Actor cubano rompe mitos del baile con duelo, humor y movimiento
En Sundance, donde el cine independiente prospera en la contradicción, un actor cubano admite que no sabe bailar—y convierte esa confesión en un argumento silencioso sobre el duelo, el movimiento y cómo los cuerpos latinoamericanos son demasiado a menudo malinterpretados en pantalla.
Desaprendiendo el mito del baile cubano
Alberto Guerra sabe exactamente qué estereotipo quiere desmontar primero. La idea de que todos los cubanos bailan bien, insiste, es ficción. Prepararse para Ha-chan, Shake Your Booty!, una película en competencia en el Festival de Cine de Sundance, aprender a bailar no fue un adorno ni una ocurrencia. Fue la parte más desafiante del trabajo.
“Físicamente me retó muchísimo, ese fue el mayor reto de hacer esta película. Hay como una idea bastante errónea de que todos los cubanos bailamos, yo no,” dijo Guerra a EFE, hablando con la franqueza de quien sabe que el mito halaga incluso mientras encierra.
La confesión importa porque la fama internacional de Guerra—consolidada por su interpretación de Ismael ‘El Mayo’ Zambada en Narcos: México—a menudo ha estado ligada a la intensidad, la amenaza y la quietud controlada. En Ha-chan, Shake Your Booty!, dirigida por Josef Kubota Wladyka, al actor cubano se le pide lo contrario: moverse, balancearse, dejar que su cuerpo hable antes de que lleguen las palabras.
La película sigue a Haru, interpretada por Rinko Kikuchi, y Luis, interpretado por Alejandro Edda, una pareja que compite en torneos de baile de salón en Tokio, Japón. Cuando una tragedia fractura la vida de Haru y la aleja del baile, no es la terapia ni la disciplina lo que la hace volver, sino un encuentro. Entra el personaje de Guerra: un sensual instructor de baile uruguayo cuyas lecciones no se limitan a la técnica.
“Es una de esas personas que uno se encuentra rara vez en la vida. Que te van soltando como consejos de vida sin que tú te des cuenta,” explicó Guerra, describiendo al personaje como alguien que enseña sin sermonear, dijo a EFE.
En la narrativa latinoamericana, los mentores suelen llegar envueltos en carisma, humor o contradicción. El instructor de Guerra es menos un salvador que un catalizador, un “alma libre”, como lo llama el actor—espíritu libre, transitorio, resistente a la definición.

Entrenando el cuerpo para contar la historia
Para habitar esa libertad, Guerra tuvo que someterse a la disciplina. Dos meses antes de la filmación, su preparación comenzó en serio, no solo para aprender coreografías sino para desaprender la postura rígida de un cuerpo entrenado para la quietud.
“Estuve ensayando coreografías y aprendiendo a bailar, pero no nada más eso, los bailarines tienen una postura muy única y una manera de caminar que parece que flotan. Había muchas cosas de este personaje que a mí me interesaba abordar que son muy sutiles,” dijo, según EFE.
Esas sutilezas son centrales en la visión de Wladyka. Conocido por Dirty Hands, el director aborda el baile no como espectáculo sino como lenguaje. Su cámara sigue los cuerpos como otros siguen el diálogo, atenta a los cambios de peso, las dudas, la gramática silenciosa del movimiento. El resultado es una película que resiste una categorización fácil.
Aunque oficialmente catalogada como drama, Ha-chan, Shake Your Booty! se mueve libremente entre tonos. La comedia aparece de forma inesperada. La fantasía se cuela a través del gesto y el ritmo. Los interludios musicales evocan tradiciones clásicas de Hollywood sin imitarlas. “Es un dramedy,” dijo la actriz Cristina Rodlo, quien aparece brevemente en un momento clave junto a Damián Alcázar, anclando la historia en realismo emocional incluso mientras coquetea con la fantasía, contó a EFE.
Antes de su proyección pública, Wladyka describió el proyecto simplemente como una “rara y muy única película de baile”, una frase que suena más a advertencia que a promoción. No es una película sobre ganar competencias o dominar la forma. Es sobre lo que ocurre cuando el movimiento regresa a una vida que se ha detenido.

El duelo en movimiento a través de culturas
Para Alejandro Edda, la fuerza de la película radica en cómo trata el duelo no como estancamiento sino como proceso. “Es una historia de duelo con un tema de movimiento. Va desde la cámara, la acción del personaje y la música. Es como el movimiento que necesitamos en la vida para enfrentar situaciones difíciles,” reflexionó, dijo a EFE.
Esa perspectiva resuena profundamente en un contexto latinoamericano, donde el duelo suele ser comunitario, corporal y ritualizado—expresado tanto a través de la música, el baile y la reunión pública como por el silencio. Al situar esta sensibilidad en Tokio, la película crea un diálogo entre culturas en vez de un choque. La contención asiática se encuentra con la apertura latina, no como opuestos sino como formas complementarias de sobrevivir a la pérdida.
La banda sonora refuerza esa fusión. Boleros clásicos como “Nosotros” de Los Panchos con Eydie Gormé conviven con “Stay With Me” (Mayonaka no Door), tejiendo geografías emocionales que cruzan océanos. La música se convierte en un puente, recordando a los espectadores que el anhelo viaja fácilmente entre idiomas.
Esta textura multicultural refleja el propio trasfondo de Wladyka—un director estadounidense con padre polaco y madre japonesa—aunque la película evita reducir la diferencia a una novedad. En cambio, se detiene en la necesidad humana compartida de avanzar, literal y figurativamente, después de una ruptura.
El escenario del estreno añade otra capa. El Festival de Cine de Sundance, que se extiende hasta el uno de febrero, se celebra por última vez en Park City, Utah, tras más de cuatro décadas en su histórica sede. La edición de este año lleva un sentido de transición, un telón de fondo apropiado para una película sobre el cambio a través del movimiento.
El viernes, el festival homenajeará a su fundador, Robert Redford, en una gala privada a la que asistirán figuras como Amy Redford, la directora Chloé Zhao, la documentalista Ava DuVernay y el actor Ethan Hawke—un recordatorio del legado de Sundance como espacio donde las historias poco convencionales aprenden primero a caminar.
Para Guerra, el viaje es tanto personal como profesional. Al admitir que no sabe bailar, y luego aprender a moverse de todos modos, desafía no solo un estereotipo sino una expectativa más amplia impuesta a los cuerpos cubanos en el cine global: que siempre deben ser rítmicos, sensuales, legibles. Ha-chan, Shake Your Booty! aboga por algo más silencioso y radical—que el movimiento se puede aprender, el duelo se puede compartir y la identidad no es una actuación sino un proceso, practicado paso a paso, aunque sean inciertos.
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