Ciudad de Guatemala enfrenta disturbios mientras El Gallito reabre y la ciudad se siente sitiada
Tras el asesinato de diez policías y la declaración de un estado de sitio, patrullas armadas ingresan a El Gallito, un barrio durante mucho tiempo dominado por pandillas, revelando cómo el miedo, los poderes de emergencia y la vida cotidiana chocan en Ciudad de Guatemala, mientras residentes, agentes y errores se vuelven mortales.
Un barrio al que solo se entra con permiso
El Gallito, un barrio densamente poblado a solo dos kilómetros del centro histórico de Ciudad de Guatemala, ha existido durante mucho tiempo más allá de las fronteras invisibles de la ciudad. Entrar sin el permiso de las estructuras criminales que dominan la zona—o sin protección armada del Estado—es apostar a no salir con vida. Esa realidad volvió con fuerza hace tres días, cuando dos jóvenes entraron al barrio por error y fueron recibidos a balazos. Uno de ellos, de veintidós años, murió a causa de sus heridas.
El tiroteo ocurrió la mañana del martes, después de que el gobierno ya había declarado un estado de sitio nacional. El decreto siguió al asesinato de diez policías el domingo en diferentes puntos de la capital, ataques que las autoridades atribuyen a represalias de pandillas. Para los habitantes de El Gallito, la coincidencia fue amarga: los poderes de emergencia llegaron no como prevención, sino como consecuencia.
Históricamente, El Gallito ha sido una zona prohibida para los forasteros. El acceso a sus calles más volátiles requiere la aprobación de los jefes locales y el estricto cumplimiento de reglas no escritas, como conducir con las ventanas del auto abajo para mostrar quién va dentro. La geografía del barrio—callejones estrechos, casas apiladas, salidas limitadas—ha favorecido durante mucho tiempo el control criminal sobre la autoridad pública.
Esta semana, ese equilibrio cambió, al menos temporalmente. Soldados y agentes de la Policía Nacional Civil ingresaron con vehículos blindados y fusiles, realizando patrullajes que habrían sido impensables sin el respaldo legal del estado de sitio. Los periodistas que acompañaron a las fuerzas de seguridad lo hicieron bajo fuerte protección, recordando que la visibilidad en sí misma sigue siendo riesgosa.

Poderes de emergencia y viejos enemigos
El decreto del gobierno permite la detención de cualquier persona sospechosa de terrorismo sin orden judicial, una medida aplicada anteriormente en otras llamadas “zonas rojas”. En El Gallito, la orden se tradujo en patrullajes constantes y presión casa por casa, con el objetivo de desmantelar las estructuras señaladas como responsables de los asesinatos de policías.
“Estamos realizando patrullajes para prevenir más ataques contra nuestros compañeros y para perseguir a los pandilleros terroristas que han causado graves daños a la institución”, dijo Édgar Lainez a EFE, un tercer agente de la Policía Nacional Civil, durante un operativo en el barrio. Detrás del lenguaje de procedimiento había un duelo crudo: entre los diez agentes asesinados había colegas conocidos personalmente por muchos en el terreno.
Las autoridades afirman que los ataques fueron perpetrados por supuestos miembros del Barrio 18, una de las pandillas más poderosas del país. Según los funcionarios, la violencia fue una represalia después de que las fuerzas de seguridad retomaran el control de tres cárceles tras motines y toma de rehenes el sábado anterior. El mensaje, en su opinión, era claro: desafiar el poder de las pandillas dentro de las prisiones, y las calles responderán.
Lainez insistió en que los patrullajes no se han detenido desde los asesinatos, sino que solo se han intensificado. “No se han visto afectados; se han reforzado con más personal para brindar mayor apoyo y enfrentar cualquier situación con estos criminales”, dijo a EFE. La declaración reflejaba una doctrina de seguridad forjada por décadas de confrontación, priorizando la presencia y la presión sobre la negociación.
Los operativos se han extendido más allá de El Gallito hacia el norte de la capital, a municipios como Villa Nueva al sur y Mixco al oeste. Para el miércoles, las autoridades reportaron cerca de trescientas detenciones, incluyendo veintitrés pandilleros supuestamente vinculados directamente a los ataques contra la policía.

Mujeres de uniforme, alertas e inquebrantables
El asesinato de dos agentes femeninas entre los diez muertos tocó una fibra especial dentro de la fuerza. En una profesión donde el riesgo se asume, el género sigue marcando la percepción—tanto dentro de la institución como fuera de ella.
“La alerta sigue. No bajamos la guardia en ningún momento”, dijo Élida Chavajay, agente policial con casi cinco años de servicio, mientras se sumaba a patrullajes a pie y en motocicleta en El Gallito, a EFE. Reconoció que la sociedad suele ver a las mujeres como más vulnerables, pero rechazó esa visión. “Tomamos nuestras medidas de autoprotección y no confiamos”, afirmó.
La presencia de Chavajay en los patrullajes no era simbólica. Las mujeres policías han asumido cada vez más roles de primera línea en las fuerzas de seguridad de Guatemala, incluso cuando las pandillas han atacado a familias y hogares de agentes. Estudios académicos en Latin American Research Review han señalado cómo la prolongada militarización policial transforma la cultura institucional, normalizando la exposición constante al riesgo y difuminando las fronteras entre la guerra y la seguridad pública. En Ciudad de Guatemala, esa confusión se vive a diario.
La sensación de emergencia no se ha disipado con la primera ola de arrestos. La mañana del jueves, el gobierno anunció que realizaba más de 20 allanamientos en zonas de alta criminalidad. Al mediodía, las autoridades reportaron la captura de más de cien personas, incluyendo a cuatro supuestos terroristas, identificados por sus alias: Killer, Negro, Gatica y Maco.
Para los habitantes de El Gallito, los nombres importaban menos que el ambiente. Las patrullas trajeron orden temporal pero también tensión. Se allanaron viviendas, se cuestionaron movimientos, se alteraron rutinas. El Estado regresó, pero con el peso de la sospecha.
Los dos jóvenes que entraron al barrio por error se han convertido en un sombrío resumen de esa realidad. En una ciudad fracturada por líneas invisibles de control, un giro equivocado puede seguir siendo letal, haya o no estado de sitio. El decreto de emergencia puede dar poder a las autoridades, pero no puede borrar el mapa más profundo del miedo grabado en la vida cotidiana.
Mientras Ciudad de Guatemala se prepara para lo que viene, El Gallito se erige como advertencia y espejo: un lugar donde el poder criminal floreció en la ausencia, y donde el regreso del Estado llega armado, urgente y sin certeza de cuánto tiempo podrá quedarse.
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