ANÁLISIS

La lucha por el salario mínimo en Colombia convierte los tribunales en escenarios de campaña, otra vez

El 1 de enero, el nuevo salario mínimo de Colombia apareció tanto en recibos de pago como en hojas de cálculo. Ahora, un tribunal ha suspendido el decreto que lo respalda, reabriendo debates sobre inflación, dignidad y poder mientras se acercan las elecciones y los trabajadores se preparan para marchar este jueves.

Un aumento llega antes de que termine la discusión

La noche del domingo, el país vivió un momento presidencial que se sintió tanto personal como distante. Gustavo Petro se dirigió a la nación en pantalla, anunciando que emitiría un decreto provisional para mantener el salario mínimo en su nivel actual. También prometió nuevos estudios para respaldar el aumento y describió la política usando su término elegido, “salario vital”, que va más allá de simples cifras.

El problema es que justamente la aritmética es lo que ha vuelto al centro del escenario.

Este año, el salario mínimo subió un 23,7 por ciento hasta los 2 millones de pesos, unos 546 dólares, incluyendo el subsidio de transporte. Es una cifra que aparece en lugares cotidianos, no solo en discursos. En las nóminas. En las calculadoras de pequeños negocios. En un momento de tranquilidad, alguien revisa su celular para ver si ya le depositaron. No es abstracto. Tiene el peso del día de renta y del pasaje de bus, y de cómo una etiqueta de precio puede inclinar la semana de un hogar.

Pero justo cuando la política comenzaba a instalarse en la vida diaria, un proceso administrativo de un tribunal la devolvió a la disputa. El Consejo de Estado, el máximo tribunal para litigios administrativos, suspendió provisionalmente el decreto presidencial que ordenaba el aumento. El tribunal ordenó al gobierno emitir un decreto transitorio que determine el porcentaje de aumento y el valor total, mientras se espera un fallo definitivo del poder judicial.

Así que el aumento está ocurriendo en la realidad, pero también se está debatiendo al mismo tiempo.

Este traslape muestra por qué el debate sobre el salario mínimo en Colombia no es solo sobre derechos laborales. También es sobre quién controla el relato: las presiones de precios que preocupan a la gente, la dignidad que buscan los trabajadores, los límites que los empleadores dicen que no se pueden cruzar y las ganancias políticas en juego.

Gustavo Petro (i), reunido con personas en situación de calle. EFE/ Presidencia De Colombia

Cómo se fija el salario en Colombia y por qué esta vez es diferente

El salario mínimo en Colombia tiene una larga memoria institucional. Se creó en mil novecientos cuarenta y cinco y comenzó a aplicarse en mil novecientos cuarenta y nueve. Al principio, variaba según el tipo de actividad productiva. No se unificó hasta mediados de los años ochenta, una decisión tardía que aún resuena en la forma en que los colombianos hablan de la equidad entre sectores y regiones.

En términos de dólares, el salario mínimo en Colombia ha estado en la media en comparación con otros países sudamericanos durante los últimos veinte años. La devaluación del peso y los habituales aumentos moderados, de un solo dígito y ligados a la inflación, explican esto. Pero ese patrón cambió en 2022, el último año de Iván Duque, cuando el salario subió un 10,07 por ciento. Petro continuó esta tendencia con aumentos del 16 por ciento en 2023, 12,07 por ciento en 2024, 9,54 por ciento en 2025 y el sorprendente 23,7 por ciento de este año.

Un detalle clave está detrás de esa sorpresa: el proceso se rompió.

Cada diciembre, el salario mínimo se negocia en la Comisión Permanente de Concertación de Políticas Salariales y Laborales, un organismo tripartito que incluye al gobierno, sindicatos y gremios empresariales. La idea es la concertación, la coordinación, la negociación con límites institucionales. Trabajadores y empleadores presentan propuestas, y si no logran consenso, el gobierno fija el salario por decreto a más tardar el 30 de diciembre.

Esta vez, no hubo acuerdo. Los trabajadores pidieron un aumento del dieciséis por ciento. Los gremios empresariales ofrecieron 7,21%. El gobierno de Petro fijó el 23,7 por ciento, superando lo que ambas partes habían puesto sobre la mesa.

Esto convirtió una negociación de fin de año habitual en un debate sobre cómo lidera el gobierno. ¿Es el Estado solo un árbitro en las conversaciones, o fija una meta y hace que la economía la siga?

Petro ha defendido la segunda postura, invocando el “salario vital” para calcular un salario más alto y, en sus palabras, garantizar mejores condiciones de vida para los trabajadores y sus familias. Las notas dejan claro que el salario mínimo beneficia directamente a unos 2,3 millones de trabajadores, alrededor del 10% de los asalariados en Colombia. El argumento de los críticos también es claro: dicen que un salto del 23,7% impacta la inflación porque afecta algunas tarifas, y argumentan que puede perjudicar a los trabajadores que ganan por encima del mínimo porque el aumento no los incluye.

En términos simples, el principal desacuerdo es este: un lado dice que el costo de la vida es real y los salarios deben acompañarlo. El otro dice que los precios reaccionan a la política, y que esa política puede salir mal.

Pronto llegaron los desafíos legales. Tras la entrada en vigor del nuevo salario mínimo el 1 de enero, los opositores presentaron demandas basadas en preocupaciones económicas. La suspensión temporal del Consejo de Estado el pasado viernes fue el mayor impacto hasta ahora, obligando al gobierno a buscar una solución legal mientras el salario sigue vigente.

El ministro de Trabajo de Colombia, Antonio Sanguino. EFE/ Carlos Ortega

Elecciones de fondo y una marcha en primer plano

El calendario político no es sutil aquí. Colombia celebrará elecciones legislativas el 8 de marzo y presidenciales el 31 de mayo. En ese contexto, el salario mínimo se convierte en una prueba de fuego, un objeto de campaña, un símbolo que los candidatos manejan con cuidado porque puede quemarlos.

Las notas describen a candidatos de derecha que se opusieron al aumento del 23,7% y ahora, temerosos de su impacto electoral, defienden mantenerlo. Proponen compensar a las empresas por los mayores costos reduciendo impuestos. Es un giro que dice mucho sobre cuán rápido los argumentos económicos se doblan bajo la presión electoral, y cómo una política puede volverse popular simplemente por aparecer en un recibo de pago.

Petro parece cómodo hablando directamente al público. Instó a los trabajadores a marchar el jueves para defender el salario vital, calificándolo como un gran logro histórico. La esperanza es que un fuerte apoyo público pueda proteger una política en disputa, que una protesta en la calle respalde un decreto impugnado en los tribunales y que la política logre lo que el sistema legal no puede.

Y sin embargo, la verdad desigual del momento es que a Colombia se le pide sostener varias realidades a la vez. Un salario que ya cambió. Un decreto que ha sido suspendido provisionalmente. Un tribunal que exige una solución transitoria mientras decide. Un gremio empresarial, la ANDI, que inicialmente criticó el aumento y luego reconoció que, como hecho consumado, la sociedad debe asumirlo, y que los empleadores, dentro de sus posibilidades, deben buscar mecanismos para no perjudicar a los trabajadores.

Esa frase, “dentro de sus posibilidades”, queda como una advertencia silenciosa. Es práctica, pero también cautelosa.

Porque los debates sobre el salario mínimo siempre terminan en el mismo lugar: en el límite de lo posible para quién. Para el trabajador cuyo subsidio de transporte se suma a la cuenta mensual. Para el empleador que intenta absorber una nómina más alta. El gobierno intenta reclamar una victoria social sin provocar la misma inflación que podría borrarla.

Es fácil ver esto solo como un asunto técnico o una rutina de fin de año que salió mal. Pero eso deja de lado el lado humano. El aumento ya está aquí. La gente lo ha sentido o lo esperaba. El tribunal actuó después.

Ahora mismo en Colombia, el salario mínimo no es solo una cifra decidida a puerta cerrada. Es un número que recorre el país, moldeado por la ley, la política, el miedo y la esperanza. Se repite, se debate y se repite de nuevo.

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