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El Carnaval Callejero de Brasil Termina con Voces Extranjeras Que Siguen Cantando Fuerte

En el último día oficial de carnaval en Río, los blocos callejeros volvieron a atraer multitudes, incluidos miles de extranjeros que bailaron de forma imperfecta, cantaron marchinhas tradicionales en un portugués rudimentario y se mezclaron en la fiesta más democrática de la ciudad. Las autoridades turísticas esperan cifras récord.

El Escenario Móvil de Flamengo y el Turista Que No Deja de Sonreír

Al mediodía, el calor se siente pesado sobre los hombros. En Flamengo, la multitud sigue apretada porque eso es lo que se hace el último día. Sigues la música, aceptas el sudor y te acostumbras a la idea de que el espacio personal realmente no existe.

Cachorro Cansado avanza por las calles con músicos sobre un camión convertido en escenario móvil con sonido, avanzando como una ola lenta y ruidosa. La gente se mueve junto a él, no con gracia, pero eso no importa. Los pasos se inventan sobre la marcha y el ritmo no tiene que ser perfecto. El objetivo es simplemente seguir el flujo.

Entonces lo escuchas, disperso entre la masa de cuerpos. Voces que no suenan locales. Un estallido de una frase extranjera, luego un giro hacia un portugués rudimentario. Las marchinhas, las melodías tradicionales del carnaval, arrastran a todos al mismo coro, aunque las palabras salgan torcidas.

Así fue la escena el pasado martes, el último día del carnaval de Río de Janeiro, cuando los blocos callejeros volvieron a atraer enormes multitudes, incluyendo un número notable de extranjeros. Muchos luchan con el idioma y se mueven con cierta torpeza al bailar, pero se mezclan en la fiesta y la disfrutan como los brasileños.

El problema es que la gente suele pensar en el carnaval como algo para mirar. Eso es cierto en el Sambódromo. Pero aquí, en las calles, es más como el clima. Te rodea y te invita a participar. Tiene una forma de hacer que los forasteros se sientan parte, al menos por una canción.

Carnaval de Río de Janeiro. EFE/ Isaac Fontana

Jóvenes Viajeros y el Impacto de Algo Que Parece Irrepetible

Los extranjeros más jóvenes son los fiesteros más constantes, y EFE vio a muchos de ellos en Cachorro Cansado, incluidos visitantes de toda Europa y Norteamérica. Llegan en grupos, atraídos por la promesa de playas y vida nocturna, y luego se quedan por la parte que no cabe en una postal.

Dos visitantes austríacas, Lilly y Lizzie, dijeron que nunca habían estado en Río. Llevaban 10 días en la ciudad, disfrutando de las playas, la vida carioca y el carnaval en su fase inicial. Coincidieron en que la fiesta es única y tiene buena vibra.

“Es algo que no puedes encontrar en ningún otro lugar. Es abrumador”, dijo Lizzie, una ecóloga de veintiocho años, a EFE.

Abrumador es la palabra correcta, y no solo por la multitud. Es abrumador en la forma en que reinicia tus instintos sociales. Personas que normalmente nunca se hablarían de repente comparten el mismo estribillo. Personas que no conocen el idioma igual encuentran el ritmo. Personas que al principio se sienten cohibidas terminan moviéndose de todas formas porque nadie las está evaluando.

Aquí hay una verdad simple: si te quedas cerca de un coro el tiempo suficiente, terminarás cantando, aunque solo sepas la mitad de las palabras. Así funciona el sentido de pertenencia aquí. No se te da, se gana.

Otro detalle llama la atención. La mayoría de los fiesteros son locales o turistas nacionales, pero los extranjeros se notan claramente. Su alegría se siente diferente, con palabras de sus países de origen apareciendo en medio de las canciones. Luego, casi sin pensarlo, vuelven al portugués, aunque sea básico, porque la marchinha lo pide.

Esto convierte al bloco en un ejemplo vivo de soft power. No del tipo oficial que se mide con acuerdos o discursos, sino del que surge de la confianza cultural. Río no pide a los visitantes que se vuelvan brasileños. Solo los invita a cantar.

Carnaval de Río de Janeiro. EFE/ Isaac Fontana

Visitantes Mayores y el Silencioso Debate Turístico Bajo el Brillo

No solo los jóvenes buscan esta experiencia.

Tracy Hale y su esposo, una pareja estadounidense jubilada, han estado viajando por Sudamérica durante cinco meses y están en Río desde la semana pasada. Dijeron sentirse extasiados con el carnaval.

“Es lo mejor”, dijo Tracy a EFE con una amplia sonrisa.

Su sonrisa lo dice todo. Bajo el calor, en el apretón del mediodía, en una multitud que sigue moviéndose porque el camión no se detiene. Aunque se la describe como mucho mayor, aún tiene la energía para cantar y bailar durante horas a pesar del calor intenso y la multitud apretada alrededor del bloco.

Ese detalle complica el estereotipo de que el carnaval es solo para jóvenes, o solo para los atléticos, o solo para quienes entienden cada letra. También apunta a una cuestión de política pública más amplia que ronda eventos como este, incluso cuando la fiesta intenta fingir que solo es una fiesta.

¿Cómo puede una ciudad manejar a tantos visitantes y mantener un festival callejero abierto y gratuito? ¿Cómo recibe a los extranjeros sin convertir el bloco del barrio en un producto comercial?

El propio Cachorro Cansado se describe como un desfile tradicional de barrio que ha crecido año tras año desde que fue fundado en un bar de Flamengo en mil novecientos setenta y cinco. Ahora es un bloco de aniversario número cincuenta, que lleva décadas de historia local y también atrae a visitantes que no crecieron con él.

La esperanza es que esto pueda crecer sin desmoronarse. Que una tradición nacida en un bar pueda sobrevivir a convertirse en una gran atracción.

Las autoridades turísticas están atentas, como siempre. Embratur, la agencia brasileña de turismo internacional, espera alrededor de trescientos mil turistas extranjeros en Río durante la temporada de carnaval, que termina el próximo fin de semana. Esa cifra representa un aumento del doce por ciento respecto al mismo periodo de 2025, marcando un nuevo récord para la ciudad.

Esas cifras se suman a otra estimación enorme en las notas: alrededor de ocho millones de personas, entre residentes y turistas, disfrutan del carnaval en Río. La mayoría lo hará con más de 460 blocos callejeros programados a lo largo de 37 días de fiesta en la ciudad.

Eso no es solo una curiosidad cultural. Es logística, economía e identidad. También es un recordatorio de que el carnaval de Río no es un solo evento, sino un largo calendario, con un final formal y una extensión práctica. Las notas dicen que los blocos siguen hasta el próximo fin de semana, aunque el carnaval como tal se despide hasta el año que viene el miércoles.

Así que el pasado martes en Flamengo, viendo a extranjeros cantar marchinhas en portugués rudimentario, se podían sentir dos finales a la vez: el cierre oficial y la continuación decidida.

La calle no se apaga de golpe. Se va apagando. Permanece. Resuena.

Y si escuchas con atención, todavía puedes oírlo en la mezcla de voces, la local y la extranjera entrelazadas, todas intentando alcanzar el mismo coro antes de que el camión siga su camino.

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