La tentación del dólar regresa a América Latina mientras Washington vuelve a oler influencia
Tras la salida de Nicolás Maduro, el poder estadounidense vuelve a entrar en el hemisferio con un arma más suave: la moneda. Un renovado impulso por la dolarización revive viejas preguntas latinoamericanas sobre soberanía, estabilidad y si Washington quiere vecinos que compartan su dinero—o que le deban algo.
Un nuevo mapa dibujado en billetes
La caída de un dictador suele narrarse en discursos y escenas callejeras—banderas, cánticos, siluetas frente a la reja de un palacio. Pero el texto que usted proporcionó insiste en que la historia más trascendental puede ser más silenciosa: lo que ocurre después de Venezuela cuando Washington percibe una nueva oportunidad en el hemisferio. La salida de Nicolás Maduro, sostiene, “presagia una mayor participación de EE.UU. en el hemisferio occidental”, y el próximo instrumento puede no ser militar ni siquiera abiertamente político. Puede ser monetario.
La pregunta central es directa: ¿le conviene a Estados Unidos expandir su poder blando alentando a los países de América a adoptar el dólar estadounidense, ya la moneda de reserva dominante en el mundo, mediante acuerdos más formales para el comercio y las relaciones financieras? En América Latina, donde la memoria de la influencia externa no es teórica sino vivida—a través de crisis de deuda, ajustes estructurales y bruscos cambios de capital extranjero—el “poder blando” rara vez se siente suave. Se siente como gravedad. El dólar, en ese sentido, no es solo un medio de pago; es una forma de ordenar la sala.
El texto contrasta esta vacilación en Washington con Europa, donde los líderes forjaron deliberadamente una unión monetaria para profundizar la integración y fortalecer la seguridad regional. La eurozona ahora cuenta con veintiún naciones que usan una moneda común emitida por el Banco Central Europeo. Las Américas, en comparación, siguen siendo un mosaico de más de tres docenas de monedas oficiales. Solo Ecuador, El Salvador y Panamá han adoptado el dólar estadounidense como moneda nacional. La implicación es que el hemisferio sigue fragmentado económicamente no porque una moneda común sea imposible, sino porque Estados Unidos nunca ha decidido plenamente si quiere esa intimidad con sus vecinos.
El debate ha estado sobre la mesa antes. Una audiencia del Comité Bancario del Senado en 1999 consideró si EE.UU. debía alentar oficialmente la dolarización, y no surgió una resolución firme. Pero el texto sugiere que el enfoque actual de Washington en el “progreso regional” ha agudizado los dilemas. El momento, dice, exige una reevaluación de impulsar el dólar en el patio trasero de América.
La promesa de estabilidad y el costo de la obediencia
Para muchos latinoamericanos, la moneda es una especie de nervio nacional. Lleva el orgullo de la independencia y el temor al colapso. El texto expone los beneficios de la dolarización con la lógica limpia de contadores y banqueros centrales. Los países que se dolarizan, dice, efectivamente entregan a EE.UU. la ganancia de emitir dinero—el señoreaje—que funciona como un préstamo sin intereses para Washington. La moneda compartida reduce el costo de hacer negocios y disminuye la incertidumbre sobre los tipos de cambio futuros. Esa reducción del riesgo, argumenta el texto, aumenta la capacidad para el capital productivo y los flujos comerciales. También elimina la “práctica comercial desleal” de la manipulación cambiaria.
Y aun así, incluso los pros llevan una sombra que América Latina reconoce instintivamente: cuanto más fluidos los lazos económicos, más apretado puede volverse el nudo político. La lista de contras del texto suena como una advertencia escrita por la historia misma. Los países dolarizados podrían asumir que ahora tienen derecho a apoyo estadounidense. Si Washington no ofrece asistencia especial en tiempos difíciles, podría crecer el resentimiento de haber entregado la soberanía monetaria nacional a cambio de una promesa que nunca existió realmente. En vez de mantener el compromiso con reformas económicas y fiscales sólidas, los líderes podrían desviar la culpa de los problemas internos hacia Washington.
Aquí es donde la perspectiva latinoamericana cambia la temperatura del debate. La dolarización puede venderse como estabilidad, pero también puede vivirse como rendición—especialmente si la gente común siente la pérdida de herramientas de política sin recibir las protecciones que imaginaban venían con la bandera en el billete. El texto insiste en que cualquier movimiento tendría que ser claramente voluntario y acompañado de un límite firme: adoptar el dólar no otorgaría acceso privilegiado a la liquidez y facilidades de financiamiento de la Reserva Federal, y la política monetaria estadounidense no sería influida por la decisión de otro país de dolarizarse. En lenguaje sencillo, un país podría tomar el dólar, pero no el volante.
La apuesta estratégica del autor es que si la dolarización expandiera la participación estadounidense en los mercados latinoamericanos, Estados Unidos se beneficiaría desproporcionadamente del crecimiento regional. Una mayor estabilidad financiera y un desarrollo rápido en los países emergentes del hemisferio podrían servir a los intereses nacionales de EE.UU., argumenta el texto, porque la prosperidad compartida fortalece las alianzas políticas. En América Latina, donde las alianzas a menudo han sido puestas a prueba por la asimetría, la frase “prosperidad compartida” puede sonar esperanzadora y amenazante a la vez—dependiendo de quién escriba las reglas.

Trump, BRICS y el dólar como arma
El texto luego plantea una pregunta que suena razonable hasta que uno recuerda cómo funciona el poder: si el dólar ya tiene una participación del cincuenta por ciento en los pagos internacionales, ¿por qué importa si otras naciones realizan comercio e inversiones en moneda estadounidense o en otra? La respuesta, dice, es política—y es personal para el presidente Donald Trump.
“La idea de que los países BRICS intenten alejarse del dólar mientras nosotros miramos es INACEPTABLE”, escribió Trump en Truth Social en noviembre de 2024, refiriéndose al bloque que busca desafiar la hegemonía del dólar. El texto señala que el bloque—Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica—se ha ampliado para incluir a Egipto, Etiopía, Indonesia, Irán y los Emiratos Árabes Unidos. Trump exigió un compromiso de que no crearían una nueva moneda BRICS ni respaldarían ninguna otra moneda para reemplazar al dólar, advirtiendo que enfrentarían aranceles del cien por ciento y deberían “despedirse” de vender en la economía estadounidense.
Luego viene la escena que América Latina lee con particular claridad: julio, Río de Janeiro, la cumbre de los BRICS organizada por el presidente brasileño Luiz Inácio “Lula” da Silva. Trump, dice el texto, publicó un recordatorio de aranceles aumentados para “cualquier país que se alinee con las políticas antiestadounidenses de BRICS BRICS”. La repetición en esa frase casi suena como un tambor—una insistencia en que la independencia monetaria será tratada como deslealtad. En un hemisferio donde la frontera entre la política comercial y la disciplina política a menudo ha sido tenue, la moneda se convierte no solo en una herramienta sino en un disparo de advertencia.
De Bretton Woods al próximo acuerdo de las Américas
El texto ancla esta historia de poder en la historia. La conexión entre capacidades militares y acuerdos monetarios es de larga data, sostiene, citando al Nobel Robert Mundell: “las grandes potencias tienen grandes monedas”. Mundell, descrito como una fuerza intelectual detrás de la agenda económica de oferta de Reagan y como padre del euro, planteó el dilema central: ¿cuándo conviene a los países renunciar a la soberanía monetaria para unirse a una unión monetaria o a un sistema de tipo de cambio fijo?
No es demasiado pronto, dice el texto, para planear cómo podrían evolucionar los acuerdos monetarios en las Américas “de manera beneficiosa”. Remonta a julio de 1944, cuando la Segunda Guerra Mundial aún seguía y EE.UU. reunió a representantes de cuarenta y cuatro naciones aliadas en Bretton Woods, New Hampshire, para crear un sistema de tipos fijos anclado por un dólar convertible en oro. En “Changing Fortunes”, el ex presidente de la Fed Paul Volcker escribió que el desempeño de la economía mundial en los primeros veinticinco años tras Bretton Woods fue “excepcional”.
La nota termina con una esperanza enmarcada en lenguaje de la era Trump: que propuestas estratégicas sobre la moneda puedan ayudar a hacer grande de nuevo el dinero estadounidense. Desde una perspectiva latinoamericana, la pregunta final es más silenciosa y difícil: si se le pide al hemisferio que abrace más fuerte el dólar, ¿será invitado a la sala donde se fija su futuro—o solo se le pedirá aceptar la tasa una vez que ya esté decidida?
Crédito: The Wall Street Journal — Por Judy Shelton
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