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La sombra de Diego Maradona aún gobierna Nápoles y atormenta los tribunales argentinos

Cinco años después de la muerte de Diego Maradona, Nápoles todavía lo llora como a un hijo perdido, mientras en Argentina, fiscales, médicos y familiares discuten sobre sus últimos días, rastreando cada decisión y omisión para responder la pregunta que nadie ha logrado enterrar: ¿quién falló a Diego?

Nápoles sigue llorando a su hijo adoptivo

En los Quartieri Spagnoli de Nápoles, donde las calles son apenas más anchas que los tendederos que las cruzan, un hombre llamado Luigi todavía vende camisetas de Maradona desde un pequeño puesto encajado entre motos y portales. Las camisetas cuelgan como banderas en una celebración permanente que nunca termina de sentirse festiva.

Es como si hubiera muerto un familiar,” admite a EFE, mirando hacia los números diez celestes que ondean en la brisa. Para él, y para gran parte de la ciudad, el impacto del 25 de noviembre de 2020 nunca se ha desvanecido del todo.

Ese día, Diego Armando Maradona, el “Pibe de Oro”, murió a los sesenta años por una insuficiencia cardíaca y un edema agudo de pulmón. En Nápoles, donde entregó dos títulos de liga y una Copa de la UEFA y reescribió la identidad local con su zurda, su presencia sigue en todas partes. Observa desde balcones y persianas cerradas, desde murales del tamaño de edificios y llaveros de plástico barato, desde tatuajes en antebrazos que levantan tazas de café cada mañana.

Nápoles no solo admiró a Maradona; lo adoptó. El chico flaco de Villa Fiorito encontró en esta caótica ciudad portuaria un reflejo de su propia historia: pobre, despreciado por los poderosos, desbordante de talento y rabia. Como recuerda Luigi a EFE, Diego miró una vez y decidió: “Esta es mi ciudad.

En una región marcada por el desempleo, el crimen y el desprecio del norte de Italia, su talento le dio a la gente algo que no poseían hacía mucho tiempo: orgullo. Alentar a Maradona era responder a cada estereotipo con un caño y a cada insulto con un gol. Cinco años después de su muerte, el duelo todavía se siente como una pérdida familiar porque así vivieron muchos napolitanos su vida: como el ascenso improbable de un primo, un hermano, uno de los suyos que demostró que el mundo estaba equivocado.

EFE/ Carlos Expósito

Una ciudad y su número diez se eligen mutuamente

La generación más joven de la ciudad conoce a Maradona solo por videos e historias. Sin embargo, incluso ellos hablan de él con la certeza que suele reservarse para los santos.

Gennaro, un joven napolitano que nunca lo vio jugar, ha crecido en el eco de aquellos domingos. Para él, el hombre de los murales es “un dios“, alguien que su abuelo recuerda como generoso, impulsivo, más grande que la vida. “Los mayores sufrieron más,” le dice a EFE. “Ellos sintieron emociones que nosotros no podríamos vivir sin ellas.

Antes de la llegada de Maradona en 1984, el Napoli nunca había ganado la liga italiana. El club existía a la sombra de los poderosos del norte, mientras que la ciudad misma era reducida en el imaginario nacional a clichés de pobreza, corrupción y violencia mafiosa. Dentro y fuera de la cancha, a Nápoles se le decía que debía conocer su lugar.

Diego se negó. Los napolitanos recuerdan no solo los goles, sino la actitud con la que vistió sus colores. Abrazó el insulto “terrone”, un término usado para menospreciar a los sureños, y lo convirtió en combustible. Con él en la camiseta número diez, el Napoli dejó de ser el hazmerreír y se transformó en la pesadilla de Juventus y AC Milan.

Cada 25 de noviembre, la fecha de su muerte, la ciudad todavía se viste de azul y negro. Se forman vigilias espontáneas en los callejones. Viejas radios reproducen relatos de las temporadas de los títulos. En un bar, alguien levanta una copa y dice: “Él nos hizo sentir que valíamos algo.”

Esa emoción no es nostalgia por una vitrina de trofeos; es el recuerdo de una época en la que un chico de Argentina y una ciudad considerada de segunda se eligieron y escalaron juntos.

EFE/ Carlos Expósito

Altares, murales y una peregrinación diaria a Diego

El corazón palpitante de esta devoción es el Largo Maradona, una pequeña plaza en los Quartieri Spagnoli que funciona tanto como espacio público como capilla. Un enorme mural de Diego preside un santuario caótico: bufandas, velas, rosarios, viejas camisetas del Napoli, dibujos de niños y recortes de periódicos amarillentos. Los objetos llegan y nunca se van del todo.

Recientemente, ese santuario estuvo a punto de desaparecer. La policía incautó varios objetos hace un mes, citando normas de seguridad y el hacinamiento en el estrecho callejón. Tras un tenso enfrentamiento y negociaciones con el ayuntamiento, los objetos fueron devueltos, pero el temor a perder este santuario improvisado aún persiste. El guardián del altar, Antonio “Bostik” Esposito, cuenta a EFE que todavía esperan una aprobación definitiva que otorgue al lugar una protección legal acorde con su peso moral.

La mayoría de los días, los turistas hacen fila en silencio para una foto mientras los vecinos pasan con las compras. Sentado frente al mural, pincel en mano, está Juan Pablo, un pintor argentino y amigo de Antonio que se ha vuelto parte de la vida diaria de la plaza. Vino por primera vez a Europa por los museos, explica a EFE, pero terminó instalándose en Nápoles, una ciudad que buscó inicialmente por Maradona.

Cuando eras niño, no soñabas con pintar como Velázquez,” dice con media sonrisa. “Soñabas con jugar como Diego.

Para Juan Pablo, el atractivo de Diego va mucho más allá de las estadísticas futbolísticas. Lo que une a la gente con él, argumenta, es la sensación de que esta superestrella, pese a todos sus excesos, no se escondía detrás de declaraciones pulidas ni silencios educados. Tomaba partido. Hablaba por los pobres, los trabajadores, los marginados, incluso cuando eso enfurecía a presidentes o dueños de clubes.

Nápoles entiende esa postura de manera instintiva. Es una ciudad acostumbrada a sentirse menospreciada por su propio país. Un jugador que vistió su camiseta y abrazó públicamente su estigma se volvió más que un campeón; se convirtió en un símbolo de resistencia. Por eso la peregrinación diaria al Largo Maradona se siente más como una visita a la tumba de un familiar que como una parada en un tour futbolístico.

Mientras una ciudad cuida sus altares, muchos en Argentina se preguntan por las verdaderas causas de la partida de Diego: ¿hubo negligencias médicas o era inevitable? La naturaleza tranquila y privada de su muerte ha desatado debates sobre su salud, sumando capas a su legado duradero y a las discusiones emocionales en torno a sus últimos momentos.

EFE/ Juan Ignacio Roncoroni

Un último partido bajo la lupa

En Argentina, cinco años después de su muerte, las batallas legales en curso sobre las responsabilidades resaltan cómo la vida y la muerte de Maradona siguen profundamente entrelazadas con la identidad nacional. Estos debates revelan el peso emocional y la importancia cultural que aún conserva, mientras familias e instituciones buscan respuestas y justicia.

Ocho profesionales de la salud que lo atendieron en sus últimos días han estado bajo investigación; siete ya comparecieron ante el tribunal. El juicio que comenzó en marzo de 2024 se detuvo abruptamente a fines de mayo, luego de que se supiera que la jueza, Julieta Makintach, aparecía en un documental sobre el caso. El proceso está ahora programado para reiniciarse en marzo de 2026, prolongando la espera para sus hijas y hermanos, que quieren saber si su muerte pudo haberse evitado y quién, si es que hay alguien, será considerado responsable.

Las pruebas escuchadas hasta ahora y reportadas por EFE dibujan un panorama sombrío de un cuerpo que había soportado demasiado durante demasiado tiempo. La autopsia reveló una enfermedad hepática avanzada, problemas pulmonares crónicos, graves afecciones renales y un corazón agrandado que pesaba más del doble de lo normal. La causa oficial de la muerte fue un edema agudo de pulmón vinculado al agravamiento de una insuficiencia cardíaca crónica en un cuerpo ya sobrecargado y exhausto.

Maradona se había sometido a una cirugía cerebral apenas unas semanas antes en la Clínica Olivos, en las afueras de Buenos Aires. Según el testimonio de sus hijas, al ser dado de alta, el neurocirujano a cargo, Leopoldo Luque, persuadió a la familia para aceptar la internación domiciliaria en vez de trasladarlo a una clínica de rehabilitación, como aconsejaban otros médicos.

En los papeles, la casa en un barrio cerrado al norte de la capital debía ofrecer un nivel de atención comparable al de la clínica. En la práctica, familiares y testigos describieron a EFE algo más parecido a un decorado improvisado. Una ambulancia de alta complejidad que debía estar apostada afuera, según se informó, solo estuvo los dos primeros días. La propiedad estaba mal adaptada para un hombre con movilidad reducida. No había desfibrilador, a pesar de su condición cardíaca.

Su hija Gianinna describió luego el montaje como una “obra de teatro desastrosa.”

Los análisis toxicológicos mostraron que Diego murió sin alcohol ni drogas ilegales en su organismo. Sin embargo, su cuerpo estaba hinchado de líquidos. Los expertos hablaron de edema “de la cabeza a los pies” y calcularon que los cuatro litros y medio de líquido hallados solo podían haberse acumulado durante varios días. Gianinna declaró que le dijo repetidamente a Luque que veía a su padre “cada vez peor” y le respondían que tenía “altibajos.”

La reconstrucción de sus últimas horas, presentada en el tribunal y reportada por EFE, transmite un horror silencioso: un último control clínico poco después de la medianoche del 25 de noviembre. Una enfermera duerme en una habitación alejada de su cama. Sin monitoreo continuo. Un médico de emergencias que llegó cerca del mediodía concluyó que el ex capitán llevaba ya un tiempo fallecido.

Por indicación médica, los familiares tenían restringidas las visitas para que pudiera “descansar”. Ahora temen que, en esas horas cruciales, el hombre que hizo gritar a millones en estadios de todo el mundo haya estado mayormente solo.

EFE/ma

De Las Cebollitas al ícono eterno

Estos duros detalles chocan con la curva mítica de su historia. Nacido en el humilde suburbio bonaerense de Villa Fiorito, Diego se unió al equipo infantil Las Cebollitas a los ocho años y asombraba a las multitudes en los entretiempos con malabares que parecían trucos de magia.

A los catorce firmó con Argentinos Juniors y, diez días antes de cumplir dieciséis, debutó en primera división. Solo unos meses después, se convirtió en el jugador más joven en vestir la camiseta de la selección argentina. Excluido del Mundial 1978 porque los técnicos consideraban que era demasiado joven, respondió liderando al equipo sub-20 al título del Mundial Juvenil al año siguiente.

En 1981 pasó a Boca Juniors y ganó el campeonato antes de partir a Europa. En el Barcelona levantó la Copa del Rey. Sin embargo, el traspaso que definiría su legado llegó en 1984, cuando se unió al Napoli y llevó a un club crónicamente perdedor a la cima del fútbol italiano y europeo. Dos títulos de Serie A y una Copa de la UEFA lo transformaron en un santo laico en los barrios obreros de la ciudad.

Su genialidad era inseparable del caos. Un arresto por posesión de cocaína le valió una suspensión de quince meses y su salida del Napoli. Luego tuvo pasos por el Sevilla y Newell’s Old Boys, y un regreso final a Boca Juniors, donde jugó su último partido profesional en 1997.

Con Argentina disputó cuatro Mundiales. México 1986 sigue siendo su obra maestra: el famoso gol de la “Mano de Dios” ante Inglaterra, seguido minutos después por la corrida que muchos aún llaman el gol del siglo. Su último Mundial, en 1994, terminó abruptamente cuando fue enviado a casa tras dar positivo por un estimulante prohibido.

En 21 años de carrera profesional, jugó 490 partidos oficiales de clubes y marcó 259 goles; con Argentina anotó 34 goles en 91 partidos. Mediocampista combativo de origen obrero, se convirtió en héroe para quienes veían en él un reflejo de sus propias luchas, desde los barrios de Buenos Aires hasta las angostas calles de Nápoles. En una encuesta online organizada por la FIFA, los aficionados lo eligieron como el mejor jugador del siglo XX.

En sus últimos años, Maradona intentó reinventarse como entrenador, dirigiendo a Argentina en el Mundial 2010, trabajando en Emiratos Árabes Unidos y otros países de Medio Oriente, y finalmente en México con Dorados de Sinaloa. Incluso cuando su salud se deterioraba, seguía siendo magnético: volátil, generoso, contradictorio, imposible de ignorar.

Cinco años después de su muerte, esas contradicciones siguen sin resolverse. En Nápoles, Luigi sigue doblando camisetas celestes número diez mientras los turistas posan bajo el mural del Largo Maradona y los niños rebotan la pelota en los adoquines como si él pudiera aparecer en la esquina. En Buenos Aires, los abogados se preparan para un nuevo juicio, los peritos afinan sus informes y sus hijas se preparan para otra ronda de testimonios.

Para millones de hinchas, sin embargo, el veredicto ya está escrito, no en lenguaje legal sino en grafitis, en cánticos, en la forma en que un estadio ruge cuando alguien con la camiseta número diez toma la pelota y se anima a gambetear. Más allá de lo que decidan los tribunales sobre sus últimas horas, el chico de Villa Fiorito, el hijo adoptivo de Nápoles, seguirá siendo algo más grande que la suma de sus escándalos: un símbolo de belleza y rebeldía que se negó a aceptar su lugar.

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