De la revolución a los envíos de ayuda y el petróleo, México mantiene cerca a Cuba
La presión arancelaria de Washington sobre los países que envían petróleo a Cuba ha vuelto a poner a México en el centro de atención. Pero la cuestión del combustible es solo el último capítulo de una relación descrita como “única” desde la Revolución Cubana. Ahora la prueba es si esa historia aún puede funcionar como política.
Un pallet de alimentos, un barril de combustible y un patrón familiar
Es fácil hablar del petróleo como si fuera un tema técnico, números que se mueven por una tubería de trámites. Luego imaginas la carga. Peso. Cajas apiladas, selladas, enviadas y contadas. México anunció el domingo que envió más de 814 toneladas de alimentos a Cuba como ayuda humanitaria, mientras evalúa cómo suministrar crudo sin ser sancionado por Washington. En América Latina, la logística nunca es solo logística. Un envío es una señal que se puede medir.
El problema es que el apoyo de México a Cuba no es una improvisación reciente provocada por la presión arancelaria actual. Es un hábito formado con el tiempo, reforzado por decisiones tomadas cuando el hemisferio era más frío y los costos de la desobediencia eran mayores. Lo que parece un debate energético es también un debate sobre si una postura diplomática de larga data puede ajustarse sin romperse.
Académicos mexicanos dijeron a EFE que el vínculo con Cuba está entre los más importantes de México a nivel global y es el más simbólico, enraizado en lazos históricos y culturales profundos que inspiran orgullo y un sentido de identidad compartida entre el público.

Historia antes de la revolución, luego la revolución como punto de inflexión
Una razón por la que la relación absorbe tanto significado es que no se limita a la era contemporánea. Jazmín Benítez, investigadora de la Universidad Autónoma del Estado de Quintana Roo, dijo que su origen “va mucho más allá de la época contemporánea”, contó a EFE, rastreándolo hasta el periodo colonial, cuando ambos territorios formaban parte del Imperio Español.
Ese encuadre importa porque lleva la historia más allá de un simple abrazo ideológico. En este relato, ya existía una geografía compartida y un circuito histórico común. Más tarde, después de que Cuba logró la independencia en 1902, México la reconoció como estado independiente. Benítez describió una buena relación, moldeada en parte por el hecho de que ambos países pertenecen a una esfera regional caribeña. En otras palabras, la familiaridad precedió a la revolución.
Luego, llega 1959 y la relación se convierte en otra cosa.
Ricardo Domínguez, investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México, dijo que los lazos “se fortalecieron” tras el derrocamiento de Fulgencio Batista y la llegada de los revolucionarios cubanos al poder. México, explicó, fue el primer país en reconocer al nuevo gobierno en La Habana. Y antes del triunfo, había dado refugio a los revolucionarios cubanos y les permitió comprar armas para derrocar el régimen de Batista.
Las notas también sitúan a Fidel Castro y al Che Guevara en México, “preparando” la revolución. Ese detalle es más que una anécdota. Es la bisagra. Cuando los orígenes de una ruptura política pasan por tu territorio, la neutralidad se vuelve más difícil de sostener después. Domínguez sugirió que por eso la relación se volvió una cuestión ideológica, no simplemente una preferencia diplomática.

La diplomacia como apoyo, y el apoyo como tradición
El giro ideológico no se quedó en la memoria. Se convirtió en política.
México se negó a romper relaciones con Cuba en 1962, en un momento en que la mayoría de los países de la Organización de Estados Americanos tomaron el camino opuesto. También se negó a respaldar el embargo estadounidense contra Cuba en las Naciones Unidas. “México ha mantenido una política consistente de solidaridad y compromiso con el pueblo cubano a lo largo de la historia reciente”, dijo Domínguez a EFE.
La consistencia puede ser una virtud, especialmente en una región donde la política exterior suele cambiar con cada administración. Pero sanciones como la presión arancelaria de Estados Unidos sobre las exportaciones de petróleo a Cuba amenazan directamente la capacidad de México para mantener su apoyo, planteando preguntas sobre los límites prácticos de su postura diplomática.
Ambos especialistas en las notas también enfatizan la resiliencia. A pesar de los “altibajos”, argumentan, la relación se ha mantenido vigente sin importar qué partido gobierne México. Presidentes con diferentes “ideologías y sensibilidades” la trataron como estratégica y muy cercana, enmarcada como un asunto de seguridad nacional y permitiendo a México actuar como puente entre Cuba y Estados Unidos.
Esta idea de puente es central porque presenta el apoyo no como ruptura sino como mediación. La apuesta aquí es que mantenerse conectado con La Habana puede justificarse como una función estabilizadora, una forma de mantener abiertos los canales entre Cuba y Washington. Sin embargo, tender puentes rara vez es apreciado por ambos lados al mismo tiempo. En la práctica, puede parecer tomar partido precisamente porque se rechaza la demanda de aislar.
Benítez vinculó esta continuidad con la tradición diplomática de México de cooperación y no intervención, una postura moral que resuena con la valoración del público por una política exterior de principios basada en la soberanía y el respeto.
Pero las doctrinas se ponen a prueba de manera concreta. A veces son desafiadas por crisis, como las recientes sanciones y presiones arancelarias de Estados Unidos, que obligan a México a reconsiderar cómo equilibrar su apoyo a Cuba con sus propios intereses nacionales y obligaciones internacionales.
Petróleo desde 2012, afinidad ideológica ahora y una nueva visibilidad
La energía es la capa más nueva y visible del apoyo de México. Las notas señalan que el petróleo se ha enviado a Cuba a tarifas muy preferenciales desde 2012. También afirman que bajo los gobiernos de Andrés Manuel López Obrador de 2018 a 2024 y de Claudia Sheinbaum actualmente, existe una mayor “afinidad ideológica”, descrita como hacer justicia a la “relación histórica”.
El petróleo es distinto a la retórica porque es medible e inmediatamente legible. Afecta la vida cotidiana de una manera que los discursos no logran. Por eso parte del escrutinio actual se concentra en el petróleo. La presión arancelaria dirigida a los flujos petroleros obliga a México a preguntarse si una relación de larga data aún puede expresarse en apoyo material sin desencadenar sanciones.
Aquí es donde el envío de ayuda se vuelve más que una nota humanitaria. El anuncio de México de que envió más de 814 toneladas de alimentos a Cuba se suma a la cuestión petrolera como prueba de que el apoyo toma múltiples formas. También revela el acto de equilibrio del gobierno. Brindar ayuda. Mantener la relación. Evitar sanciones.
La afinidad ideológica puede explicar la cercanía, pero no disuelve el riesgo. La relación, según se presenta en las notas, descansa sobre pilares superpuestos: solidaridad con el pueblo cubano, lógica de seguridad nacional, un papel de puente con Estados Unidos y una doctrina de no intervención. Bajo presión arancelaria, esos pilares pueden empezar a competir. El impulso solidario empuja a mantener el apoyo. La lógica de puente empuja a una calibración cuidadosa. El riesgo de sanciones empuja a la moderación.
Hay una frase que se escribe cuando la historia se niega a quedarse en segundo plano: para México y Cuba, el apoyo no es un momento, es un patrón. De la revolución a las decisiones diplomáticas, a los envíos de ayuda y el petróleo, la postura sigue regresando, incluso cuando cambian las presiones. Y ahora, con Washington observando los flujos petroleros, México debe decidir cómo mantener intacto un lazo histórico asegurándose de que el presente no lo castigue por el pasado.
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