ECONOMÍA

Los cubanos caminan mientras la crisis de combustible paraliza la vida diaria

Mientras la presión de EE. UU. reduce el suministro de petróleo a Cuba, los autobuses escasean, las gasolineras se quedan sin combustible y muchos cubanos caminan kilómetros para llegar al trabajo. En La Habana y más allá, esta crisis de transporte está cambiando las rutinas diarias, los ingresos y la resistencia de las personas.

Veinte kilómetros antes del desayuno

Cuando Maykel llega a su puesto en el mercado, su camisa está húmeda y siente las piernas vacías. Tiene treinta y cinco años y vende viandas para ganarse la vida. Nunca había caminado tanto antes. Ahora camina veinte kilómetros todos los días, ida y vuelta, porque tomar el transporte público le costaría alrededor del 16% de su salario mensual. Dieciséis por ciento solo para moverse.

La aritmética es cruel en su simpleza. Pagar el transporte y perder una parte del salario. Caminar y perder fuerzas. Él eligió sus piernas.

“Pero bueno, sobrevivimos”, le dijo a EFE desde detrás de su puesto, con palabras llenas de un cansancio real y vivido.

Su rostro cansado refleja el de muchos otros en la isla. Cuba enfrenta otra crisis de transporte, llevada al límite por una presión petrolera de EE. UU. iniciada en enero, cuando Washington amenazó con aranceles a los países que venden petróleo a La Habana. Esto ha restringido aún más el suministro de combustible a una economía ya debilitada por seis años de crisis severa. El problema es que en Cuba, el transporte no es solo un tema secundario. Es la columna vertebral de la vida diaria.

Los cubanos saben lo que es lidiar con un transporte público poco confiable. A veces los autobuses no pasan, otras veces simplemente no alcanzan. Pero incluso para quienes están acostumbrados a la escasez, los últimos días se sienten diferentes. Más repentinos. Más absolutos.

El gobierno ha implementado un estricto plan de contingencia. El transporte público se ha reducido. El combustible está fuertemente racionado. Los precios de la gasolina y el diésel se han disparado en el menguante mercado negro. Esto afecta a todos al mismo tiempo. Los autobuses, que ya eran escasos, ahora casi no pasan. En algunas paradas, grandes multitudes se reúnen bajo el calor. En otras, los bancos están vacíos porque la gente simplemente se ha rendido.

En La Habana, el sol del mediodía cae con fuerza. Un leve olor a asfalto caliente se eleva desde la calle.

Una calle sin tráfico vehicular este jueves en La Habana, Cuba. EFE/ Ernesto Mastrascusa

Esperando bajo un sol implacable

Miguel Leyva, de setenta y un años, se sienta en el suelo tras esperar cuatro horas. Encontró un pequeño parche de sombra, pero el sol se va moviendo, así que él también debe moverse. No sabe si una guagua, el autobús que debería llevarlo a la estación de tren, llegará alguna vez. Desde allí, planea tomar un tren a Santiago de Cuba, al otro lado del país, para visitar a su familia.

“El transporte está terrible. No están sacando los autobuses. Sacan uno, y después por diez horas no pasa más ninguno. No hay dinero ni para pagar [el pasaje] ni para comer”, le dijo a EFE, con la frustración brotando en frases cortas. El transporte está terrible. Sacan un bus, y diez horas después ya no queda ninguno. No hay dinero para nada, ni siquiera para comer.

Leyva vive de una pensión de 2,000 pesos cubanos, unos 4 dólares en el mercado informal. Cuando dice que no hay dinero, no es solo una frase. Es un hecho.

La escasez de combustible ha vaciado las calles. Vías que antes tenían un flujo constante de autos ahora se sienten extrañamente vacías. Los conductores que ofrecen servicios de transporte están en el limbo.

“No tengo gasolina. Estoy prácticamente parado. Y lo peor está por venir”, dijo Armando, taxista de sesenta y cinco años, a EFE.

Las gasolineras que venden en pesos cubanos han dejado de despachar combustible. Las estaciones de diésel han cerrado por completo. Las que cobran en dólares funcionan a través de una aplicación móvil que asigna turnos virtuales. La espera puede durar meses, con miles de conductores por delante, y cada persona solo puede comprar hasta veinte litros. Veinte litros no es un plan de negocio. Es solo aplazar el problema.

Algunos recurren al mercado negro, donde un litro puede costar hasta la mitad de un salario mensual promedio, que ronda los seis mil pesos. La mitad de un sueldo por un tanque que no durará mucho. La elección es dura: pagar y arriesgarse a la ruina financiera o detenerse y arriesgarse a quedarse atrás.

Andrés, de sesenta y siete años, hizo sus propios cálculos. “Vi los precios en la calle y decidí andar en bicicleta. Si pago esos precios, me arruino. No veo ninguna prosperidad. La gente se va del país a cualquier parte del planeta porque hoy esto es invivible”, le dijo a EFE.

Su decisión es práctica, casi silenciosa. Una bicicleta en vez de la bancarrota. Es el tipo de decisión que se toma en las mesas de cocina de toda la isla, donde la conversación no es sobre política sino sobre logística. ¿Cómo llegamos al trabajo? ¿Cómo volvemos a casa?

Personas caminan en La Habana, Cuba. EFE.

Triciclos eléctricos y baterías agotadas

Por un corto tiempo, la escasez de combustible pareció una oportunidad para los conductores de triciclos eléctricos que transportan pasajeros por los barrios. Sus pequeños vehículos no necesitan gasolina. Pero la crisis energética de Cuba tiene sus propios desafíos.

Crespo, de sesenta años, observa cómo un puñado de pasajeros sube a la parte de carga de su triciclo eléctrico. Intenta no usarlo demasiado. Los largos apagones diarios dificultan cargar la batería al 100% antes de cada turno. Antes de que Washington endureciera nuevamente las sanciones, podía contar con un grupo de generadores en casa. Ahora, con el diésel escaso, incluso ese respaldo debe ser racionado.

Al otro lado de la calle, Mercedes, de ochenta años, está sola en una parada de autobús. Mira su reloj y confirma a EFE que lleva exactamente 2,5 horas allí. Dos horas y media es mucho tiempo para medir en público. Dice que trata de no coger lucha, de no pelear mentalmente con la situación del país. Es una frase común en Cuba, parte mecanismo de afrontamiento, parte atajo cultural.

“En Cuba ya estamos acostumbrados”, le dijo a EFE.

Esa frase podría sonar a resignación. También podría sonar a resiliencia. La línea entre ambas es muy delgada.

La disputa política que sobrevuela estas escenas no es abstracta. La presión de EE. UU. sobre los proveedores de petróleo se encuentra con el plan de contingencia del gobierno cubano que recorta el transporte y raciona el combustible. Entre esas decisiones están las personas contando pesos, contando kilómetros y contando horas bajo el sol. La política baja hasta el suelo. Llega a los pies que deben caminar veinte kilómetros. A una pensión que no alcanza. A un taxi que no puede moverse.

Cuba camina porque no le queda otra. No como metáfora. Como hecho.

Y en esa larga caminata, la supervivencia no se mide por discursos ni sanciones, sino por si pasa el autobús, si la batería carga y si queda fuerza suficiente para volver a hacerlo todo mañana.

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