El Reino de Nubes de Ecuador, donde antiguos coníferos protegen los ríos de la codicia

La neblina cubre las crestas del sur de Ecuador y luego se desliza hacia barrancos donde las orquídeas se perlaban de lluvia. Entre dos espinas andinas, el Parque Nacional Podocarpus se extiende entre las tierras altas de Loja y las estribaciones amazónicas de Zamora Chinchipe: una torre de agua viva donde la vida rara y los antiguos coníferos persisten entre ríos, cascadas y amenazas crecientes.
Donde se encuentran dos Andes
Asentado como una silla verde entre las cordilleras orientales de los Andes, Podocarpus está definido por la altitud y la humedad. Sus laderas ascienden desde los 900 hasta los 3.600 metros sobre el nivel del mar, comprimiendo climas en micro-mundos apilados: bosque siempreverde de piedemonte abajo, bosque nublado y bosque enano en el medio, páramo arbustivo rozando la línea del cielo.
“Ese traslape genera un espacio único con una biodiversidad endémica significativa”, dijo la prefecta de Zamora Chinchipe, Karla Reátegui, en declaraciones a EFE, destacando que el parque es también un reservorio interprovincial. Su propio nombre honra al romerillo, un conífero andino nativo que ha resistido siglos de vientos fríos y presión humana—un árbol como símbolo, brújula y refugio para mil vidas más pequeñas.
Protegido desde 1982, el parque abarca 146.280 hectáreas, lo bastante extenso como para guardar las huellas de glaciares desaparecidos y lo suficientemente espeso para exprimir tormentas de lluvia en arroyos. Aquí los veranos no se miden por colores, sino por temperaturas—entre 6 °C y 22 °C—que mantienen el musgo siempre húmedo y la fotosíntesis siempre activa. Más allá de las crestas yace Perú, y con él una bisagra climática donde colisionan los aires del Pacífico y de la Amazonía. La vida se derrama por esa bisagra como agua de una represa agrietada.
Una biblioteca de vida en la neblina
Podocarpus es famoso no por el espectáculo, sino por la abundancia de detalles. Según datos del Ministerio del Ambiente citados por EFE, entre 3.000 y 4.000 especies de plantas vasculares crecen aquí, incluyendo romerillo y cascarilla, laurel y cedro, y pumamaqui, cuyas hojas pálidas brillan como espejos cuando el viento agita el dosel. Se han registrado 63 especies de orquídeas; al menos 25 ya están amenazadas.
Las copas de los árboles albergan otro censo: alrededor de 630 especies de aves. El quetzal dorado destella como rumor, las tangaras se mueven como pintura sobre el dosel, los halcones trazan diagonales desde el páramo hasta el borde del bosque. Abajo, los osos de anteojos dejan huellas peludas en las riberas, mientras los tigrillos—gatos manchados con sombras desproporcionadas—tejen el sotobosque. Los insectos escriben letras finas en cada margen, firmas en el contrato que mantiene unido al parque.
Aquí, la rareza es la regla. El endemismo florece porque el aislamiento moldea la vida: una cresta que sirve de puente para aves se convierte en muro infranqueable para ranas; un río que une valles también puede separarlos. Esa geografía explica el magnetismo del parque para los científicos—y su fragilidad. “El parque es fundamental para la conservación”, dijo Reátegui a EFE, “pero también se convierte en un motor de turismo para la provincia”, haciendo que la preservación se vuelva legible en el lenguaje de los medios de vida.
Ríos nacidos de piedra
Podocarpus puede ser una joya de biodiversidad, pero es igualmente una obra maestra hidráulica. Desde sus páramos azotados por el viento, lagunas de origen glaciar alimentan cuatro grandes cuencas hidrográficas: Catamayo-Chira, Chinchipe, Zamora y Nangaritza. Río abajo, estos ríos proveen agua potable, riego, peces y energía hidroeléctrica a través de turbinas. Río arriba, son nombres susurrados como plegarias.
El Bombuscaro, que nace dentro del parque y atraviesa la ciudad de Zamora, es celebrado localmente como uno de los ríos más limpios de la provincia. “Para nosotros los zamoranos, es parte de nuestro compromiso ambiental”, dijo Reátegui a EFE, llamando al Podocarpus un “orgullo de biodiversidad”—un motivo de orgullo cuya salud refleja el futuro de la región.
Los visitantes pueden entrar a esta catedral hidrológica desde dos puertas. Desde Cajanuma, sobre Loja, donde los senderos se adentran en bosques nublados bajo un viento frío, o desde Bombuscaro, cerca de Zamora, donde la humedad parece tener peso propio. La visita anual—alrededor de 7.000 a 8.000 personas, según funcionarios—sigue siendo modesta en comparación internacional, lo cual es parte de su hechizo. Aquí aún se pueden escuchar alas. Aquí aún puedes detenerte en un puente mientras el río ahoga todo teléfono.

Un parque bajo presión
Si Podocarpus aún palpita de vida, sus bordes se deshilachan con peligro. El parque comienza a solo diez minutos del borde en expansión de Loja, donde el crecimiento urbano sin control avanza poco a poco sobre el límite. “El crecimiento urbano termina siendo una amenaza”, advirtió Reátegui en su entrevista con EFE—carreteras, construcciones, desechos—mil cortes pequeños que desangran el perímetro.
Bajo el dosel, otra amenaza cava más hondo: la minería ilegal. A lo largo de las reservas amazónicas del Ecuador, las operaciones clandestinas han dejado cicatrices visibles desde el espacio. Un informe de 2023 del Proyecto de Monitoreo de la Amazonía Andina, resumido por EFE, documentó 562 hectáreas de deforestación vinculadas a la minería ilícita en cuatro zonas protegidas. Podocarpus fue la más severamente afectada: más de 50 hectáreas arrasadas dentro de sus límites legales y más de 500 destruidas en la zona de amortiguamiento.
Desde un satélite, el daño aparece como geometría—cicatrices brillantes grabadas sobre un fondo verde. En tierra, se siente como resta: ríos reducidos a rumores, árboles reducidos a ausencia. Sin embargo, su estatus legal como parque nacional aún importa. “Al mismo tiempo, estar dentro de un área protegida nos da confianza de que puede conservarse en el tiempo”, dijo Reátegui a EFE, poniendo esperanza en patrullajes, juicios y presupuestos que igualen el peso de la ley.
El futuro dependerá de las decisiones tomadas en los bordes. Controles más estrictos en las zonas de amortiguamiento. Medios de vida que hagan que los bosques en pie valgan más que la tierra extraída. Turismo que siga siendo pequeño, local y reverente. Por encima de todo, la decisión diaria repetida mil veces—mantener el agua limpia, las orquídeas improbables y los coníferos erguidos contra el viento.
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Podocarpus habla sin traducción: musgo sobre piedra, huellas de oso en una curva del río, un destello verde de quetzal como una idea casi recordada. Su destino depende de que suficientes personas aprendan a escuchar esa voz—y de que el reino de nubes siga siendo refugio contra la codicia.