Las muertes por inundaciones ponen a prueba a América Latina mientras suben los ríos y fallan los drenajes
Desde las calles de Guayaquil hasta las laderas de los Andes, las lluvias de febrero a marzo están causando muertes y desplazando personas en toda América Latina. Hasta ahora, se han reportado setenta y siete muertes, siendo Perú y Brasil los más afectados, mientras los patrones climáticos, el mal drenaje y los deslizamientos de tierra se combinan una vez más.
Donde el agua gana primero
En Guayaquil, el agua no entra de golpe. En cambio, se acumula en las zonas bajas, avanza lentamente hacia las puertas y convierte las tareas simples en desvíos. El aire se siente más pesado cuando las calles permanecen mojadas, y el ritmo habitual de la ciudad se ralentiza alrededor del agua estancada. Ecuavisa reportó inundaciones urbanas repetidas durante las lluvias de invierno, con autoridades advirtiendo a los residentes que permanezcan atentos mientras continúan las tormentas.
El problema es que esta no es la historia de un solo país. Las notas detrás de este panorama describen una serie de inundaciones en toda la región vinculadas a un conjunto familiar de mecanismos: anomalías de lluvia asociadas a condiciones de La Niña, desbordamiento de la cuenca amazónica, deslizamientos de tierra en las laderas andinas tras precipitaciones intensas y fallas de drenaje en grandes ciudades. Las cifras, recopiladas de reportes de desastres, boletines meteorológicos y comunicados de autoridades de emergencia, sitúan el número de muertes confirmadas en la región en setenta y siete en las últimas semanas, excluyendo personas desaparecidas, y el desplazamiento en más de doscientas mil personas.
En la Amazonía, el desplazamiento es muy real. Agência Brasil informó que el aumento del nivel de los ríos ha puesto a decenas de municipios en la Amazonía brasileña en alerta o en situación de emergencia, afectando a muchas familias. Mientras tanto, la crisis de Brasil también se extiende hacia el sur, con deslizamientos de tierra y colapsos de puentes en Rio Grande do Sul y Santa Catarina. El patrón es conocido: el agua siempre encuentra los puntos bajos y débiles.
El impacto varía según si un país exporta petróleo, soya, cobre o turismo, pero las inundaciones borran rápidamente esas diferencias. Un puente destruido se convierte en un gran problema económico oculto bajo el lodo. Una carretera bloqueada ralentiza la inflación. Para las familias que viven al día, las primeras pérdidas suelen no ser noticia; son el colchón, el uniforme escolar o la comida de la semana.
En Perú, las zonas más afectadas incluyen Piura, Tumbes, Cusco y las afueras de Lima, con muertes, desaparecidos, deslizamientos de tierra e inundaciones de ríos costeros. Las lluvias extremas han golpeado varias regiones, vinculando la fuerte precipitación a un calentamiento inusual en el Pacífico. El reportaje describía cómo el lodo y las inundaciones pueden tragarse calles y casas en minutos. Un video ampliamente compartido muestra a una mujer gritando: “Agárrenlo. Agárrenlo, por favor”, mientras la corriente arrastra a alguien, un recordatorio contundente de cuán rápido estos eventos se vuelven mortales.

Contando los muertos, contando los costos
Las cifras en las notas se presentan como verificadas cuando es posible, pero aún son provisionales. Los números se verifican cuando es posible, pero siguen siendo provisionales en algunos casos, y esa incertidumbre influye en la historia política. A medida que continúan las lluvias, los conteos cambian. Las cifras de desaparecidos varían. Los gobiernos locales actualizan, revisan y a veces se contradicen entre sí. Esto genera espacio para retrasos y acusaciones, inundaciones en Guayaquil y alertas de desbordamiento de represas. Se declaró el estado de emergencia regional en ocho provincias debido a los impactos en la población, carreteras, infraestructura y medios de vida, según un comunicado de prensa. La cobertura local ha enmarcado repetidamente la situación como una exposición recurrente, especialmente donde los patrones de drenaje y asentamiento dejan a los barrios vulnerables.
En Colombia, el foco está en Antioquia, Chocó y Santander, donde los deslizamientos bloquean carreteras, el río Atrato se desborda y los municipios están en emergencia. Un reciente informe de La República señaló que cientos de municipios siguen en alerta por deslizamientos, siendo Antioquia, Chocó y Santander las zonas de mayor riesgo. El verdadero problema es si la gestión del riesgo es solo papeleo o realmente se pone en práctica. Si existe un plan pero la gente sigue viviendo en laderas inestables y las carreteras siguen siendo frágiles, entonces el plan es solo un documento, no una protección.
La sección de Venezuela en las notas se centra en Zulia y Mérida, donde las inundaciones repentinas y los deslaves se han combinado con cortes de energía en pueblos andinos. El Diario reportó los impactos de las inundaciones a finales de febrero en Mérida, describiendo ríos y quebradas desbordados que invadieron zonas residenciales y cortaron rutas de comunicación, mientras señalaba que el instituto nacional de meteorología e hidrología pronosticaba precipitaciones continuas en partes de Zulia y los estados andinos. Esa es la realidad vivida de la gestión de tormentas: un cierre de carretera también es un problema de acceso a clínicas, de escolaridad, de abastecimiento de alimentos.
El mismo patrón aparece en reportes menores de Guatemala, Honduras, República Dominicana, Chile, Argentina y Bolivia: lugares distintos, pero el mismo choque entre lluvias intensas, infraestructura débil y comunidades vulnerables.

El pronóstico también es un presupuesto
Las notas también examinan las muertes por inundaciones de 2024 a 2026, utilizando datos de bases de datos de desastres como EM-DAT, agencias de defensa civil y reportes de la Cruz Roja. EM-DAT se describe como una base de datos abierta de desastres construida a partir de fuentes de la ONU, ONG, investigaciones y prensa, recordándonos que las comparaciones regionales dependen de la calidad de los reportes que las respaldan.
Aquí es donde el análisis se vuelve incómodo. Las señales climáticas importan, pero la gobernanza decide quién sufre más. Investigaciones sobre la cuenca amazónica han documentado cómo el cambio climático se asocia a extremos más frecuentes, alternando entre sequías e inundaciones, lo que aumenta el riesgo para las comunidades ribereñas y las ciudades que dependen de esos ríos, según el Cary Institute of Ecosystem Studies. Mientras tanto, la hidrología amazónica está determinada por las decisiones de uso de suelo, y las notas señalan explícitamente la deforestación como un factor estructural que puede alterar la dinámica de las inundaciones.
En América Latina, el clima no es solo noticia, es política de vivienda. Es zonificación. Es mantenimiento de drenajes. Es si los barrios en laderas reciben apoyo para estar seguros o solo compasión después de un deslizamiento. Y es si la respuesta de emergencia es el plan principal o solo el último recurso.
La verdadera pregunta es el tiempo. Si las lluvias cesan, la región tiene una breve oportunidad para reparar lo que se rompió, fortalecer lo que queda y reubicar a las personas de los lugares que se inundan cada año. Pero si las lluvias continúan, esa oportunidad se cierra y la temporada de inundaciones se convierte en parte regular de la vida, no solo en una crisis.
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