Hermanas recicladoras latinas convierten chatarra en energía y educación vecinal
En el sur de Arizona, dos hermanas mexicoamericanas dirigen una empresa familiar de reciclaje que nació cuando este trabajo era visto como simple recolección de basura. Ahora, Recyco procesa hasta 6,000 toneladas al año mientras transforma programas comunitarios en un silencioso proyecto cívico fronterizo.
Un patio donde antes jugaban niños y los cheques aún importan
En el mismo lugar donde antes corrían después de la escuela, ahora las hermanas dirigen el día a día. El aire lleva ese olor industrial seco a polvo y metal, y el patio tiene su propio ritmo: el tintinear del aluminio, el golpe más pesado del acero, la pausa cuando se pesa una carga. No es un trabajo glamoroso. Es un trabajo constante. Y está inmerso en una larga discusión sobre qué trabajo cuenta y a quién se le cree cuando dice que dirige el lugar.
Recyco fue fundada hace más de cuatro décadas por sus padres, Marco y Olga Gallego, inmigrantes de Sonora, México, quienes construyeron la empresa tras años de experiencia en la industria, mostrando resiliencia y raíces comunitarias.
“Somos una empresa familiar, establecida y operada por mujeres”, dijo Vanessa Gallego Luján a EFE, desafiando estereotipos e inspirando respeto entre la audiencia.
Su padre, explican, construyó contactos a ambos lados de la frontera entre EE.UU. y México para sostener la empresa, mientras que su madre manejaba las operaciones diarias. Según cuentan, esto no era una narrativa de mercadotecnia. Era el sistema real que mantenía abiertas las puertas. “Mi madre fue y sigue siendo nuestro pilar, nuestra motivación y un ejemplo a seguir”, dijo Gallego Luján a EFE. En esa frase se escucha la historia familiar, así como el sentido de aprendizaje: el negocio era el aula y su madre, la maestra.

De trabajo menospreciado a industria esencial
Con el tiempo, la empresa creció hasta convertirse en una operación que procesa entre 5,000 y 6,000 toneladas de materiales y metales, incluyendo aluminio, cobre y acero, en dos sitios en Tucson. También adquieren electrodomésticos en desuso, evitando que objetos voluminosos terminen en el vertedero municipal. La escala importa, pero también la forma en que las hermanas lo cuentan. No describen una transformación brillante. Hablan de persistencia y de un lento cambio cultural en el que un trabajo antes menospreciado como sucio es ahora reconocido como infraestructura.
Incluso ahora, viejas expectativas aparecen en el mostrador. “Todavía hay personas que preguntan, ‘¿Dónde está el jefe?’ o ‘¿Dónde está el dueño?’ y se sorprenden al ver que somos dos mujeres quienes somos dueñas de la empresa”, dijo Bélgica Macías, administradora y dueña de Recyco, a EFE. La sorpresa es el punto. Lo que esto hace es exponer un reflejo que va más allá de una industria: se espera que la autoridad llegue en cierta voz, cierta postura, cierto género. Cuando no es así, la gente actúa como si a la empresa le faltara la firma final.
Para Macías y Gallego Luján, hacerse cargo no fue extraño. Ellas crecieron allí. Macías recuerda jugar y correr después de la escuela. Al mismo tiempo, su madre trabajaba, un detalle que resulta tanto tierno como práctico porque implica cuán entrelazadas estaban la vida familiar y el trabajo. También recuerda pagar a las personas que traían material reciclable cuando era muy joven, y recibir su primer cheque en ese mismo lugar porque su madre insistió en que aprendieran a manejar sus propias finanzas. Es una observación cotidiana con filo: en muchas familias, los niños aprenden que el dinero es fuente de ansiedad; aquí, se enseñaba como una herramienta.
Ahora Macías dirige la administración de la planta mientras Gallego Luján fortalece los lazos comunitarios, convirtiendo el patio en una fuente de orgullo y pertenencia local.

Enseñando el reciclaje como un idioma familiar
Recyco participa en programas educativos en escuelas locales para fomentar una cultura de reciclaje, y las hermanas enmarcan la lección de una manera que resulta fiel a la dinámica familiar. “Muchas veces son los niños quienes educan a los padres”, dijo Gallego Luján a EFE. Es una frase sencilla, pero capta algo real: los hábitos no se transmiten solo de adultos a niños; también se mueven de lado y hacia arriba, especialmente en comunidades donde las escuelas sirven como puente para información que los hogares no aprendieron de pequeños.
También colaboran en eventos comunitarios como el Día de la Tierra y el Día del Niño, y trabajan con el zoológico y otros negocios para evitar que miles de toneladas de material terminen en el vertedero municipal. Su enfoque combina la lógica empresarial con la lógica vecinal, la idea de que la comunidad no está separada de la clientela, sino que la conforma. Macías sostiene que ser mujeres les da la sensibilidad para apoyar a la comunidad, y sus ejemplos se mantienen anclados en vidas concretas más que en eslóganes. Hablan con orgullo de una mujer que comenzó reciclando pequeñas cantidades de latas y ahora recibe cerca de $1,000 por visita, un cambio que le ha permitido lograr independencia económica. También mencionan a un hombre en situación de calle a quien se le ofreció un trabajo después de comprometerse a mantenerse sobrio durante tres meses, una pequeña promesa condicional que se convirtió en estabilidad.
Recyco sigue siendo una empresa familiar donde tíos, primos y amigos trabajan junto a ellas, enfocados no solo en aumentar el reciclaje sino también en educar a la comunidad latina sobre los beneficios ambientales y económicos de esta práctica. Su labor ha sido reconocida por la alcaldesa de Tucson, Regina Romero, y la gobernadora de Arizona, Katie Hobbs, un guiño del poder formal a una empresa que ha pasado décadas haciendo el trabajo poco glamoroso que mantiene funcionando a una ciudad. La frase memorable aquí no es tanto un eslogan como un recordatorio de la realidad: en la frontera, la dignidad suele construirse en lugares que huelen a metal y polvo, mucho antes de ser aplaudida en público.



