Educación

Yachay Wasi de Ecuador enseña lecciones sobre el clima a través de la lengua indígena y un huerto

En Ecuador, una pequeña escuela intercultural bilingüe llamada Yachay Wasi trata la educación ambiental como un proyecto político arraigado en las lenguas indígenas, la agricultura y la justicia. En un huerto biodiverso, los niños aprenden sembrando, cocinando y escuchando al territorio, no a los eslóganes.

Una lección en el huerto, no en un cartel

Lo primero que notas no es un eslogan en la pared. Es el ritmo constante y vivido de un lugar que enseña con la tierra. Una chacra, un huerto biodiverso, está en el centro de la promesa de la escuela, y cambia incluso cómo suena la “educación ambiental”. Hojas frotadas entre los dedos. El olor de la comida hecha con lo que da el huerto esa semana. Niños aprendiendo con sus familias, no solo en filas.

Esa es la microescena en la que insiste Yachay Wasi: la lección comienza en la tierra, luego pasa al lenguaje, después a la historia. Y de ahí camina directo hacia la política.

Yachay Wasi forma parte del sistema de educación intercultural bilingüe de Ecuador, regulado por el Ministerio de Educación. Su enfoque son los saberes y lenguas de los pueblos indígenas del país, transmitidos a nuevas generaciones. Su nombre en kichwa, una variante local del quechua, significa Casa del Saber. Esa traducción es sencilla. La apuesta aquí no lo es. Los líderes de la escuela la describen como un proyecto político, uno que vincula la educación sobre la naturaleza con la justicia social y la identidad, y se niega a tratar el medio ambiente como un tema neutral.

“Nuestra pedagogía es parte de las pedagogías propias de los pueblos originarios. Es una apuesta política educativa con raíces antirracistas, antipatriarcales y antiextractivistas”, dijo Ninari Chimba a EFE.

Chimba, la directora, pertenece a los pueblos indígenas Panzaleo y Otavalo. Ella describe a Yachay Wasi como un lugar donde el conocimiento ancestral se cultiva y crece con lo que llama raíces antirracistas y antipatriarcales. Hay un argumento implícito en esa frase: que el medio ambiente no es solo ríos y árboles, sino también quiénes han sido alejados de ellos, quiénes han aprendido a sentirse fuera de lugar en su propia tierra y quiénes se espera que hagan el trabajo de cuidado sin tener poder.

El problema es que, en muchas versiones oficiales, la educación ambiental intenta flotar por encima del conflicto. Busca un lenguaje de consenso. Busca un acuerdo fácil. Yachay Wasi no lo hace.

Yachay Wasi, la escuela indígena en Ecuador con “raíces antirracistas y antipatriarcales”. EFE/ José Jácome

La educación intercultural como acto político

La crítica de Chimba comienza con una línea divisoria. La educación ambiental en Ecuador, argumenta, no puede existir si está separada de una conciencia antirracista, de lo indígena, de lo afrodescendiente, de lo rural, de los territorios. Habla desde una perspectiva ecofeminista, advirtiendo que no hay educación ambiental sin justicia social.

Eso no es un adorno en el currículo. Es la columna vertebral del currículo.

“La precarización de la vida, el racismo y una educación no antirracista han contribuido a romper la relación con la pachamama (madre naturaleza)”, dijo Chimba a EFE, mientras cuestionaba una educación ambiental que describe como servil al capitalismo verde y ciega ante la diversidad de Ecuador.

En otras palabras, no solo habla de lo que los niños deben aprender. Habla de lo que el país ha sido entrenado para olvidar. Una escuela como esta se construye dentro de una historia nacional donde el racismo y la exclusión no son fuerzas abstractas, sino presiones diarias que determinan quién es escuchado, qué saberes se consideran ciencia y cuáles se tratan como folclore.

Yachay Wasi integra el conocimiento ancestral andino con el conocimiento científico. Se guía por un calendario agrofestivo y está comprometida con la justicia ecológica y espiritual. En este contexto, esas no son frases burocráticas. Señalan una forma de organizar el tiempo y el valor que va a contracorriente de un modelo de desarrollo que a menudo mide el territorio como recurso antes que como hogar.

Y por eso los líderes de la escuela lo llaman resistencia.

Yachay Wasi fue establecida legalmente hace veintiséis años por María Laura Santillán y Fernando Chimba. Según las notas, surgió como un proyecto de resistencia al racismo y la exclusión. Hoy se la describe como un referente de la educación intercultural y ambiental en Ecuador, con la naturaleza y la justicia social como ejes centrales.

Aquí es donde importa la parte vivida de la historia. La educación ambiental suele presentarse como algo orientado al futuro, casi sin peso. Aquí se presenta como orientada a la memoria, cargada de daños heredados, y aún lo suficientemente práctica como para alimentar a un niño.

Yachay Wasi, la escuela indígena en Ecuador con “raíces antirracistas y antipatriarcales”. EFE/ José Jácome

Cocinar lo que da la tierra y llamarlo currículo

“Lo que nos hace especiales es que tenemos nuestra chacra, nuestro huerto biodiverso, donde aprendemos con los niños y las familias los saberes locales de cada pueblo y nacionalidad”, dijo Santillán a EFE.

Es una afirmación sencilla que suena como un desafío. Lo que esto hace es sacar el aula hacia afuera. El huerto no es un espacio extracurricular. Es un libro de texto que se puede tocar, un calendario que se puede saborear, un recordatorio de que el conocimiento no solo se habla, también se cultiva.

El proceso educativo nace del trabajo agrícola comunitario. Cada semana, cultivan y cocinan lo que provee el huerto—principalmente plantas comestibles y medicinales. La línea entre nutrición y ecología se estrecha hasta convertirse en algo que los niños pueden entender sin necesidad de sermones.

“Cada semana, cultivamos y cocinamos lo que nos da el huertito. La mayoría son plantas comestibles y medicinales. Lo que comes es tu salud humana y la naturaleza”, dijo Santillán a EFE.

Luego hace el argumento que conecta la práctica con la crisis. Estos métodos, dice, ayudan a mitigar la crisis climática porque no usan químicos y mantienen una relación respetuosa con la naturaleza.

“Aquí no usamos químicos. Si una planta se enferma, la curamos con ajo, cebolla o ají. Es nuestra forma de dialogar con la naturaleza, porque la madre tierra es sabia y nos da lo que el cuerpo necesita”, dijo Santillán a EFE.

Aquí hay una frase memorable a simple vista, y no es llamativa. Una escuela puede enseñar educación ambiental hablando sobre la naturaleza, o viviendo como si la naturaleza estuviera escuchando. Yachay Wasi elige lo segundo.

Y esa elección, en Ecuador, no es solo pedagógica. Es política. Insiste en que las lenguas indígenas y los saberes ancestrales no son accesorios de la educación moderna, sino cimientos. Insiste en que la educación ambiental no es limpia si la sociedad no lo es. Insiste, una y otra vez, en que el huerto no es solo un huerto. Es una forma de ver el país.

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