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Muere el muralista mexicano Monroy a los ciento dos años, dejando la revuelta

En Cuernavaca, la muerte de Guillermo Monroy Becerril cierra un vínculo vivo con el siglo muralista de México. Discípulo de Frida Kahlo y asistente de Rivera, insistió siempre en que el arte era inseparable de la lucha social, incluso cuando las instituciones lo reconocieron tarde.

El último aprendizaje, el último mensaje

La microescena no es un estudio con pintura fresca ni un andamio alto contra una pared. Es un breve mensaje público publicado tras su muerte que intenta capturar toda una vida en unas pocas líneas. El gobierno del estado de Morelos anunció la muerte de Guillermo Monroy Becerril a los 102 años, llamándolo un grande del arte, un muralista excepcional, discípulo de Frida Kahlo y asistente de Diego Rivera, un hombre cuya vida y obra estuvieron ligadas a los pilares del arte mexicano.

Murió en Cuernavaca, la capital del estado donde vivía, vecino de la Ciudad de México. Había cumplido ciento dos años el siete de enero. Su edad importa, no como dato curioso, sino como recordatorio de que el muralismo mexicano no es solo historia en libros y etiquetas de museo. Durante mucho tiempo, también fue un aprendizaje vivo, transmitido en la memoria, en las aulas, sostenido en las manos de artistas que conocieron la historia de origen de primera mano.

Monroy pertenecía a un grupo conocido como Los Fridos, estudiantes de Frida Kahlo, y contribuyó a través de murales, dibujos y grabados, moldeando la evolución del arte mexicano. Formado en La Esmeralda, su obra refleja influencias de Kahlo, Rivera, Peña, Anguiano, Lazo, Chávez Morado y Ramírez, lo que lo convierte en una figura clave en el desarrollo del movimiento muralista.

El problema es que cuando un país pierde a una figura así, pierde más que a una persona. Pierde continuidad. La brecha no es solo emocional. Es institucional. Obliga a preguntarse qué quiere México de su tradición de arte público hoy, y qué está dispuesto a financiar, proteger y enseñar.

Debajo del homenaje oficial hay una observación cotidiana y concreta. La mayoría de la gente pasa junto a los murales como pasa junto al clima, medio notando, absorbiendo sin nombrar. Una pared se vuelve parte del trayecto. Un pasillo escolar se convierte en ruido de fondo. Solo miras hacia arriba cuando algo te detiene. La carrera de Monroy se construyó sobre la idea de que las paredes no son neutrales. Son argumentos en los que vives.

El arte como lucha social, no como adorno

En septiembre de 2024, el gobierno de México, a través del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, otorgó a Monroy la Medalla de Oro de las Bellas Artes en Artes Visuales, junto a la escultora Geles Cabrera y el también artista Arturo Estrada. El premio señala algo importante sobre cómo lo ven las instituciones. Lo coloca, oficialmente, entre las figuras que hicieron duradera la cultura visual del país.

Pero lo más agudo es lo que dijo al recibirla. Se describió como un luchador de izquierda y enfatizó que la lucha social era parte integral de su identidad, impulsada por una sensibilidad revolucionaria y plástica. Expresó que no podía pintar sin involucrarse en la lucha social. Agradeció a quienes lo influenciaron y conectó su impacto con su lucha por los campesinos, los trabajadores mexicanos, los estudiantes y todos los que buscan justicia.

Esas palabras importan porque rechazan la versión cómoda del muralismo como simple papel tapiz patrimonial. Según él, el muralismo no es un estilo. Es una postura. Es arte que toma partido y se mantiene ahí, incluso cuando los vientos políticos cambian y las instituciones prefieren un lenguaje más suave.

Esto pone presión sobre cómo la política cultural enmarca el arte. Un artista como Monroy encaja perfectamente en el orgullo nacional cuando se le describe como discípulo de Kahlo y asistente de Rivera. Ese es el encuadre apto para museos, la historia de linaje, la transferencia de prestigio. Su propio encuadre es más difícil. Exige que veas al campesino, al obrero y al estudiante no como temas, sino como compromisos.

La apuesta aquí es si las instituciones culturales de México quieren el muralismo solo como marca o como una forma de arte dinámica y política que sigue exigiendo rendición de cuentas pública y relevancia.

Donde las paredes aún hablan

La obra de Monroy apareció en los principales recintos de México, incluyendo el Palacio de Bellas Artes, la Galería de Arte Plástico Mexicano, el Museo Anahuacalli y el Museo Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo. También viajó internacionalmente, exhibiéndose en Polonia, Checoslovaquia, Alemania, Rusia, China y Estados Unidos. Esa difusión geográfica sugiere una segunda vida para el muralismo mexicano, no solo como narrativa nacional sino también como un lenguaje exportable, una forma en que el mundo aprendió a leer el siglo XX mexicano a través de imágenes.

Sus murales públicos incluyen Belisario Domínguez y México 1847 en la primaria Belisario Domínguez en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, y El beneficio de las vías de comunicación en la tierra en la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes en la Ciudad de México. No son lienzos privados coleccionados y almacenados. Son obras ubicadas en espacios cívicos, escuelas, edificios gubernamentales y a lo largo de las rutas donde ocurre la vida cotidiana.

Esa ubicación es el punto. El muralismo fue creado para ser visto por personas que no compran arte. Fue hecho para enseñar y provocar en el aire libre de la vida pública. También fue construido en un México moldeado por la revolución, la lucha agraria, la organización obrera y las largas réplicas de la desigualdad. Cuando Monroy dice que no podía pintar sin la lucha social, no está posando. Se está colocando dentro de la descripción original del trabajo de la tradición.

Su muerte, por lo tanto, es más que una esquela cultural. Invita a reflexionar sobre lo que significa mantener el arte público accesible y vivo. ¿Quién mantiene los murales en escuelas y edificios gubernamentales? ¿Quién financia su conservación? ¿Quién apoya nuevos murales? ¿Quién forma a los futuros artistas para que comprendan la importancia de estos muros?

Existe la tentación, cuando alguien llega a los 102 años, de envolver su historia en admiración y cerrar el expediente. Las propias palabras de Monroy resisten ese cierre. Insisten en el trabajo inconcluso. Insisten en la lucha.

Y quizá esa sea la línea más humana que un periodista puede escribir sobre un muralista que vivió tanto. El muro sobrevive al pintor, pero aún pide algo a quienes pasan frente a él.

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