignado de $5.44 millones. El informe describe a Hernández como un jugador con herramientas superiores para su edad, compitiendo a un alto nivel contra rivales mucho más experimentados, con velocidad avanzada de bate, poder, capacidad de contacto, defensa, atletismo e inteligencia beisbolera. La intriga es inmediata: ¿cómo desarrollas a dos campocortos talentosos—Gonzalez y Hernández—en el mismo sistema, subiendo la misma escalera, cada uno cargando con la mitología beisbolera de su país?

“Es emocionante el talento que está llegando a la organización desde estos países”, dijo Zack Minasian, gerente general de los Giants. “Sentimos que esto debe ser una de nuestras fortalezas para construir y mantener un equipo ganador.”

Lo que está en juego detrás de esa frase es más grande que la construcción de una plantilla. El béisbol latinoamericano no es un canal periférico; es uno de los corazones palpitantes del deporte, moldeado por el sacrificio familiar, la profesionalización temprana y el conocimiento de que una sola firma puede cambiar un hogar para siempre. El texto señala el contexto: los jugadores latinos conformaron el 28.6% de los rosters de Grandes Ligas en 2025, y los clubes reclutan niños en República Dominicana y otras zonas del Caribe desde los trece años. Si los Giants llegan tarde a este mercado, no llegan tarde a una tendencia—llegan tarde a una realidad.

San Francisco, California, imagen de los Giants.

La academia, la humildad y la larga memoria

La historia interna de la organización, contada aquí a través de Joe Salermo, suena como una admisión y una reforma. “Vamos en la dirección correcta”, dijo Salermo, director senior de scouting internacional de los Giants. Pero combina el optimismo con una cautela casi filosófica, el tipo de humildad que se escucha en quienes han visto a demasiados prospectos “infalibles” perderse en la mediocridad.

“Es un juego que te humilla”, dijo Salermo. “No podemos quedarnos de brazos cruzados y decir que lo estamos haciendo bien. Tenemos que seguir avanzando y mirar a la próxima generación. Cada año es diferente… no andes por ahí creyendo que tienes todas las respuestas porque nadie las tiene… El día que crees tener las respuestas es el día que fracasas.”

El texto explica por qué existe esa humildad: décadas de intentos fallidos, y a veces “sin siquiera intentarlo”. Señala firmas lamentables como las de Angel Villalona y Lucius Fox, y la de Marco Luciano, una firma internacional muy promocionada que no resultó y fue dejado en libertad el mes pasado. Sin embargo, el informe sostiene que el sistema está cambiando, en parte porque la infraestructura finalmente alcanzó la ambición.

En septiembre de 2015, Salermo fue ascendido a director de scouting internacional y obtuvo autonomía sobre la operación internacional. En agosto de 2016, los Giants inauguraron la Academia de Béisbol Felipe Alou en Boca Chica, cerca de Santo Domingo, una sede para las operaciones latinoamericanas con campos, dormitorios, comedor y extensas instalaciones de entrenamiento. El club tardó en construirla—“Me da pena decirlo; creo que fuimos los últimos en hacerlo”, dijo Brian Sabean en ese momento—una confesión honesta que también explica la sequía.

Luego llegó el cambio estructural que modificó el mercado para todos los equipos: un cambio en el acuerdo de negociación colectiva de 2017 que puso un tope estricto a los fondos de bonos internacionales de los equipos. Los Giants habían sido penalizados tras gastar $6 millones en Fox, lo que les impidió gastar más de $300,000 en cualquier prospecto internacional. En esa era de restricciones, Salermo se enfocó en prospectos de rango medio y encontró gangas: firmó al cerrador Camilo Doval por $100,000 y a Randy Rodríguez por $50,000—dos nombres que el texto destaca como los únicos lanzadores latinos formados en casa desde Marichal en llegar a un Juego de Estrellas, ambos en los últimos tres años.

Hoy, los Giants tienen más libertad para gastar, y el dinero suena más fuerte—$2,997,500 por un campocorto dominicano, $5 millones por un campocorto venezolano—pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿podrán finalmente desarrollar, no solo adquirir? Buster Posey, ahora presidente de operaciones de béisbol tras la temporada 2024, visitó la academia Alou al inicio de su gestión, y Salermo lo llamó una “declaración de impacto”, una señal para el personal: “Estoy con ustedes.”

En América Latina, los sueños beisboleros se forjan en barrios donde el talento es común pero la oportunidad no. La nueva ola de los Giants—Gonzalez, Hernández y los nombres caribeños que llenan el sistema de ligas menores—ofrece una narrativa diferente a la que los aficionados han vivido durante décadas: no la historia de ver a otros clubes cosechar lo mejor de la región, sino la de intentar, por fin, ser dignos guardianes de esos sueños. No es una garantía de campeonatos. Es algo más raro para esta franquicia en este mercado: la oportunidad de dejar de estar ausentes de un continente que siempre ha sido central para el juego.

Crédito: The San Francisco Standard — Por John Shea

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