El ritual Kalinda de Trinidad y Tobago expone la sangre del carnaval
En Moruga, la historia más sonora del carnaval no son las lentejuelas ni el soca, sino la madera golpeando hueso en un círculo sagrado. La pelea de palos regresa en los últimos días antes del carnaval de Trinidad y Tobago, planteando una cuestión de política sobre cultura, riesgo y protección.
El círculo silencioso de Moruga antes del desfile ruidoso
Moruga está lejos del brillo de los disfraces y de los atajos fáciles que usan los forasteros para describir el carnaval de Trinidad y Tobago. El camino se adentra en el bosque, hacia el borde de las colinas Trinity, donde el aire puede sentirse más pesado y la sombra dura más. Aquí respira uno de los secretos más antiguos del festival: la pelea de palos, el arte de Kalinda, parte resistencia, parte espiritualidad, parte sangre. Reconocer esta profunda historia puede inspirar orgullo y respeto en el público.
En los días previos al carnaval, la tradición resurge. Más de cincuenta luchadores de comunidades rurales se reúnen en Moruga para entrar al gayelle, el círculo sagrado. Llegan armados con palos de madera dura cortados de los bosques cercanos. Entonces comienza el movimiento. Girar, bailar, golpear. El sonido es seco e inmediato. Madera contra madera. Madera contra carne. El riesgo se muestra rápido, en sangre que no es teatral.
Para quien no conoce la historia, el espectáculo puede parecer brutalidad con ritmo de tambor. Rostros marcados por cicatrices. Dientes faltantes. Mandíbulas rotas. Ojos que han visto demasiado. Pero dentro del círculo, la práctica insiste en otro significado, uno que se niega a reducirse a violencia para entretener.
Selwyn John, coronado Rey de la Roca 2026 esta semana y campeón en cuatro ocasiones, lleva esa insistencia en su voz y en los pequeños detalles de su sonrisa. “Llevo la pelea de palos en la sangre. Esto no es solo pelear. Es espíritu, cultura y linaje”, dijo a EFE, mostrando tres dientes de oro mientras hablaba.
El problema es que una tradición puede ser sagrada y aun así ser peligrosa. Esas verdades no se anulan entre sí. En Moruga, conviven lado a lado.

Reglas para los vivos y reglas para los muertos
John describe la Kalinda como algo que ha evolucionado sin perder su base. La forma cambia, el mundo cambia, pero el núcleo espiritual, según él, permanece profundamente intacto. Décadas atrás, se creía que temidos sanadores espirituales de Moruga, como Papa Nezer y Mother Cornhusk, preparaban a los luchadores y sus palos con poder ancestral para asegurar la victoria.
“En aquel entonces, los palos se remojaban en ron y se bendecían. A veces incluso se llevaban a los cementerios, y se invocaba el espíritu de los muertos para proteger al luchador”, contó a EFE.
Esas prácticas son menos comunes ahora, pero la creencia sigue moldeando la pelea. Moldea las reglas. Moldea los silencios.
Ricardo Nicholas, un luchador veterano, explica una de las reglas con la certeza de quien no busca aprobación externa. “Si un palo sale volando del gayelle, nadie lo recoge. Podría ser un palo con espíritus. Si lo tocas, podrías atraer algo que no quieres”, dijo a EFE.
Antes de cada combate, los árbitros rodean el círculo, quemando alcanfor y ron en un ritual de fuego para limpiar. Los luchadores se lavan con lavanda, ajo y sal para alejar las fuerzas negativas. La conversación es mínima. La concentración es absoluta. Después de cada pelea, la escena se limpia de nuevo, como si el espacio mismo debiera ser reiniciado y protegido.
Es fácil, desde lejos, tratar estos detalles como folclore, una textura colorida para adornar una historia de viaje. Pero en Moruga, funcionan como infraestructura. Organizan el miedo. Organizan el respeto. Organizan lo que la gente cree que puede seguirlos hasta casa.
Anderson Marcano, quien terminó segundo en la final de 2026 y perdió un ojo en una pelea en 2007, lo dice sin rodeos. “Cuando entras al gayelle, no entras solo. Entras con tus ancestros”, dijo a EFE. Esta conexión con los ancestros puede evocar reverencia y curiosidad sobre las raíces espirituales de la Kalinda.
Esa frase impacta porque no es una metáfora en este contexto. Es una instrucción. Es una advertencia. También es, de manera silenciosa, una explicación de por qué la gente sigue regresando.

Cultura, dinero y el costo de la protección
Los historiadores rastrean la Kalinda hasta los africanos esclavizados y soldados negros libres, incluidos veteranos de la Guerra de 1812, quienes preservaron tradiciones marciales africanas a través del tambor, el canto y el palo. Transmitida de abuelos a nietos, se convirtió en resistencia e identidad, llevando la influencia africana a través de la esclavitud y el dominio colonial.
Esa historia importa porque hace que la disputa política se sienta menos como un debate deportivo y más como una pregunta sobre qué está dispuesto a proteger el Estado. No en teoría, sino en la práctica, en moretones y sangre.
El premio en dinero sigue siendo modesto para los riesgos que implica. El título de Rey de la Roca paga veinte mil dólares trinitenses, y el equipo campeón recibe cuarenta mil, sumas que no alcanzan los tres mil y seis mil dólares estadounidenses respectivamente. Lo que sugieren esos números y el entorno es que la gente no hace esto para hacerse rica. Lo hacen porque es suyo. Al final, otorga estatus. Guarda memoria porque representa un tipo de pertenencia que no viene de un salario.
La ministra de cultura de Trinidad y Tobago, Michelle Benjamin, reconoce los peligros y destaca los esfuerzos en curso para implementar medidas de seguridad, como equipo de protección y apoyo médico, para los luchadores que a menudo terminan ensangrentados y magullados. “Amamos este deporte, pero proteger a los luchadores debe ser parte de su futuro”, dijo a EFE. También señaló que el interés en la pelea de palos está creciendo, atrayendo visitantes extranjeros y a miles de espectadores cada año.
Ese es el punto de presión. El crecimiento trae visibilidad. La visibilidad trae dinero y atención. La atención trae expectativas, incluidas demandas de seguridad, regulación y supervisión. La apuesta aquí es si la tradición puede protegerse sin ser aplanada, si el gayelle puede seguir siendo sagrado mientras, inevitablemente, se convierte en un producto público. Este desafío puede inspirar esperanza y un sentido de responsabilidad en el público.
La pelea de palos de Moruga sobrevive porque se adapta, pero también sobrevive porque se niega a dejar que los forasteros la definan. Es carnaval, sí, pero también es más antigua que la imagen moderna del carnaval. Un círculo en el bosque donde los luchadores se mueven con los ancestros a sus espaldas, y donde cada regla, dicha o no, es una forma de decir lo mismo.
Esto no es solo un espectáculo. Es un linaje que todavía sangra.
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